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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 110. El Acta de acusación
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Los jueces entraron en sesión en medio del más profundo silencio. Los jurados ocuparon sus asientos. El señor de Villefort, objeto de la atención general, y aun mejor diremos de la admiración, ocupó su sillón, manteniéndose cubierto, y dejó correr una mirada tranquila a su alrededor. Todos contemplaban con admiración aquella cara grave y severa, sobre cuya impasibilidad no tenían dominio los disgustos personales. Consideraban con una especie de terror a aquel hombre tan insensible a las conmociones de la humanidad.

-Gendarmes, introducid al acusado -dijo el presidente.

Al oír aquellas palabras creció la atención del público, y todos los ojos se fijaron en la puerta por donde debía entrar Benedetto. Abrióse ésta poco después y apareció el acusado. La impresión fue igual en todos los asistentes, y ninguno se engañó en la expresión de su fisonomía.

Su fisonomía no presentaba las señales de emoción profunda que detiene la circulación de la sangre y hace palidecer. Llevaba el sombrero en una mano y metida la otra graciosamente en el chaleco, que era de piqué blanco. Sus ojos estaban serenos y hasta brillantes. Tan pronto como entró en la sala, paseó la vista por todas las filas de los jueces y de los asistentes, y se detuvo en el presidente, y muy particularmente en el procurador del rey.

Al lado de Benedetto se colocó el abogado, nombrado de oficio, porque él no había querido ocuparse de aquellos detalles a los cuales parecía no dar importancia. Aquél era joven, rubio, y su fisonomía parecía estar mucho más conmovida que la del acusado.

El presidente ordenó la lectura del acta de acusación, redactada como se sabe, por la pluma hábil a implacable del señor Villefort. Durante la lectura, que fue larga y para cualquier otro hubiera sido aterradora, la atención pública permaneció fija en Benedetto, quien sostuvo aquella prueba con la serenidad de un espartano.

Jamás había estado Villefort tan elocuente. Presentaba el crimen con los colores más vivos. Los antecedentes del acusado, su transfiguración, la reseña de sus acciones desde su primera edad, se pintaban con el talento que la práctica de la vida y el conocimiento del corazón humano daban a un hombre de tan buena imaginación como el procurador del rey.

Con sólo aquel preámbulo, Benedetto estaba perdido para siempre en la opinión pública, en tanto que se acercaba el castigo más material aún que la ley.

Cavalcanti no prestó la menor atención a los cargos sucesivos que contra él se elevaban. El señor de Villefort, que le examinaba cuidadosamente, y que sin duda proseguía en él los estudios psicológicos que había empezado a la vista de otros acusados, no pudo hacerle bajar los ojos una sola vez, por más que fijase en él su profunda mirada.

Terminóse la lectura.

-Acusado -dijo el presidente-, ¿vuestro nombre y apellido?

Cavalcanti se puso en pie.

-Dispensadme, señor presidente -dijo el reo, cuyo timbre de voz

vibraba perfectamente puro-, pero veo que vais a empezar el interrogatorio de un modo que no puedo seguiros. Tengo la pretensión, que justificaré a su tiempo, de que no soy un acusado ordinario. Tened la bondad, os ruego, de permitirme responder siguiendo un orden distinto, sin que por esto deje de contestar a todo.

El presidente, sorprendido, miró a los jurados, y éstos al procurador del rey.

Un gran asombro se manifestó en toda la asamblea, pero Cavalcanti no se conmovió.

-¿Vuestra edad? -dijo el presidente-, ¿responderéis a esta pregunta?

-A ésa, como a las demás, responderé, señor presidente, pero cuando llegue el caso.

-¿Vuestra edad? -repitió el magistrado.

-Tengo veintiún años, o más bien los cumpliré dentro de algunos días, pues nací en la noche del 27 al 28 de septiembre de 1817.

El señor de Villefort, que estaba escribiendo una nota, levantó la cabeza al oír aquella fecha.

-¿Dónde nacisteis? -continuó el presidente.

-En Auteuil, cerca de París.

