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El día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas, y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada.

Como al regreso de la Vaubyessard, cuando las contradanzas le daban vueltas en la cabeza, tenía una melancolía taciturna, una desesperación adormecida. León se le volvía a aparecer más alto, más guapo, más suave, más difuso; aunque estuviese separado de ella, no la había abandonado, estaba a11í, y las paredes de la casa parecían su sombra. Emma no podía apartar su vista de aquella alfombra que él había pisado, de aquellos muebles vacíos donde se había sentado. El río seguía corriendo y hacía avanzar lentamente sus pequeñas olas a lo largo de la ribera resbaladiza. Por ella se habían paseado muchas veces, con aquel mismo murmullo del agua, sobre las piedras cubiertas de musgo. ¡Qué buenas jornadas de sol habían tenido!, ¡qué tardes más buenas, solos, a la sombra, al fondo del jardín! El leía en voz alta, descubierto, sentado en un taburete de palos secos; el viento fresco de la pradera hacía temblar las páginas del libro y las capuchinas del cenador... ¡Ah!, ¡se había ido el único encanto de su vida, la única esperanza posible de una felicidad! ¿Cómo no se había apoderado de aquella ventura cuando se le presentó? ¿Por qué no lo había retenido con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería escaparse? Y se maldijo por no haber amado a León; tuvo sed de sus labios. Le entraron ganas de correr a unirse con él, de echarse en sus brazos, de decirle: «¡Soy yo, soy tuya!» Pero las dificultades de la empresa la contenían, y sus deseos, aumentados con el disgusto, no hacían sino avivarse más.

Desde entonces aquel recuerdo de León fue como el centro de su hastío; chisporroteaba en él con más fuerza que, en una estepa de Rusia, un fuego de viajeros abandonado sobre la nieve. Se precipitaba sobre él, se acurrucaba contra él, removía delicadamente aquel fuego próximo a extinguirse, iba buscando en torno a ella to que podía avivarlo más; y las reminiscencias más lejanas como las más inmediatas ocasiones, lo que ella experimentaba con lo que se imaginaba, sus deseos de voluptuosidad que se dispersaban, sus proyectos de felicidad que estallaban al viento como ramas secas, su virtud estéril, sus esperanzas muertas, ella lo recogía todo y lo utilizaba todo para aumentar su tristeza.

Sin embargo, las llamas se apaciguaron, bien porque la provisión se agotase por sí misma, o porque su acumulación fuese excesiva. El amor, poco a poco, se fue apagando por la ausencia, la pena se ahogó por la costumbre; y aquel brillo de incendio que teñía de púrpura su cielo pálido fue llenándose de sombra y se borró gradualmente. En su conciencia adormecida, llegó a confundir las repugnancias hacia su marido con aspiraciones hacia el amante, los ardores del odio con los calores de la ternura; pero, como el huracán seguía soplando, y la pasión se consumió hasta las cenizas, y no acudió ningún socorro, no apareció ningún sol, se hizo noche oscura por todas partes, y Emma permaneció perdida en un frío horrible que la traspasaba.

Entonces volvieron los malos días de Tostes. Se creía ahora mucho más desgraciada, pues tenía la experiencia del sufrimiento, con la certeza de que no acabaría nunca.

Una mujer que se había impuesto tan grandes sacrificios, bien podía prescindir de caprichos. Se compró un reclinatorio gótico, y se gastó en un mes catorce francos en limones para limpiarse las uñas; escribió a Rouen para encargar un vestido de cachemir azul; escogió en casa de Lheureux el más bonito de sus echarpes; se lo ataba a la cintura por encima de su bata de casa; y, con los postigos cerrados, con un libro en la mano, permanecía tendida sobre un sofá con esta vestimenta.

A menudo variaba su peinado; se ponía a la china, en bucles flojos, en trenzas; se hizo una raya al lado y recogió el pelo por debajo, como un hombre.

Quiso aprender italiano: compró diccionarios, una gramática, una provisión de papel blanco. Ensayó lecturas serias, historia y filosofía. De noche, alguna vez, Carlos despertaba sobresaltado, creyendo que venían a buscarle para un enfermo:

Ya voy balbuceaba.

