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La pequeña Roque.    Guy de Maupassant
Libro. La pequeña Roque
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El peatón Médéric Rompel, a quien la gente de la región llamaba familiarmente Médéri, salió a la hora de costumbre de la casa de Correos de Roüy-le-Tors. Tras cruzar la pequeña población con su largo paso de soldado veterano, atajó primero por los prados de Villaumes para llegar a orillas del Brindille, que lo llevaba, siguiendo el agua, al pueblo de Carvelin, donde iniciaba el reparto.

Caminaba de prisa, a lo largo del estrecho río que espumeaba, gruñía, hervía y fluía por su lecho de hierbas, bajo una bóveda de sauces. Las grandes piedras que detenían la corriente tenían a su alrededor un anillo de agua, una especie de corbata rematada por un nudo de espuma. En algunos lugares había cascadas de un pie de altura, a menudo invisibles, que hacían, bajo las hojas, bajo los bejucos, bajo un techo de verdor, un gran ruido colérico y suave; más adelante las riberas se ensanchaban, se encontraba un laguito apacible donde nadaban truchas entre toda esa cabellera verde que ondea en el fondo de los arroyos tranquilos.

Médéric seguía su camino, sin ver nada, y sin pensar más que en esto: «Mi primera carta es para los Poivron, luego tengo una para el señor Renardet; conque tengo que atravesar el oquedal.» Su chaqueta azul, ceñida a la cintura por una correa de cuero negro, pasaba con marcha rápida y regular bajo la fila verde de los sauces; y su bastón, una fuerte vara de acebo, avanzaba a su lado al mismo ritmo que sus piernas.

Así pues, salvó el Brindille por un puente que consistía en un solo árbol, lanzado de una orilla a otra, y que tenía por única barandilla una cuerda sostenida por dos estacas clavadas en las riberas.

El oquedal, perteneciente al señor Renardet, alcalde de Carvelin, y el principal propietario del lugar, era una especie de bosque de viejos árboles, enormes, rectos como columnas, y que se extendía en una longitud de media legua, a la orilla izquierda del río, que servía de límite a aquella inmensa bóveda de follaje. A lo largo del agua habían crecido grandes arbustos, caldeados por el sol; pero en el oquedal no se encontraba más que musgo, un musgo espeso, suave y blando, que difundía por el aire estancado un ligero olor a moho y a ramas muertas.

Médéric aflojó el paso, se quitó el quepis negro galoneado de rojo y se enjugó la frente, pues ya hacía calor en los prados, aunque aún no eran las ocho de la mañana.

Acababa de ponérselo otra vez y de reanudar su paso ligero cuando vio, al pie de un árbol, un cuchillo, un cuchillito de niño. Cuando lo recogió, descubrió también un dedal, y después un alfiletero dos pasos más adelante.

Habiendo recogido aquellos objetos, pensó: «Se los entregaré al señor alcalde»; y prosiguió su camino; pero ahora con los ojos bien abiertos, esperando siempre encontrar otra cosa.

De repente se detuvo en seco, como si hubiera chocado con una valla de madera, pues, a diez pasos de él yacía, tendido de espaldas, un cuerpo infantil, desnudo, sobre el musgo. Era una niñita de unos doce años.

Tenía los brazos abiertos, las piernas separadas, la cara tapada con un pañuelo. Un poco de sangre maculaba sus muslos.

Médéric avanzó de puntillas, como si temiera hacer ruido, o recelara un peligro; y abría mucho los ojos.

¿Qué era aquello? Estaría dormida, sin duda. Después reflexionó que nadie duerme así, completamente desnudo, a las siete y media de la mañana, bajo árboles fríos. Entonces estaba muerta; y se hallaba en presencia de un crimen. Ante esta idea, un escalofrío le corrió por los riñones, aunque fuese un ex soldado.

Y además era una cosa tan rara en la región, un asesinato, y el asesinato de un niño, encima, que no podía dar crédito a sus ojos. Pero no presentaba ninguna herida, sólo aquella sangre coagulada en la pierna.

¿Cómo, pues, la habían matado?

Se había detenido muy cerca de ella; y la miraba, apoyado en su bastón. La conocía, claro, pues conocía a todos los habitantes de la comarca; pero, al no poder verle la cara, no podía adivinar su nombre. Se inclinó para retirar el pañuelo que le cubría el rostro; después se detuvo, con la mano extendida, retenido por una reflexión.

¿Tenía derecho a alterar algo del estado del cadáver antes de las pesquisas de la justicia? Se imaginaba a la justicia como una especie de general a quien nada se le escapa y que concede tanta importancia a un botón perdido como a una cuchillada en el vientre. Bajo aquel pañuelo, quizá se encontrase una prueba capital; era una pieza de convicción, en fin, que podría perder su valor tocada por una mano torpe.

Entonces se levantó para correr a casa del alcalde; pero otro pensamiento lo retuvo de nuevo. Si la chiquilla estaba aún viva, por casualidad, no podía abandonarla así. Se arrodilló, muy suavemente, bastante lejos de ella, por prudencia, y alargó la mano hacia su pie. Estaba frío, helado, con ese frío terrible que hace tan espantosa la carne muerta y que no deja lugar a dudas. El cartero, ante aquel tacto, sintió que el corazón le daba un vuelco, como dijo después, y que la saliva se le secaba en la boca. Levantándose bruscamente, echó a correr por el oquedal hacia la casa del señor Renardet.

Marchaba a paso gimnástico, con el bastón bajo el sobaco, los puños cerrados, la cabeza echada hacia adelante; y su bolsa de cuero, llena de cartas y periódicos, le golpeaba cadenciosamente los riñones.

La casa del alcalde se encontraba al final del bosque que le servía de parque y bañaba todo una esquina de sus muros en un pequeño estanque que formaba en aquel lugar el Brindille.

Era una gran mansión cuadrada, de piedra gris, muy antigua, que había sufrido asedios en tiempos, y rematada por una enorme torre, de veinte metros de altura, edificada en el agua.

Desde lo alto de aquella ciudadela se vigilaba antaño toda la región. La llamaban la torre del Zorro (Renard), sin que se supiera exactamente por qué; y de esa apelación sin duda había salido el apellido Renardet que llevaban los propietarios de aquel feudo que, según decían, pertenecía a la misma familia hacía más de doscientos años. Pues los Renardet formaban parte de esa burguesía casi noble que con frecuencia se encontraba en las provincias antes de la Revolución.

El cartero entró de un salto en la cocina, donde desayunaban los criados, y gritó: «¿Se ha levantao el señor alcalde? Tengo que hablarle ahora mismo.» Sabían que Médéric era hombre de peso y de autoridad, y comprendieron en seguida que había ocurrido algo grave.

El señor Renardet, avisado, ordenó que pasase. El peatón, pálido y jadeante, con el quepis en la mano, encontró al alcalde sentado ante una larga mesa cubierta de papeles esparcidos.

Era un hombre alto y grueso, pesado y rubicundo, fuerte como un buey y muy querido en la región, aunque violento en exceso. De unos cuarenta años de edad y viudo desde hacía seis meses, vivía en sus tierras como un hidalgo rural. Su temperamento fogoso le había acarreado con frecuencia situaciones penosas, de las que lo sacaban siempre los magistrados de Roüy-le-Tors, como amigos indulgentes y discretos. ¿Acaso no había un día derribado de lo alto del pescante al conductor de la diligencia porque había estado a punto de aplastar a su perro de muestra, Micmac? ¿No le había partido las costillas a un guardabosques que levantaba un acta contra él porque atravesaba, con la escopeta al hombro, unas tierras pertenecientes a un vecino? ¿E incluso no cogió por las solapas al subprefecto, que se detenía en el pueblo en el curso de una visita administrativa, calificada por el señor Renardet de visita electoral? Porque, por tradición familiar, militaba siempre en la oposición al gobierno.

El alcalde preguntó: «¿Qué pasa, Médéric?

—He encontrado una niñita muerta en su oquedal.» Renardet se irguió, con la cara de color de ladrillo: «¿Qué dice?... ¿Una niña?

—Sí, señor, una niñita, desnuda del todo, de espaldas, con sangre, ¡muerta, bien muerta!» El alcalde renegó: «¡Maldita sea! Apuesto a que es la pequeña Roque. Acaban de avisarme de que ayer por la noche no regresó a casa de su madre. ¿En qué lugar la descubrió usted?» El cartero explicó el sitio, dio detalles, se ofreció a acompañar al alcalde.

Pero Renardet respondió con brusquedad: «No. No lo necesito a usted. Envíeme en seguida al guarda rural, al secretario del ayuntamiento y al médico, y prosiga su ronda. Rápido, rápido, váyase, y dígales que se reúnan conmigo en el oquedal.» El peatón, hombre disciplinado, obedeció y se retiró, furioso y desolado de no asistir a las diligencias.

