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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 111. Expiation
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El señor de Villefort vio abrirse ante él las filas de la multitud, aunque muy compactas. Los grandes dolores son de tal modo venerables que no hay ejemplo ni aun en los tiempos más desgraciados, de que el primer movimiento de la multitud reunida no haya sido un movimiento de simpatía hacia una gran desgracia. Muchas gentes odiadas han sido asesinadas en un tumulto. Raras veces un desgraciado, aunque fuese criminal, ha sido insultado por los que asisten a su proceso de muerte.

Villefort atravesó, pues, las filas de los espectadores, de los guardias, de los agentes de policía, y se alejó, confesado culpable por sí mismo, pero protegido por su valor.

Existen en la vida situaciones que los hombres comprenden por instinto, pero que no pueden desentrañar con la reflexión. El mayor poeta en este caso es el que sabe expresar la queja más vehemente y más natural. La multitud toma este grito por una relación entera, y hace bien en contentarse con él, y mejor aún, en encontrarlo sublime si es verdadero.

Por lo demás, sería difícil decir el estado de estupor en que Villefort se hallaba al salir del palacio, pintar la fiebre que estremecía sus arterias, que helaba sus fibras, que hinchaba hasta reventar sus venas y aniquilaba cada punto de su cuerpo mortal con millares de sufrimientos.

Villefort se dirigía a lo largo de los pasillos, guiado solamente por

la costumbre. Quitóse la toga magistral, no por conveniencia, sino porque era para él una carga insoportable, una túnica de Nesso, fecunda en torturas.

Llegó vacilante al patio Dauphine, vio su carruaje, despertó al cochero abriendo él mismo, y se dejó caer sobre los cojines señalando con el dedo la dirección del barrio de San Honorato.

El cochero partió.

Todo el peso de su fortuna fracasada acababa de desplomarse sobre su cabeza; este peso le abrumaba, no sabía sus consecuencias, no las había calculado y las sentía; no razonaba su código como el frío asesino que comenta un artículo conocido. Tenía a Dios en el fondo del corazón.

-¡Dios! -murmuraba sin saber lo que decía-. ¡Dios! ¡Dios!

No veía más que a Dios en medio del trastorno que por él pasaba.

El carruaje corrió precipitado. Villefort, agitándose sobre los cojines, sentía algo que le molestaba.

Llevó la mano al objeto. Era un abanico olvidado por la señora de Villefort entre el cojín y el respaldo del carruaje. Este abanico despertó un recuerdo, y este recuerdo fue como un rayo en las tinieblas de la noche.

Villefort pensó en su esposa.

-¡Oh! -exclamó, como si un hierro ardiendo le perforase el corazón.

En efecto, hacía una hora que no tenía a la vista más que un lado de su miseria, y he aquí que de repente se ofrecía otro a su espíritu, y otro no menos terrible.

< ¡Esa mujer! » Acababa de portarse con ella como un juez severo e inexorable, la había condenado a muerte, y ella, ella, aterrorizada, llena de remordimientos, abismada con el oprobio que acababa de causarle con la elocuencia de su intachable virtud, pobre mujer débil e indefensa contra un poder absoluto y supremo, se preparaba acaso a morir en aquellos instantes.

Había transcurrido una hora desde su condenación. Tal vez entonces repasaba en su memoria todos sus crímenes, pedía perdón a Dios, escribía una carta para implorar de rodillas el perdón de su virtuoso esposo, perdón que compraba con la muerte.

Villefort lanzó otro quejido de dolor y de rabia.

-¡Ah! -exclamó agitándose sobre el raso del carruaje-, ¡esa mujer no es criminal más que por haberme tocado! ¡Yo soy el crimen, yo! ¡Y ha adquirido el crimen como se adquiere el tifus, como se adquiere el cólera, como se adquiere la peste, y yo la castigo! ¡Oh!,

¡no!, ¡no!, vivirá..., me seguirá... Huiremos, abandonaremos Francia, correremos por la tierra mientras nos sostenga. ¡Le hablaba de cadalso... ! ¡Gran Dios! ¡Cómo osé pronunciar esta palabra! ¡Y a mí también me espera el cadalso... ! Huiremos. .. Sí, me confesaré a ella, sí; todos los días le diré humillándome que yo también he cometido un crimen... ¡Oh! ¡Alianza del tigre y de la serpiente! ¡Oh! ¡Digna esposa de un marido como yo...! ¡Es preciso que viva, es necesario que mi infamia haga palidecer la suya!

