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La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 24. La travesía en el coracle
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Ya era pleno día cuando desperté y me encontré a la deriv a en el extremo suroeste de la Isla del Tesoro.

El sol estaba alto, aunque aún se ocultaba tras la masa del Catalejo, que en aquella parte de la isla bajaba casi hasta el mar como cortado a pico y dando lugar a un asombroso acantilado.

El cabo de la Bolina y el monte Mesana formaban como un recodo; desértico y sombrío el monte; el cabo, cortado por acantilados de cuarenta o cincuenta pies de altura y flanqueado por enormes peñascos caídos.

Yo me encontraba a un cuarto de milla mar adentro y mi primera idea fue ir a tierra y desembarcar.

Pero no tardé en abandonar este proyecto. Porque las olas rompían con estruendo contra las rocas derrumbadas, levantando grandes penachos de espuma y agua, y en ese fragor incesante me veía a mí mismo, de aventurarme a desafiarlo, destrozado contra las rocas o agotando mis fuerzas para escalar aquellos brutales peñascos.

Y no era eso todo, sino que vi agrupados en las zonas más lisas de las rocas unos monstruos viscosos - como repugnantes babosas de increíble tamaño-, que en grupos de cuatro o cinco docenas aullaban espantosamente o se dejaban caer al mar con atronadoras zambullidas.

Después he sabido que se trataba de leones marinos, es decir, criaturas inofensivas. Pero su aspecto, un ido a lo dramático de aquella costa y al ímpetu del oleaje, fue más que suficiente para borrar de mi cabeza toda idea de desembarcar allí. Mejor morir de hambre en la mar, que afrontar tales peligros.

Pero, como mi confianza me decía, aún quedaban otras posibilidades de mejor suerte. Al norte del cabo de la Bolina la costa seguía por un largo trecho en línea recta, y con la marea baja dejaba al descubierto una ancha faja de amarillas arenas. Y aún más al norte, otro cabo -que las cartas señalaban como cabo Boscosoavanzaba cubierto de altísimos y verdes pinos que llegaban hasta el borde del mar.

Recordé lo que me había indicado Silver acerca de la corriente que bordeaba la Isla del Tesoro, en dirección norte, a lo largo de la costa occidental. Y como comprobé, por mi posición, que me encontraba en aquellos momentos bajo su influencia, preferí dejar atrás el cabo de la Bolina y guardar todas mis fuerzas para intentar desembarcar en el, al parecer, más propicio cabo Boscoso.

El mar estaba suavemente ondulado. El viento soplaba constantemente y sin violencia desde el sur; y como seguía la misma dirección que la corriente, las olas no llegaban a romper.

De no ser así yo me hubiera ido a pique; pero tal como estaba la mar, mi coraclo navegaba con toda seguridad y velozmente, como si cabalgase sobre las olas. Yo iba echado en el fondo y no asomaba más que lo preciso para mirar. Veía grandes olas azules, que parecían venir sobre mí, pero el coraclo las remontaba elásticamente y caía por el otro lado como un vuelo de pájaro.

Comencé a tomar confianza, y hasta llegué a sentarme para tratar de remar. Pero la más mínima alteración en el equilibrio de peso causaba graves perturbaciones en el rumbo del coraclo. Y en uno de estos movimientos míos, insignificante, por otra parte, el bote perdió su estabilidad, se precipitó en la caída de una ola, y de forma tan brusca, que se hundió vertiginosamente contra el flanco de otra ola que seguía a la anterior.

Quedé empapado y preso del miedo, pero rápidamente aseguré mi anterior posición, y el coraclo pareció estabilizarse y volvió a navegar tranquilamente por entre aquellas grandes olas. No dudé que lo mejor era dejarlo navegar a su natural; lo que, por desgracia, me alejaba de tierra.

Tuve miedo, pero no por ello perdí la cabeza. Traté, primero, de achicar el agua que había inundado el coraclo sirviéndome de mi sombrero; después, asomando con cuidado por la borda, empecé a estudiar las características del bote para deslizarse con tanta suavidad sobre las olas.

Observé que cada ola, en lugar de ser esa gran montaña tersa y pulida que se ve desde tierra o desde la cubierta de un navío, era mucho más parecida a una cordillera con sus picos y sus montes y valles. El coraclo, abandonado a la deriva, serpenteaba por entre las olas acomodándose a las zonas más bajas y esquivando las más abruptas y vacilantes cimas.

«Bien», me dije a mí mismo, «está claro que debes continuar tumbado como estás; pero también puedes aprovechar, cuando el bote esquive las olas y navegue entre dos, para dar con el remo una paletada y tratar de enderezar el rumbo hacia tierra». Y así lo hice. Continué tendido en la más incómoda postura, y de cuando en cuando asomaba para dar un ligero golpe de remo que pretendía guiar el coraclo.

Fue un trabajo penosísimo y lento, pero observé que empezaba a ganar distancia, y cuando me acercaba al cabo Boscoso, aunque sabía que no había forma de pasar cerca de él, había ganado unos centenares de yardas hacia levante, y no estaba ya muy lejos. Podía ver las verdes copas de los pinos meciéndose con la brisa, y eso me dio ánimos para tratar de alcanzar, y sabía que lo conseguiría, el siguiente promontorio.

Me urgía, además, lograrlo, porque empezaba a sentir la falta de agua. El sol era abrasador y el resplandor de sus infinitos reflejos en las olas me consumía hasta el pun to que mis labios estaban cubiertos por una costra de sal, mi cabeza ardía de dolor y mi garganta era como una quemadura. La visión de aquellos árboles tan próximos aguzaba mi sed y sentí vértigo; pero la corriente me arrastraba lejos del cabo y, cuando pasé a su altura, de nuevo no tuve ante mí sino una vasta extensión de mar. Pero algo allí hizo cambiar por completo el curso de mis pensamientos.

