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La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 14. El primer revés
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Tal satisfacción me produjo el haber conseguido despistar a John «el Largo», que hasta empecé a sentir un cierto gozo al contemplar aquel paisaje extraño que me rodeaba.

Había cruzado en mi carrera un terreno pantanoso, poblado de sauces, juncos y exóticos árboles de ciénaga, y me encontraba entonces en un calvero de dunas, como de una milla de ancho, salpicado aquí y allá por algún pino y una serie de árboles con retorcidos troncos que a primera vista parecían robles, pero cuyo follaje era más pálido, como el de los sauces. Al otro extremo del arenal se alzaba uno de los montes con dos picos escarpados que resplandecían bajo el sol.

Por primera vez sentí el placer de explorar. La isla no estaba habitada; mis compañeros se habían quedado muy atrás, y ante mí no palpitaba más que la vida salvaje de misteriosos animales y extrañas plantas.

Anduve vagando sin rumbo bajo los árboles. A cada paso descubría plantas en flor que me eran desconocidas; vi alguna serpiente, y una de ellas irguió de improviso su cabeza sobre un peñasco y escuché su silbido áspero como el de un trompo al girar. ¡Si hubiera sabido que se trataba de un enemigo mortal y que aquel sonido era el famoso cascabel!

Después fui a dar a un extenso bosque de árboles como aquellos parecidos al roble -más tarde supe que eran encinas- y que crecían como zarzas muy bajas a ras de la arena, constituyendo un espeso matorral. El bosque se extendía bajando desde lo alto de una de las grandes dunas y ensanchándose y creciendo en altura hasta la ribera de la ciénaga; los juncos cubrían ésta y a través de ella el más cercano de los riachuelos se filtraba hasta el fondeadero. La ciénaga exhalaba una espesa niebla que irisaba la luz del sol y la silueta del Catalejo se dibujaba borrosa a través de la bruma.

De pronto escuché como un aletear entre los juntos, y vi un pato silvestre que levantaba el vuelo con un graznido y en un instante todo el pantano fue cubierto por una nube de patos en la inmensa espiral de su vuelo. Deduje que alguno de los marineros debía estar acercándose por aquel lado, y no me equivoqué, pues no tardé mucho en oír un rumor lejano y el débil sonido de algunas voces que iban acercándose; agucé el oído intentando averiguar quiénes eran y, sobresaltado por el temor, me escondí bajo la encina que más cerca tenía y, allí agazapado, todo oídos, casi sin respiración, aguardé.

Una voz ya más clara contestó a la que primero había oído, y reconocí la voz de Silver, que, respondiendo a alguna cuestión, se explayaba en un largo comentario sólo de vez en cuando interrumpido por el otro.

Por el tono parecía que ambos se expresaban con enfado, y aun casi con ira; pero no p ude entender nada de lo que decían.

Después se callaron, y creo que tomaron asiento, pues no los sentí acercarse más y hasta las aves se calmaron y volvieron a posarse sobre la marisma.

Entonces me di cuenta de que estaba faltando a mi deber, ya que, si había sido tan insensato como para saltar a tierra con aquellos filibusteros, lo menos que se me exigía era sorprender sus planes y conciliábulos, y por tanto mi deber era acercarme a ellos lo más posible, escondido en aquella maleza tan propicia y escuchar. Fui guiándome por el rumor de sus voces y por la inquietud de los pájaros que aún volaban alarmados por el ruido que hacían aquellos dos intrusos.

Arrastrándome a cuatro patas avancé procurando no hacer el más pequeño ruido; y al fin, espiando por un hueco de la maleza, los vi en una pequeña barranca muy verde, junto a la ciénaga, toda rodeada de árboles; allí estaban John «el Largo» y otro marinero. El sol les daba de lleno. Silver había arrojado su sombrero al suelo junto a él, y su enorme, lisa y rubicunda faz, perlada de sudor, se enfrentaba al otro con lastimera expresión:

-Compañero -le decía-, si no fuera porque creo que vales tanto como el oro molido, oro molido, tenlo por seguro!, si no te hubiera cogido tanto cariño como a un hijo, ¿tú crees que yo estaría aquí previniéndote? La suerte está echada y lo que tenga que ser será. Y lo único que quiero es salvarte el cuello. Si alguno de esos perdidos supiera lo que te estoy diciendo, ¿qué sería de mí? Dime, Tom, ¿qué seria de mí?

-Silver -exclamó el otro. Y observé que no sólo su rostro estaba encendido, sino que su voz temblaba como un cabo tenso -, usted es ya viejo, y es honrado, o al menos tiene fama de serlo, y tiene dinero, lo que no suele pasar a muchos pobres navegantes, y es valiente, o mucho me equivoco. ¿Y con todo eso pretende usted hacerme creer que esa gentuza puede arrastrarlo a la fuerza? No puede usted seguirles. Tan cierto como que Dios nos está viendo, que antes me dejaría yo cortar el brazo derecho que faltar a mi deber.

Un ruido extraño interrumpió sus palabras. Por fin había descubierto yo a uno de los marineros leales. Y no tardaría en saber de otro.

Porque de pronto, en la lejanía, sobre la ciénaga, se escuchó un grito de furia. No tardó en oírse otro. Y a éste siguió un espeluznante y prolongado alarido. La cortadura del Catalejo devolvió el eco varias veces; las bandadas de aves se levantaron de nuevo, oscureciendo el cielo con su vuelo; y, antes de que aquel grito de muerte dejase de resonar en mis oídos, de nuevo cayó el silencio sobre la marisma y sólo el batir de alas de las aves que volvían a posarse y el fragor de la lejana marejada turbaba el enmudecimiento de aquel desolado lugar.