Y Villefort hundió, más que bajó, el vidrio del coche.

-¡Más aprisa! -exclamó con una voz que hizo estremecer al cochero en su asiento.

Los caballos, avivados por el miedo, volaron hasta llegar a la casa.

-¡Sí!, ¡sí! -repetía Villefort a medida que se acercaba-, sí; es preciso que esta mujer viva, es preciso que se arrepienta y que eduque a mi hijo, mi pobre hijo, único que con el indestructible anciano sobrevive a la ruina de la familia. Le amaba, por él lo ha hecho todo. No hay que desesperar jamás del corazón de una madre que ama a su hijo. Se arrepentirá. Nadie sabrá que ha sido culpable; los crímenes cometidos en mi casa y de que el mundo se entera ya, serán olvidados con el tiempo, y si algunos enemigos se acuerdan, les anotaré en la lista de mis crímenes. Uno, dos o tres más, ¡qué importa! Mi mujer se salvará llevando el oro, y sobre todo llevando su hijo, lejos del abismo en donde me parece ver caer el mundo conmigo. Vivirá, aún será dichosa, puesto que todo su amor está en su hijo, y su hijo no la abandonará. Habré hecho una buena acción.

Y el señor de Villefort respiró más libremente de lo que lo había hecho en mucho tiempo.

El carruaje se detuvo en el patio de la casa.

El procurador del rey se lanzó del estribo y halló a los criados sorprendidos de verle volver tan pronto. No leyó otra cosa en su fisonomía. Nadie le dirigió la palabra. Paráronse ante él como de costumbre, para dejarle paso. Esto fue todo.

Pasó por la cámara de Noirtier, y por la puerta entreabierta percibió como dos sombras, pero no se preocupó de la persona que estaba con su padre. Su inquietud le trastornaba.

-Vamos -dijo subiendo la escalerilla que conducía al descansillo, donde estaba la habitación de su mujer y la cámara vacía de Valentina-,vamos, nada ha cambiado aquí.

Antes de todo, cerró la puerta del descansillo.

-Es conveniente que nadie nos interrumpa -dijo Villefort-, conviene que pueda hablarle libremente, acusarme a ella, decírselo todo.

Acercóse a la puerta, puso la mano en el botón de cristal, y cedió.

-¡Paso libre! ¡Oh!, ¡bien, muy bien! -murmuró.

Y entró en el pequeño salón en donde todas las noches se ponía el lecho de Eduardo, porque aunque en pensión, Eduardo venía todas las noches. Su madre no había querido nunca separarse de él.

Recorrió con una mirada todo el salón.

-Nadie -dijo-, está en su alcoba, sin duda.

Y se dirigió a la puerta.

El cerrojo estaba corrido.

Se detuvo estremecido.

-¡Eloísa! -exclamó.

Parecióle oír mover un mueble.

-Eloísa -repitió.

-¿Quién es? -preguntó la voz de la que llamaba.

Parecióle que esta voz era más débil que otras veces.

-¡Abrid! ¡Abrid! -exclamó Villefort-, ¡soy yo!

Sin embargo, a pesar de esta orden, a pesar del tono angustiado con que era proferida, no abrieron.

Villefort abrió la puerta de una patada.

A la entrada de su dormitorio, la señora de Villefort estaba en pie, pálida, con las facciones contraídas, mirándole con ojos de una inmovilidad espantosa.

-¡Eloísa! ¡Eloísa! --dijo-, ¿qué os ocurre? ¡Hablad!

La joven extendió hacía él su mano crispada y lívida.

