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Syme y sus compañeros se sentaron a una mesa. Los ojos azules de Syme parecían brillar como el mar. Pidió, con alegre impaciencia, una botella de Saumur. Se encontraba en un singular estado de hilaridad. Su ánimo, ya excitable de suyo, se excitó más con el Saumur, y a la media hora su charla era un torrente de disparates. Ahora pretendía estar trazando el plan de la conversación que iba a tener con el fatal Marqués. Hizo unos apuntes con lápiz: una especie de catecismo con preguntas y respuestas, que iba recitando con extraordinaria fluidez.

—Me acercaré. Antes de quitarle el sombrero, me quitaré el mío. Diré: "¿El Marqués de San Eustaquio, si no me equivoco?". Él dirá: "¿El célebre Mr. Syme, supongo?". Y añadirá en excelente francés: "Comment allez-vous?". A lo cual yo contestaré: "¡Oh, siempre el mismo Syme!" *.

—Basta —dijo el de las gafas—. Modérese usted y tire ese papel. ¿Qué se propone usted hacer realmente? Syme, patéticamente: —¿Pero no es encantador mi catecismo? Permítanme ustedes que lo lea. Sólo tiene cuarenta y tres preguntas y respuestas, y algunas respuestas del Marqués son ingeniosísimas: hay que hacer justicia al enemigo.

—Pero ¿a qué conduce todo eso? —preguntó el Dr. Bull, impaciente.

—A mi desafío. ¿No se da usted cuenta? —dijo Syme, radiante—. Cuando el Marqués ha dado la respuesta número treinta y nueve, que a la letra dice...

—¿Y no le ha pasado a usted por la cabeza —dijo el Profesor con una sencillez admirable— que bien pudiera el Marqués no repetir todas las cuarenta y tres respuestas que usted ha previsto para él? Porque, en tal caso, los epigramas que usted le dirija tendrán que resultar un tanto forzados.

Syme dio un puñetazo en la mesa, deslumbrado.

—¡Pues es verdad! Y a mí que no se me había ocurrido! Caballero, tiene usted una inteligencia no común, usted llegará...

—Está usted más ebrio que una lechuza —dijo el Doctor.

—No hay más remedio —continuó Syme, sin hacer hacer caso— que adoptar otro método para romper el hielo, si se me permite expresarme así, entre mi persona y ese hombre a quien quiero matar. Y puesto que las peripecias de un diálogo no pueden ser previstas por una sola de las partes (como usted con tan recóndita sutileza, ha tenido a bien observarlo) a esta parte no le queda más, me parece, que desempeñar por sí misma, hasta donde sea posible, todo el diálogo. ¡Y así ha de ser, voto a San Jorge!

Y se levantó. La brisa marina hacía vibrar sus amarillos cabellos.

* Oh, just the Syme—. The same—el mismo, y the syme— el Syme, tienen, en el Inglés popular de Londres, una pronunciación parecida. (N. del T.) Escondida entre los árboles, estaba tocando una banda en el próximo café cantante. Una mujer había comenzado una canción. En el cerebro excitado de Syme, el resoplido de los cobres produjo el mismo efecto de aquel organillo de Leicester Square, a cuyos compases se había encaminado el otro día hacia la muerte. Contempló la mesita donde estaba el Marqués. Había ya con él dos compañeros, solemnes franceses de levita y sombrero de copa; uno de ellos llevaba la roseta de la Legión de Honor. Eran, sin duda alguna, gente de sólida posición social. Junto a estas figuras negras y cilíndricas, el Marqués, con su sombrero de paja y traje primaveral, parecía bohemio y hasta bárbaro. Syme examinó al Marqués; verdaderamente, aquel hombre parecía un rey, con su elegancia animal, sus ojos altivos, su cabeza orgullosa destacada sobre el mar purpurino. Pero no un rey cristiano en manera alguna; sino más bien un déspota trigueño, semigriego y medio asiático que, en los días en que la esclavitud era cosa natural, contemplara, sobre el Mediterráneo, sus galeras atestadas de quejumbrosos esclavos.

