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A primera vista, la vasta gradería de piedra pareció a Syme tan desierta como una pirámide; pero aun no llegaba arriba, cuando se dio cuenta de que había un hombre reclinado sobre el parapeto del muelle que miraba fijamente al río. Era una figura enteramente convencional; llevaba un sombrero de seda y una levita a la última moda; en su solapa se veía una flor roja. Syme siguió trepando grada a grada, y el hombre continuó impávido; y Syme logró acercarse lo bastante para darse cuenta, a la pálida y nebulosa luz de la mañana, de que aquel sujeto tenía una cara larga, descolorida, inteligente, completamente afeitada, salvo en la punta de la barba, donde remataba en una borlilla triangular y oscura. Estos pelillos parecían más bien efecto de un descuido, en el afeite total del resto de la cara; cara angulosa, ascética, y noble a su manera. Syme se acercaba cada vez más, observando al desconocido. Éste no pestañeaba.

El instinto le decía a Syme que aquel hombre estaba allí para recibirle. Viendo que permanecía inmóvil, pensó que se había equivocado. Pero un instante después se sintió seguro de que el desconocido tenía algo que ver con su descabellada aventura: el hombre, en efecto, afectaba mayor indiferencia de la que hubiera sido natural ante la aproximación de un extraño. Estaba tan inmóvil como un muñeco de cera y, como tal, atacaba los nervios.

Syme miraba una y otra vez aquella cara pálida, noble y delicada, pero aquella cara parecía absorta en la contemplación del río. Entonces sacó del bolsillo el documento de Buttons que acreditaba su elección, y lo puso frente a aquel hermoso y triste rostro. El hombre sonrió. Su sonrisa fue un choque eléctrico: era una sonrisa oblicua, que levantaba la mejilla derecha y hacía caer la izquierda.

Racionalmente hablando, esto no era para espantar a nadie. Mucha gente tiene este hábito nervioso de torcer la sonrisa, y, en muchos, hasta es un atractivo. Pero en las circunstancias de Syme, bajo la influencia de aquel amanecer, bajo el peso de su mortal embajada, bajo la emoción de aquella soledad entre las inmensas piedras chorreantes, aquella sonrisa le produjo un terrible efecto. El río silencioso, el hombre silencioso con aquella fisonomía casi clásica y, como último episodio de aquella extraña pesadilla, una sonrisa tan absurda...!

El espasmo de aquella sonrisa fue instantáneo, y la cara del hombre recobró al instante su armoniosa melancolía. Y el desconocido se puso a hablar sin entrar en explicaciones previas, como entre antiguos camaradas: —Vamos directamente a Leicester Square, y llegaremos a tiempo para el desayuno. ¿Ha dormido usted?

—No —dijo Syme.

—Tampoco yo —siguió el otro con toda naturalidad—. Pienso meterme en cama después de desayunar.

Hablaba con mucha cortesía, pero con una voz tan muerta que contrastaba con la expresión fanática de su rostro; se diría que las palabras amistosas eran para él meros convencionalismos vacíos, y que su única vida era el odio. Tras breve pausa, continuó así: —Supongo que el secretario de la sección lo habrá informado a usted de todo lo que puede saberse. Pero lo que nunca puede saberse es cuál será la última idea del Presidente, porque sus ideas se multiplican como una vegetación tropical. Así, por si usted lo ignora, le diré a usted que ahora ha tenido la idea de que nos ocultemos mediante el procedimiento de no ocultarnos para nada. Al principio, claro está, nos reuníamos en una cámara subterránea como la sección de usted. Después, Domingo nos trasladó al reservado de un restaurante.

Porque, dijo, mientras menos nos ocultemos, menos nos perseguirán. Es un hombre como no hay otro; pero a veces me temo que su vigoroso cerebro comience, con los años, a perder el equilibrio. Porque ahora se empeña en que nos expongamos al público; ahora almorzamos en un balcón, figúrese usted: ¡en un balcón que cae sobre Leicester Square!

—Y la gente ¿qué dice? —preguntó Syme.

—Muy sencillo: dice que somos una alegre tertulia de caballeros que pretenden ser anarquistas.

—Me parece una idea muy ingeniosa —observó Syme.

—¿Ingeniosa? ¡Dios nos tenga de su mano! Conque ingeniosa ¿eh? —gritó el otro con una voz súbita y chillona, tan chocante y torcida como su sonrisa—. Cuando haya usted contemplado al Domingo, siquiera un milésimo de segundo, no le llamará usted ingenioso.