Al escuchar aquel alarido, Tom se puso en pie de un salto, como un caballo picado por la espuela; pero Silver ni pestañeó. Se quedó sentado, apoyado en su muleta, y con los ojos tan fijos en su acompañante como una serpiente que se dispone a atacar.

-¡John! -exclamó el marinero, tendiéndole la mano.

-¡Fuera esas manos! -gritó Silver, saltando hacia atrás con la ligereza y seguridad del mejor gimnasta.

-Como usted quiera, John Silver -dijo el otro-. Pero es su mala conciencia la que le hace tenerme miedo.

Dígame, ¡en el nombre de Dios!, ¿qué ha sido ese grito?

-¿Eso? -repuso Silver sin dejar de sonreír, pero más alerta y receloso que nunca, con las pupilas fijas en Tom, tan brillantes como pedazos de vidrio clavados en aquel rostro -. ¿Eso? Me figuro que ha sido Alan.

Y al oír estas palabras, el pobre Tom pareció recobrarse.

-¡Alan! -exclamó-. ¡Pues que descanse en paz su alma de ' buen marino! Y en cuanto a usted, John Silver, lo he tenido mucho tiempo por compañero, pero ya no quiero seguir siéndolo. Si he de morir como un p erro, que sea cumpliendo mi deber. Habéis matado a Alan, ¿no es verdad? Pues ordene que me maten a mí también, si pueden. Pero aquí me tiene usted. Atrévase.

Y diciendo esto, aquel valiente dio la espalda al cocinero y echó a andar hacia la playa. Pero no estaba destinado a ir muy lejos. Dando un grito, John se agarró a la rama de un árbol, se quitó la muleta y la lanzó con la más tremenda violencia; el insólito proyectil zumbó en el aire y golpeó a Tom de punta contra la nuca; éste alzó sus brazos, abrió su boca en un sordo gorjeo y cayó a tierra.

Nunca supe si aquel golpe brutal había acabado o no con él, lo que parecía seguro porque sonó como si hubiera roto la columna vertebral. Pero de cualquier forma Silver no dio tiempo a averi guarlo, y con la agilidad de un mono, dando un salto, se abalanzó sobre aquel cuerpo caído y en un segundo hundió por dos veces su cuchillo, hasta la empuñadura, en su carne. Desde mi escondite escuché los jadeos con que aco mpañó cada uno de aquellos golpes.

Nunca he sabido verdaderamente lo que es un desmayo, pero en aquella ocasión durante unos instantes el mundo se desvaneció para mí y todo empezó a darme vueltas como un carrousel en la niebla: Silver y los pájaros, y la alta silueta del Catalejo, todo giraba ante mis ojos como un mundo patas arriba y oía lejanas campanas mezcladas con voces retumbar en mis oídos.

Al volver en mí, aquel mostruo se había incorporado, llevaba la muleta bajo su brazo y se había calado el sombrero. A sus pies yacía Tom inmóvil sobre las matas; poco reparó en él su asesino, que se limitó a limpiar el cuchillo tinto en sangre con un manojo de hierbas. Nada había cambiado en el bosque: el sol continuaba brillando inexorable sobre la brumosa marisma y en la alta cumbre de la colina; apenas podía yo entender que allí se había cometido un asesinato y que una vida humana había sido cruelmente segada ante mis propios ojos.

En aquel momento John sacó de su bolsillo un silbato y lanzó al aire varios toques que atravesaron la espesura ardiente.

Yo no sabía qué podía significar aquella señal; pero volvió a despertar mis temores. Si llegaban más piratas, no tardarían mucho en descubrirme. Ya habían sacrificado a dos de los mejores; después de Tom y Alan, ¿acaso no sería yo el siguiente?

Salí de mi escondrijo y. empecéa retroceder, arrastrándome tan de prisa y en silencio como pude, hacia la zona más despejada del bosque. Mientras huía, no dejé de escuchar los gritos de los piratas que se llamaban entre sí y los del viejo Silver, lo que me indicaba cuán cerca estaban, y el peligro me dio alas en mi huida.

En cuanto me vi fuera del bosque, corrí como jamás en mi vida lo había hecho, sin atender qué dirección tomaba, ya que lo único que me importaba era alejarme de aquellos asesinos; y conforme corría también aumentaba mi miedo, hasta convertirse en una especie de histeria.

Me sentía perdido sin remedio. Cuando el cañonazo, que yo esperaba ya oír de un momento a otro, sonara, ¿tendría yo valor para bajar hasta los botes y regresar junto a aquellos malvados a los que imaginaba aún manchados de la sangre de sus víctimas? El primero que me encontrase ¿no me retorcería el cuello como a un pájaro? ¿No sospecharían ya algo debido a mi ausencia? Todo había terminado, pensé. ¡Adiós a la Hispaniola, adiós al squire, al doctor, al capitán! Sólo veía ante mí dos caminos: o morir de hambre en aquella isla o perecer a manos de los amotinados.

Mientras mi cabeza se perdía en estos pensamientos, yo no cesaba de correr, y, sin darme cuenta, me había acercado a la ladera de la colina de los dos picachos, en aquella parte de la isla donde las encinas crecían más espaciadas y sus troncos centenarios se parecían más a los árboles de las grandes selvas. Mezcl ados con ellas había algunos inmensos pinos, cuyas copas alcanzaban alturas de más de cincuenta y hasta setenta pies. El aire allí se sentía más fresco y puro que junto a la ciénaga.

Y fue allí donde vi algo que me heló la sangre en el corazón.