—¿Va usted a dirigirse a ese mitin? —dijo el Profesor con sorna, viendo que Syme permanecía de pie, inmóvil, como quien reflexiona antes de empezar un discurso.

Syme apuró el último vaso de espumoso.

—Sí —contestó señalando al Marqués y a sus compañeros—, a ese mitin. Ese mitin me disgusta: voy a pellizcarle a ese mitin las feas y flojas narices de caoba que gasta.

Y avanzó con paso decidido, aunque no muy en línea recta. El Marqués, al verlo, arqueó las cejas negras y asirias, pero en su sorpresa hubo una sonrisa de cortesía.

—Usted es Mr. Syme, si no me equivoco, interrogó. Syme se inclinó correctamente.

—Y usted el Marqués de San Eustaquio —dijo con suave gracia—. Permítame usted que le pellizque las narices.

Y, en efecto, se acercó a hacerlo. Pero el Marqués se echó atrás, derribando la silla, y los dos caballeros de sombrero de copa cogieron a Syme por los hombros.

—¡Ese hombre me ha insultado! —dijo Syme como dando explicaciones.

—¿Insultado? —gritó el caballero del botón rojo— ¿Cuándo?

—Ahora mismo —contestó Syme con atolondramiento—. Ha insultado a mi madre.

—¿Insultado a su madre? —dijo con asombro el caballero condecorado.

—Bueno —dijo Syme concediendo el punto—. A mi señora tía, por lo menos.

—Pero ¿cómo es posible que el Marqués haya insultado ahora mismo a la señora tía de usted? —dijo el otro caballero con legítimo asombro—. ¡Si no se ha movido de aquí!

—El insulto estuvo en sus palabras —dijo Syme con acento sombrío.

—¡Si yo no he dicho nada! —explicó el Marqués—, salvo no sé qué observación sobre la orquesta: que me hubiera gustado que trataran mejor a Wagner, o algo así.

—Pues fue una alusión a mi familia —dijo Syme con firmeza—. Porque mi tía tocaba Wagner muy mal. Siempre ha sido eso una causa de disgustos: siempre nos han insultado por eso.

—¡Pero esto es extraordinario! —dijo el caballero condecorado, mirando con asombro al Marqués.

—¡Oh, se lo aseguro a usted! —dijo Syme con aire sincero—. Toda la conversación de ustedes estaba llena de siniestras alusiones a la debilidad de mi tía.

—¡Disparate! —dijo el otro compañero del Marqués—. Yo, durante media hora, apenas habré despegado los labios para decir que me gusta como canta esa chica de cabellos negros.

—¡Pues ya lo ve usted! —dijo Syme indignado— ¡mi tía era rubia!

—Se me figura —observó el otro— que usted busca un pretexto para insultar al Marqués.

—¡Voto a San Jorge! —dijo Syme enfrentándose con su interlocutor—. ¡Es usted un hombre de talento! El Marqués le echó una mirada de tigre.

—¿Buscarme a mí camorra? —exclamó—. ¿Batirse conmigo? Juro a Dios que el que me busca me encuentra. Creo que estos caballeros aceptarán mi representación. De aquí a la noche faltan cuatro horas. Podemos batirnos esta misma tarde.

Syme se inclinó con cortesía exquisita.

—Marqués —dijo— su acción es digna de su fama y su sangre. Permítame usted consultar con los que han de ser mis testigos.

De tres zancadas se reunió a los suyos. ¡Éstos, que habían presenciado su ataque, inspirado por la champaña, y oído sus absurdas explicaciones, lo vieron acercarse llenos de perplejidad. En efecto, Syme estaba ahora en pleno uso de razón, algo pálido, y hablaba con la precisión y mesura del hombre práctico.

—Ya está hecho —dijo con voz ronca—. Ya está provocada la bestia. Ahora, atención, óiganme ustedes bien. No hay que perder tiempo en palabras. Ustedes son mis testigos, y les toca arreglarlo todo. Hay que insistir, de un modo absoluto, en que el duelo sea mañana después de las siete, para impedirle que tome el tren de París a las siete y cuarenta y cinco.