El señor de Villefort levantó por segunda vez la cabeza, miró a Benedetto como si hubiese mirado la cabeza de Medusa y se puso lívido.

Benedetto pasó por sus labios la punta de un fino pañuelo de batista bordado.

-¿Vuestra profesión? -preguntó el presidente.

-Primero he sido falsario -dijo Cavalcanti con la mayor tranquilidad del mundo--, después ascendí a ladrón, y recientemente he sido asesino.

Un murmullo, o por mejor decir, una tempestad de indignación y de sorpresa estalló en la sala. Los jueces se miraron asombrados, los jurados expresaron el disgusto que les causaba un cinismo que no esperaban en un hombre elegante.

El señor de Villefort apoyó una mano sobre su frente, pálida al principio, encarnada y abrasadora en seguida. Levantóse de pronto, y miró alrededor como un hombre espantado. Parecía que le faltaba el aliento.

-¿Buscáis algo, señor procurador del rey? -preguntó Benedetto con graciosa sonrisa.

El señor de Villefort no respondió, se sentó, o por mejor decir, se dejó caer sobre su sillón.

-¿Consentís ahora, acusado, en decir vuestro nombre? –preguntó el presidente-. La afectación brutal que habéis puesto en enumerar vuestros crímenes, que calificáis de profesión, la especie de importancia que dais a esas acciones, que en nombre de la moral y de la humanidad el tribunal debe reprenderos severamente, he ahí la causa quizá que ha hecho retardéis el nombraros. Queréis enaltecer vuestro hombre con los títulos que le preceden.

-Señor presidente -dijo Benedetto con el tono de voz más gracioso y con las maneras más distinguidas-, pares increíble el modo con que habéis leído en el fondo de mi corazón. En efecto, por eso os he rogado que invirtieseis el orden de las preguntas.

El estupor había llegado a su colmo. No había en las palabras del acusado ni altanería, ni cinismo, y se presentía algún terrible rayo en el fondo de aquella oscura nube.

-¡Y bien! --dijo el presidente-, ¿vuestro nombre?

-No puedo deciros mi hombre, porque no lo sé. En cambio conozco el de mi padre, pero no puedo decirlo.

Una alucinación dolorosa cegó a Villefort. Viéronse caer de sus mejillas varias gotas de sudor que borraban sus papeles, que revolvió con mano convulsa.

-Decidnos el hombre de vuestro padre -dijo entonces el presidente.

Ni una respiración fuerte, ni el menor aliento turbaba el silencio de aquella asamblea. Todos esperaban.

-Mi padre es procurador del rey -respondió con calma imperturbable Cavalcanti.

-¡Procurador del rey! -.dijo estupefacto el presidente sin notar el trastorno que aquellas palabras causaron al señor de Villefort-, ¡procurador del rey!

-Sí, y ya que me preguntáis su hombre, os lo diré: se llama de Villefort.

La explosión, tanto tiempo contenida por respeto a la justicia, estalló como un trueno del pecho de todos los asistentes. El tribunal mismo no pensó en reprimir aquel simultáneo movimiento. Las exclamaciones, las injurias dirigidas a Benedetto, que permanecía impasible, los gestos enérgicos, el movimiento de los gendarmes, las rechiflas de la parte del pueblo bajo que hay en toda reunión pública, y que sale a la luz en los momentos de tumulto y escándalo, duraron cinco minutos, antes que los magistrados y los ujieres lograsen restablecer el orden y el silencio.

En medio de aquella confusión se oía la voz del presidente que gritaba:

-¿Queréis jugar con la justicia, acusado? ¿Os atrevéis a dar a

vuestros conciudadanos el espectáculo de una corrupción que no tiene igual ni siquiera en una época tan relajada como la presente?

Diez personas se apresuraron a acercarse al procurador del rey, que medio aterrado permanecía en su asiento; ofreciéndole consuelos, procuraron animarle, y le hicieron protestas de celo y símpatía.

Decían que una mujer se había desmayado, hiciéronla respirar varias sales, y se repuso.

