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El Conde de Montecristo.  Alejandro Dumas
Capítulo 109. Ensayos
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El caso Benedetto, como se decía entonces en el Palacio de justicia y en la sociedad, había producido una enorme sensación. Parroquiano del café de París, del boulevard de Gante y del bosque de Bolonia, el falso Cavalcanti había hecho una porción de amistades y relaciones durante los tres meses de esplendor que había vivido en París. Los diarios habían contado las diversas vicisitudes del acusado, tanto durante su vida elegante, como la de presidiario. Aquello suscitó una curiosidad muy viva. Sobre todo entre los que habían conocido al príncipe Cavalcanti personalmente, y éstos estaban decididos a no perdonar medio para ir a ver en el banquillo de los acusados a Benedetto, asesino de su compañero de cadena.

A los ojos de muchas personas, Benedetto no era una víctima, sino una equivocación de la justicia. Habían visto al señor Cavalcanti padre, en París, y esperaban verle aparecer de nuevo para reclamar a su

ilustre descendiente. Los que no habían oído hablar jamás de la famosa polaca, con la que llegó a casa de Montecristo, se hallaban prevenidos a su favor por el aire de dignidad, nobleza y conocimiento del mundo del anciano patricio, el que, preciso es decirlo, parecía completamente un gran señor cuando no hablaba o se ocupaba de aritmética.

En cuanto al acusado, muchos recordaban haberle visto tan amable, apuesto y liberal, que preferían creer que se había urdido contra él alguna trama por parte de alguno de aquellos enemigos que encuentran en el mundo las personas extraordinariamente ricas, y que poseen los medios de hacer el bien o el mal de un modo maravilloso.

Todo el mundo se apresuró a asistir a la sesión del tribunal del Jurado, unos para divertirse con el espectáculo, otros para comentarlo. Desde las siete de la mañana acudió gente a la reja, y la sala de las sesiones estaba ya llena de privilegiados.

En los días de los procesos famosos, antes de que se constituya el tribunal, y muchas veces aun después, la sala de Audiencia se parece a un salón particular, en el que muchas personas se reconocen, se juntan unas con otras cuando están cerca y se hablan por señas, temiendo perder su sitio, cuando están separadas por el pueblo, los abogados y los gendarmes.

Hacía uno de aquellos magníficos días de otoño que varias veces vienen a consolarnos de la ausencia del estío. Las nubes que el señor de Villefort viera al despuntar la aurora, se disiparon como por arte de magia al rayar el sol, y dejaron lucir con toda su brillantez uno de los días más hermosos de septiembre.

Beauchamp, uno de los magnates de la prensa diaria, tenía su sitio seguro en el tribunal, como en todas partes, lo había ocupado y miraba con sus gemelos a derecha a izquierda. Vio a Chateau-Renaud y a Debray, que habían merecido las consideraciones de un guardia municipal, el cual les cedió su sitio, colocándose detrás para no impedirles la vista. El digno agente había conocido al millonario y secretario del ministro, y se mostró muy cortés con sus nobles vecinos, permitiéndoles se acercasen a Beauchamp, y prometiéndoles guardarles sus sitios.

-Y bien -dijo Beauchamp-, ¿venimos a ver a nuestro amigo?

-Sí, ¡Dios mío!, sí, ¡al digno príncipe! Llévese el diablo a todos los príncipes italianos, ¡bah... !

-Un hombre que tenía a Dante por genealogista, y cuyo origen se remontaba hasta la Divina Comedia.

-Nobleza de cuerda -dijo con sorna Chateau-Renaud.

-Será condenado, ¿no es cierto? -preguntó Debray a Beauchamp

-¡Eh!, querido mío, no sois vos el que debéis preguntarnos eso. ¿Ayer visteis al presidente a la salida del baffle del ministro?

-Sí.

-¿Y qué os dijo?

-Una cosa que os dejará maravillado.

-¡Ah!, entonces hablad pronto, mi querido amigo. Hace mucho tiempo que no me sucede tal cosa.

-Pues bien, me ha dicho que Benedetto, al que suele considerarse como un fénix de sutileza y astucia, es un pillo de orden muy subalterno, a indigno de los experimentos frenológicos que se harán con su cabeza después de guillotinado.

