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La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 18. Narración continuada por el doctor
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A toda velocidad nos lanzamos a través del bosque tras el cual estaba la empalizada, y a cada paso nos parecía escuchar más cerca aún las voces de los bucaneros. Pronto oímos el crujir de las ramas bajo sus pisadas, lo que indicaba cuán cerca estaban ya de nosotros.

Consideré que nos veríamos obligados a hacerles frente antes de poder llegar al fortín, y cebé mi mo squete.

-Capitán -dije-, Trelawney es el mejor tirador. Déjele su arma, porque la suya no puede utilizarse.

Cambiaron las armas, y Trelawney, silencioso y sereno como lo había estado desde el comienzo de los incidentes, se detuvo para comprobar que el mosquete se hallaba dispuesto. Me di cuenta también de que Gray se encontraba desarmado, y le di mi machete. A todos se nos alegró el corazón al verlo escupir sobre su palma, fruncir el gesto y dar unas cuchilladas al aire. Su aire fiero nos confortó, pues indicaba que nuestro nuevo aliado no era un refuerzo despreciable.

Anduvimos unos cuarenta pasos y salimos del bosque, y allí pudimos contemplar la empalizada delante de nuestros ojos. Nos acercamos al fortín por el lado sur, y casi al mismo instante siete de aquellos forajidos, con job Anderson, el contramaestre, a su cabeza, se abalanzaron contra nosotros desde el suroeste con gran algazara.

Se detuvieron al vernos armados, y, aprovechando ese momento de indecisión, el squire y yo disparamos sobre ellos, y a nuestro fuego se unió, desde el fortín, la descarga de Hunter y de Joyce. Los cuatro disparos fueron graneados, pero lograron su efecto: uno de los bandidos cayó allí mismo y los demás, sin detenerse a pensarlo, dieron vuelta y se internaron bajo la protección de los árboles. Cargamos de nuevo las armas y salimos al campo para comprobar la muerte de aquel bribón; no cabía duda: un disparo le había atravesado el corazón. Pero poco duró nuestro regocijo, porque, mientras permanecíamos en aquel descubierto, de pronto sonó un tiro de pistola, sentí pasar la bala junto a mi oído, y el pobre Tom Redruth cayó cuan largo era dando un extraño salto. El squire y yo devolvimos el disparo, pero, como no pudimos apuntar a bulto alguno, no hicimos más que desperdiciar la pólvora. Cargamos otra vez y atendimos al pobre Tom.

El capitán y Gray estaban examinándolo, y bastó una mirada para darnos cuenta de que no tenía remedio.

Me figuro que la presteza con que respondimos al disparo dispersó a los amotinados, porque durante un rato no volvieron a molestarnos, lo que aprovechamos para llevar al malogrado Redruth, que no cesaba de sangrar y dar ayes, tras la empalizada y recostarlo en el interior del fortín de troncos.

Pobre viejo, ni una palabra, ni una queja había salido de sus labios desde que empezaron nuestras desventuras, ni una expresión de temor, ni tampoco de asentimiento. Ahora esperaba su muerte tendido en aquel fortín. Había resistido como un troyano en su puesto tras el colchón en la goleta; había cumplido todas las órdenes en silencio, casi tercamente, y bien. Era el mayor de todos nosotros, lo menos veinte años. Y precisamente fue a aquel hombre, sombrío, viejo y abnegado criado, a quien le tocó morir.

El squire cayó de rodillas junto a él y le besó la mano llorando como un niño.

-¿Me estoy muriendo, doctor? -me preguntó. -Tom, amigo -le dije-, te vas a donde iremos todos.

-Me hubiera gustado llevarme a uno al menos por delante -murmuró.

-Tom -dijo el squire-, di que me perdonas.

-Eso no sería respetuoso de mi parte, señor -contestó-. Pero si así lo deseáis, que así sea, ;amén!

Hubo un corto silencio, y después nos pidió que alguien leyera una oración.

-Es la costumbre, señor -dijo, como disculpándose. Y sin añadir palabra expiró.

Mientras tanto el capitán Smollett, al que me había parecido ver singularmente abultado, empezó a sacar de su pecho y bolsillos una gran variedad de objetos: la ban dera con los colores de Inglaterra, una Biblia, un largo trozo de cuerda, pluma, tinta, el cuaderno de bitácora y varias libras de tabaco. Aseguró en una esquina del fortín un tronco fino que había encontrado, y con ayuda de Hunter subióse al tejado y con sus propias manos izó y desplegó nuestra bandera.

Esto pareció reconfortarlo enormemente. Volvió a entrar en el fuerte y se puso a inventariar las provisiones, como si aquello fuera lo único que le importaba. Sin embargo no había dejado de seguir con emoción la muerte de Tom; y cuando llegó su fin, se acercó con otra bandera y la extendió sobre su cuerpo, haciendo su gesto de marcial reverencia.