Con esto llegaron a la extremidad de una angosta calle, de donde se veía ya Leicester Square bañada en el sol matinal. Nunca se sabrá a ciencia cierta por qué esta plaza tiene un aspecto tan extraño y, en cierto modo, tan continental. Nunca se pondrá en claro si es su aspecto extranjero lo que atrae a los forasteros, o la afluencia de éstos lo que le comunica semejante aspecto. Aquella mañana, este aspecto parecía singularmente acentuado y brillante. La plaza abierta, las frondas iluminadas, la estatua, el contorno sarraceno de la Alhambra, todo hacía del lugar una como copia de alguna plaza pública de Francia o de España. Y esto acreció en Syme la extraña impresión, que ya varias circunstancias de la aventura le habían producido también, de haber sido transportado a un nuevo mundo. La verdad es que la plaza le era conocida porque, de niño, solía venir por allí a comprar mal tabaco; pero, al volver una esquina y ver los árboles y las cúpulas moriscas, hubiera jurado que estaba en alguna desconocida "Place de cualquier cosa", situada en cualquier ciudad extranjera.

En un ángulo de la plaza, aparecía un hotel rico pero no muy frecuentado, cuya fachada principal caía sobre otra calle. Una entrada espaciosa daba sin duda acceso al café; y arriba, materialmente suspendido sobre la calle en unos estribos formidables, salía un balcón lo bastante amplio para instalar en él una gran mesa. Y en torno a esta mesa, muy visible, a pleno sol, ostentado a la calle, había un grupo de hombres parlachines y ruidosos, todos vestidos con la mayor insolencia de la moda, con chalecos blancos y floridas solapas.

De tiempo en tiempo, se les oía reír desde el otro lado de la plaza. El grave secretario dejó ver su absurda sonrisita, y Syme comprendió que aquella escandalosa tertulia era el cónclave secreto de los dinamiteros de Europa.

Syme, que los contemplaba atentamente, reparó de pronto en algo extraño, en algo que hasta entonces no había visto, sin duda porque era demasiado vasto para ser visto. A este lado del balcón, obstruyendo una parte apreciable de la perspectiva, se alzaba la espalda de una inmensa montaña humana. Al advertirla Syme pensó que iba a caerse el balcón. La enormidad de aquel hombre no sólo provenía de su estatura anormal y su increíble .gordura, sino que sus proporciones todas eran gigantescas, como las de una estatua colosal. Su cabeza, ya entre gris, vista de espaldas, parecía mayor del tamaño natural. Las orejas, que sobresalían, eran excesivas. Aquel hombre estaba construido conforme a una escala máxima; y tal era la impresión de sus dimensiones que, a su lado, todos los demás le parecieron a Syme empequeñecerse y transformarse en verdaderos enanos. Aunque aquel hombre continuaba en la misma actitud de antes, con su levita y su flor en el ojal, a Syme, alterado el sentido de la escala, se le figuró ver un gigantón que estaba ofreciendo el té a cinco chiquillos.

Cuando Syme y su guía se acercaron a la puerta lateral del hotel, un criado les salió al encuentro sonriendo con la mayor placidez.

—Ya están arriba los señores —dijo—. Hablan y ríen de lo lindo. ¡Figúrese usted que dicen que van a arrojarle bombas al rey!

Y el camarero se alejó rápidamente, la servilleta bajo el brazo, encantado de la singular frivolidad de aquellos señores.

Los dos hombres subieron la escalera en silencio.

A Syme no se le había ocurrido preguntar si aquel hombre tan monstruoso, que casi llenaba el balcón y lo derrumbaba con su peso, era el temido Presidente. Pero, con inexplicable y súbita lucidez, lo adivinó al verlo. Syme efectivamente era uno de esos espíritus abiertos a las influencias psicológicas más extrañas, en un grado que no deja de ser peligroso para la salud mental. Exento en absoluto de miedo ante los peligros físicos., era excesivamente sensible al olor del mal. Ya durante aquella noche, dos veces por lo menos, las cosas más insignificantes le habían preocupado, dándole la sensación de que andaba cerca de los cuarteles generales del infierno. Al aproximarse al gran Presidente, este sentimiento se hizo irresistible, pueril y detestable a la vez.

Al atravesar la sala que daba al balcón, la amplia cara de Domingo pareció ensancharse todavía; y se apoderó de Syme el temor de que, al acercarse más, aquella cara crecería demasiado para ser ya una cara posible, y temió no poder reprimir un grito. Recordó, entonces, que cuando era niño, no podía mirar en el Museo Británico la máscara de Memnón, primero por ser una cara y segundo por ser tan ancha.