-¡Bah! -dijo Beauchamp-, no representaba del todo mal el papel de príncipe.

-Para vos, Beauclíamp, que detestáis a los príncipes, y que estáis encantado cuando les halláis maneras poco finas, pero para mí, que a la legua descubro el noble, y deduzco el origen de una familia aristocrática, en seguida le conocí.

-¿Así, jamás creísteis en su principado?

-Creí en que era principal, sí; príncipe, no.

-No está mal -dijo Debray-, pero para cualquier otro podría pasar por tal, yo le he visto en casa de los ministros.

-¡Ah!, sí -dijo Chateau-Renaud-, ¡como si vuestros ministros conociesen a los verdaderos nobles!

-Hay mucho de verdad en lo que acabáis de decir, Chateau-Renaud -respondió Beauchamp echándose a reír-; la frase es corta, pero agradable. Os pido permiso para usar de ella cuando dé cuenta a mis lectores de lo que ha sucedido.

-Como gustéis, Beauchamp -dijo Chateau-Renaud-, os doy mi frase por lo que vale.

-Pero -dijo Debray a Beauchamp-, si yo he hablado al presidente, vos debéis haber hablado al procurador del rey.

-Imposible. Hace ocho días que el señor de Villefort se oculta, y es muy natural. Tantas desgracias domésticas, coronadas por la extraña muerte de su hija...

-¡La extraña muerte! ¿Qué decís?

-¡Ah!, sí; haceos el ignorante bajo el pretexto de que eso sucede en casa de la nobleza de toga -dijo Beauchamp llevando su lente a los ojos.

-Permitidme, amigo mío, que os diga que para los gemelos no valéis tanto como Debray. Y vos, Debray, dad una lección al señor Beauchamp.

-Toma -dijo Beauchamp-, no me equivoco.

-¿Qué es, pues?

-Es ella.

-¿Quién?

-Decían que se había marchado.

-¿La señorita Eugenia? -preguntó Chateau-Renaud-, ¿habrá regresado ya?

-No, pero su madre...

-¿La señora Danglars?

-¡Cómo! -dijo Chateau-Renaud-, ¡es terrible, diez días después de haberse fugado su hija, y tres después de la quiebra de su marido!

Debray se sonrojó un poco y miró hacia el sitio que señalaba su amigo Beauchamp.

-Vaya, pues. Es una mujer cubierta con un velo, una desconocida, quizá la madre del príncipe Cavalcanti. ¿Pero decíais o ibais a decir cosas muy interesantes, Beauchamp?

-¿Yo?

-Sí; hablabais de la extraña muerte de Valentina.

-¡Ah!, sí; es verdad. Pero ¿por qué la señora de Villefort no está presente?

-¡Pobre mujer! -dijo Debray-, estará ocupada en destilar agua de melisa para los hospitales, o en preparar cosméticos para ella y sus amigas. ¿Sabéis que gásta en esa diversión dos o tres mil escudos al año? Y en efecto, tenéis razón. ¿Por qué no está aquí la señora del procurador del rey? La habría visto con gran placer. Me gusta mucho esa mujer.

-Y yo la detesto -dijo Chateau-Renaud.

-¿Por qué?

-No lo sé. ¿Por qué amamos? ¿Por qué aborrecemos? La detesto por antipatía.

-O, al menos, por instinto.

-No lo creo. .. pero volvamos a lo que decíais, Beauchamp.

-¡Y bien! -respondió éste-, ¿tenéis curiosidad por saber cómo hay con frecuencia tantos muertos en casa de Villefort?

-Con frecuencia, ésta es la expresión exacta -dijo Chateau-Renaud.

-Querido, es la que usa San Simón.

-Y la muerte en casa del señor de Villefort es donde se la encuentra. Volvamos, pues, a ella.

-¡Por vida mía!, confieso que hace tres meses tengo fija mi atención en esa casa, y precisamente anteayer la señora me hablaba de ella con motivo de la muerte de Valentina.

-¿Y quién es la señora? -preguntó Chateau-Renaud.

-La mujer del ministro.

-¡Ah!, disculpad mi ignorancia, yo no frecuento las casas de los ministros. Eso queda para los príncipes.