-No os acongojéis, señor -le dijo al squire-. Ha muerto como corresponde a un marino, cumpliendo su deber para con su capitán y armador; ahora está en buenas manos. Como debe ser. Después de estas pal abras, el capitán me llevó aparte.

-Doctor Livesey -me dijo-, ¿en cuántas semanas espera el squire el barco de socorro?

Le dije que era cuestión quizá de meses, más que semanas; que Blandly enviaría a buscarnos en caso de no haber regresado para finales de agosto, pero no antes.

-Eche usted mismo la cuenta -le dije.

-Es el caso -contestó el capitán, rascándose la cabeza- que, aun contando con los inestimables bienes de la Providencia, estamos en un verdadero apuro.

-¿Qué quiere usted decir? -pregunté.

-Que es una lástima que hayamos perdido aquel segundo cargamento; eso quiero decir -replicó el capitán-.

Podemos resistir con la munición y la pólvora de que disponemos. Pero las raciones van a ser muy escasas, demasiado escasas, doctor Livesey; tanto, que quizá sea mejor no tener que contar con otra boca.

Y señaló el cuerpo muerto que cubría la bandera.

En aquel momento se produjo una explosión y una bala de cañón silbó sobre el fortín para perderse en la lejanía del bosque.

-¡Y bien! -exclamó el capitán-. ¡Se lucen! ¡Y no tenéis tanta pólvora como para desperdiciarla, bribones!

Un segundo disparo dio prueba de que la puntería mejoraba y el proyectil cayó dentro de la empalizada, levantando una nube de arena, pero sin otros daños.

-Capitán -dijo el squire-, el fortín no es visible desde el barco. Debe ser la bandera la que les indica el o bjetivo.

¿No deberíamos arriarla?

-¡Arriar mi bandera! -rugió el capitán-. ¡No, señor; no haré tal cosa! -y bastó que pronunciase esas pal abras para que todos nos diéramos cuenta de que sentíamos lo mismo que él. Porque aquellos colores no eran solamente el símbolo de la nobleza y recio espírit u propios de un marino, sino que además proclam aban a nuestros enemigos nuestro desprecio por su bombardeo.

A lo largo del atardecer siguieron cañoneándonos. Una bala tras otra se enterraron en la arena, porque debían elevar tanto el ángulo de tiro, que da r en el blanco era casi imposible para ellos, y las andanadas caían o largas o cortas, y tampoco los rebotes significaban un verdadero peligro para nosotros; sólo una bala atravesó el techo, pero no causó daños, y no tardamos en habituarnos a aquella especie de juego salvaje hasta no darle más importancia que a un golpe de cricket.

-Después de todo hay una cosa buena -observó el capitán-; probablemente habrán despejado el bosque, y pienso que la marea debe haber bajado ya lo suficiente para que nuestros pertrechos hayan quedado en superficie.

Pido voluntarios para ir a recoger la cecina.

Gray y Hunter se ofrecieron los primeros. Bien armados se deslizaron fuera de la empalizada; pero la expedición no tuvo éxito, porque los sediciosos habían pensado lo mismo, quizá porque confiaban en la puntería de Israel, y cuatro o cinco de ellos estaban ya ocupados en hacerse con nuestras provisiones cargándolas en uno de los botes que se hallaba cerca de la orilla, lo que no era tarea fácil, porque la corriente era fuerte en ese momento. Allí estaba Silver, sentado en popa, dando órdenes; y lo más inquietante: cada uno de los piratas portaba un mosquete que ignorábamos de qué secreta armería procedían.

El capitán se sentó con el cuaderno de bitácora ante él y empezó a escribir:

«Alexander Smollett, capitán; David Livesey, médico de a bordo; Abraham Gray, calafate; John Trelawney, armador; John Hunter y Richard Joyce, sirvientes del armador:

únicos supervivientes (de los que permanecieron fieles en la dotación del barco), con provisiones para diez días a media ración, han desembarcado en este día e izado la bandera británica en el fortín de la Isla del Tesoro. Thomas Redruth, criado del armador, ha sido muerto por un disparo de los amotinados; James Hawkins, el grumete...»

Y precisamente, cuando estaba yo meditando sobre la suerte del pobre Jim Hawkins, escuchamos una voz más allá de la empalizada.

-Alguien nos llama -dijo Hunter, que estaba de guardia. - ¡Doctor! ¡Squire! ¡Capitán! ¿Eh, Hunter, eres tú? -se oyó gritar.

Corrí entonces hacia la puerta, y allí pude ver, sano y salvo, a Jim Hawkins, que trepaba por la empalizada.