El alcalde salió a su vez, cogió su sombrero, un gran sombrero flexible, de fieltro gris, de alas muy anchas, y se detuvo unos segundos en el umbral de su residencia. Ante él se extendía un vasto césped sobre el que se destacaban tres grandes manchas, roja, azul y blanca, tres macizos de flores abiertas, una frente a la casa y las otras a los lados. Más lejos se erguían hacia el cielo los primeros árboles del oquedal, mientras que a la izquierda, por encima del Brindille ensanchado en estanque, se veían largas praderas, toda una región verde y llana, cortada por acequias y por hileras de sauces semejantes a monstruos, a enanos rechonchos, siempre podados y luciendo sobre un tronco enorme y corto un tembloroso plumero de delgadas ramas.

A la derecha, detrás de los establos, los cobertizos, todas las edificaciones que dependían de la finca, empezaba el pueblo, rico, habitado por ganaderos.

Renardet bajó lentamente los peldaños de la escalinata, y, doblando a la izquierda, llegó a la orilla del agua, que siguió a pasos lentos, las manos a la espalda. Caminaba con la cabeza gacha; y de vez en cuando miraba a su alrededor por si veía a las personas a quienes había mandado a buscar.

Cuando hubo llegado bajo los árboles, se detuvo, se destocó y se enjugó la frente como había hecho Médéric; pues el ardiente sol de julio caía como lluvia de fuego sobre la tierra. Después el alcalde prosiguió su marcha, se detuvo de nuevo, volvió sobre sus pasos. De pronto, bajándose, mojó el pañuelo en el arroyo que corría a sus pies y se lo extendió en la cabeza, debajo del sombrero. Gotas de agua se deslizaban a lo largo de sus sienes, por sus orejas siempre violáceas, por su cuello poderoso y rojo y entraban, una tras otra, bajo el blanco cuello de su camisa.

Como nadie aparecía aún, se puso a golpear el suelo con el pie, y después llamó: «¡Eh! ¡Eh!» Una voz respondió a la derecha: «¡Eh! ¡Eh!» Y el médico apareció bajo los árboles. Era un hombrecillo flaco, ex cirujano militar, tenido por muy capaz en las cercanías. Cojeaba, pues había sido herido en campaña, y se ayudaba con un bastón para caminar.

Después vio al guarda rural y al secretario del ayuntamiento que, avisados al mismo tiempo, llegaban juntos. Tenían cara de espanto y acudían jadeantes, andando y corriendo sucesivamente para darse prisa, y agitando tanto los brazos que parecían acometer con ellos más trabajo que con las piernas.

Renardet le dijo al médico: «¿Sabe usted de qué se trata?

—Sí, una niña muerta que Médéric encontró en el bosque.

—Está bien. Vamos.» Se pusieron a caminar uno al lado del otro, seguidos por los otros dos hombres. Sus pasos no hacían el menor ruido sobre el musgo; sus ojos buscaban algo delante de sí, a los lejos.

El doctor Labarbe extendió el brazo de pronto: «Miren, ¡ahí está!» Muy lejos, bajo los árboles, se divisaba una cosa clara. De no haber sabido lo que era, no lo hubieran adivinado. Parecía reluciente y tan blanca que se la hubiese tomado por una sábana caída, pues un rayo de sol que se deslizaba entre las ramas, iluminaba la carne pálida con una gran raya oblicua que cruzaba el vientre. Al acercarse, distinguieron poco a poco la forma, la cabeza cubierta, vuelta hacia el agua, y los dos brazos separados como para una crucifixión.

«Tengo un calor terrible», dijo el alcalde.

Y, bajándose hacia el Brindille, mojó de nuevo el pañuelo, que volvió a colocarse sobre la frente.

El médico apresuraba el paso, interesado por el descubrimiento. En cuanto estuvo junto al cadáver, se inclinó para examinarlo, aunque sin tocarlo. Se había puesto los quevedos, como cuando uno mira un objeto curioso, y daba lentas vueltas alrededor.

Dijo sin alzarse: «Violación y asesinato, que vamos a comprobar ahora mismo. Esta chiquilla es, por lo demás, casi una mujer, vean su busto.» Los dos senos, ya bastante desarrollados, caían sobre el pecho, flácidos por la muerte.

El médico quitó suavemente el pañuelo que cubría la cara. Esta apareció negra, espantosa, con la lengua fuera, los ojos saltones. Prosiguió: «Pardiez, la han estrangulado una vez hecha la cosa.» Le palpaba el cuello: «Estrangulada con las manos sin dejar además ningún rastro especial, ni marca de uñas ni huella de dedos. Muy bien. Es la pequeña Roque, en efecto.» Volvió a colocar delicadamente el pañuelo: «No puedo hacer nada; está muerta desde hace doce horas, por lo menos. Hay que avisar a la justicia.» Renardet, de pie, con las manos a la espalda, miraba fijamente el cuerpecito extendido en la hierba.

Murmuró: «¡Qué miserable! Habría que encontrar sus vestidos.» El médico palpaba las manos, los brazos, las piernas. Dijo: «Acababa sin duda de darse un baño. Deben estar al borde del agua.» El alcalde ordenó: «Tú, Principe (era el secretario del ayuntamiento), vete a buscarme esas prendas a lo largo del arroyo. Tú, Máxime (era el guarda rural), corre a Roüy-le-Tors y tráeme al juez de instrucción y a los gendarmes. Tienen que estar aquí dentro de una hora. Ya sabes.» Los dos hombres se alejaron con viveza; y Renardet le dijo al doctor: «¿Qué canalla habrá podido hacer semejante cosa en este pueblo?» El médico murmuró: «¿Quién sabe? Cualquiera sería capaz. Cualquiera en particular y nadie en general.

No importa, debe ser algún vagabundo, algún obrero sin trabajo. Desde que tenemos la República, no se ve por los caminos más que eso.» Ambos eran bonapartistas.

El alcalde prosiguió: «Sí, no puede ser más que un extraño, un transeúnte, un vagabundo sin hogar ni tierra...» El médico agregó con una apariencia de sonrisa: «Y sin mujer. Al no tener ni una buena cena ni un buen albergue, se ha procurado lo demás. Nadie se imagina cuántos hombres hay en la tierra capaces de una fechoría en un momento dado. ¿Sabía usted que la pequeña había desaparecido?» Y con la punta de su bastón, tocaba uno tras otro los dedos rígidos de la muerta, como si de las teclas de un piano se tratase.

«Sí. La madre vino a buscarme ayer, hacia las nueve de la noche, pues la niña no había regresado a las siete a cenar. La hemos llamado hasta medianoche por los caminos; pero no se nos ocurrió pensar en el oquedal. Por lo demás, era preciso que hubiera luz, para realizar búsquedas verdaderamente útiles.

—¿Quiere usted un cigarro? —dijo el médico.

—No, gracias, no tengo ganas de fumar. Me da cierta grima ver eso.» Permanecían ambos de pie, frente a aquel frágil cuerpo de adolescente, tan pálido, sobre el musgo oscuro. Una gran mosca de vientre azul que se paseaba a lo largo de un muslo, se detuvo sobre las manchas de sangre, volvió a echar a andar, subiendo siempre, recorriendo la cadera con su marcha viva e irregular, trepó a un seno, después bajó para explorar el otro, buscando algo de beber sobre aquella muerta. Los dos hombres miraban aquel punto negro errante.

El médico dijo: «Qué bonita es una mosca en la piel. Las damas del siglo pasado tenían mucha razón cuando se pegaban un lunar en la cara. ¿Por qué se habrá perdido esa costumbre?» El alcalde parecía no oírlo, perdido en sus reflexiones.

Pero de repente se volvió, pues un ruido lo había sorprendido; una mujer con gorro y delantal azul corría bajo los árboles. Era la madre, la Roque. En cuanto vio a Renardet, empezó a chillar: «¡Mi niña! ¿Dónde está mi niña?», tan enloquecida que no miraba al suelo. La vio de repente, se paró en seco, juntó las manos y alzó los dos brazos lanzando un clamor agudo y desgarrador, un clamor de animal mutilado.

Después se abalanzó hacia el cuerpo, cayó de rodillas y quitó, como si lo arrancase, el pañuelo que cubría la cara. Cuando vio aquel rostro espantoso, negro y convulso, sé irguió con una sacudida, después se postró con el rostro en el suelo, lanzando entre el espesor del musgo gritos espantosos y continuos.

Su gran cuerpo flaco, al que se le pegaban las ropas, palpitaba, sacudido por convulsiones. Se veían sus tobillos huesudos y sus secas pantorrillas envueltas en gruesas medias azules estremecerse horriblemente; y escarbaba en el suelo con sus dedos engarfiados como para hacer en él un hoyo donde esconderse.

El médico, emocionado, murmuró: «¡Pobre vieja!» Renardet sintió en la barriga un ruido singular; después lanzó una especie de ruidoso estornudo que le salió al mismo tiempo por la nariz y por la boca; y, sacándose el pañuelo del bolsillo, se echó a llorar, tosiendo, sollozando y sonándose con estrépito. Balbucía: «¡Mal... mal... mal... maldita sea! ¿Quién será el cerdo que ha hecho esto?... Me... me... me gustaría verlo en la guillotina...» Pero reapareció Principe, con aire desolado y las manos vacías. Murmuró: «No encuentro nada, señor alcalde; nada de nada en ninguna parte.» El otro, pasmado, respondió con voz grosera, ahogada en lágrimas: «¿Qué es lo que no encuentras?

—Las ropas de la pequeña.