-Esto se ha acabado, señor -dijo con un quejido que parecía desgarrar su garganta-, ¿qué más queréis?

Y cayó sobre la alfombra. Villefort corrió a ella y la cogió de la mano. Esta mano oprimía convulsivamente un frasco de cristal con tapón de oro. La señora de Villefort estaba muerta. El procurador del rey, sobrecogido de horror, retrocedió hasta la puerta, mirando el cadáver.

-¡Hijo mío! -exclamó de repente-, ¿dónde está mi hijo? ¡Eduardo! ¡Eduardo!

Y se precipitó fuera de la habitación, gritando:

-¡Eduardo! ¡Eduardo!

Con tal acento de angustia era pronunciado este nombre, que acudieron los criados.

-¡Hijo mío! ¿Dónde está mi hijo? -preguntó Villefort-. Que le saquen de casa, que no la vea. -El señorito Eduardo no está abajo -respondió un criado. -Jugará sin duda en el jardín. Mirad si está allí. ¡Buscadle! -No, señor. La señora llamó a su hijo hará media hora aproximadamente. El señorito Eduardo entró con la señora, y no ha vuelto a bajar.

Un sudor helado inundó la frente de Villefort, sus pies vacilaron sobre las baldosas, sus ideas comenzaron a trastornar su cabeza como las ruedas desordenadas de un reloj que se rompe.

-¡Con la señora! -murmuró-, ¡con la señora! -Y volvió lentamente sobre sus pasos, enjugándose la frente con una mano y apoyándose con la otra en las paredes.

Al volver a entrar en la estancia, era preciso ver de nuevo a aquella desgraciada.

Para llamar a Eduardo, era preciso despertar el eco del aposento convertido en féretro mortuorio. Hablar, era violar el silencio de la tumba.

Villefort sintió su lengua paralizada en la garganta.

-¡Eduardo! ¡Eduardo! -balbució.

El niño no contestó. ¿Dónde estaba el niño que, al decir de los criados, había entrado con su madre, sin volver a salir?

Villefort dio un paso adelante.

El cuerpo exánime de la señora de Villefort estaba tendido a través de la puerta del salón en donde se hallaba necesariamente Eduardo. Este cadáver parecía velar sobre el umbral con ojos fijos y abiertos, con una espantosa y misteriosa sonrisa irónica en los labios.

En derredor del cadáver, la mampara dejaba ver una parte del salón, un piano y el extremo de un diván de raso azul.

Villefort avanzó tres o cuatro pasos y vio a su hijo acostado en el sofá.

El niño dormía, sin duda.

El infeliz tuvo un rapto de alegría, un rayo de luz pura bajó al infierno en el cual estaba luchando.

Tratábase de pasar por encima del cadáver, de entrar en el salón, de tomar el niño en los brazos y de huir con él lejos, ¡muy lejos!

Villefort no era el hombre cuya refinada corrupción le hacía el tipo de hombre civilizado; era un tigre herido de muerte que deja los dientes rotos en su última herida.

No temía las preocupaciones, sino los fantasmas. Tomó aliento y saltó por encima del cadáver como si se hubiera tratado de saltar por un brasero encendido. Tomó al niño en sus brazos, estrechándole, sacudiéndole, llamándole. El niño no le respondió. Unió sus ávidos labios a sus mejillas, a sus mejillas lívidas y heladas, palpó sus miembros ateridos, apoyó la mano en su corazón; su corazón no palpitaba. El niño estaba muerto. Un papel doblado en cuatro pliegues cayó del pecho de Eduardo. Como herido de un rayo, Villefort se dejó caer sobre las rodillas. El niño se escapó de sus brazos inertes y rodó al lado de su madre. Villefort cogió el papel, conoció la letra de su mujer y lo leyó ávidamente. He aquí su contenido:

¡Vos sabéis si yo era buena madre, puesto que por mi hijo me hice criminal!

¡Una buena madre no parte sin su hijo!