Si pierde este tren, pierde la ocasión del crimen. Él no puede rehusarse a aceptar el sitio y hora que se señale, pero seguramente intentará que se elija para el caso algún sitio cercano a la estación, a fin de dar alcance al tren. Maneja muy bien la espada, y puede confiar en que podrá darme muerte a tiempo. Pero yo también entiendo algo de eso, y espero poder entretenerlo a lo menos hasta que pierda el tren. Después, para consolarse, probablemente me matará. ¿Entendido? Perfectamente. Pues permítanme ustedes presentarlos con aquellos distinguidos caballeros.

Se acercaron al grupo del Marqués, y Syme los presentó dándoles unos nombres aristocráticos que ellos no habían oído en su vida. Syme tenía de tiempo en tiempo unos raptos singulares de sentido común, cosa que más bien le faltaba de ordinario. Estos raptos, eran como él mismo dijo cuando la ocurrencia de las gafas, intuiciones poéticas, y a veces verdaderas profecías.

Había previsto bien las pretensiones de su adversario. Cuando el Marqués fue informado por sus testigos de que Syme sólo podía batirse a la mañana siguiente, vio aparecer un obstáculo para su misión dinamitera en París. Pero no pudiendo explicarlo a sus amigos, obró como Syme lo esperaba. Indujo a sus testigos a que señalaran para el duelo un pradito que había cerca del ferrocarril, confiándolo todo a la fatalidad del primer encuentro.

Al verlo llegar impasible al campo de honor, nadie hubiera dicho que le inquietaba sobre todo la idea de perder el tren. Las manos en los bolsillos, el sombrero de paja echado hacia atrás, el sol daba sobre su hermosa cara bronceada. Pero —cosa extraña para el que ignorase su situación—, no sólo le acompañaban sus dos testigos con las armas, sino dos criados con una maleta y una cesta de comestibles.

Era muy temprano, pero el sol calentaba ya; Syme se admiraba de ver tantas flores de oro y plata entre aquella yerba que casi les llegaba hasta las rodillas. Con excepción del Marqués, todos llevaban el traje solemne, y unos sombreros negros como tubos de chimeneas. El Doctorcete, con la adición de sus famosas gafas negras, parecía un empresario de pompas fúnebres. Syme no pudo menos de advertir el contraste cómico de aquella procesión funeraria en aquel prado tan gozoso, brillante y florido. Sin duda el contraste cómico entre los capullos amarillos y los sombreros negros no era más que un símbolo de contraste trágico entre los capullos amarillos y la negrura moral de aquella escena. A la derecha se veía una mancha de bosque, y lejos, a la izquierda, brillaba la curva del ferrocarril, que Syme, por decirlo así, tenía que defender del Marqués, para quien aquella línea era la meta y el punto de escape. Al frente, detrás de los adversarios, Syme podía ver, semejante a una nube, un pequeño almendro florecido, sobre la vaga cinta del mar.

El miembro de la Legión de Honor, cuyo nombre era según parece el Coronel Ducroix, se acercó cortésmente al Profesor y al Dr. Bull, y propuso que el duelo fuera a primera sangre.

Pero el Dr. Bull, bien aleccionado por Syme sobre este punto estratégico, insistió con mucha dignidad y en un francés muy malo, sobre la necesidad de continuar hasta que uno de los contrincantes quedara inútil. Syme contaba con poder abstenerse de inutilizar al Marqués e impedir que éste lo inutilizara a él, por espacio mínimo de veinte minutos: tiempo bastante para que su contrincante perdiera el tren de París.

—Para un hombre de tanta presteza y valor como el señor de San Eustaquio —dijo el Profesor solemnemente—, sin duda es indiferente el método que se adopte, y nuestro apadrinado tiene buenas razones para pedir que el encuentro sea largo, razones cuya delicadeza me impide el ser más explícito, pero de cuya naturaleza justa y honorable yo puedo...

—¡Peste! —interrumpió el Marqués, a su espalda, poniendo una cara sombría—.

Dejémonos de hablar, y empecemos.