—Pues... pues... busca mejor... y... y... encuéntralas... o... o tendrás que vértelas conmigo.» El hombre, sabiendo que al alcalde no se le podía llevar la contraria, volvió a marcharse con pasos desalentados, lanzando al cadáver una ojeada oblicua y temerosa.

Bajo los árboles se alzaban voces lejanas, un rumor confuso, el ruido de una muchedumbre que se aproximaba, pues Médéric, durante su ronda, había diseminado la noticia de puerta en puerta. La gente del pueblo, estupefacta al principio, había charlado de eso en la calle, de un umbral a otro; después se había congregado; habían cotilleado, discutido, comentado el acontecimiento durante unos minutos, y ahora acudían a ver.

Llegaban en grupos, un poco vacilantes e inquietos, por miedo a la primera emoción. Cuando distinguieron el cuerpo, se detuvieron, sin atreverse a avanzar más y hablando en voz baja. Después se armaron de valor, dieron unos pasos, volvieron a detenerse, avanzaron de nuevo, y pronto formaron en torno a la muerta, a su madre, al médico y a Renardet, un apretado corro, agitado y ruidoso que se cerraba con los súbitos empujones de los recién llegados. Pronto llegaron hasta el cadáver. Algunos incluso se bajaron a palparlo. El médico los apartó. Pero el alcalde, saliendo bruscamente de su torpor, se puso furioso y, cogiendo el bastón del doctor Labarbe, se arrojó sobre sus administrados balbuciendo: «Largaos de aquí...

largaos de aquí... hato de bestias... largaos de aquí.» En un segundo el cordón de curiosos se ensanchó en doscientos metros.

La Roque se incorporó, se dio media vuelta, se sentó, y ahora lloraba con las manos unidas sobre la cara.

Entre la multitud, se discutía el asunto; y ávidos ojos de muchachos exploraban el joven cuerpo desnudo. Renardet se dio cuenta y, quitándose bruscamente su chaqueta de lino, la echó sobre la chiquilla, que desapareció por entero bajo la amplia prenda.

Los curiosos se aproximaban poco a poco; el oquedal se llenaba de gente; un continuo rumor de voces ascendía bajo el espeso follaje de los grandes árboles.

El alcalde, en mangas de camisa, seguía de pie, el bastón en la mano, en actitud de combate. Parecía exasperado por aquella curiosidad del pueblo y repetía: «Si uno de vosotros se acerca, le rompo la cabeza como a un perro.» Los campesinos le tenían mucho miedo; se mantuvieron apartados. El doctor Labarbe, que fumaba, se sentó al lado de la Roque, y le habló, intentando distraerla. La vieja se quitó en seguida las manos de la cara y respondió con un torrente de frases lacrimosas, vaciando su dolor en la abundancia de palabras. Contó toda su vida, su boda, la muerte de su hombre, boyero, matado de una cornada, la infancia de su hija, su miserable existencia de viuda sin recursos con la pequeña. No tenía más que eso, su pequeña Louise; y se la habían matado; la habían matado en aquel bosque. De repente, quiso volver a verla y, arrastrándose de rodillas hasta el cadáver, levantó por una punta la prenda que la cubría; después la dejó caer y empezó a chillar de nuevo. La multitud callaba, mirando ávidamente todos los gestos de la madre.

Pero de pronto se produjo un gran alboroto; gritaban: «¡Los gendarmes! ¡Los gendarmes!» A lo lejos aparecieron dos gendarmes, que llegaban a todo correr, escoltando a su capitán y a un señor bajito de patillas rojas, que bailaba como un mono sobre una gran yegua blanca.

El guarda rural había encontrado al señor Putoin, el juez de instrucción, en el mismo momento en que éste montaba a caballo para su paseo de todos los días, pues se las daba de gran jinete, con gran regocijo de sus subordinados.

Echó pie a tierra con el capitán, y estrechó las manos del alcalde y del doctor, lanzando una mirada de hurón a la chaqueta de lino abultada por el cuerpo que yacía debajo.

Cuando estuvo perfectamente al tanto de los hechos, mandó ante todo alejar al público, al que los gendarmes echaron del oquedal, pero que reapareció bien pronto en el prado y formó una hilera, una gran hilera de cabezas excitadas e inquietas a lo largo del Brindille, del otro lado del arroyo.

El médico, a su vez, dio sus explicaciones, que Renardet escribía a lápiz en su agenda. Se hicieron todas las comprobaciones, se anotaron y comentaron sin conducir a ningún descubrimiento. Príncipe también había regresado sin haber hallado rastros de la ropa.

Esa desaparición sorprendía a todo el mundo, pues nadie podía explicársela más que por un robo; y, como aquellos andrajos no valían un franco, el propio robo resultaba inadmisible.

El juez de instrucción, el alcalde, el capitán y el doctor se habían puesto también a buscarlas de dos en dos, apartando las más pequeñas ramas a lo largo del agua.

Renardet le decía al juez: «¿Cómo puede ser que ese miserable haya escondido la ropa o se la haya llevado, y dejado así el cuerpo al aire libre, a la vista?» El otro, socarrón y perspicaz, respondió: «¡Eh! ¡Eh! ¿Acaso una astucia? El crimen ha sido cometido o por un animal o por un pillo redomado. En cualquier caso, conseguiremos descubrirlo.» El ruido de un carruaje les hizo volver la cabeza. Eran el suplente, el médico forense y el escribano del tribunal que llegaban a su vez. Se volvió a iniciar la búsqueda mientras charlaban con animación.

Renardet dijo de repente: «Les comunico que se quedarán a almorzar conmigo.» Todos aceptaron con sonrisas, y el juez de instrucción, opinando que ya se había ocupado bastante, por ese día, de la pequeña Roque, se volvió hacia el alcalde «Puedo mandar que lleven a su casa al cuerpo, ¿no? Ya tendrá usted alguna habitación para guardármelo hasta esta noche.» El otro se turbó, balbuciendo: «Sí, no... no... A decir verdad, prefiero que no entre en mi casa... a causa...

a causa de mis criados... que... que ya hablan de aparecidos en... en mi torre, en la torre del Zorro... Ya sabe usted... No se quedaría ni uno solo... No... Prefiero no tenerlo en casa.» El magistrado esbozó una sonrisa: «Bueno... Mandaré que se lo lleven de inmediato a Roüy, para el examen legal.» Y, volviéndose hacia el suplente: «Puedo utilizar su coche, ¿no?

—Sí, claro.» Todos volvieron hacia el cadáver. La Roque, ahora, sentada al lado de su hija, le cogía una mano, y miraba ante sí con ojos vagos y alelados.

Los dos médicos trataron de llevársela para que no viera cómo cogían a la pequeña; pero ella comprendió en seguida qué iban a hacer y, arrojándose sobre el cuerpo, lo estrechó entre sus brazos.

Acostada sobre él, gritaba: «No se la llevarán, es mía, es mía ahora. Me la han matao, ¡quiero quedarme con ella! ¡No me la quitarán!» Todos los hombres, turbados e indecisos, permanecían de pie a su alrededor. Renardet se arrodilló para hablarle. «Escuche, señora Roque, es preciso, para saber quién la ha matado; si no, no se sabría; es preciso que lo busquemos para castigarlo. Se la devolveremos cuando lo hayamos encontrado, se lo prometo.» Este razonamiento ablandó a la mujer y en su mirada enloquecida despertó el odio: «Entonces, ¿lo cogerán?, dijo.

—Sí, se lo prometo.» Ella se levantó, decidida a dejar actuar a aquella gente; pero, cuando el capitán murmuró: «Es sorprendente que no se encuentren sus ropas», una nueva idea que aún no se le había ocurrido penetró bruscamente en su cabeza de campesina, y se preguntó: «¿Dónde está su ropa? Es mía. La quiero. ¿Dónde la han metido?» Le explicaron que no se había podido encontrar; entonces la reclamó con desesperada obstinación, llorando y gimiendo: «Es mía, la quiero; ¿dónde está? ¡La quiero!» Cuanto más intentaban calmarla, más sollozaba ella, más se obstinaba. No pedía ya el cuerpo, quería los vestidos, los vestidos de su hija, acaso tanto por inconsciente codicia de pobre para quien una pieza de plata representa una fortuna, como por ternura materna.

Y cuando el cuerpecito, envuelto en mantas que habían ido a buscar a casa de Renardet, desapareció en el coche, la vieja, de pie bajo los árboles, sostenida por el alcalde y el capitán, gritaba: «Ya no tengo na, na de na, na más en este mundo, na de na, ni siquiera su gorrito, su gorrito; ya no tengo na, na de na, ni siquiera su gorrito.» El cura acababa de llegar; un sacerdote muy joven y ya gordo. Se encargó de llevarse a la Roque, y se fueron juntos hacia el pueblo. El dolor de la madre se atenuaba con las sagradas palabras del eclesiástico que le prometía mil compensaciones. Pero repetía sin cesar: «Si tuviera aunque sólo fuese su gorrito...», obstinándose con esa idea que dominaba en ese momento sobre todas las otras.