Y era el ruido de una cerilla que Emma frotaba para encender de nuevo la lámpara. Pero ocurrió con sus lecturas lo mismo que con sus labores, que, una vez comenzadas todas, iban a parar al armario; las tomaba, las dejaba, pasaba a otras.

Tenía arrebatos que la hubiesen llevado fácilmente a extravagancias. Un día sostuvo contra su marido que era capaz de beber la mitad de un gran vaso de aguardiente, y, como Carlos cometió la torpeza de retarla, ella se tragó el aguardiente hasta la última gota.

A pesar de sus aires evaporados (ésta era la palabra de las señoras de Yonville), Emma, sin embargo, no parecía contenta, y habitualmente conservaba en las comisuras de sus labios esa inmóvil contracción que arruga la cara de las solteronas y la de las ambiciosas venidas a menos. Se la veía toda pálida, blanca como una sábana; la piel de la nariz se le estiraba hacia las aletas, sus ojos miraban de una manera vaga.

Por haberse descubierto tres cabellos grises sobre las sienes habló mucho de su vejez.

Frecuentemente le daban desmayos. Un día incluso escupió sangre, y, como Carlos se alarmara dejando ver su preocupación:

¡Bah! respondió ella , ¿qué importa eso?

Carlos fue a refugiarse a su despacho; y a11í lloró, de codos sobre la mesa, sentado en su sillón, debajo de la cabeza frenológica.

Entonces escribió a su madre para rogarle que viniese, y mantuvieron juntos largas conversaciones a propósito de Emma.

¿Qué decidir?, ¿qué hacer, puesto que ella rechazaba todo tratamiento?

¿Sabes lo que necesitaría tu mujer? decía mamá Bovary . ¡Serían unas obligaciones que atender, trabajos manuales! Si tuviera, como tantas otras, que ganarse la vida, no tendría esos trastornos, que le proceden de un montón de ideas que se mete en la cabeza y de la ociosidad en que vive.

Sin embargo, trabaja decía Carlos.

¡Ah!, ¡trabaja! ¿Qué hace? Lee muchas novelas, libros, obras que van contra la religión, en las que se hace burla de los sacerdotes con discursos sacados de Voltaire. Pero todo esto trae sus consecuencias, ¡pobre hijo mío!, y el que no tiene religión acaba siempre mal.

Así pues, se tomó la resolución de impedir a Emma la lectura de novelas. El empeño no parecía nada fácil. La buena señora se encargó de ello: al pasar por Rouen, iría personalmente a ver al que alquilaba libros y le diría que Emma se daba de baja en sus suscripciones. No tendría derecho a denunciar a la policía si el librero persistía a pesar de todo en su oficio de envenenador.

La despedida de suegra y nuera fue seca. Durante las tres semanas que habían estado juntas no habían intercambiado cuatro palabras, aparte de las novedades y de los cumplidos cuando se encontraban en la mesa, y por la noche antes de irse a la cama.

La señora Bovary madre marchó un miércoles, que era día de mercado en Yonville. La plaza, desde la mañana, estaba ocupada por una fila de carretas que, todas aculadas y con los varales al aire, se alineaban a lo largo de las casas desde la iglesia hasta la fonda. Al otro lado, había barracas de lona donde se vendían telas de algodón, mantas y medias de lana, además de ronzales para los caballos y paquetes de cintas azules cuyas puntas se agitaban al viento.

Por el suelo se extendía tosca chatarra entre las pirámides de huevos y las canastillas de quesos, de donde salían unas pajas pegajosas; cerca de las trilladoras del trigo, unas gallinas que cloqueaban en jaulas planas asomaban sus cuellos por los barrotes. La gente, apelotonándose en el mismo sitio sin querer moverse de a11í, amenazaba a veces con romper el escaparate de la farmacia. Los miércoles estaba siempre abarrotada de gente y se apretaban en ella, más para consultar que por comprar medicamentos, tanta fama tenía el señor Homais en los pueblos del contorno. Su sólido aplomo tenía fascinados a los campesinos. Le miraban como a un médico mejor que todos los médicos.

Emma estaba asomada a la ventana (se asomaba a menudo: la ventana, en provincias, sustituye a los teatros y al paseo) y se entretenía en observar el barullo de los patanes, cuando vio a un señor vestido de levita de terciopelo verde. Llevaba guantes amarillos, aunque iba calzado con fuertes polainas, y se dirigía a la casa del médico, seguido de un campesino que caminaba cabizbajo y pensativo.