Con un esfuerzo más heroico que el que hace falta para arrojarse al abismo, se acercó a la mesa y ocupó un asiento. Los otros lo recibieron entre burlas y buen humor, como si hubieran sido amigos de toda la vida. Él se tranquilizó un poco al notar que todos estaban vestidos convenientemente, y que la cafetera era sólida y brillante; entonces se atrevió a echar una mirada al Domingo; realmente, tenía una cara muy ancha, pero era, con todo, una cara humanamente posible.

Junto al Presidente, todos los demás resultaban vulgares; nada en ellos llamaba la atención a primera vista, salvo el que, por un antojo del Presidente, todos estaban vestidos de fiesta, lo cual daba a la escena el aire de una boda. Uno, sin embargo, se distinguía entre los demás. Tenía el tipo del dinamitero común. Cierto que llevaba cuello blanco y corbata de seda, cosas que, en ocasión, hacían las veces de uniforme; pero de aquel cuello salía una cabeza indisciplinable e inconfundible: una espantosa maleza de cabellos y barbas negras, donde casi se ahogaban unos ojillos de "terrier". Sólo que los ojos parecían estar en otro plano: eran los tristes ojos del ciervo ruso. Esta fisonomía no era terrible como la del Presidente, pero tenía ese diabolismo propio de lo extremadamente grotesco. No hubiera sido más absurdo el contraste, si de aquel cuello y aquella apretada corbata se viera salir una cabeza de gato o de perro.

Parece que éste se llamaba Gogol, era polaco y en aquel ciclo de los días, hacía de Martes. Era incurablemente trágico de alma y de palabras; no lograba adaptarse al papel frivolo y alegre que le exigía el Presidente Domingo. Y en efecto, a la llegada de Syme, el Presidente, con ese audaz desdén de las sospechas públicas que era toda su política, estaba burlándose de Gogol por su incapacidad para adoptar las gracias mundanas.

—Nuestro amigo Martes —decía el Presidente con una voz profunda llena de tranquilidad y de volumen—, nuestro amigo Martes creo que no ha entendido bien mi propósito. Se viste a lo caballero, pero siempre deja ver que tiene un alma demasiado grande para poder conducirse a lo caballero. Insiste en portarse como el conspirador de melodrama. Ahora bien: tras un caballero que pasea por Londres con chistera y levita, no es fácil sospechar que se esconda un anarquista. Pero si, aun con chistera y levita, se le ocurre andar a cuatro patas, entonces claro es que llamará la atención. Y algo semejante hace nuestro hermano Gogol. Se ha puesto a andar a cuatro patas con tan acabada diplomacia, que ahora le cuesta trabajo andar derecho.

—Yo no sirvo para disfrazarme —dijo Gogol, con aire huraño y profundo acento extranjero—. No tenco por qué aferconzarme de ello.

—Sí, si tiene usted por qué —contestó el Presidente con buen humor—. ¡Si usted se disfraza como los demás! Sólo que lo hace usted muy mal, por lo asno que es usted.

Pretende combinar dos métodos inconciliables. Cuando alguien se encuentra un hombre debajo de su cama, es muy probable que le llame la atención; pero si este hombre lleva una elegante chistera, entonces, querido Martes, convendrá usted conmigo en que es muy difícil que el caso se le olvide en toda su vida. Cuando le encontraron a usted debajo de la cama del almirante Biffin...

—Yo no sé encañar —dijo Martes tristemente y sonrojándose un poco.

—¡Admirable, amigo mío, admirable! —Le interrumpió el Presidente, zumbón y pesado—.

Entonces no sabe usted hacer nada.

Mientras la conversación seguía su curso, Syme se dedicó a observar mejor a sus compañeros. Y poco a poco sintió que lo embargaba otra vez el sentimiento de horror hacia aquellas excentricidades psíquicas.