Renardet gritó desde lejos: «Almuerza usted con nosotros, señor cura. Dentro de una hora.» El sacerdote volvió la cabeza y respondió: «Con mucho gusto, señor alcalde. Estaré con ustedes al mediodía.» Y todos se dirigieron hacia la casa, cuya fachada gris y cuya alta torre, plantada al borde del Brindille, se divisaba a través de las ramas.

La comida duró mucho tiempo; se hablaba del crimen. Todo el mundo fue del mismo parecer; había sido cometido por algún merodeador, que pasaba por allí por casualidad, mientras la pequeña se bañaba.

Después los magistrados regresaron a Roüy, anunciando que volverían al día siguiente muy temprano; el médico y el cura se fueron a sus casas, mientras Renardet, tras un largo paseo por los prados, regresó al oquedal, por donde paseó hasta la noche, a pasos lentos, las manos a la espalda.

Se acostó muy temprano y dormía aún al día siguiente cuando el juez de instrucción entró en su cuarto.

Se frotaba las manos; parecía contento, dijo: «¡Ah! ¡Ah! ¿Duerme usted aún? ¡Eh!, bueno, amigo mío, tenemos novedades esta mañana.» El alcalde se había sentado en la cama: «¿Qué pasa?

—¡Oh! Algo muy singular. Ya recuerda usted cómo la madre reclamaba, ayer, un recuerdo de su hija, el gorrito, sobre todo. Pues bien, al abrir la puerta esta mañana ha encontrado, en el umbral, los dos zuecos de la niña. Eso prueba que el crimen ha sido cometido por alguien del pueblo, por alguien que se apiadó de ella.

Y además el cartero Médéric me ha traído el dedal, el cuchillo y el alfiletero de la muerta. Conque el nombre, al llevarse las ropas para ocultarlas, dejó caer los objetos que había en el bolsillo. Por mi parte, concedo sobre todo importancia al asunto de los zuecos, que indica cierta cultura moral y capacidad de enternecimiento en el asesino. Conque, si le parece bien, vamos a pasar revista juntos a los principales habitantes del pueblo.» El alcalde se había levantado. Llamó para que le trajesen agua caliente para afeitarse. Decía: «Encantado; pero será bastante largo, y podemos empezar en seguida.» El señor Putoin se había sentado a horcajadas sobre una silla, continuando así, incluso dentro de casa, con su manía de la equitación.

El señor Renardet ahora se cubría el mentón de espuma blanca mirándose en el espejo; después pasó la navaja por el suavizador y prosiguió: «El principal habitante de Carvelin se llama Joseph Renardet, alcalde, rico propietario, hombre brusco que pega a los guardas y a los cocheros...» El juez de instrucción se echó a reír: «Con eso me basta; pasemos al siguiente...

—El segundo en importancia es el señor Pedellent, teniente de alcalde, ganadero, también rico propietario, un campesino astuto, muy socarrón, muy retorcido en cuestiones de dinero, pero incapaz, en mi opinión, de haber cometido semejante fechoría.» El señor Putoin dijo: «Sigamos.» Entonces, mientras se afeitaba y se lavaba, Renardet prosiguió la inspección moral de todos los habitantes de Carvelin. Tras dos horas de discusión, sus sospechas se habían centrado en tres individuos de poco fiar: un cazador furtivo llamado Cavalle, un pescador de truchas y cangrejos llamado Paquet y un boyero llamado Clovis.

Las investigaciones duraron todo el verano; no se descubrió al criminal. Los sospechosos, detenidos, pudieron probar con facilidad su inocencia, y la justicia tuvo que renunciar a perseguir al culpable.

Pero el asesinato parecía haber conmovido al pueblo entero de forma singular. En las almas de sus habitantes perduraba una inquietud, un vago temor, una sensación de misterioso espanto, procedente no sólo de la imposibilidad de descubrir la menor huella, sino también y sobre todo el extraño hallazgo de los zuecos delante de la puerta de la Roque, al día siguiente. La certidumbre de que el homicida había asistido a las comprobaciones, que vivía aún en el pueblo, sin duda, acosaba los espíritus, los obsesionaba, parecía cernerse sobre la región como una incesante amenaza.

El oquedal, por otra parte, se había convertido en un lugar temido, evitado, que se creía lleno de aparecidos. En otros tiempos, los habitantes iban a pasear por él los domingos por la tarde. Se sentaban en el musgo al pie de los enormes árboles, o bien marchaban a lo largo del agua acechando a las primeras truchas que escapaban bajo las hierbas. Los chavales jugaban a las bochas, a los bolos, al chito, a la pelota, en ciertos lugares de suelo llano y apisonado que habían descubierto; y las chicas, en hileras de cuatro o cinco, se paseaban del brazo, cantaban con chillonas voces romanzas que herían los oídos, cuyas notas falsas turbaban el aire tranquilo y daban dentera como si fuesen gotas de vinagre. Ahora nadie iba ya bajo la bóveda tupida y alta, como si esperasen encontrarse siempre con algún cadáver tirado.

Llegó el otoño, cayeron las hojas. Caían día y noche, descendían arremolinándose, redondas y ligeras, a lo largo de los grandes árboles; y se empezaba a ver el cielo a través de las ramas. A veces, cuando una racha de viento pasaba sobre las copas, la lluvia lenta y continua se espesaba bruscamente, se convertía en un chaparrón vagamente rumoroso que cubría el musgo con una tupida alfombra amarilla, que crujía un poco bajo los pasos. Y el murmullo casi inasible, el murmullo flotante, incesante, dulce y triste de aquella caída, parecía una queja, y las hojas que seguían cayendo parecían lágrimas, grandes lágrimas derramadas por los grandes árboles tristes que lloraban noche y día por el final del año, por el final de las auroras tibias y de los dulces crepúsculos, por el final de las brisas cálidas y de los claros soles, y también quizás por el crimen que habían visto cometer bajo su sombra, por la niña violada y muerta a sus pies. Lloraban en el silencio del bosque desierto y vacío, del bosque abandonado y temido, por el que debía vagar, muy sola, el alma, el almita de la chiquilla muerta.

El Brindille, crecido con las tormentas, fluía más de prisa, amarillo y colérico, entre sus riberas, entre dos hileras de sauces finos y desnudos.

Y he aquí que Renardet, de repente, volvió a pasearse por el oquedal. Todos los días, a la caída de la noche, salía de su casa, bajaba a pasos lentos la escalinata, y caminaba bajo los árboles con aire soñador, las manos en los bolsillos. Marchaba durante mucho tiempo sobre el musgo húmedo y blando, mientras una legión de cuervos, que había acudido desde las cercanías para dormir en las grandes copas, se desplegaba a través del espacio, a la manera de un inmenso velo de luto que flotaba al viento, lanzando clamores violentos y siniestros.

A veces se posaban, acribillando a manchas negras las ramas enredadas contra el cielo rojo, contra el cielo sangriento de los crepúsculos de otoño. Y luego, de repente, volvían a remontarse graznando espantosamente y desplegando de nuevo por encima del bosque el largo festón oscuro de su vuelo.

Se dejaban caer por último sobre las cimas más altas y poco a poco cesaban sus rumores, mientras la noche creciente mezclaba sus plumas negras con el negro del espacio.

Renardet seguía errando al pie de los árboles, lentamente; después, cuando las opacas tinieblas ya no le permitían andar más, regresaba a casa, caía como un piedra en su sillón, ante la chimenea clara, tendiendo hacia el hogar sus pies húmedos, que humeaban un buen rato contra la llama.

Ahora bien, una mañana corrió una gran noticia por la región: el alcalde mandaba talar el oquedal.

Veinte leñadores estaban ya trabajando. Habían empezado por el rincón más próximo a la casa, y avanzaban a toda velocidad en presencia del amo.

Primero, los podadores trepaban por el tronco.

Sujetos a él por un cinturón de cuerda, lo rodean primero con los dos brazos, y después, levantando una pierna, le asestan un fuerte golpe con una punta de cero fijada a la suela. La punta entra en la madera, queda clavada en ella, y el hombre se eleva por encima como en un peldaño para asestar con el otro pie un golpe con la otra punta, sobre la que se sostendrá de nuevo mientras vuelve a empezar con la primera.

Y, conforme va subiendo, levanta un poco más el cinturón de cuerda que lo ata al árbol; sobre sus riñones, cuelga y brilla la hacheta de acero. Sigue trepando suavemente como un animal parásito atacando a un gigante, asciende pesadamente a lo largo de la inmensa columna, abrazándola y espoleándola para ir a decapitarla.

En cuanto llega a las primeras ramas, se detiene, suelta de su costado el agudo podón y golpea. Golpea con lentitud, con método, cortando el miembro muy cerca del tronco; y de pronto la rama cruje, se dobla, se inclina, es arrancada y cae, rozando en su caída los árboles vecinos. Después se aplasta contra el suelo con un gran ruido de maderas rotas, y todas sus menudas ramitas palpitan un buen rato.

El suelo se cubría de restos que otros hombres cortaban a su vez, liaban en haces y apilaban en montones, mientras que los árboles que aún seguían en pie parecían desmesurados postes, estacas gigantescas amputadas y afeitadas por el cortante acero de los podones.

