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El niño iba a cumplir ocho meses; no lo reconoció. Se había vuelto rosado, mofletudo, rollizo, como un viviente paquetito de grasa. Sus dedos, separados por rodetes de carne, se agitaban suavemente, mostrando una visible satisfacción. Se lanzó sobre él como sobre una presa, con un arrebato animal, y lo besó con tanta violencia que él empezó a gritar de miedo. Entonces ella se echó a llorar también, porque él no la reconocía y porque tendía los brazos hacia la nodriza en cuanto advertía su presencia.

Sin embargo, desde el día siguiente, el niño se acostumbró a su cara, y se reía al verla. Ella lo llevaba al campo, corría alocadamente levantándolo en sus brazos, se sentaba a la sombra de los árboles; y, por primera vez en su vida y aunque él no pudiera escucharle, le abría su corazón a alguien, le contaba sus penas, sus trabajos, sus preocupaciones, sus esperanzas, y lo fatigaba incesantemente con la violencia y la furia de sus caricias.

Experimentaba un gozo infinito manoseándolo, lavándolo, vistiéndolo; y hasta era feliz limpiando las suciedades del niño, como si aquellos íntimos cuidados fueran una confirmación de su maternidad. Lo miraba con atención, asombrándose de que fuera suyo, y se repetía a media voz, moviéndolo en sus brazos:

—Es mi chiquillo, es mi chiquillo.

De vuelta a la granja, fue sollozando todo el camino, y apenas acababa de llegar cuando el amo la llamó a su habitación. Ella fue, muy asombrada y emocionada sin saber por qué.

—Siéntate ahí —le dijo él.

Se sentó, y durante unos instantes se quedaron el uno al del otro, muy turbados, con los brazos inertes, sin saber que hacer con las manos y evitando mirarse frente a frente, como suelen hacer los campesinos.

El granjero, un hombre gordo de cuarenta y cinco años había enviudado dos veces, jovial y testarudo, experimentaba una timidez evidente, lo que no era habitual en él. Al fin, se decidió y empezó a hablar con vaguedad, atropellándose un poco y mirando el campo, a lo lejos.

—Rose —dijo———, ¿nunca has pensado en colocarte?

Ella se puso pálida como una muerta. Al ver que no le contestaba, él prosiguió:

—Eres una buena chica, seria, dispuesta y ahorrativa. Una mujer como tú, haría la fortuna de cualquier hombre.

Ella continuaba inmóvil, con los ojos asustados, sin intentar siquiera comprender, pues la cabeza le daba vueltas, como a la cercanía de un gran peligro. Él esperó un segundo, y luego continuó:

—Una granja sin ama no marcha bien; aunque tenga una criada como tú.

Entonces se calló, no sabiendo cómo continuar; y Rose lo miraba con el aire espantado de una persona que se cree frente a un asesino y se dispone a huir al mínimo gesto que haga.

Por fin, al cabo de cinco minutos, él preguntó:

—Bueno, ¿te parece bien?

Ella respondió con cara triste:

—¿Qué, señor amo?

Entonces él dijo, bruscamente:

—¡Pues casarte conmigo, pardiez!

Ella se incorporó de pronto, luego volvió a caer como desplomada en la silla, donde se quedó inmóvil, como si hubiera recibido el golpe de una gran desgracia. Finalmente, el granjero se impacientó:

—Bueno, vamos; ¿qué más quieres?

Ella lo contemplaba, trastornada; luego, de pronto, se le llenaron los ojos de lágrimas y repitió dos veces, con voz ahogada:

—¡No puedo! ¡No puedo!

—¿Por qué? —preguntó el hombre—. Vamos, no seas tonta; te dejo que lo pienses hasta mañana.

Y se apresuró a marcharse, muy aliviado por haber terminado con aquel asunto que le fastidiaba mucho y no dudando que, al día siguiente, la criada aceptaría una proposición que era, para ella, completamente inesperada y, para él, un excelente negocio, ya que así ataba a él, para siempre, a una mujer que le sería, sin duda, más ventajosa que la mejor dote de la comarca.

Por otra parte, no podía haber entre ellos escrúpulos por un casamiento desigual, porque, en el campo, todos son, más o menos, iguales: el granjero trabaja como su criado que, con mucha frecuencia, un día u otro se convierte a su vez en amo; y las criadas pasan a menudo a ser amas, sin que eso traiga ningún cambio en su vida o en sus costumbres.

Rose no se acostó aquella noche. Se sentó, derrumbándose sobre la cama, sin tener fuerzas ni para llorar, de lo anonadada que estaba. Se quedó inerte, sin sentir su cuerpo, y con el espíritu disperso, como si se lo hubieran hecho trizas con uno de esos instrumentos que usan los cardadores para cardar la lana de los colchones.