Habíale parecido al principio que todos los comensales, con excepción del peludo Gogol, eran personas comunes y corrientes por el aspecto y el traje. Pero al observarlos mejor, comenzó a descubrir en todos y cada uno de ellos lo mismo que había advertido en el que le esperó junto al Támesis: algún rasgo demoníaco. Aquella risa descentrada que desfiguraba de cuando en cuando la hermosa cara del que había sido su guía, era "típica" de todos aquellos "tipos". Todos tenían algo, perceptible tal vez a la décima o a la vigésima inspección; algo que no era del todo normal y que apenas parecía humano. Idea que trató de formularse, diciéndose que todos tenían aspecto y presencia de personas bien educadas, pero con una ligera torsión, como la que produce la falla de un espejo. Esta excentricidad semioculta, sólo podrá definirse describiendo uno a uno todos los tipos. El cicerone de Syme llevaba el título de Lunes; era el secretario del Consejo, y nada era más terrible que su tuerta sonrisa, a excepción de la espantosa y satisfecha risotada del Presidente. Pero ahora que Syme lo observaba más de cerca, advertía en el secretario otras singularidades. Su noble rostro estaba tan extenuado, que Syme llegó a figurarse que lo trabajaba alguna profunda enfermedad; pero, en cierto modo, el mismo dolor de su mirada negaba esta suposición. No: aquel hombre no era víctima de una dolencia física. Sus ojos brillaban con una tortura intelectual, como si el solo pensar fuese su dolencia. Esto era común a toda la tribu; todos tenían alguna anomalía sutil y distinta. Junto al secretario estaba el Martes, el peludo Gogol, cuya locura era más notoria. Después venía el Miércoles: un tal Marqués de San Eustaquio, figura harto característica. A primera vista, nada extraño se notaba en él, salvo que era el único a quien el traje elegante le sentaba como cosa propia. Llevaba una barbilla negra y cuadrada, a la francesa, y una levita negra y todavía más cuadrada, a la inglesa. Syme, muy sensible a tales encantos, pronto percibió que, en torno a este hombre, flotaba una atmósfera rica, tan rica que era sofocante, y que recordaba, quién sabe cómo, los olores soporíferos y las lámparas moribundas de los más tétricos poemas de Byron y de Poe. Al mismo tiempo, parecía que estuviera vestido con materiales no más ligeros, sino más suaves que los demás; el negro de su traje se dijera más denso y cálido que el de las sombras negras que le rodeaban, como si fuera el resultado de algún color vivo intensificado hasta el negro. Su levita negra semejaba negra a fuerza de ser púrpura intensa. Su barba negra negreaba a fuerza de ser azul. Y entre la espesura nebulosa de aquella barba, su boca rojo-oscura era desdeñosa y sensual. De seguro no era francés: acaso judío; tal vez procediera de mayores profundidades, en el profundo corazón del Oriente. En los abigarrados cuadros y mosaicos de Persia, que representan cacerías de tiranos, se ven esos ojos de almendra, esas azulosas barbas, esos crueles labios escarlata.

Syme ocupaba el otro asiento, y después de él venía un hombre muy viejo, el profesor de Worms, que aunque todavía ocupaba el lugar de Viernes, a diario temían que lo dejara vacante por defunción. Estaba en la más completa decadencia senil, a no ser por la inteligencia. Su rostro era tan gris como su larga barba gris; su frente se arrugaba en un surco de amable desesperación. En ninguno, ni siquiera en Gogol, el brillo del traje nupcial producía más penoso efecto de contraste. La flor roja de al solapa exageraba aún más la absoluta palidez plomiza de aquella cara, y el efecto era tan horrible como el de un cadáver vestido por unos dandies borrachos. Cuando se levantaba o se sentaba, lo cual lograba hacer con mucho trabajo y peligro, había en él algo peor que debilidad, algo inefablemente concertado con el horror de aquella escena: no era sólo decrepitud, era corrupción. Una idea abominable cruzó por la excitada mente de Syme: al menor movimiento, aquel muñeco iba a soltar una pierna o un brazo.

En el extremo de la mesa estaba el llamado Sábado: la figura más sencilla y desconcertante. Hombre pequeño, robusto, con una cara llena, oscura, afeitada: un médico llamado Bull. Tenía esa mezcla de desenvoltura y familiaridad cortés que no es raro encontrar en los médicos jóvenes. Llevaba el traje elegante con más confianza que seguridad, y una sonrisa congelada en la cara. Nada había en él notable, sino unos lentes negros y opacos. Tal vez la excitación nerviosa había ido en crescendo, pero ello es que a Syme le dieron miedo aquellos discos negros; le recordaron feas historias, semiolvidadas ya, sobre cierto cadáver en cuyos ojos habían incrustado unos peniques. No podía apartar la mirada de los vidrios negros de aquella máscara ciega. Al moribundo profesor, al pálido secretario, les hubieran sentado mejor. Pero en la cara de aquel hombre gordo y torpe eran un enigma, ocultaban de hecho la clave de la fisonomía. Ya no era posible saber lo que significaban aquella sonrisa y aquella gravedad. En parte por esto, y en parte porque su complexión revelaba una espesa virilidad de que carecían los otros, a Syme le pareció que aquél era el más perverso de la pandilla. Hasta se le figuró que se tapaba los ojos para encubrir su irresistible horror.