Y, cuando el podador había terminado su tarea, dejaba en lo alto del tronco recto y esbelto el cinturón de cuerda que había llevado allá, volvía a bajar en seguida a golpes de espuela por el tallo desmochado, que los leñadores atacaban entonces por la base asentando grandes golpes que resonaban en todo el resto del oquedal.

Cuando le herida del pie parecía bastante profunda, unos cuantos hombres tiraban, lanzando un grito cadencioso de la cuerda sujeta en la cima, y el inmenso mástil de pronto crujía y caía al suelo con el ruido sordo y la sacudida de un lejano cañonazo.

Y el bosque disminuía cada día, perdiendo sus árboles derribados como un ejército pierde sus soldados.

Renardet no se apartaba de allí; allí estaba de la mañana a la noche, contemplando, inmóvil y con las manos a la espalda, la muerte lenta de su oquedal. Cuando caía un árbol, le ponía un pie encima, como sobre un cadáver. Después alzaba los ojos al siguiente con una especie de impaciencia secreta y tranquila, como si esperase, desease algo al final de aquella carnicería.

Entretanto, se acercaban al lugar donde había sido encontrada la pequeña Roque. Llegaron por fin a él, una tarde, a la hora del crepúsculo.

Como estaba oscuro, con el cielo cubierto, los leñadores quisieron interrumpir el trabajo dejando para el día siguiente el derribo de una enorme haya, pero el dueño se opuso, y exigió que en el acto se podara y abatiera aquel coloso que había dado su sombra al crimen.

Cuando el podador lo hubo dejado desnudo, hubo terminado el arreglo del condenado, cuando los leñadores hubieron socavado su base, cinco hombres empezaron a tirar de la cuerda atada a lo alto.

El árbol resistió; su poderoso tronco, aunque cortado hasta el centro, era rígido como el hierro, los trabajadores, todos a una, con una especie de saltos regulares, tensaban la cuerda hasta casi acostarse en el suelo, y lanzaban un sofocado grito gutural que mostraba y regulaba sus esfuerzos.

Dos leñadores, de pie junto al gigante, seguían empuñando sus hachas, como dos verdugos dispuestos a golpear de nuevo, y Renardet, inmóvil, con la mano sobre la corteza, esperaba la caída con una emoción inquieta y nerviosa.

Uno de los hombres le dijo: «Está usted demasiado cerca, señor alcalde; cuando caiga, puede herirle.» No respondió ni retrocedió; parecía dispuesto a agarrar él mismo el haya con ambos brazos para derribarla como un luchador.

Se produjo de repente, en el pie de la alta columna de madera, un desgarramiento que pareció correr hasta la cima como una dolorosa sacudida; se inclinó un poco, a punto de caer, pero resistiéndose aún. Los hombres, excitados, atiesaron los brazos, hicieron un esfuerzo mayor; y cuando el árbol, roto, se derrumbaba, de pronto Renardet dio un paso hacia adelante, y después se detuvo, con los hombros levantados para recibir el choque irresistible, el choque mortal que lo aplastaría contra el suelo.

Pero el haya, desviándose un poco, se limitó a rozarle los riñones, tirándolo de bruces a cinco metros de allí.

Los trabajadores se abalanzaron a levantarlo; ya se había alzado él mismo sobre las rodillas, atontado, con ojos extraviados, y pasándose la mano por la frente, como si despertase de un ataque de locura.

Cuando estuvo de nuevo en pie, los hombres, sorprendidos, lo interrogaron, sin comprender lo que había hecho. Respondió, balbuciendo, que había tenido un instante de extravío, o mejor dicho, un segundo de retorno a la infancia, que se había imaginado que tendría tiempo de pasar bajo el árbol, como los críos pasan corriendo ante los carruajes al trote, que había jugado con el peligro, que, desde hacía ocho días, sentía crecer en su interior esa necesidad, preguntándose, cada vez que un árbol crujía para caer, si se podría pasar bajo él sin ser alcanzado. Era una tontería, lo confesaba; pero todo el mundo tiene esos minutos de insanía y esas tentaciones de un estupidez pueril.

Se explicaba con lentitud, buscando las palabras, con voz sorda; y luego se marchó diciendo: «Hasta mañana, amigos míos, hasta mañana.» En cuanto entró en su habitación, se sentó ante su mesa, que la lámpara, rematada por una pantalla, iluminaba vivamente, y, cogiéndose la frente entre las manos, se echó a llorar.

Lloró mucho tiempo, después se enjugó los ojos, alzó la cabeza y miró el reloj de pared. Aún no eran las seis. Pensó: «Tengo tiempo antes de cenar», y fue a cerrar la puerta con llave. Entonces volvió a sentarse ante la mesa; abrió el cajón del centro, cogió un revólver y lo colocó sobre sus papeles, a plena luz. El acero del arma brillaba, lanzaba reflejos semejantes a llamas.

Renardet lo contempló algún tiempo con la mirada turbia de un hombre borracho; después se levantó y empezó a caminar.

Iba de un extremo a otro de la estancia, y de vez en cuando se detenía para volver a caminar al punto. De pronto abrió la puerta de su cuarto de aseo, empapó una servilleta en el cántaro de agua y se mojó la frente, como había hecho la mañana del crimen. Después volvió a caminar. Cada vez que pasaba ante la mesa, el arma brillante atraía su mirada, buscaba su mano, pero él espiaba el reloj y pensaba: «Aún tengo tiempo.» Dieron las seis y media.. Cogió entonces el revólver, abrió la boca mucho con una horrible mueca, y se metió dentro el cañón como si hubiera querido tragarlo. Permaneció así unos segundos, inmóvil, con el dedo en el seguro, y después, bruscamente sacudido por un estremecimiento de horror, escupió la pistola sobre la alfombra.

Y volvió a caer en su sillón, sollozante: «No puedo. ¡No me atrevo! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué hacer para tener el valor de matarme?» Llamaban a la puerta; se irguió, enloquecido. Un criado decía: «La cena del señor está servida.» Respondió: «Está bien. Ahora bajo.» Entonces recogió el arma, la encerró de nuevo en el cajón, después se miró al espejo de la chimenea para ver si su rostro no le parecía demasiado convulso. Estaba rojo, como siempre, acaso un poco más rojo, nada más. Bajó y se sentó a la mesa.

Comió lentamente, como un hombre que quiere prolongar la comida, que no quiere encontrarse a solas consigo mismo. Después fumó varias pipas en la sala mientras quitaban la mesa. Después volvió a subir a su habitación.

En cuanto se hubo encerrado allí, miró debajo de la cama, abrió todos los armarios, exploró todos los rincones, registró todos los muebles. A continuación encendió las velas de la chimenea y, dando varias vueltas sobre sí mismo, recorrió con la vista toda la estancia, pues sabía perfectamente que iba a verla, como todas las noches, a la pequeña Roque, a la chiquilla que había violado y después estrangulado.

Todas las noches recomenzaba la odiosa visión. Era al principio una especie de zumbido en sus oídos como el ruido de una trilladora o el paso lejano de un tren sobre un puente. El empezaba entonces a jadear, a ahogarse, y tenía que aflojarse el cuello de la camisa y el cinturón. Caminaba para hacer circular la sangre, intentaba leer, intentaba cantar; era en vano; su pensamiento, a su pesar, volvía al día del asesinato, y se lo hacía recomenzar en sus más secretos detalles, con todas las más violentas emociones desde el primer minuto al último.

Había sentido, al levantarse aquella mañana, la mañana del horrible día, un poco de aturdimiento y de jaqueca, que atribuía al calor, de modo que se quedó en su habitación hasta que lo llamaron a almorzar.

Después de comer, había echado una siesta; y luego había salido a media tarde para respirar la brisa fresca y sedante bajo los árboles de su oquedal.

Pero en cuanto estuvo fuera, el aire pesado y ardiente de la llanura lo oprimió aún más. El sol, todavía alto en el cielo, derramaba sobre la tierra calcinada, seca y sedienta, oleadas de encendida luz. Ni el menor soplo de viento movía las hojas. Todos los animales, los pájaros, los mismos saltamontes, callaban. Renardet llegó a los grandes árboles y empezó a caminar sobre el musgo, allí donde el Brindille evaporaba un poco de frescura bajo la inmensa techumbre de ramas. Pero no se sentía a sus anchas. Le parecía que una mano desconocida, invisible, le apretaba el cuello; y casi no pensaba en nada, aunque de ordinario tenía pocas ideas en la cabeza. Sólo un vago pensamiento le obsesionaba desde hacía tres meses, el pensamiento de volverse a casar. Sufría al vivir solo, sufría moral y físicamente. Habituado desde hacía diez años a sentir una mujer cerca de sí, acostumbrado a su presencia de todos los instantes, a su abrazo cotidiano, sentía la necesidad, una necesidad imperiosa y confusa de su contacto incesante y sus besos regulares. Desde la muerte de la señora Renardet, sufría sin cesar, sin entender bien por qué, sufría al no sentir ya su vestido rozándole las piernas todo el día, y al no poder ya calmarse y debilitarse entre sus brazos, sobre todo.

Llevaba apenas seis meses viudo y ya buscaba por los contornos alguna jovencita o al alguna viuda con la que podría casarse cuando hubiera terminado el luto.