Sólo de vez en cuando lograba reunir como migajas de pensamientos, y se espantaba ante la idea de lo que podía ocurrir.

Sus terrores aumentaron y, cada vez que, en el silencio adormecido de la casa, el gran reloj de la cocina daba lentamente las horas, le entraban sudores de angustia. La cabeza se le iba, tenía continuas pesadillas, la vela se apagó; entonces empezó el delirio, ese delirio de huida que se apodera de las gentes del campo que se creen golpeadas por un destino adverso, y que les hace ;sentir un deseo furioso de marcharse, de escapar, de correr ante la desgracia como un barco ante la tempestad.

Chilló una lechuza; la muchacha se estremeció, se incorporó, se pasó las manos por la cara, por el pelo, se palpó el cuerpo como una loca; luego, con andares de sonámbula, bajó. Al llegar al patio, se arrastró para que no la viera ningún merodeador, pues la luna, a punto de desaparecer, lanzaba un claro resplandor sobre los campos. En lugar de abrir la puerta del cercado, trepó por el talud; luego, cuando estuvo frente al campo, echó a andar. Caminaba de prisa, en línea recta, con un trote elástico y precipitado y, de cuando en cuando, inconscientemente lanzaba un grito penetrante. Su sombra, desmesurada, corría a su lado por el suelo y, a veces, un ave nocturna venía a dar vueltas. alrededor de su cabeza. Los perros ladraban en los patios de las granjas al oírla pasar; uno de ellos saltó la zanja y la persiguió para morderla; pero ella se volvió hacia él gritando de tal modo que el animal, espantado, huyó, se acurrucó en su caseta y se calló.

De vez en cuando, una joven familia de liebres salía a retozar en un campo; pero, cuando se acercaba aquella andariega furiosa, como una Diana delirante, los animales se dispersaban, temerosos; los pequeños y la madre desaparecían agazapados en un surco, mientras que el padre salía de estampía y, a veces, su sombra saltarina de grandes orejas erguidas se recortaba sobre la luna, que se hundía ahora en el confín del mundo e iluminaba la llanura con su luz oblicua, como una enorme linterna puesta en la línea del horizonte.

Las estrellas se borraron de las profundidades del cielo, algunos pájaros piaban; el día estaba naciendo.

La muchacha, extenuada, jadeaba; y cuando el sol atravesó la aurora color de púrpura, se detuvo.

Sus pies hinchados se negaban a andar; pero distinguió una balsa, una gran balsa cuya agua estancada parecía sangre bajo los reflejos rojos del nuevo día, y fue hacia allí, muy despacio, cojeando, con la mano sobre el corazón, para sumergir en ella las piernas.

Se sentó sobre una mata de hierbas, se quitó los gruesos zapatos llenos de polvo y las medias, y hundió sus pantorrillas azuladas en la onda inmóvil en la que, a veces, estallaban burbujas.

Un delicioso frescor le subió desde los talones a la garganta y, de pronto, mientras miraba fijamente aquella profunda balsa, se apoderó de ella el vértigo, el deseo furioso de sumergirse por completo en el agua.

Así se acabaría aquel sufrimiento dentro de ella, se acabaría para siempre. Ya no pensaba en su hijo; quería paz, reposo completo, dormir sin fin. Entonces se incorporó, con los brazos levantados, y avanzó dos pasos.

Ahora se hundía hasta los muslos, e iba a tirarse ya cuando unas ardientes mordeduras en los tobillos le hicieron echarse atrás, y lanzó un grito desesperado, porque, desde las rodillas hasta la punta de los pies, unas sanguijuelas largas y negras bebían su sangre, se inflaban, pegadas a su carne. No se atrevía a tocarlas, y aullaba horrorizada. Sus desesperados gritos atrajeron a un campesino que pasaba a lo lejos con su carro.

El arrancó las sanguijuelas una a una, emplastó las heridas con hierbas y llevó a la muchacha en su carro hasta la granja de su amo.

Durante quince días estuvo en la cama. La mañana en que volvió a levantarse, mientras estaba sentada delante de la puerta, el granjero vino de pronto y se plantó ante ella.

—Bueno —le dijo—, la cosa está hecha, ¿no?

Ella, al principio, no contestó nada; luego, como él continuaba de pie, atravesándola con su mirada obstinada, articuló con dificultad:

—No, señor amo, no puedo.

Pero él, de golpe, perdió la paciencia.