Villefort no podía dar crédito a sus ojos. No podía creer a su razón. Arrastróse hacia el cuerpo de Eduardo, que examinó una vez todavía con la atención minuciosa de la leona que mira a su cachorro muerto. Después brotó un grito desgarrador de su pecho.

-¡Dios! -murmuró-. ¡Siempre Dios!

Estas dos víctimas le espantaban, sentía en sí el horror de aquella soledad solamente ocupada por dos cadáveres.

De pronto se veía sostenido por la rabia, por la inmensa facultad de los hombres fuertes, por la desesperación, por la virtud suprema de la agonía que impulsó a los Titanes a escalar el cielo, a Ayax a amenazar a los dioses.

Villefort dobló la cabeza bajo el peso de los dolores, levantóse sobre las rodillas, sacudió los cabellos húmedos de sudor, erizados de espanto, y el que jamás había tenido piedad de. nadie, se fue a encontrar a su anciano padre para tener en su debilidad alguien a quien contar su desgracia, alguien con quien llorar.

Bajó la escalera que ya conocemos, y entró en la habitación de Noirtier.

Este parecía escucharle atentamente, tan afectuosamente como lo permitía su inmovilidad. El abate Busoni estaba allí con la calma y frialdad de costumbre.

Al ver al abate, Villefort llevó la mano a la frente. El pasado vino a él como una de esas olas, en las cuales se levanta doble espuma que en las demás.

Recordó la visita que le hiciera el abate dos días antes de la comida de Auteuil, y de la visita que le había hecho el mismo abate el día de la muerte de Valentina.

-¡Vos aquí, señor! ---dijo-, ¿pero vos no me aparecéis jamás que no sea para escoltar la muerte?

Busoni se levantó. Viendo la alteración del rostro del magistrado, el brillo feroz de sus ojos, comprendió o debió comprender que la escena de los jurados había concluido. Ignoraba el resto.

-Vine para orar sobre el cuerpo de vuestra hija -respondió Busoni.

-Y hoy, ¿qué venís a hacer?

-Vengo a deciros que me habéis pagado suficientemente vuestra deuda, y que desde este momento voy a rogar a Dios que se contente como yo.

-¡Dios mío! -dijo Villefort retrocediendo asustado-, ¡esta voz no es la del abate Busoni!

-No.

E1 abate arrancó su falsa tonsura, sacudió la cabeza, y sus largos cabellos negros, sueltos ya, cayeron sobre sus espaldas rodeando su varonil semblante.

-Es el rostro del conde de Montecristo -exclamó Villefort con los ojos inciertos.

-No es esto todo, señor procurador del rey, mirad mejor y más lejos.

-¡Esta voz!, ¡esta voz! ¿Dónde la oí por primera vez?

-La oísteis por primera vez en Marsella, hace veintitrés años, el día de vuestro matrimonio con la señorita de Saint-Merán. Buscad en vuestros papeles.

-¿No sois Busoni? ¿No sois Montecristo? ¡Dios mío, sois el enemigo oculto, implacable, mortal! ¿Rice algo contra vos en Marsella? ¡Oh, desgraciado de mí!

-Sí, tienes razón, es bien cierto -dijo el conde cruzando los brazos sobre el pecho-, ¡busca!, ¡busca!

-Mas, ¿qué lo he hecho? -exclamó Villefort, cuyo espíritu luchaba ya en el límite donde se confunden la razón y la demencia en aquellos momentos en que no puede decirse que dormimos ni que estamos despiertos-. ¿Qué lo he hecho? ¡Di, habla!

-Me condenasteis a una muerte lenta y horrorosa, matasteis a mi padre, me robasteis el amor con la libertad, y la fortuna con el amor.

-¿Quién sois? ¿Quién sois? ¡Dios mío!

-Soy el espectro de un desgraciado al que sepultasteis en las mazmorras del castillo de If; a este espectro, salido entonces de la tumba, Dios ha puesto la máscara del conde de Montecristo, y le ha cubierto de diamantes y oro para que no le reconozcáis hoy.

-¡Ah, le reconozco, le reconozco! -dijo el procurador del rey-, tú eres...