Tenía un alma casta, pero alojada en un poderoso cuerpo de Hércules, y las imágenes carnales empezaban a turbar su sueño y sus vigilias. Las expulsaba; regresaban; y murmuraba a veces riéndose de sí mismo: «Aquí estoy, como San Antonio.» Habiendo tenido esa mañana varias de esas obsesivas visiones, le asaltó de repente el deseo de bañarse en el Brindille para refrescarse y apaciguar el ardor de su sangre.

Conocía algo más lejos un punto ancho y profundo donde la gente del pueblo iba a remojarse a veces en verano. Allá fue.

Tupidos sauces ocultaban aquel claro estanque donde la corriente se remansaba, dormitaba un poco antes de volver a fluir. Renardet, al acercarse, creyó oír un ligero ruido, un débil chapoteo que no era el del arroyo en las riberas. Apartó suavemente las hojas y miró. Una chiquilla, completamente desnuda, toda blanca a través de las ondas transparentes, golpeaba el agua con las dos manos, bailando un poco dentro de ella, y girando sobre sí misma con encantadores ademanes. Ya no era una niña, no era aún una mujer; era regordeta y desarrollada, aunque conservaba un aire de cría precoz, crecida de prisa, casi madura. Él no se movía, paralizado por la sorpresa, por la angustia, con el aliento cortado por una emoción rara y punzante.

Permanecía allí con el corazón palpitante como si uno de sus sueños sensuales acabara de realizarse, como si un hada impura hubiese hecho aparecer ante él aquel ser turbador y demasiado joven, aquella pequeña Venus campesina, nacida de las burbujas del arroyuelo, como la otra, la grande, de las olas del mar.

De pronto la niña salió del baño y, sin verlo, avanzó hacia él para recoger sus ropas y vestirse. A medida que se acercaba con pasitos vacilantes, por miedo a los guijarros puntiagudos, él se sentía empujado hacia ella por una fuerza irresistible, por un arrebato bestial que excitaba toda su carne, enloquecía su alma y lo hacía temblar de pies a cabeza. Ella se quedó de pie, unos segundos, tras el sauce que lo ocultaba. Entonces, perdiendo la razón, él apartó las ramas, se arrojó sobre ella y la estrechó entre sus brazos. Ella cayó, demasiado asustada para resistirse, demasiado espantada para llamar, y él la poseyó sin comprender lo que hacía.

Despertó de su crimen como uno despierta de una pesadilla. La niña empezaba a llorar.

El dijo: «Cállate, cállate ya. Te daré dinero.» Pero ella no escuchaba; sollozaba.

Él prosiguió: «Pero cállate de una vez. Cállate ya. Cállate ya.» Ella gritó, retorciéndose para escapar.

Él comprendió bruscamente que estaba perdido; y la agarró por el cuello para detener en su boca aquellos clamores desgarradores y terribles. Como ella seguía debatiéndose con la fuerza exasperada de un ser que pretende huir de la muerte, él colocó sus manos de coloso sobre la pequeña garganta henchida de gritos, y en unos instantes la había estrangulado, de tan furiosamente que apretaba, sin que pensara en matarla, sino sólo en hacerla callar.

Después se enderezó, enloquecido de horror.

Yacía ante él, ensangrentada y con la cara negra. Iba a escapar, cuando en su alma trastornada surgió el instinto misterioso y confuso que guía a todos los seres en peligro.

Había que tirar el cuerpo al agua; pero otro impulso lo empujó hacia las ropas, con las que hizo un pequeño paquete. Entonces, como llevaba bramante en los bolsillos, lo ató y lo escondió en un profundo hoyo del río, bajo un tronco de árbol cuyo pie se bañaba en el Brindille.

Después se marchó, a grandes pasos, llegó a los prados, dio un enorme rodeo para que lo vieran los campesinos que habitaban muy lejos de allí, al otro lado del pueblo, y regresó a cenar a la hora de costumbre, contando a sus criados todos los detalles de su paseo.

Esa noche durmió, sin embargo; durmió con un denso sueño de animal, como deben dormir a veces los condenados a muerte. Sólo abrió los ojos con los primeros resplandores del día, y esperó, torturado por el miedo al descubrimiento de la fechoría, la hora normal de despertarse.

Después tuvo que asistir a todas las diligencias. Lo hizo a la manera de los sonámbulos, con una alucinación que le mostraba las cosas y los hombres a través de una especie de sueño, entre una nube de embriaguez, con esa sospecha de irrealidad que turba el ánimo a la hora de las grandes catástrofes.

Sólo el grito desgarrador de la Roque le atravesó el corazón. En ese momento estuvo a punto de arrojarse a los pies de la vieja, gritando: «Fui yo.» Pero se contuvo. Sin embargo, durante la noche fue a sacar del agua los zuecos de la muerta, para llevarlos al umbral de la madre.

Mientras duró la investigación, mientras tuvo que guiar y despistar a la justicia, estuvo tranquilo, fue dueño de sí, astuto y sonriente. Discutía sosegadamente con los magistrados todas las suposiciones que se les pasaban por la cabeza, rebatía sus opiniones, demolía sus razonamientos. Incluso experimentaba cierto placer agrio y doloroso al perturbar sus pesquisas, al enredar sus ideas, al declarar la inocencia de los sospechosos.

Pero a partir del día en que se abandonaron las investigaciones, se volvió cada vez más nervioso, más excitable aún que antaño, aunque dominase sus cóleras. Los ruidos repentinos le hacían saltar de miedo; temblaba por la menor cosa, se estremecía de pies a cabeza cuando una mosca se posaba en su frente.

Entonces lo invadió una imperiosa necesidad de moverse, forzándolo a carreras prodigiosas, teniéndolo levantado noches enteras, durante las que caminaba por su cuarto.

No es que lo acosaran los remordimientos. Su naturaleza brutal no se prestaba al menor matiz de sentimiento o de temor moral. Hombre enérgico e incluso violento, nacido para guerrear, asolar los países conquistados y matar a los vecinos, lleno de instintos salvajes de cazador y de batallador, para él no contaba en nada la vida humana. Aunque respetase a la Iglesia, por política, no creía ni en Dios ni en el diablo, y no esperaba por consiguiente, en la otra vida, ni castigo ni recompensa por sus actos en la de aquí. Por toda creencia, conservaba una vaga filosofía compuesta por todas las ideas de los enciclopedistas del siglo pasado; y consideraba la religión como una sanción moral de la ley, inventadas una y otra por los hombres para regular las relaciones sociales.

Matar a alguien en duelo, o en la guerra, o en una disputa, o por accidente, o por venganza, o incluso por baladronada, le hubiera parecido una cosa divertida y arrogante, y no hubiera dejado más huellas en su espíritu que el disparo a una liebre; pero había sentido una emoción profunda con el asesinato de aquella niña. Lo había cometido al principio enloquecido por una embriaguez irresistible, en una especie de tormenta sensual que le arrebató la razón. Y había guardado en el corazón, guardado en la carne, guardado en los labios, guardado hasta en sus dedos de asesino, una especie de amor bestial, al mismo tiempo que un horror espantado, hacia aquella chiquilla sorprendida por él y matada cobardemente. A cada instante su pensamiento volvía a aquella escena horrible; y aunque se esforzaba por desechar aquella imagen, aunque la apartaba con terror, con desagrado, la sentía vagar por su espíritu, dar vueltas a su alrededor, esperando sin cesar el momento de reaparecer.

Entonces tuvo miedo de las noches, miedo de las sombras que caían a su alrededor. No sabía aún por qué las tinieblas le parecían pavorosas; pero las temía instintivamente; las notaba pobladas de terrores. El pleno día no se presta al espanto. En él se ven las cosas y los seres; y por ello durante él sólo se encuentran las cosas y los seres naturales que pueden mostrarse a la luz del sol. Pero la noche, la noche opaca, más espesa que las murallas, y vacía, la noche infinita, tan negra, tan vasta, donde uno puede rozar cosas espantosas, la noche en la que se siente errar, merodear, un terror misterioso, ¡le parecía ocultar un peligro desconocido, próximo y amenazador! ¿Cuál?

Pronto lo supo. Una noche que no dormía, y que estaba sentado en su sillón, bastante tarde, creyó ver moverse la cortina de su ventana. Esperó, inquieto, con el corazón palpitante; la colgadura estaba inmóvil; después, de pronto, se agitó de nuevo; o al menos él pensó que se agitaba. No se atrevía a levantarse; no se atrevía a respirar; y, sin embargo, era valiente; había luchado a menudo y le habría gustado descubrir ladrones en su casa.

¿Era cierto que se movía la cortina? Se lo preguntaba, temeroso de que sus ojos lo engañaran. Era tan poca cosa, por lo demás, un leve estremecimiento del tejido, una especie de temblor de los pliegues, apenas una ondulación como la que produce el viento. Renardet permanecía con la mirada fija, el cuello estirado; y bruscamente se levantó, avergonzado de su miedo, dio cuatro pasos, cogió la colgadura con las dos manos y la apartó lentamente. Al principio no vio sino los cristales negros, negros como láminas de tinta reluciente.