Y decapitó una florecilla con el bastón.

Syme, que comprendía, miró de reojo instintivamente, por si el tren estaba a la vista: ni el humo se veía...

El Coronel Ducroix se arrodilló entonces, abrió la caja de espadas y escogió un par. Al sol, las espadas lanzaron dos vivos resplandores.

Ofreció una al Marqués, que se apoderó de ella sin ceremonia, y otra a Syme, que la tomó, la dobló, la pesó, y todo con tanta lentitud como lo consentía la decencia. Después, el Coronel sacó otras dos hojas, tomó una, ofreció al Dr. Bull la otra, y procedió a partir el campo.

Ambos combatientes se habían quedado en mangas de camisa y empuñaban ya las espadas. Los padrinos se mantenían a uno y otro lado del campo, con sus espadas también desnudas, pero conservando sus trajes y sombreros negros. Los combatientes se saludaron. El Coronel dijo: —¡Engagez!

Y las dos hojas chocaron.

Al contacto del hierro, Syme sintió disiparse todos los fantásticos temores de antes, como se disipan los sueños al abrir los ojos. Los recordaba uno a uno, y le parecían meras alucinaciones nerviosas: el temor que el Profesor le infundiera, había sido como la opresión de una pesadilla; el miedo que le inspirara el Doctor, como el del vacío científico. En el primer caso, era el miedo tradicional ante la perenne posibilidad del milagro; en el segundo, el miedo mucho más moderno ante la absoluta imposibilidad del milagro. Pero en uno y otro caso, se trataba de temores imaginarios, comparados con el actual temor de la muerte, lleno de sentido común, despiadado y cruel. Syme se sentía como el que sueña toda la noche que rueda por un precipicio y, al despertar, recuerda que va a ser ahorcado. En cuanto vio brillar el reflejo del sol en la hoja del adversario, en cuanto sintió que se tocaban las dos lenguas de acero, vibrantes y vivas, comprendió que tenía que habérselas con un enemigo poderoso. Tal vez había llegado su última hora.

Toda la tierra cobraba, a sus ojos, un extraño valor. La yerba, bajo sus plantas, parecía vivir. El amor de la vida lo invadía todo. Hasta se figuró que oía crecer la yerba. Hasta se figuró que, en aquel momento, estaban brotando nuevas flores: flores rojas, flores amarillas y azules: toda la gama de la primavera. Y cuando sus ojos se encontraban con los ojos fríos, fijos, hipnóticos del Marqués, veía detrás de éste el almendro florido, contrastando sobre el azul del cielo. Se decía que, si por casualidad salía con vida de aquel lance, no desearía ya más en la vida que poder sentarse a contemplar el almendro.

Pero, mientras que una parte de su alma se entregaba a contemplar la tierra, el cielo y todas las cosas, considerándolas como otras tantas bellezas perdidas, la otra era como claro espejo de la realidad inmediata. Y, así Syme paraba los ataques de su enemigo con una exactitud del reloj, de que no se había creído capaz. Una vez la punta del arma enemiga corrió por su muñeca, trazando una línea de sangre; pero nadie lo advirtió o todos afectaron ignorarlo. De tiempo en tiempo contestaba, y una o dos veces le pareció que había tocado, pero como no había sangre en la camisa del contrario ni en la propia espada, supuso que se había equivocado.

Hubo un descanso y cambio de terreno. Después, continuaron.

A riesgo de perderlo todo, el Marqués, desviando los ojos, echó una mirada hacia la vía férrea. Después volvió hacia Syme una cara de demonio, y comenzó a multiplicar su ataques como si tuviera veinte espadas. Los ataques eran tan furiosos y continuos, que aquella espada parecía un chubasco de dardos. Syme no tuvo tiempo de echar un vistazo a los rieles; pero tampoco le hacía falta. Aquel frenesí que se había apoderado del Marqués indicaba a las claras que el tren de París estaba a la vista.