¿Puedo ver al señor? preguntó a Justino, que hablaba en la puerta con Felicidad.

Y tomándole por el criado de la casa:

Dígale que es el señor Rodolfo Boulanger de la Huchette.

No era por vanidad de terrateniente por lo que el recién llegado había añadido a su apellido la partícula, sino para darse mejor a conocer. La Huchette, en efecto, era una propiedad cerca de Yonville, cuyo castillo acababa de adquirir, con dos fincas que él mismo cultivaba personalmente, aunque sin esforzarse mucho. Era soltero, y pasaba por tener al menos quince mil libras de renta.

Carlos entró en la sala. El señor Boulanger le presentó a su criado, que quería que lo sangrasen porque sentía hormigas en todo el cuerpo.

Esto me limpiará objetaba a todos los razonamientos.

Bovary pidió, pues, que le trajeran una venda y una palangana, y rogó a Justino que la sostuviese. Después, dirigiéndose al aldeano, ya lívido:

¡No tenga miedo, amigo!

No, no respondió el otro , ¡siga adelante!

Y con un aire fanfarrón, tendió su grueso brazo. Al pinchazo de la lanceta, la sangre brotó y fue a salpicar el espejo.

¡Acerca el recipiente! exclamó Carlos.

¡Recontra! decía el paisano , ¡parece una fuentecica que corre! ¡Qué sangre roja tengo!, debe de ser buena señal, ¿verdad?

A veces replicó el practicante , no se siente nada al principio, después viene el desvanecimiento, y más particularmente en las personas bien constituidas, como éste.

El campesino, a estas palabras, soltó el estuche que hacía girar entre sus dedos. Una sacudida de sus hombros hizo estallar el respaldo de la silla. Se le cayó el sombrero.

Me lo sospechaba dijo Bovary, aplicando su dedo sobre la vena.

La palangana empezaba a temblar en las manos de Justino; sus rodillas vacilaron, se volvió pálido.

¡Mi mujer!, ¡mi mujer! llamó Carlos.

De un salto Emma bajó la escalera.

¡Vinagre! gritó él . ¡Ah! ¡Dios mío, dos a la vez!

Y, con el susto, no acertaba a poner la compresa.

No es nada decía muy tranquilamente el señor Boulanger, mientras sostenía a Justino en brazos.

Y lo sentó en la mesa, apoyándole la espalda en la pared.

Madame Bovary empezó a quitarle la corbata. Había un nudo en los cordones de la camisa; tardó algunos minutos en mover sus ligeros dedos en el cuello del joven; después echó vinagre en su pañuelo de batista; le mojaba con él las sienes a golpecitos y soplaba encima, delicadamente.

El carretero se despertó; pero Justino seguía desmayado y sus pupilas desaparecían en su esclerótica pálida, como flores azules en leche.

Habría que ocultarle esto dijo Carlos.

Madame Bovary tomó la palangana. En el movimiento que hizo al inclinarse para ponerla bajo la mesa, su vestido (era un vestido de verano de cuatro volantes, de color amarillo, de talle bajo y ancho de falda) se extendió alrededor de ella sobre los baldosas de la sala; y como Emma, agachada, se tambaleaba un poco abriendo los brazos, los bullones de la tela se quebraban de trecho en trecho, según las inflexiones de su corpiño. Después se fue a coger una botella de agua, y estaba disolviendo trozos de azúcar cuando llegó el farmaceútico. La criada había ido a buscarlo durante la algarada; al ver a su alumno con los ojos abiertos, respiró. Después, dando vueltas alrededor de él, lo miraba de arriba abajo:

¡Tonto! decía ; ¡pedazo de tonto en cinco letras! IUna gran cosa, después de todo una flebotomía!, ¡y un mocetón que no tiene miedo a nada!, una especie de ardilla, tal como lo ve, que sube a sacudir nueces a alturas de vértigo. ¡Ah!, ¡sí, habla, presume! iVaya una disposición para ejercer luego la farmacia; pues puede ocurrir que lo llamen en circunstancias graves, ante los tribunales, para ilustrar la conciencia de los magistrados; y tendrás que conservar to sangre fría, razonar, portarte como un hombre, o bien pasar por un imbécil!