La noche, la gran noche impenetrable se extendía detrás de ellos hasta el invisible horizonte. Él seguía de pie ante aquella sombra ilimitada; y de repente distinguió un resplandor, un resplandor móvil, que parecía remoto. Entonces acercó la cara al marco, pensando que un pescador de cangrejos pescaba furtivamente en el Brindille, pues era medianoche pasada, y el resplandor se arrastraba a orillas del agua, bajo el oquedal.

Como aún no divisaba nada, Renardet encerró los ojos entre las manos; y bruscamente el resplandor se convirtió en una claridad, y vio a la pequeña Roque desnuda y ensangrentada sobre el musgo.

Retrocedió crispado de horror, chocó con el asiento y cayó de espaldas. Se quedó unos minutos angustiado, después se sentó y empezó a reflexionar. Había tenido una alucinación, sin más; una alucinación provocada por un merodeador nocturno que caminaba a orillas del agua con un farol. ¿Qué había de extraño, por lo demás, en que el recuerdo de su crimen le trajese a veces la visión de la muerta?

Levantándose, bebió un vaso de agua, y después se sentó. Pensaba: «¿Qué voy a hacer, si esto vuelve a empezar?» Y volvería a empezar, lo notaba, estaba seguro. Ya la ventana tentaba su mirada, lo llamaba, lo atraía. Para no verla, le dio la vuelta a la silla; después cogió un libro e intentó leer; pero pronto le pareció oír que algo se agitaba a sus espaldas, e hizo girar bruscamente sobre una pata su sillón. La cortina se movía de nuevo; sí, se había movido, esta vez; no cabía ninguna duda; se lanzó hacia ella y la cogió con una mano tan brutal que la tiró al suelo con su galería; después pegó ávidamente la cara al vidrio. No vio nada. Todo estaba negro allá fuera; y respiró con la alegría de un hombre a quien le acaban de salvar la vida.

Después volvió a sentarse; pero casi en seguida le embargó de nuevo el deseo de mirar otra vez por la ventana. Desde que la cortina había caído, aquélla constituía una especie de agujero oscuro, atrayente, temible, sobre la campiña en sombras. Para no ceder a esta peligrosa tentación, se desnudó, sopló las velas, se acostó y cerró los ojos.

Inmóvil, de espaldas, con la piel caliente y sudorosa, esperaba el sueño. De repente una gran luz atravesó sus párpados. Los abrió, creyendo la casa en llamas. Todo estaba negro, y se apoyó en un codo para tratar de distinguir la ventana que seguía atrayéndole, irremisiblemente. A fuerza de tratar de ver, divisó unas estrellas; y se levantó, cruzó la habitación a tientas, encontró los cristales con las manos extendidas, aplicó la frente sobre ellos. Allá abajo, entre los árboles, ¡el cuerpo de la chiquilla relucía como el fósforo, iluminando la sombra a su alrededor!

Renardet lanzó un grito y escapó hacia la cama, donde se quedó hasta la mañana, la cabeza escondida debajo de la almohada.

A partir de ese momento, su vida resultó intolerable. Pasaba los días con el terror de las noches; y cada noche, la visión recomenzaba. Apenas encerrado en su habitación, intentaba luchar, pero en vano. Una fuerza irresistible le hacía levantarse y lo empujaba hacia los cristales, como para llamar al fantasma, y al punto lo veía, tendido primero en el lugar del crimen, tendido con los brazos abiertos, las piernas abiertas, tal como había sido encontrado el cuerpo. Después la muerta se levantaba y avanzaba, a pasitos cortos, como había hecho la niña al salir del río. Avanzaba suavemente, en derechura, pasando sobre el césped y sobre el macizo de flores secas; después se elevaba en el aire; hacia la ventana de Renardet. Iba hacia él, como había ido el día del crimen, hacia el asesino. Y el hombre retrocedía ante la aparición, retrocedía hasta la cama y se desplomaba sobre ella, sabiendo perfectamente que la pequeña había entrado y que ahora estaba detrás de la cortina, .que se movería en seguida. Y miraba la cortina hasta que se hacía de día, clavaba en ella los ojos, esperando sin cesar ver salir a su víctima. Pero ésta no se mostraba; se quedaba allí, bajo el tejido agitado a veces por un temblor. Y Renardet, con los dedos crispados sobre las sábanas, las apretaba al igual que había apretado la garganta de la pequeña Roque. Oía dar las horas; escuchaba latir en el silencio el péndulo del reloj y los golpes profundos de su corazón. Y sufría, el mísero, más de lo que ningún hombre haya sufrido nunca.

Después, en cuanto una línea blanca aparecía en el cielo raso, anunciando la proximidad del día, se sentía liberado, por fin solo, solo en su cuarto; y volvía a acostarse. Dormía entonces unas horas, con un sueño inquieto y febril, en el cual volvía a iniciarse a menudo la espantosa visión de sus vigilias.

Cuando bajaba a almorzar a mediodía, se sentía con agujetas como tras una prodigiosa fatiga; y apenas comía, obsesionado siempre por el temor a aquélla, a la que volvería a ver a la noche siguiente.

Sabía perfectamente, empero, que no se trataba de una aparición, que los muertos no vuelven, y que su alma enferma, su alma obsesionada por un solo pensamiento, por un recuerdo inolvidable, era la única causa de su suplicio, la única evocadora de la muerta resucitada por ella, llamada por ella y puesta en pie también por ella ante sus ojos, donde permanecía impresa la imborrable imagen. Pero sabía también que no se curaría, que jamás escaparía a la persecución salvaje de su memoria; y se decidió a morir, con tal de no soportar más aquellas torturas.

Entonces buscó la manera de matarse. Quería algo sencillo y natural, que no hiciera pensar en un suicidio, pues tenía en mucho su reputación, el apellido legado por sus padres; y si alguien sospechaba la causa de su muerte, pensarían sin duda en el crimen inexplicado, en el asesino aún sin hallar, y no tardarían en acusarle de la fechoría.

Se le había ocurrido una idea extraña, la de dejarse aplastar por el árbol al pie del cual había asesinado a la pequeña Roque. Se decidió, pues, a mandar talar el oquedal y a simular un accidente. Pero el haya se negó a romperle el espinazo.

Al volver a su casa, presa de loca desesperación, había cogido el revólver, y luego no se había atrevido a disparar.

Sonó la hora de la cena; había comido, y después había vuelto a subir. Y no sabía lo que iba a hacer. Se sentía cobarde ahora que había escapado por primera vez. Hacía un rato estaba dispuesto, fortalecido, decidido, dueño de su valor y de su resolución; ahora era débil y tenía miedo a la muerte, tanto como a la muerta.

Balbucía: «No me atreveré, no me atreveré»; y miraba con terror, ora el arma sobre la mesa, ora a la cortina que tapaba su ventana. Le parecía también que en cuanto su vida cesara se produciría algo horrible.

¿Algo? ¿Qué? ¿Acaso la encontraría? Ella la acechaba, lo esperaba, lo llamaba, y era para atraparlo a su vez, para atraerlo a su venganza y decidirlo a morir por lo que se mostraba así todas las noches.

Se echó a llorar como un niño, repitiendo: «No me atreveré». Después cayó de rodillas y balbució: «Dios mío, Dios mío.» Aunque sin creer en Dios, empero. Y no se atrevía ya, en efecto, a mirar a la ventana, donde sabía que se agazapaba la aparición, ni a la mesa, donde brillaba el revólver.

Cuando se levantó, dijo en voz alta: «Esto no puede seguir así, hay que acabar de una vez.» El sonido de su voz en la habitación silenciosa hizo correr un estremecimiento de miedo por sus miembros; pero como no se decidía a tomar una resolución; como sentía perfectamente que el dedo de su mano se negaría siempre a soltar el seguro del arma, volvió a ocultar la cabeza bajo las mantas de la cama, y reflexionó.

Tenía que encontrar algo que lo forzara a morir, que inventar una astucia contra sí mismo que no le permitiera la menor vacilación, el menor retraso, ninguna posible queja. Envidiaba a los condenados a quienes llevan al patíbulo entre soldados. ¡Oh! ¡Si pudiera rogarle a alguien que disparase; si pudiera, confesando el estado de su alma, confesando su crimen a un amigo de confianza que no lo divulgaría jamás, obtener de él la muerte! Pero ¿a quién pedirle tan terrible servicio? ¿A quién? Buscaba entre la gente que conocía. ¿Al médico? No. Sin duda lo contaría todo, más adelante. Y de repente una extravagante idea cruzó por su mente. Le escribiría al juez de instrucción, al que conocía íntimamente, para denunciarse. Le diría todo, en aquella carta, el crimen, las torturas que soportaba, su resolución de morir, sus vacilaciones, el medio que empleaba para forzar su desfalleciente valor. Le suplicaría, en nombre de su vieja amistad, que destruyese la carta en cuanto supiera que el culpable se había hecho justicia a sí mismo. Renardet podía contar con el magistrado, sabía que era de fiar, discreto, incapaz incluso de una palabra ligera. Era uno de esos hombres que tienen una conciencia inflexible regida, dirigida, regulada por su sola razón.

Apenas hubo trazado este proyecto, una extraña alegría invadió su corazón. Ahora estaba tranquilo.

