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La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 27. ¡Doblones!
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Como el barco estaba tan escorado, los mástiles sobresalían sobre las aguas, y a la altura que yo estaba, en la cruceta, veía bajo mis pies la superficie de la bahía. Hands, que no había alcanzado esa altura, cayó cerca del casco, casi junto a la borda. Vi su cuerpo emerger entre remolinos de espuma sanguinolenta y volver a hundirse para siempre. Cuando la mar estuvo en calma, pude verlo hecho un ovillo en el fondo de limpia y luminosa arena, en la sombra que proyectaba el casco de la goleta. A veces el temblor de una ola provocaba la ilusión de un movimiento, como si intentara levantarse. Pero estaba bien muerto, con dos di sparos y, además, ahogado, y ya no era más que comida para los peces, como yo lo hubiera sido.

Empecé a sentirme mareado, desfallecido y sobrecogido por el miedo. Noté cómo la sangre caliente me corría por la espalda y el pecho. El cuchillo que me sujetaba por el hombro al mástil era como un hierro al rojo; sin embargo no me pesaba tanto ese dolor, que me creía capaz de soportar sin una queja, como el terror a caer desde la cruceta en aquellas aguas serenas y verdosas junto al cuerpo del timonel.

Me agarré con todas mis fuerzas a la cruceta, hasta que me dolieron las uñas, y cerré los ojos para no ver aquella escena. Poco a poco fui recobrando el valor, el pulso volvió a latir con un ritmo más tranquilo y comencé a sentirme dueño de mí mismo.

Mi primer pensamiento fue el de arrancarme el cuchillo; pero estaba clavado con tanta fuerza, y los nervios me fallaron, que tuve que desistir con un violento escalofrío. Y como siempre sucede con las cosas más insignificantes, fue ese tiritón el que resolvió mi problema. Porque el cuchillo, que había estado a punto de herirme en algún lado más grave o mortal, lo único que atravesaba era la parte superior del hombro, casi solamente la piel, y aquel escalofrío terminó por desgarrarla. La sangre manó copiosamente, pero me sentía libre y podía moverme y sólo mi casaca y mi camisa me unían al palo, lo que no tardé en resolver dando un fuerte tirón.

Sin perder tiempo me deslicé por el obenque de babor hasta cubierta; ni por todo el oro del mundo lo hubiera hecho por el de estribor, que caía a plomo sobre las aguas donde reposaba Israel Hands.

Bajé al camarote y curé mi herida como pude. El dolor era muy intenso y sangraba abundantemente, pero no era profunda y no la juzgué grave, ni tampoco me impedía demasiado mover el brazo. Después inspeccioné el barco, y, pues ahora estaba bajo mi mando, decidí desembarazarme de su último pasajero, el cadáver de O'Brien.

Yacía arrojado como un fardo contra la amurada, una especie de desfondado espantapájaros de rostro como la cera. Estaba en una postura que facilitaba mis intenciones; y como ya empezaba a estar habituado a estas macabras experiencias, mi antiguo temor ante los muertos había casi desaparecido. Lo agarré por la cintura, como un saco de salvado, y de un buen empujón lo arrojé por la borda. Se hundió con un ruidoso chapuzón, su gorro rojo quedó flotando en las aguas, y, cuando me dejó la espuma producida por su caía, lo vi tendido junto a Israel, moviéndose ambos con la ondulación del mar. O'Brien, aunque joven, era bastante calvo, y allí se destacaba su cráneo mondo apoyado en las rodillas de su asesino, y sobre los dos cuerpos, los peces que empezaban a congregarse.

Ahora estaba yo solo en la goleta. La marea empezaba a cambiar. El sol llegó a su ocaso y ya las sombras de los pinos se alargaban a través del fondeadero y pintaban sobre la cubierta grandes manchas de luz y sombra vacilantes. La brisa del atardecer se levantaba, y aún protegido por la colina de los dos picos, que se levantaba hacia el este, el aparejo empezaba a vibrar con un sordo silbido y las velas a agitarse de un lado para otro.