-Erais magnífico y os volvéis divino, barón. Tened piedad de nosotros. Vuestras palabras van a abrasarnos como los rayos de Júpiter.

-No volveré a decir nada. ¡Pero que el diablo tenga piedad de mí! ¡No me deis lugar para replicar!

-Vamos, ¿podremos llegar al fin de nuestro diálogo, Beauchamp? Os decía que la señora me preguntaba anteayer sobre las muertes de Villefort; informadme, y podré satisfacerla.

-Pues bien, señores, en casa de Villefort hay un asesino.

Ambos jóvenes temblaron, porque más de una vez se les había ocurrido la misma idea.

-¿Y quién es el asesino? -preguntaron a una.

-El pequeño Eduardo.

Una risotada de los jóvenes no fue bastante para turbar al orador, que prosiguió:

-Sí, señores; un niño que es un fenómeno, y que mata ya como padre y madre.

-¿Es una broma?

-No. Ayer recibí un criado que sale de casa de Villefort, y ahora escuchad con atención.

-Escuchemos.

-Mañana voy a despedirlo, porque come enormemente para reponerse de los ayunos que se había impuesto voluntariamente en aquella casa. Pues bien. Parece que el niño se sirve de vez en cuando de un frasco de drogas contra los que le desagradan. Primero la tomó con el señor y la señora de Saint-Merán, y les dio tres gotas de su elixir. Después a Barrois, el criado de Noirtier, que le regañó en varias ocasiones, le suministró otras tres gotas, y últimamente, a Valentina, a la que tenía envidia, le suministró también la dosis, y la suerte de ella fue la misma de los demás.

-¿Pero qué diablos nos contáis? --dijo Chateau-Renaud.

-¡Bah!, os cuento una cosa del otro mundo, ¿verdad?

-Eso es absurdo -dijo Debray.

-¡Ah! -dijo Beauchamp-, buscáis medios dílatorios. Preguntad a mi criado qué era lo que se decía en la casa.

-¿Pero ese elixir dónde está? ¿Qué cosa es?

-El chico lo oculta.

-¿De dónde lo ha tomado?

-Del laboratorio de su madre.

-Su madre, pues, ¿tiene venenos en su laboratorio?

-¡Qué sé yo!, me estáis interrogando como si fueseis procuradores del rey. Os repito lo que me han dicho, y he aquí todo. Os cito al autor, no puedo hacer más. Lo cierto es que el pobre diablo no comía de miedo.

-¡Parece increíble!

-Pero no, querido, nada tiene de increíble. Ya visteis el año pasado a un niño de la calle de Richelieu que se entretenía en matar a sus hermanos, introduciéndoles mientras dormían un alfiler en los oídos. ¡Querido, la generación que va a reemplazarnos es muy precoz!

-¡Apuesto a que no creéis una palabra de cuanto decís, pero no veo al conde de Montecristo. ¿Cómo es que no ha venido?

-Tendrá vergüenza de presentarse ante el público, habiendo sido el juguete de los Cavalcanti, que se le presentaron, según parece, con cartas de recomendación que eran falsas, y que hoy tienen unos cien mil francos hipotecados sobre el principado.

-A propósito, Chateau-Renaud, ¿cómo se encuentra Morrel? -preguntó Beauchamp.

-Tres veces he estado en su casa y no he podido verle. Su hermana me ha dicho, sin embargo, que estaba bien.

-¡Ah!, ahora que recuerdo. ¡Montecristo no puede presentarse en la sala! -dijo Beauchamp.

-¿Por qué?

-Porque es actor en el drama.

-¡Cómo! ¿Ha asesinado a alguien? -dijo Debray.

-No, al contrario, querían asesinarle. Sabéis que al salir de su casa fue cuando Benedetto asesinó a su amigo Caderousse; en ella se encontró el famoso chaleco que vino a turbar el contrato, y que está allí sobre la mesa, como una pieza de convicción.

-¡Ah!, ¡es verdad!

-Silencio, señores, he aquí la sala. A vuestro sitio.

En efecto, oíase gran ruido en el pretorio. El agente llamó a sus protegidos y un ujier gritó desde la puerta con aquella entonación que tenían ya en tiempo de Beaumarchais:

-¡Señores, la sala!