-¡Soy Edmundo Dantés!

-¡Tú, Edmundo Dantés! -exclamó el señor de Villefort, asiendo al conde por el puño-, ¡entonces ven!

Y le llevó por la escalera, en donde Montecristo le seguía asombrado, ignorando a qué parte le conducía el procurador del rey, y presintiendo algún desastre.

-¡Espera!, Edmundo Dantés -dijo mostrando al conde los cadáveres de su esposa y de su hijo-, ¡atiende, mira! ¿Está bien vengado?

Montecristo palideció ante tan espantoso espectáculo. Comprendió que acababa de traspasar los derechos de la venganza, que no podía decir más que:

-Dios está por mí y conmigo.

Arrojóse con angustia inexplicable sobre el cuerpo del niño, abrió sus ojos, tocó su pulso, y pasó con él al cuarto de Valentina, que cerró con doble llave.

-¡Hijo mío! -exclamó Villefort-, ¡se lleva el cadáver de mi hijo! ¡Oh!, ¡maldición!, ¡desgracia!, ¡muerte para mí!

Y quiso lanzarse en pos de Montecristo, pero como por un sueño, sintió clavarse sus pies, dilatarse sus ojos hasta salir de las órbitas, encorvarse sus dedos contra la carne del pecho, y hundirse en él gradualmente, hasta que la sangre enrojeció sus uñas. Sintió las venas de las sienes llenarse de espíritus ardientes que pasando hasta la estrecha bóveda del cráneo inundaron su cerebro de un diluvio de fuego.

Tal situación duró algunos minutos, hasta que se completó un trastorno espantoso en su razón.

Entonces profirió un grito seguido de una prolongada carcajada, y se precipitó por las escaleras.

Un cuarto de hora después se abrió la habitación de Valentina y volvió a presentarse el conde de Montecristo.

Pálido, los ojos apagados, el pecho oprimido, todos los rasgos de esta figura extraordinariamente reposada y noble, estaban trastornados por el dolor. Tenía en sus brazos el niño, al cual ningún socorro había bastado para devolverle la vida. Puso una rodilla en tierra y le depositó religiosamente cerca de su madre, con la cabeza colocada sobre su pecho. Luego, levantándose, salió, y se halló con un criado en la escalera.

-¿Dónde está el señor de Villefort? -inquirió.

El criado, sin responder, extendió la mano hacia el jardín.

Montecristo bajó la escalera, se dirigió al sitio designado y vio en medio de sus criados que formaban corro en su derredor, a Villefort, con una azada en la mano, cavando la tierra con una especie de furor.

-¡No está aquí! -decía-, ¡no está aquí!

Y volvía a cavar en otra parte.

Montecristo se acercó a él, y muy bajo, y con un tono casi humilde le dijo:

-Habéis perdido un hijo, pero...

Villefort le interrumpió: ni le había escuchado, ni comprendido.

-¡Oh!, le encontraré -dijo-, ¿estáis seguros de que no está aquí? Le encontraré, aunque hubiera de buscarle hasta el día del juicio.

Montecristo se retiró horrorizado.

-¡Oh! -dijo-, está loco.

Y como si hubiera creído que las paredes de la casa maldita se desplomaran sobré él, se lanzó a la calle, dudando por primera vez del derecho que pudiera tener para hacer lo que había hecho.

-¡Oh!, basta, basta con esto -dijo-, salvemos lo que queda.

Y entrando en su casa, Montecristo encontró a Morrel, que andaba por la fonda de los Campos Elíseos silencioso como una sombra que espera el momento señalado por Dios para entrar en la tumba.

-Preparaos, Maximiliano -le dijo sonriendo-, mañana saldremos de París.

-¿No tenéis nada que hacer? -preguntó Morrel.

-No -respondió Montecristo-, y Dios quiera que no haya hecho demasiado.

Al día siguiente, en efecto, partieron, acompañados de Bautista por toda comitiva. Haydée había llevado a Alí, y Bertuccio quedó con Noirtier.