Entonces caí en la cuenta de que existía peligro para el barco. Pude arriar los foques con cierta facilidad, y los abandoné caídos en cubierta; pero la vela mayor era una tarea mucho más difícil. Cuando la goleta escoró al embarrancar, la botavara había caído del mismo lado, saliendo sobre la borda, y las jimelgas así como parte de la lona cayeron al mar. Pensé que aquello aumentaba el peligro, pero en mi turbación no veía forma de solucionar el problema. Determiné cortar la driza, y así lo hice con mi navaja. El pico de la cangreja quebró de inmediato y una gran panza de lona distendida flotó sobre el mar. Eso fue todo lo que pude hacer, porque no conseguí mover la cargadera, y dejé la Hispaniola a su suerte como yo quedaba a la mía.

Cuando terminé estos trabajos, la oscuridad cubría el fondeadero y recuerdo que las últimas luces del sol entraban a través de un claro de los bosques y brillaban como una joya en las algas y flores que cubrían aquel navío hundido a la entrada de la bahía. Empecé asentir frío; la bajamar asentaba la go leta más y más sobre su casco y aumentaba su escora.

Traté de encaramarme hacia proa con gran dificultad y miré sobre la borda. No parecía haber mucha profundidad, y sujetándome con cuidado a la driza cortada me dejé caer lentamente al agua. Apenas me llegaba a la cintura, la arena era dura, y notaba las ondulaciones del fondo; feliz y con bastante ánimo vadeé hasta la orilla. La Hiipaniola quedó allí varada, con su vela mayor cubriendo la superficie de las aguas. En ese instante el sol se ocultó y la brisa empezó a soplar suavemente por entre los árboles en la oscuridad del crepúsculo.

Por lo menos yo estaba en tierra y no volvía del mar con las manos vacías. La goleta estaba libre de filibusteros y aguardando a nuestra gente para ser tripulada de nuevo y navegar. Yo no tenía otro pensamiento que regresar a la empalizada y gozar del relato de mi aventura. Era posible que me amonestasen por ella, pero el haber capturado la Hispaniola pensaba que podía callar todas las voces y estaba convencido de que hasta el propio capitán Smollett tendría que admitir que yo no había perdido el tiempo.

Con esos pensamientos, y alegre como el que más, tomé camino en dirección al fortín para encontrarme con mis compañeros. Traté de situarme partiendo de que el mas oriental de los ríos, que desembocaban en el fondeadero del capitán Kidd, bajaba desde el monte de los dos picos que ahora tenía yo a mi izquierda; y empecé a rodearlo para cruzar cerca de su nacimiento, donde el caudal era escaso. El bosque no parecía demasiado impenetrable, y, siguiéndolo a lo largo de las estribaciones del monte, no tardé en recorrer su ladera y dar con el río, que atravesé con el agua a media pierna. Así llegué a un sitio que reconocí como aquel donde me había encontrado con Ben Gunn, el abandonado; seguí entonces mi camino con más caut ela, vigilando hacia todas partes. La noche había caído y, cuando llegé cerca de la depresión entre los dos picachos, advertí como un fulgor vacilante, y pensé que el hombre de la isla estaría cocinando su cena en una hoguera. Me inquietaba imaginarlo tan despreocupado, porque ese mismo fuego que yo veía podía ser descubierto también por Silver desde su campamento en la ciénaga.

Fui acercándome poco a poco, aprovechando la oscuridad de la noche, y mucho me costó no perderme en mi camino; el monte de los dos picos quedaba a mis espaldas y el Catalejo a mi derecha, ambos muy desdibujados por la noche; pocas eran las estrellas y su brillo apagado, y el terreno por donde yo caminaba est aba plagado de matorrales que más de una vez me hicieron caer sobre la arena.

De pronto me encontré en el centro de una tenue claridad. Levanté los ojos; pálidos rayos de bellísima luz se abrían sobre la cima del Catalejo, y, casi inmediatamente, un inmenso disco de plata se levantó sobre las copas de los árboles: era la luna.

