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La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 19. Reanuda la narración Jim Hawkins
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Tan pronto como Ben Gunn vio ondear la bandera, se detuvo en seco y me tomó por el brazo.

-Mira -dijo-, son tus amigos, sin duda son ellos.

-Quizá sean los amotinados - le contesté.

-Nunca -exclamó-. Si así fuera, en un lugar como éste, donde solamente puede haber caballeros de fort una, Silver hubiera izado la Jolly Roger, no te quepa duda. No, ésos son los tuyos. Y deben haber combat ido, y ademas no creo que hayan llevado la peor parte. Se habrán refugiado en la vieja empalizada de Flint; la levantó hace ya años y años. ¡Ah, Flint sí que era un hombre con cabeza! Quitando el ron, nunca se vio quien pudiera estar a su altura. No temía a nadie, no sabía lo que era el miedo... Sólo a Silver; ya puedes imaginarte cómo es Silver.

-Sí -contesté-, quizá tengas razón; ojalá. Razón de más para darme prisa y unirme a mis amigos.

-No, compañero -replicó Ben-, espera. Tú eres un buen muchacho, no me engaño; pero eres un mozalbete solamente, después de todo. Escucha: Ben Gunn se larga. Ni por ron me metería ahí dentro contigo, no, ni siquiera por ron, antes tengo que ver a tu caballero de nacimiento comprometerse con su palabra de honor.

No olvides repetirle mis palabras: «Toda la confianza (debes decirle esto), toda la confianza del mundo»; y entonces le pellizcas, así.

Y me pellizcó por tercera vez con el mismo aire de complicidad. -Y cuando se necesite a Ben Gunn, tú ya sabes dónde encontrarlo, Jim. En el mismo sitio donde hoy me has encontrado. Y el que venga a buscarme que traiga algo blanco en la mano y que venga solo. ¡Ah! Y debes decirles: «Ben Gunn», diles eso, «tiene sus razones».

-Bueno -1e dije-, creo que te entiendo. Quieres proponer algo y quieres ver al squire o al doctor, y ellos podrán encontrarte en el lugar que yo te encontré. ¿Es eso todo?

-¿Ycuándo?, tepreguntarás tú -me dijo-. Pues desde mediodía hasta los seis toques.

-Muy bien -le contesté-. ¿Puedo irme ahora?

-¿No se te olvidará? -me preguntó con ansiedad-. «Toda la confianza del mundo» y «él tiene sus razones », debes decirles eso. Razones propias; ése es el punto crucial: de hombre a hombre. Y bien, ya puedes irte -dijo, aunque seguía reteniéndome por el brazo-. Pero escucha, Jim, si fueras a encontrarte con Silver. ..

¿no venderías a Ben Gunn? ¿Ni aunque te torturasen en el potro? No, ¿verdad? Y si esos piratas acampan aquí, Jim, ¿qué dirías tú, si hubiera viudas por la mañana?

Sus palabras fueron interrumpidas por una fuerte detonación, y una bala de cañón quemó las copas de los árboles y se hundió en la arena a menos de cien yardas de donde estábamos. Un minuto después cada uno corríamos en distintas direcciones.

Durante más de una hora las detonaciones estremecieron la isla y los cañonazos continuaron arrasando la espesura. Yo fui de un escondrijo a otro, perseguido siempre, o al menos así me lo parecía, por aquellas descargas. Al final creo que hasta llegué a recobrar el ánimo, aunque aún no me atrevía a dirigirme a la empalizada, porque allí los disparos podían alcanzarme más fácilmente. Así que decidí dar un gran rodeo hacia el este y acercarme a la costa por entre el arbolado.

El sol acababa de ponerse y la brisa del mar agitaba los árboles y rizaba la superficie grisácea del fondeadero; la marea había bajado y dejaba al descubierto grandes zonas arenosas; el fresco de la noche, después de un día tan caluroso, penetraba a través de mis ropas.

