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Entonces empezó para ella una vida de continua tortura. Trabajaba como una autómata, sin atender a lo que hacía, con una idea fija en la cabeza: " ¡Si la gente lo supiera! " Aquella obsesión constante la dejaba tan incapaz de razonar que ni siquiera buscaba los medios para evitar aquel escándalo que sentía aproximarse, cada día más cercano, irreparable y seguro como la muerte.

Todas las mañanas se levantaba mucho antes que los demás y, con una encarnizada obstinación, trataba de mirar su talle un pequeño trozo de espejo roto que le servía para peinarse, ansiosa por saber si iba a ser aquel día cuando los demás iban a darse cuenta.

Y, durante la jornada, interrumpía a cada instante su tarea para mirar detenidamente si el volumen de su vientre no levantaría demasiado su delantal.

Los meses iban pasando. Ella apenas hablaba y, cuando preguntaban algo, no entendía, se quedaba confusa, con la mirada alelada y las manos temblorosas. Todo lo cual hacía decir a su amo:

—¡Pobre hija mía, qué tonta te has vuelto últimamente!

En la iglesia, se escondía detrás de una columna, y ya no atrevía a confesarse, porque tenía mucho miedo de encontrarse con el cura, al que atribuía un poder sobrehumano que le permtía leer en las conciencias.

En la mesa, las miradas de sus compañeros la hacían desfallecer de angustia, y constantemente se imaginaba que había sido descubierta por el mozo que cuidaba de las vacas, un muchacho precoz y astuto cuya mirada brillante no se apartaba de ella ni un momento.

Una mañana, el cartero le entregó una carta. Ella jamás había recibido ninguna y se quedó tan agitada que tuvo que sentarse.

¿Era de él, quizá? Pero, como no sabía leer, permanecía inquieta, temblorosa, ante aquel papel cubierto de tinta. Se lo metió en el bolsillo, sin atreverse a confiar a nadie su secreto; y, de vez en cuando, dejaba de trabajar para contemplar durante largo rato aquellas líneas regularmente distribuidas, rematadas por una firma, imaginándose que quizá iba a descubrir su sentido de golpe. Por fin, como la impaciencia y la inquietud la volvían loca, fue al encuentro del maestro, quien la hizo sentar y leyó: "Querida hija: la presente es para decirte que me estoy muriendo; nuestro vecino, el señor Dentu, te escribe para mandarte venir, si puedes.

Por orden de tu querida madre: CÉSAIRE DENTU, teniente de alcalde." Ella no dijo una palabra y se marchó. Pero, en cuanto estuvo sola, se desplomó a la orilla del camino, porque las piernas no la sostenían; y se quedó allí hasta la noche.

Al volver, le contó su desgracia al granjero, que le dio permiso para ausentarse todo el tiempo que quisiera y le prometió que encomendaría su trabajo a una jornalera y que volvería a admitirla a su regreso.

Su madre estaba en la agonía; murió el mismo día de su llegada; y, al día siguiente, Rose daba a luz un sietemesino, un pequeño esqueleto feísimo, tan escuálido que daba grima verlo, y que parecía sufrir sin cesar, pues crispaba dolorosamente sus manitas descarnadas como patas de cangrejo.

Sin embargo, vivió.

Ella contó que estaba casada, pero que no podía encargarse del niño; y lo dejó en casa de unos vecinos que prometieron cuidarlo bien.

Y volvió a la granja.

Pero entonces, en su corazón lastimado durante tanto tiempo, se levantó, como una aurora, un amor desconocido por aquel pequeño ser esmirriado que había dejado allá; y aquel mismo amor era un nuevo sufrimiento, un sufrimiento de cada hora, de cada minuto, porque estaba separada de él.

Lo que la torturaba era, sobre todo, un deseo loco de besarlo, de estrecharlo en sus brazos, de sentir contra su carne el calor de su cuerpecillo. Ya no dormía por la noche; pensaba todo el día; y, por la tarde, cuando había terminado su trabajo se sentaba delante del fuego y se quedaba ensimismada contemplándolo fijamente.

Incluso empezaron a chismorrear sobre ella, y le gastaban bromas sobre el novio que debía de tener, y le preguntan si era guapo, si era alto, si era rico, cuándo iba a ser la boda, cuándo el bautizo. Y, muchas veces, ella se escapaba para llorar sola, porque aquellas preguntas le atravesaban la carne como alfileres.

Para distraerse de las habladurías, se puso a trabajar con furia, y, sin dejar de pensar en su niño, buscó los medios de ahorrar para él mucho dinero.

Decidió trabajar tanto que no tendrían más remedio que aumentarle la paga.

Entonces, poco a poco, fue acaparando trabajo, hizo que despidieran a una criada que resultaba inútil desde que ella se esforzaba por dos, hizo economías en el pan, en el aceite y en velas; en el grano, que se echaba en demasía a las gallinas, en el forraje del ganado, que se desperdiciaba un poco. Se mostraba avara con el dinero del amo como si fuera suyo, y, a fuerza de hacer compras ventajosas, de vender caro lo que salía de la casa y de deshacer las artimañas de los campesinos que ofrecían sus productos, se convirtió en la única encargada de las compras y las ventas, de dirigir el trabajo de los braceros, de la admministración de las provisiones; y, en poco tiempo, se hizo indispensable. Ejercía una vigilancia tal a su alrededor que, bajo su dirección, la granja prosperó prodigiosamente. A diez leguas a la redonda se hablaba de la "criada del señor Vallin"; y el granjero repetía en todas partes:

—Esa muchacha vale su peso en oro.

Sin embargo, el tiempo pasaba y su salario seguía siendo el mismo. Se aceptaba su exceso de trabajo como una obligación de cualquier criada abnegada, como una simple prueba de buena voluntad; y empezó a pensar, con un poco de amargura, que el granjero ingresaba, gracias a ella, cincuenta o cien escudos suplementarios todos los meses, ella seguía ganando sus 240 francos al año, ni más ni menos.

Resolvió reclamar un aumento. Tres veces fue a ver al amo y, al encontrarse en su presencia, le habló de otra cosa. Experimentaba una especie de pudor al pedir dinero, como si hubiera sido una acción un poco vergonzosa. Por fin, un día en que el granjero comía solo en la cocina, ella le dijo, con aire azorado, que deseaba hablarle particularmente. Él alzó la cabeza, sorprendido, con las manos sobre la mesa, sosteniendo en una el cuchillo suspendido en el aire y en la otra un pedazo de pan, y miró fijamente a la criada. Ella se turbó bajo aquella mirada y le pidió ocho días para ir a su tierra, porque se sentía un poco enferma.

Él se los concedió inmediatamente; luego, azorado a su vez, añadió:

—Yo también tengo que hablarte, cuando vuelvas.