Durante el tumulto, Benedetto había vuelto la cara sonriéndose hacia la asamblea, y apoyando en seguida una mano en el respaldo de su banco y en la postura más graciosa:

-Señores -dijo-, no permita Dios que procure insultar al tribunal, y dar un escándalo inútil en presencia de tan honorable reunión. Me han preguntado qué edad tengo, he respondido. No puedo decir de dónde soy ni ruál es mi apellido, porque mis padres me abandonaron. Sin embargo, puedo muy bien, sin deter mi hombre, puesto que no lo tengo, decir el de mi padre, y lo repito, mi padre se llama el señor de Villefort, y estoy pronto a probarlo.

Tanta verdad, tanta convicción y energía había en el acento del joven que redujo el tumulto al silencio. Las miradas se dirigieron todas en el momento al procurador del rey, que conservaba en su asiento la inmovilidad de un hombre que el rayo acaba de convertir en cadáver.

-Señores --continuó Benedetto exigiendo el silencio con el gesto y con la voz-, os debo la prueba y la explicación de mis palabras.

-¡Pero... -dijo el presidente, irritado-, en la instrucción dijisteis que os llamaban Benedetto, habéis dicho que erais huérfano y natural de Córcega!

-En la instrucción dije lo que me convenía decir, porque no quería que se debilitase o detuviese, lo que no podia menos de suceder, el eco solemne que quería dar a mis palabras.

»Os repito ahora que nací en Auteuil, en la noche del 27 al 28 de septiembre de 1817, y que soy hijo de Villefort, procurador del rey. ¿Queréis saber más detalles? Os los contaré.

»Vine al mundo en el primer peso de la casa número 28, de la calle de la Fontaine, en una habitación tapizada de damasco encarnado. Mi padre me tomó en los brazos diciendo a mi madre que estaba muerto. Me envolvió en un paño, marcado H. N., y me llevó al jardín, donde me enterró vivo.»

Los presentes temblaron cuando vieron crecer la seguridad del acusado con el espanto del señor de Villefort.

-¿Pero cómo conocéis esos detalles? -preguntó el presidente.

-Voy a decíroslo, señor presidente. En el jardín en que mi padre acababa de sepultarme se había introducido aquella noche un hombre que le odiaba mortalmente, y quería vengarse del modo que lo hace un corso. El hombre que estaba oculto vio a mi padre enterrar algo, y le asestó una puñalada por la espalda cuando estaba a la mitad de su operación; creyendo en seguida que lo que había ocultado era un tesoro, abrió la fosa y me halló vivo aún. Ese hombre me llevó al hospicio de los expósitos, donde me inscribieron con el número treinta y siete. Tres meses más tarde, su mujer hizo el viaje de Rogliano a París para venir a buscarme. Me reclamó como hijo suyo, y me llevó consigo.

»He aquí por qué, aunque nacido en Auteuil, me crié en Córcega.»

Hubo un instante de silencio, pero tan profundo, que se hubiera creído que la sala estaba desierta.

-Continuad -dijo la voz del presidente.

-En verdad --continuó Benedetto-, hubiera podido ser dichoso en casa de aquellas buenas gentes que me adoraban, pero mi natural perverso pudo más que todas las virtudes que procuraba infundir en mi corazón mi madre adoptiva. Fui creciendo en el mal, y he llegado hasta el crimen. Finalmente, un día que maldecía a Dios por haberme hecho tan malo y dado tan odioso destino, mi padre adoptivo se acercó a mí y me dijo:

»" ¡No blasfemes, desgraciado!, porque Dios lo ha dado la vida sin cólera. El crimen es de lo padre, y no tuyo; de lo padre, que lo entregaba al infierno si hubieses muerto, a la miseria, si un milagro lo volvía a la vida."

» A partir de aquel instante, cesé de blasfemar a Dios, pero he maldecido a mi padre, y he aquí por qué he pronunciado las palabras que me habéis reprochado, señor presidente. He aquí por qué he causado el escándalo que aún hace temblar a todos. Si es un crimen más, castigadme, pero si os he convencido de que desde el día de mi nacimiento mi destino era fatal, doloroso, amargo, lamentable, tened entonces compasión de mí.»