La Hispaniola seguía fondeada en el mismo punto, pero en la pena de la cangreja ondeaba la jolly Roger -la negra enseña de la piratería-. De pronto vi que se iluminaba con un rojo fogonazo y la detonación fue contestada por todos los ecos y otra andanada silbó en el aire. Fue la última.

Durante algún tiempo permanecí oculto, observando los movimientos que siguieron al ataque. En la orilla, no lejos de la empalizada, vi cómo empezaban a romper a hachazos el bote pequeño. A lo lejos, junto a la desembocadura del riachuelo, una enorme hoguera brillaba entre los árboles, y desde la playa iba y venía a la goleta uno de los botes con aquellos marineros que yo había visto tan ceñudos a bordo y que ahora remaban cantando al compás de sus bogadas, como chiquillos, aunque en sus voces se percibía la euforia del ron.

Por fin creía que era el momento de intentar alcanzar la empalizada. Estaba a bastante distancia de ella, en la franja arenosa que cierra el fondeadero por el este y que con la bajamar hace camino hacia la Isla del Esqueleto; al ponerme en pie, me pareció ver, en la parte más lejana de la franja de arena, entre unos matorrales, una roca solitaria, lo suficientemente grande y de un raro color blancuzco, que me hizo pensar en la roca blanca de que me hablara Ben Gunn y jun to a la que se encontraba el bote que quizá algún día pudiera necesitar.

Fui bordeando el bosque hasta penetrar por la retaguardia de la empalizada, esto es, por el lado de la co sta, y no tardé en ser recibido calurosamente por aquellos leales.

Les relaté mi aventura sin perder tiempo, y comencé a hacerme cargo de mi tarea. El fortín había sido construido con troncos de pino sin escuadrar, incluso el piso y el techo, y este último se levantaba a un pie o pie y medio sobre el arenal. Había una especie de porche en la puerta y bajo él brotaba un manantial encauzado por un extraño pilón, que no era sino un gran caldero de barco, desfondado, y hundido en la arena, como dijo el capitán, «hasta la amurada».

Se había cuidado de que todo lo preciso estuviera en el recinto del fortín, y fuera tan sólo se veía una especie de losa, que servía de hogar y una rejilla de herrumbroso hierro para contener el fuego.

Todo el interior de la empalizada en el declive de la duna había sido rozado para levantar el fortín, y como mudos testigos que daban las rotas cepas que indicaban la vieja y hermosa arboleda. El suelo había sido erosionado por las aguas o por el aluvión, al perder la protección del bosque, y sólo por donde corría el arroyuelo se veía ahora una capa de musgo, algunos helechos y yedra. Pero ya en los límites de la empalizada, el bosque recobraba su densidad -lo que perjudicaba ciertamente nuestra defensa-, pletórico de abetos en las zonas más interiores, y de encinas, hacia el mar.

La brisa fresca de la noche, que ya antes me hiciera tiritar, penetraba ahora por todos los resquicios de la ruda construcción, y rociaba el suelo como una lluvia de arena finísima. La sentíamos en nuestros ojos, la mascábamos, había arena en nuestras caras, en el manantial, hasta en el fondo del pilón, como gachas en una sartén. La chimenea, un agujero cuadrado en el techo, no tiraba bien, y así el humo llenaba la habitación provocándonos la tos y enrojeciéndonos los ojos. A todo esto hay que añadir la presencia de Gray, que yo desconocía, y al que vi con el rostro vendado a causa de una cuchillada que recibió al escapar de los amotinados, y el pobre Tom Redruth, que aún insepulto yacía junto a una pared, rígido y frío, bajo la enseña de la Unión Jack.

Si se nos hubiera dejado permanecer quietos y ociosos, el descorazonamiento hubiera terminado por apoderarse de nosotros, pero el capitán Smollett no era hombre para tolerarlo. Nos hizo formar ante él y nos distribuyó en guardias. El doctor, Gray y yo constituimos una, y el squire, Hunter y Joyce, la otra. Aunque estábamos muy fatigados, dos fueron a por leña y otros dos cavaron una fosa para Redruth, el doctor fue nombrado cocinero y a mí me ordenaron montar vigilancia en la puerta; el capitán no cesaba de ir de unos a otros infundiendo ánimos o ayudando allí donde era preciso.