Bajo su luz anduve rápidamente los últimos tramos de mi camino; y unas veces corriendo, otras paso a paso, fui acercándo me lleno de impaciencia a la empalizada. Cuando alcancé el bosque que la rodeaba, tuve buen cuidado en arrastrarme cautelosamente, porque hubiera sido un triste fin para mis aventuras recibir un tiro por equivocación de mis propios compañeros.

La luna iba levantándose con todo su esplendor; su luz iluminaba grandes zonas del bosque, y de pronto, ante mí, entre los árboles, vi un resplandor de muy distinto color. Un fulgor rojizo que por momentos se apagaba, como si fuera el rescoldo de una hoguera.

No podía ni imaginar de qué podía tratarse.

Me deslicé hasta la orilla del calvero. Hacia el oeste se veía iluminado por la luna; el resto, incluyendo el fortín, estaba aún cubierto por la oscuridad, unas tinieblas salpicadas aquí y allá por plateadas franjas de luz. Detrás del fortín brillaban las ascuas de lo que fue una hoguera, pero aún irradiaba un fuerte resplandor rojizo que contrastaba vivamente con la mórbida blancura de la luna. No se oía ruido alguno ni se sentía otra presencia que el suave sonido de la brisa.

Me detuve muy asombrado, y quizá con cierto temor. Yo sabía que mis compañeros no tenían la costumbre de encender grandes hogueras, antes bien, por orden del capitán, limitábamos las ocasiones de hacer fuego; y comencé a temer que algo malo les hubiera sucedido durante mi ausencia.

Me agazapé y con mil cuidados empecé a arrastrarme hacia el este, encubierto por las sombras, y busqué el lugar donde la empalizada estuviera más-protegida por la oscuridad, y allí la crucé.

Continué arrastrándome sin hacer el menor ruido hasta llegar a una de las esquinas del fortín. Conforme me aproximaba mi corazón iba tranquilizándose. Cuántas veces había aborrecido el sonido de los ronquidos de mis compañeros, pero cómo lo esperaba escuchar en aquelizs momentos; y cómo se llenó mi corazón de alegría cuando hasta mí llegaron. Hasta aquel grito tan marinero de guardia: «¡Todo bien!», jamás habría sido tan tranquilizador.

Pero, de todas formas, empezó a inquietarme un sexto sentido: la vigilancia en torno a la empalizada era deplorable. Si hubiera sido Silver o alguno de los suyos, en lugar mío, ninguno de mis compañeros hubiera vuelto a ver la luz del día. Pensé que quizá las heridas del capitán le habían impedido organizar mejor los centinelas, y me culpé a mí mismo por haberlos abandonado en aquella situación.

Llegué a la puerta y me puse en pie. Dentro había una absoluta oscuridad y era imposible distinguir a n adie.

Se escuchaba el ruido monótono de los ronquidos y me pareció oír un rumor de aletazos o el roce de un pico, que no podía -o no quería- explicarme. Empecé a andar hacia el interior tanteando con los brazos. «Mi lecho estará donde antes» (imaginé regocijado); «y cuando despierte mañana, cómo voy a reírme al ver su estupor».

Mi pie tropezó con algo blando: era una pierna; quien fuese gruñó y dio media vuelta sin llegar a despertarse.

En ese instante, de improviso, una voz estridente rompió a chillar en la oscuridad:

-¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones!

Y continuó imparable como el repiqueteo de un pequeño telar. ¡Era el loro verde de Silver, el Capitán Flint! Eso era lo que yo había oído picotear; era él quien, mejor centinela que ningún humano, anunciaba mi llegada con su abrumador estribillo.

No tuve ni tiempo de recobrarme de la sorpresa. A los agudos y metálicos chillidos del loro se despert aron los durmientes y rápidamente se levantaron; y con un tremendo juramento la voz de Silver tronó:

-¿Quién va?

Intenté echar a correr, pero choqué con uno de los piratas y, al retroceder, me precipité en brazos de otro, que me sujetó con fuerza.

-¡Trae una antorcha, Dick! -dijo Silver, cuando se aseguró de mi captura.

Y uno de ellos salió del fortín y volvió rápidamente con una rama encendida.