-¿Pero vuestra madre? -preguntó el presidente.

-Mi madre me creía muerto, y no era culpable; no he querido saber el nombre de mi madre, no la conozco.

En aquel momento un grito agudo que terminó en un suspiro salió del grupo que, como hemos dicho, rodeaba a una mujer.

Desplomóse con un violento ataque de nervios, y tuvieron que sacarla del pretorio; separóse el velo que ocultaba su rostro: era la señora Danglars.

A pesar de su postración, del rumor que había en sus oídos y la especie de locura que trastornaba su cerebro, Villefort la reconoció y se levantó.

-¡Las pruebas! ¡Las pruebas! -dijo el presidente-, recordad, acusado, que ese tejido de horrores necesita apoyarse en las pruebas más evidentes.

-¿Las pruebas? ¿Las pruebas queréis? -dijo Benedetto riéndose-, vais a verlas.

-Sí.

-Pues bien, mirad al señor de Villefort, y pedidme aún las pruebas.

Todos volvieron los ojos hacia el procurador del rey, que bajo el peso de aquellas mil miradas avanzó hacia el medio del tribunal, vacilante, con los cabellos desordenados y la cara sanguinolenta por la presión de sus uñas. Oyóse un murmullo de admiración.

-Me piden las pruebas, padre mío -dijo Benedetto-, ¿queréis que las dé?

No, no -balbució el procurador del rey con voz ahogada-, no; es inútil.

-¡Cómo! ¿Inútil? -inquirió el presidente-. ¿Pero qué queréis decir?

-Quiero decir que en vano intentaría sustraerme al golpe mortal

que me aterra, señores. Conozco que estoy entre las manos de un Dios vengador. Nada de pruebas, no hay necesidad; todo lo que ese joven ha dicho es verdad.

Un silencio análogo al que precede a las grandes catástrofes de la naturaleza se apoderó de los asistentes, sus cabellos se erizaron.

-¿Y qué?, señor de Villefort -dijo el presidente-, ¿no cedéis a una alucinación? ¡Cómo! ¿Gozáis de la plenitud de vuestras facultades intelectuales? ¿Se concebiría que una acusación tan extraordinaria, tan imprevista y terrible os hubiese turbado la razón? ¡Vamos, serenaos!

El procurador del rey movió la cabeza, sus dientes daban uno contra otro como los de un hombre devorado por la fiebre, y su palidez era mortal.

-Estoy en pleno use de todas mis facultades -dijo--; solamente mi cuerpo es el que sufre, y esto se concibe. Me reconozco culpable de todo lo que ese joven acaba de decir contra mí, y me pongo desde ahora a la disposición del señor procurador del rey, mi sucesor.

Dichas estas palabras con una voz ronca y casi sofocada, el señor

de Villefort se dirigió vacilante a la puerta, que le abrió maquinalmente el ujier de servicio.

La asamblea entera permaneció silenciosa y consternada con aquella revelación que tan terrible desenlace daba a las peripecias que durante quince días habían ocupado a la alta sociedad de París.

-¡Y bien! -dijo Beauchamp-. ¡Que vengan luego a decirnos que el drama no existe en la naturaleza!

-¡Por mi vida! -dijo Chateau-Renaud-, mejor quisiera concluir como el señor de Morcef; un tiro es dulce en comparación de semejante catástrofe.

-Y luego mata -dijo Beauchamp.

-Y yo que había pensado en casarme con su hija -dijo Debray-, ¡bien ha hecho en morirse! ¡Dios mío! ¡Pobre muchacha!

-Se levanta la sesión, señores -dijo el presidente-; la causa queda para la sesión próxima, pues debe empezarse de nuevo la instrucción y confiarla a otro magistrado.

Cavalcanti, siempre sereno y mucho más interesante, salió de la sala escoltado por los gendarmes, que voluntariamente le manifestaban cierta consideración.

-¡Y bien! ¿Qué pensáis de esto, buen hombre? -preguntó Debray al guardia municipal poniéndole un luis en la mano.

-Que habrá circunstancias atenuantes -respondió éste.