Justino no respondía. El boticario continuaba:

¿Quién to mandó venir?, ¡siempre estás importunando al señor y a la señora! Además, los miércoles tu presencia me es indispensable. Hay ahora veinte personas en casa. He dejado todo por el interés que me tomo por ti. ¡Vamos!, ¡vete!, ¡corre!, ¡espérame, y vigila los botes!

Cuando Justino, que estaba vistiéndose, se marchó hablaron un poco de los desvanecimientos. Madame nunca había tenido.

¡Es extraordinario para una señora! dijo el señor Boulanger . Por lo demás, hay gente muy delicada. Así, yo he visto, en un duelo, a un testigo perder el conocimiento, nada más que al ruido de las pistolas que estaban cargando.

A mí dijo el boticario ver la sangre de los demás no me impresiona nada; pero sólo el imaginarme que la mía corre bastaría para causarme desmayos, si pensara demasiado en ello.

Entretanto el señor Boulanger despidió a su criado aconsejándole que se tranquilizase, puesto que su capricho había sido satisfecho.

Me ha dado ocasión de conocerles a ustedes añadió.

Y miraba a Emma al pronunciar esta frase.

Después depositó tres francos en la esquina de la mesa, se despidió fríamente y se fue.

Pronto llegó al otro lado del río (era su camino para volver a la Huchette); y Emma lo vio en la pradera, caminando bajo los álamos, moderando la marcha, como alguien que reflexiona.

¡Es muy guapa! se decía ; es muy guapa esa mujer del médico. ¡Hermosos dientes, ojos negros, lindo pie, y el porte de una parisina! ¿De dónde diablos habrá salido? ¿Dónde la habrá encontrado ese patán?

El señor Rodolfo Boulanger tenía treinta y cuatro años; era de temperamento impetuoso y de inteligencia perspicaz; habiendo tratado mucho a las mujeres, conocía bien el paño. Aquélla le había parecido bonita; por eso pensaba en ella y en su marido.

Me parece muy tonto. Ella está cansada de él sin duda. Lleva unas uñas muy sucias y una barba de tres días. Mientras él va a visitar a sus enfermos, ella se queda zurciendo calcetines. Y se aburre, ¡quisiera vivir en la ciudad, bailar la polka todas las noches! ¡Pobre mujercita! Sueña con el amor, como una carpa con el agua en una mesa de cocina. Con tres palabritas galantes, se conquistaría, estoy seguro, ¡sería tierna, encantadora!... Sí, pero ¿cómo deshacerse de ella después?

Entonces las contrapartidas del placer, entrevistas en perspectiva, le hicieron, por contraste, pensar en su amante. Era una actriz de Rouen a la que él sostenía; y cuando se detuvo en esta imagen, de la que hasta en el recuerdo estaba hastiado, pensó:

¡Ahl, Madame Bovary es mucho más bonita que ella, más fresca sobre todo. Virginia, decididamente, empieza a engordar demasiado. Se pone tan pesada con sus diversiones. Y, además, ¡qué manía con los camarones!

El campo estaba desierto, y Rodolfo no oía a su alrededor más que el leve temblor de las hierbas que rozaban su calzado junto con el canto de los grillos agazapados bajo las avenas; volvía a ver a Emma en la sala, vestida como la había visto, y la desnudaba.

¡Oh! exclamó, aplastando de un bastonazo un terrón que había delante de él.

Y enseguida examinó la parte política de la empresa. Se preguntaba:

¿Dónde encontrarse? ¿Por qué medio? Tendremos continuamente al crío sobre los hombros, y a la criada, los vecinos, el marido, toda clase de estorbos considerables. ¡Ah, bah! dijo , ¡se pierde demasiado tiempo!

Después volvió a empezar:

«¡Es que tiene unos ojos que penetran en el corazón como barrenas! ¡Y ese cutis pálido!... ¡Yo, que adoro las mujeres pálidas!»

En lo alto de la cuesta de Argueil, su resolución estaba tomada

No hay más que buscar las ocasiones. Bueno, pasaré por a11í alguna vez, les mandaré caza, aves; me haré sangrar si es preciso; nos haremos amigos, los invitaré a mi casa... ¡Ah!