—¿Que no puedes, muchacha, que no puedes? ¿Y eso por qué?

Ella se echó a llorar y repitió:

—No puedo.

El la miraba atentamente, y le gritó a la cara:

—¿Será porque tienes un novio?

Ella balbució, temblando de vergüenza:

—Puede que sea por eso.

El hombre, rojo como una amapola, farfullaba encolerizado:

—Lo confiesas entonces, bribona. ¿Y quién es el pájaro? ¡Un pelagatos, un pordiosero, un vagabundo, un muerto de hambre! ¿Quién es, di?

Y, como ella no contestaba nada, dijo:

—¡Ah, no quieres hablar...! Yo te lo diré. ¿Es Jean Baudu?

Ella exclamó:

—¡Oh, no, él no es!

—¿Entonces es Pierre Martin?

— ¡Oh, no, señor amo!

Y él fue nombrando desatinadamente todos los mozos de la comarca, mientras ella negaba, abrumada y secándose los ojos constantemente con una esquina de su delantal azul. Pero él seguía buscando con una obstinación brutal, arañando aquel corazón para conocer su secreto, como un perro de caza que escudriña todo el día una madriguera para apoderarse del animal que olfatea al fondo. De pronto, el hombre exclamó:

—¡Ah, diantre! Es Jacques, el criado del año pasado; la gente decía que hablaba contigo y que ibais a casaros.

Rose se sofocó; una oleada de sangre enrojeció su rostro; las lágrimas cesaron de golpe; se secaron sobre las mejillas como las gotas de agua sobre un hierro al rojo. Exclamó:

—¡No, no es él, no es él!

—¿Estás segura? —preguntó el astuto campesino, que husmeaba un rastro de verdad.

Ella respondió apresuradamente:

—Se lo juro, se lo juro...

Buscaba algo por lo que jurar, sin atreverse a invocar cosas sagradas. Él la interrumpió:

—Sin embargo, te seguía a todos los rincones, y te comía con los ojos durante las comidas. Le diste tu palabra, ¿eh? Di.

Esta vez, ella miró a su amo de frente.

—No, nunca, nunca; y le juro por Dios que si viniera hoy a pedirme que fuera su mujer, no querría saber nada de él.

Tenía un aire tan sincero que el granjero dudó. Prosiguió como si hablara para sí mismo:

—Pues, entonces, ¿qué? No has tenido ningún percance, eso se sabría. Y ya que la cosa no ha tenido consecuencias, una muchacha no rechaza a su amo por eso. Tiene que haber algo más.

Ella ya no decía nada, sofocada de angustia.

El preguntó otra vez:

—¿No quieres?

Ella suspiró:

—No puedo, señor amo.

Y él dio media vuelta y se fue.

Creyó que se lo había quitado de encima, y pasó el resto del día bastante tranquila, pero tan deshecha y extenuada como si, en lugar del viejo caballo blanco, le hubieran mandado a ella mover desde la aurora la máquina de trillar.

Se acostó lo más pronto que pudo y se durmió inmediatamente.

En mitad de la noche, la despertaron dos manos que palpaban su cama. Se sobresaltó, llena de miedo, pero en seguida reconoció la voz del granjero que le decía:

—No tengas miedo, Rose, soy yo, que vengo a hablar contigo.

Al principio se asombró; luego, como él trataba de meterse debajo de las sábanas, comprendió lo que buscaba, y empezó a temblar violentamente, sintiéndose sola en la oscuridad, todavía entorpecida por el sueño, completamente desnuda y en la cama, cerca de aquel hombre que la deseaba. Ella no consentía, desde luego, pero resistía perezosamente, luchando contra el instinto que es siempre más fuerte en las naturalezas sencillas, y desprotegida por la voluntad indecisa de las gentes blandas y sumisas de su raza. Volvía la cabeza hacia la pared o hacia el interior de la habitación, para evitar los besos con los que la boca del granjero buscaba la suya, y su cuerpo se retorcía un poco bajo la colcha, enervado por el cansancio de la lucha. El era cada vez más brutal, embriagado por el deseo. Con un movimiento brusco, la destapó. Entonces ella comprendió que ya no podía seguir resistiendo. Obedeciendo a un pudor semejante al del avestruz, se tapó la cara con las manos y dejó de defenderse.

El granjero se quedó toda la noche a su lado. Volvió la noche siguiente, y, luego, todos los demás días.

Vivieron juntos.

Una mañana, él le dijo:

—He mandado publicar las amonestaciones. Nos casaremos el mes que viene.

Ella no contestó. ¿Qué podía decir? No ofreció resistencia. ¿Qué podía hacer?