De vez en cuando el doctor asomaba a la puerta para respirar un poco de aire puro y limpiar sus ojos enrojecidos por el humo, y en cada una de esas salidas aprovechaba para conversar conmigo.

-Smollett -me dijo en una de esas ocasiones- vale más que yo. Y cuando yo afirmo esto, Jim, es mucho lo que digo.

En otra permaneció silencioso largo rato. Después echó hacia atrás su cabeza y me preguntó.

-¿Tú crees que Ben Gunn está cuerdo?

-No lo sé, señor -le respondí-. No estoy seguro de que no esté loco.

-Pues, si existe alguna duda, es que seguramente lo está. Un hombre que ha pasado tres años royéndose las uñas en una isla desierta, no puede esperarse, Jim, que esté tan cuerdo como tú o como yo. La natural eza humana no es tan firme. ¿Me dijiste que te pidió queso?

-Sí, señor: queso -contesté.

-Y bien, Jim -dijo él -, toma buena cuenta de cuánto vale ser uno persona delicada en sus alimentos. ¿Tú has visto mi cajita de rapé? ¿A que jamás me has visto aspirarlo? Y es porque en mi cajita de rapé lo que en realidad llevo es un trozo de queso de Parma... un queso italiano muy nutritivo. ¡Bien, pues se lo regalaré a Ben Gunn!

Antes de cenar enterramos al viejo Tom en la arena y permanecimos unos instantes junto a su tumba rindiéndole honores. Habíamos hecho buen acopio de leña, aunque no tanta como hubiera deseado el capitán, por lo que nos dijo que «a la mañana siguiente reanudásemos la faena, y con más brío». Nos sentamos a comer y, después de dar cuenta de nuestra ración de cerdo y nuestro vaso de aguardiente, los tres jefes se retiraron a deliberar en un rincón.

Parecían muy preocupados por la escasez de provisiones, ya que podía ser causa de grave apuro, tan grave como para considerar la rendición por hambre mucho antes de que pudiera llegarnos socorro alguno.

Convinieron en que lo único que podíamos hacer era seguir eliminando piratas hasta que se rindieran, en el mejor de los casos, o escaparan con la Hispaniola. De los diecinueve sólo quedaban ya quince; y dos est aban con seguridad heridos, uno de ellos, por lo menos -el que hirió el squire en la goleta-, de mucha grav edad, si es que no había muerto también. Por lo que debíamos aprovechar e ir reduciéndolos siempre que se pusieran a tiro, y tratar de resguardarnos nosotros con el mayor cuidado. Pensábamos contar, ademas, con dos excelentes aliados: el ron y el clima.

En cuanto al primero, y aunque los piratas se encontraban a más de media milla de distancia, ya presentíamos su efecto al escuchar las canciones y el alboroto hasta altas horas de la madruga da; y con respecto al segundo, el doctor apostaba su peluca a que, acampando junto a la ciénaga, y sin medicamentos, antes de una semana la mitad de ellos estarían fuera de combate.

-Por eso -nos explicó-, ya se darán por contentos si pueden escapar con la goleta. Es un buen barco, y siempre podrán volver a la piratería, como imagino.

-¡Sería el primer navío que he perdido! -exclamó el capitán Smollett.

Yo estaba muerto de fatiga, como cabe suponer, y cuando logré acostarme, después de tantos acontecimientos, me dormí como un tronco.

Cuando me desperté, los demás ya se habían levantado y hasta almorzado, y la leñera mostraba una pila el doble de alta que el día anterior. Me despertó un gran tumulto y fuertes voces.

-¡Bandera de parlamento! -oí que alguien gritaba; y a continuación, una exclamación de sorpresa-: ¡Es el propio Silver! Me levanté de un salto y frotándome los ojos corrí hacia una de las aspilleras del fortín.