Escribiría su carta, lentamente, y después, al nacer el día, la depositaría en el buzón clavado en el muro de su granja, después subiría a la torre para ver llegar al cartero, y cuando el hombre de la chaqueta azul se marchara, se arrojaría de cabeza sobre las rocas donde se apoyaban los cimientos. Tendría buen cuidado de que lo vieran antes los trabajadores que talaban el bosque. Después podría subir al escalón saliente que sujetaba el mástil de la bandera que ondeaba en los días de fiesta. Rompería el mástil de un empujón y se precipitaría con él. ¿Cómo no pensar en un accidente? Y se mataría en el acto, dados su peso y la altura de la torre.

Saltó al punto de la cama, se sentó a la mesa y empezó a escribir; no olvidó nada, ni un detalle del crimen, ni un detalle de su vida de angustias, ni un detalle de las torturas de su corazón, y terminó anunciando que se había condenado a sí mismo, que iba a ejecutar al criminal, y rogando a su amigo, a su viejo amigo que velase para que jamás se empañara su memoria.

Al acabar la carta, se dio cuenta de que había llegado el día. La cerró, la lacró, escribió la dirección, después bajó con pasos ligeros, corrió hasta la cajita blanca pegada al muro, en una esquina de la granja, y cuando hubo echado en ella el papel que le pesaba en la mano, regresó a toda prisa, echó los cerrojos de la puerta principal y se encaramó a la torre para esperar el paso del peatón que se llevaría su sentencia de muerte.

¡Se sentía tranquilo ahora, liberado, salvado!

Un viento frío, seco, un viento helado pasaba sobre su rostro. Lo aspiraba ávidamente, con la boca abierta, bebiendo su caricia glacial. El cielo estaba rojo, de un rojo ardiente, de un rojo invernal, y toda la llanura blanca de escarcha brillaba bajo los primeros rayos de sol, como si estuviera salpicada de vidrio molido. Renardet, de pie, destocado, miraba la vasta comarca, los prados a la izquierda, a la derecha el pueblo cuyas chimeneas empezaban a humear para la comida matinal.

A sus pies veía deslizarse el Brindille, entre las rocas donde en seguida se aplastaría. Se sentía renacer en aquella hermosa aurora helada, y lleno de fuerza, lleno de vida. La luz lo bañaba, lo cercaba, penetraba en él como una esperanza. Mil recuerdos lo asaltaban, recuerdos de mañanas semejantes, de marchas rápidas sobre la tierra dura que resonaba bajo los pasos, de cazas afortunadas a orillas de las lagunas donde duermen los patos salvajes. Todas las buenas cosas que le gustaban, las buenas cosas de la existencia se agolpaban en su recuerdo, lo aguijoneaban con deseos nuevos, despertaban todos los vigorosos apetitos de su cuerpo activo y poderoso.

¿E iba a morir? ¿Por qué? ¿Iba a matarse súbitamente, porque tenía miedo de una sombra? ¿Por miedo a nada? ¡Era rico y todavía joven! ¡Qué locura! Pero ¡si bastaba con una distracción, con una ausencia, con un viaje, para olvidar! Esa misma noche no había visto a la niña porque su mente, preocupada, se había distraído con otra cosa. ¡Acaso ya no volvería a verla! Y si lo acosaba aún en aquella casa, ¡con toda seguridad no lo seguiría a otros lugares! ¡La tierra era grande, y el futuro largo! ¿Por qué morir?

Su mirada vagaba por los prados, y divisó una mancha azul en el sendero a orillas del Brindille. Era Médéric que venía a traer las cartas de la ciudad y a llevarse las de la aldea.

Renardet tuvo un sobresalto, la sensación de un dolor que lo traspasaba, y se lanzó por la escalera de caracol para recoger su carta, para reclamársela al cartero. Poco le importaba que lo vieran, ahora; corría a través de la hierba donde la helada ligera de las noches formaba una espuma, y llegó ante el buzón, en la esquina de la granja, al mismo tiempo que el peatón.

El hombre había abierto la cajita de madera y cogía los pocos papeles dejados allí por los habitantes del pueblo.

Renardet le dijo: «Buenos días, Médéric.

—Buenos días, señor alcalde.

—Oiga, Médéric, he echado al buzón una carta que necesito. Vengo a pedirle que me la dé.

—Está bien, señor alcalde, se le devolverá.» Y el cartero alzó los ojos. Se quedó estupefacto ante el rostro de Renardet; tenía las mejillas amoratadas, los ojos turbios, cercados de negro, como hundidos en la cabeza, el pelo en desorden, la barba enredada, la corbata suelta. Era evidente que no se había acostado.

El hombre preguntó: «¿Es que está usted enfermo, señor alcalde?» El otro, comprendiendo de pronto que su aspecto debía ser muy extraño, perdió su aplomo, balbució: «No... claro que no... Sólo que he saltado de la cama para pedirle esa carta... dormía... ¿Comprende?...» Una vaga sospecha pasó por la mente del ex soldado. Preguntó: «¿Qué carta?

—La que usted va a devolverme.» Ahora Médéric vacilaba, la actitud del alcalde no le parecía natural. Quizás había un secreto en aquella carta» un secreto político. El sabía que Renardet no era republicano, y conocía todos los trucos y todas las supercherías que se emplean en las elecciones.

Preguntó: «¿A quién va dirigida la tal carta?

—Al señor Putoin, el juez de instrucción: ya sabe usted, el señor Putoin, ¡muy amigo mío!» El peatón buscó entre los papeles y encontró el que le reclamaban. Entonces empezó a mirarlo, dándole vueltas y más vueltas entre sus dedos, muy perplejo, muy turbado por el temor a cometer una falta grave o enemistarse con el alcalde.

Viéndolo vacilar, Renardet hizo un movimiento para coger la carta y arrebatársela. Aquel gesto brusco convenció a Médéric de que se trataba de un misterio importante y lo decidió a cumplir con su deber, costara lo que costara.

Metió el sobre en su bolsa y la cerró, respondiendo: «No, no puedo, señor alcalde. Puesto que es para la justicia, no puedo.» Una espantosa angustia oprimió el corazón de Renardet, que balbució: «Pero usted me conoce bien. Puede usted incluso reconocer mi letra. Le digo que necesito ese papel .

—No puedo.

Vamos, Médéric, sabe usted que soy incapaz de engañarle, le digo que lo necesito.

—No. No puedo.» Un estremecimiento de cólera sacudió el alma violenta de Renardet.

«Pero, ¡rediez!, tenga cuidado. Sabe usted que no me ando con bromas yo, y que puedo hacer que lo despidan de su puesto, ¡monigote!, y sin tardanza. Y además soy el alcalde del pueblo, a fin de cuentas; y ahora le ordeno que me devuelva ese papel.» El peatón respondió con firmeza: «No, ¡no puedo, señor alcalde!» Entonces Renardet, perdiendo la cabeza, le agarró del brazo para quitarle la bolsa; pero el hombre se soltó con una sacudida y, retrocediendo, levantó su grueso bastón de acebo. Pronunció, sin perder la calma: «¡Oh! No me toque, señor alcalde, o le doy un palo. Tenga cuidado. ¡Cumplo con mi deber!» Sintiéndose perdido, Renardet, bruscamente se volvió humilde, dulce implorante como un niño que llora.

«Vamos, vamos, amigo mío, devuélvame esa carta, le recompensaré, le daré dinero; tenga, tenga, le daré cien francos, ¿oye usted?, cien francos.» El hombre giró sobre sus talones y echó a andar.

Renardet lo siguió, jadeante, balbuciendo: «Médéric, Médéric, escuche, le daré mil francos, ¿oye usted?, mil francos.» El otro seguía andando, sin responder. Renardet prosiguió: «Lo haré a usted rico... ¿oye?, lo que usted quiera... Cincuenta mil francos... Cincuenta mil francos por esa carta... ¿Qué le importa?... ¿No quiere?

Bueno, pues cien mil... dígame... cien mil francos... ¿oye usted?... cien mil francos... cien mil francos.» El cartero se volvió, con gesto duro, mirada severa: «Ya está bien; basta, o repetiré a la justicia todo lo que acaba de decirme.» Renardet se paró en seco. Se había acabado. Ya no cabían esperanzas. Se dio la vuelta y escapó hacia su casa, galopando como una animal perseguido.

Entonces Médéric se detuvo a su vez y contempló con estupefacción aquella huida. Vio al alcalde entrar en la casa, y siguió esperando, como si no pudiera dejar de ocurrir algo sorprendente.

Pronto, en efecto, la alta figura de Renardet apareció en la cima de la torre del Zorro. Corría como un loco en torno a la plataforma; después agarró el mástil de la bandera y lo sacudió con furia sin lograr romperlo, y después, de pronto, como un nadador que se tira de cabeza, se lanzó al vacío con las dos manos hacia adelante.

Médéric se abalanzó para prestarle auxilio. Al cruzar el parque, vio a los leñadores que iban a su trabajo.

Les dio voces proclamando el accidente; y encontraron al pie de los muros un cuerpo ensangrentado, cuya cabeza se había aplastado contra una roca. El Brindille rodeaba la roca y por sus aguas, ensanchadas en aquel lugar, claras y tranquilas, se veía correr un largo reguero rosa de sesos y sangre mezclados.

 
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