Frente a mí, a menos de media milla, estaba la Hispaniola, navegando con las velas desplegadas. Inmediatamente pensé que iba a caer en manos de aquellos piratas, pero me sentía tan desfalleci do, sobre todo por la falta de agua, que ya no sabía si aquello debía alegrarme o no; tampoco pensé más en ello, porque la sorpresa se apoderó hasta tal punto de mí, que no p ude hacer más que mirar y maravillarme.

La Hispaniola navegaba con la vela mayor y dos foques al viento, y la bella lona blanca resplandecía al sol como la nieve o la plata. Cuando apareció ante mis ojos, todas sus velas iban tensas por el viento y llevaba rumbo noreste; me figuré que los que habían quedado a bordo se proponían dar la vuelta a la isla para regresar al fondeadero. Pero después empezó a virar más y más hacia el oeste, y no dudé que me habían descubierto y se proponían abordarme. Y de pronto se detuvo en el ojo del viento', con todas sus velas estremeciéndose.

«;Inútiles!», me dije; «deben estar borrachos como cubas». Y me imaginé con qué severidad les hubiera reprendido el capitán Smollett.

La goleta empezó a virar, volvió a cobrar viento y siguió navegando; durante un minuto cortó las aguas con velocidad, pero después volvió a quedarse inmóvil, otra vez en el ojo del viento. Una y otra vez sucedió lo mismo. Hacia cualquier lado, norte o sur, este y oeste, la Hispaniola repitió sus inexplicables bandazos y a cada escapada volvía a quedar con el velamen distendido. Pensé que el barco navegaba sin gobierno.

Pero ¿dónde estaban entonces los dos marineros? Estarían borrachos o habrían desertado. Y planeé subir a bordo y hacerme con el timón con el fin de entregársela al capitán.

La corriente empujaba ahora la goleta y el coraclo hacia el sur velozmente. La Hispaniola navegaba de manera tan vacilante y tan irregular, y en cada detención permanecía tanto tiempo inmóvil, que pensé que, si me decidía a remar, podía ganar ventajosamente la distancia que nos separaba e incluso alcanzarla. El proyecto tenía un sabor peligroso que me seducía, y sobre todo pensar en el tanque de agua a bordo, junto a la escala de proa, duplicaba mi renacido valor.

Me senté al remo, y en ese instante una ola me cubrió. Pero me mantuve firme y empecé a remar con todas mis fuerzas y con precaución, tratando de abordar la Hispanióla. Embarqué un golpe de mar tan violento, que hube de parar y achicar el bote. Pero mi corazón revoloteaba en mi pecho como un pájaro. Poco a poco fui guiando el coraclo entre las olas y ya no tuve más contratiempos que algún golpe de agua por la proa y los naturales remojones. Iba aproximándome rápidamente a la goleta; ya percibía el brillo del latón de su rueda de timón, que giraba loca, pero no veía ni un alma sobre cubierta. Era extraño, pero supuse que la habían abandonado. O que los marineros debían estar borrachos en el camarote, y en ese caso quizá lograra reducirlos y gobernar el barco a mi antojo.

Durante un rato la goleta permaneció detenida, lo que no era ventajoso para mí. Aproaba hacia el sur, p ero daba constantes bandazos y, cada vez que cambiaba de rumbo, las velas cobraban viento y la fijaban en una nueva derrota. He dicho que esto era lo menos ventajoso para mí, porque, si bien parecía inmóvil, veía las velas que restallaban como cañones y los motones rodaban por cubierta, y la goleta seguía alejándose de mí tanto por la fuerza de la corriente como por el viento que la impulsaba.

Pero por fin se presentó mi oportunidad. La brisa amainó durante unos segundos, y sólo impulsada por la corriente la Hispaniola empezó a virar lentamente sobre sí misma y acabó por presentarme la popa con la portañuela del camarote todavía abierta de par en par y la lámpara que aún iluminaba desde la mesa, aunque ya era pleno día. La vela mayor pendía como una bandera. La goleta no tenía otro impulso queda corriente.

Aunque en los últimos momentos yo había perdido terreno, comencé denodadamente a remar tratando de alcanzarla.

No distaba ya más de cien yardas cuando el viento volvió de improviso. Soplaba de babor y las velas lo recogieron hinchándose y la goleta empezó a navegar de nuevo ciñendo y cortando las olas como una golondrina.

Mi primer impulso fue de desesperación, pero inmediatamente sentí un profundo gozo. La goleta viró y avanzó de costado hacia mí, cubriendo velozmente la distancia que nos separaba. Yo contemplaba fascin ado la blancura del agua cortada por su roda, y me pareció inmensa desde mi pequeño coraclo.

En ese instante me di cuenta del peligro. No tuve tiempo de pensar; apenas pude saltar, y así salvarme.

Porque justamente, cuando me hallaba en la cresta de una ola, me abordó la goleta que avanzaba escorada y como el viento. Vi pasar su bauprés sobre mi cabeza. Salté del coraclo y vi a éste hundirse en las aguas. Me agarré al botalón del foque y afirmé un pie entre el estay y la braza. En ese instante, mientras trataba con todas mis fuerzas de asegurarme, un golpe sordo me advirtió que la goleta acababa de abordar, destrozándolo, al coraclo, y que por lo tanto yo ya no tenía otra salvación que la propia Hispaniola.