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Desde aquel día no tuvo más pensamiento que éste: tener un niño, otro; y confió su deseo a todo el mundo.

Una vecina le indicó un remedio: darle a beber a su marido, todas las noches, un vaso de agua con una pizca de ceniza. El granjero se prestó a ello, pero el remedio no surtió efecto.

Se dijeron: "Quizá hay algún secreto en esto." E intentaron enterarse. Les hablaron de un pastor que vivía a diez leguas de allí; y un día, después de enganchar su tílburi, el señor salió para ir a consultarle.

El pastor le entregó un pan sobre el que trazó unos un pan amasado con hierbas, y del que ambos debían comer cada noche un pedazo, tanto antes como después de sus encuentros amorosos.

El pan se consumió por completo sin que obtuvieran ningún resultado.

Un maestro de escuela les desveló algunos misterios, algunos procedimientos amorosos desconocidos en el campo y, según él, infalibles. Fallaron.

El cura recomendó una peregrinación a la Preciosa Sangre de Fécamp. Rose fue con la muchedumbre a prosternarse en la abadía y, mezclando su ruego a los rústicos deseos que exhalaban todos aquellos corazones campesinos, suplicó a Aquel al que todos imploraban que la hiciera fértil una vez más. Todo en vano. Entonces dio en imaginar que aquello era el castigo por su primer desliz, y la invadió un inmenso dolor.

Languidecía de pena; también su marido envejecía, "se reconcomía", según decía la gente, se consumía en esperanzas inútiles.

Entonces, estalló entre ellos la guerra. El la insultó, le pegó. Todo el día disputaba con ella y, por la noche, en la cama, jadeante y vengativo, le lanzaba a la cara injurias y palabrotas.

Al fin, una noche, no sabiendo ya qué inventar para hacerla sufrir más, le ordenó que se levantara y fuese a esperar que hiciera de día a la puerta, bajo la lluvia. Como ella no le obedecía, la cogió por el cuello y empezó a darle puñetazos en la cara. Ella no dijo nada, no se movió. Exasperado, se puso de rodillas sobre su vientre; y, con los dientes apretados, loco de ira, empezó a molerla a golpes. Entonces, ella tuvo un instante de rebeldía desesperada y, con un gesto furioso, rechazándolo contra la pared, se incorporó en la cama, y con una voz extraña y silbante le dijo:

—¡Yo sí que tengo un hijo, tengo uno! Lo tuve con Jacques, ya sabes quien digo, Jacques. Iba a casarse conmigo y se marchó.

El hombre, estupefacto, se quedó tan fuera de sí como ella; farfullaba:

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué estás diciendo?

Entonces ella empezó a sollozar y balbució entre lágrimas:

—Por eso no quería casarme contigo, por eso. No podía decírtelo, me hubieras puesto en la calle con el niño. Como tú no tienes ninguno, no sabes lo que es eso, no lo sabes.

El repetía maquinalmente, cada vez más sorprendido:

—¿Tienes un niño? ¿Tienes un niño?

Ella dijo entre sollozos:

—Me tuviste por la fuerza, ¿o es que no te acuerdas? Yo no quería casarme contigo.

Entonces él se levantó, encendió la vela y se puso a pasear por la habitación, con las manos a la espalda.

Ella seguía llorando, derrumbada sobre la cama. De pronto, él se detuvo ante ella:

—Entonces, ¿es culpa mía si no te he hecho ninguno? —dijo.

Ella no contestó. Él siguió paseando; luego, parándose otra vez, preguntó:

—¿Cuántos años tiene tu chiquillo?

Ella murmuró:

—Ahora va a cumplir seis.

Él siguió preguntando:

—¿Por qué no me lo dijiste?

Ella gimió:

—¿Cómo iba a atreverme?

Él seguía de pie, inmóvil.

—Vamos, levántate —le dijo.

Ella se incorporó penosamente; cuando se puso de pie, apoyada contra la pared, él se echó a reír de pronto, con sus fuertes carcajadas de los buenos tiempos; y, como ella seguía turbada, añadió:

—Bueno, pues iremos a buscar a tu niño, ya que no tenemos ninguno nuestro.

Ella se quedó tan asustada que, si no le hubieran faltado las fuerzas, seguramente habría huido. Pero el granjero se frotaba las manos y murmuraba:

—Yo quería adoptar uno. Ya lo he encontrado, ya lo he encontrado. Le había pedido al cura que nos trajera un huérfano.

Luego, sin dejar de reír, besó en las dos mejillas a su mujer, llorosa y atontada, y gritó, como si ella no le oyera:

—Bueno, mamá, vamos a ver si aún queda sopa. Yo me comería una olla entera.

Ella se puso la falda; bajaron; y, mientras la mujer, de rodillas, avivaba el fuego debajo de la olla, él, radiante, seguía andando a grandes zancadas por la cocina, y repetía:

—Pues, la verdad me alegro. No es por decir, pero es contento, muy contento.

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