La energía desesperada del Marqués era superior a sus medios. Dos veces, Syme, al parar, lanzó fuera de la línea la punta del adversario; y la tercera, su respuesta fue tan rápida que no hubo duda: la espada de Syme se había doblado contra el cuerpo del Marqués, penetrándole. Syme estaba tan seguro de ello, como puede estar el jardinero de haber clavado en la tierra su azadón. Pero el Marqués había saltado atrás sin desconcertarse, y Syme, perplejo, examinaba la punta de su espada, buscando en vano una mancha de sangre.

Hubo un silencio rígido, y, a su vez, Syme cayó furiosamente sobre su contrario, lleno ahora de curiosidad. Probablemente el Marqués le era superior, como lo advirtió al principio del combate, pero en este momento el Marqués parecía vacilar y perder ventajas. Luchaba de un modo irregular y hasta débil, y estaba mirando continuamente la línea del ferrocarril, como si temiera más al tren que a la espada de su adversario. Por su parte, Syme aunque ferozmente se batía con cálculo y cuidado, intrigadísimo por el enigma de que no apareciera sangre en su hoja. Entonces empezó a apuntar menos al cuerpo que al cuello y a la cabeza.

Minuto y medio más tarde, vio claramente que su punta entraba en el cuello del Marqués, debajo de la quijada. Pero la hoja volvió a salir limpia. Medio loco, atacó de nuevo, dando de tal modo sobre las mejillas del Marqués que debió haber hecho una carnicería. Con todo, no hubo ni un rasguño. Por un instante, el cielo de Syme se nubló con terrores sobrenaturales.

Aquel hombre estaba embrujado. Este terror espiritual era más terrible que el simple enigma espiritual simbolizado en el paralítico que lo perseguía. El Profesor le había parecido un duende; pero este hombre era un diablo ¡tal vez era el Diablo! En todo caso, era seguro que tres veces le había penetrado la espada sin dejar huella. A este pensamiento, Syme se enardeció. Todo lo que en él había de bueno cantó en el aire como en los árboles las alas del viento. Recordó todas las circunstancias de su aventura: los farolillos venecianos del Saffron Park, los cabellos rojos de la muchacha del jardín, los honrados marineros que bebían cerveza junto a los muelles, la lealtad de los compañeros que presenciaban su combate. Tal vez él había sido señalado como campeón de todas las cosas buenas y nobles para cruzar los aceros con el enemigo de la creación. "Después de todo —se dijo— yo soy más que un diablo, soy un hombre: yo puedo hacer algo que le es imposible a Satanás: morir". Y al articular mentalmente esta palabra, oyó como un silbido lejano: era el tren de París.

Y volvió a la carga con agilidad sobrenatural. Como mahometano que quiere ganarse el Paraíso. A medida que se aproximaba el tren, Syme creía ver al pueblo de París ocupado en adornar los arcos triunfales; se sentía unido al rumor y gloria de la gran República, cuyas puertas estaba defendiendo contra los poderes infernales. Y sus pensamientos se expandían al crecer el zumbido del tren, que acabó en un largo y penetrante silbido de orgullo. Paró el tren.

De pronto, con gran asombro de todos, el Marqués saltó fuera del alcance del enemigo, arrojando al suelo su espada. El salto fue prodigioso, y más todavía si se considera que Syme acababa de meterle la espada en el muslo.

—¡Alto! —dijo el Marqués con voz que no admitía réplica— tengo que decir una cosa.

—¿Qué pasa? —preguntó el coronel Ducroix—. ¿Ha habido alguna irregularidad?

—Alguna ha habido —dijo el Dr. Bull algo pálido— nuestro amigo ha herido al Marqués cuatro veces por lo menos, sin que éste parezca sentirlo.

El Marqués levantó la mano con aire de espantoso dolor: —Por favor déjenme hablar, que es importante. —Y, enfrentándose con su adversario—.

Mr. Syme: estamos batiéndonos, si mal no recuerdo, porque usted manifestó el deseo, muy irracional a mi entender, de pellizcarme las narices. Le ruego a usted que tenga la bondad de pellizcármelas lo más pronto posible. Tengo que alcanzar el tren.

—Protesto contra semejante irregularidad —dijo el Dr. Bull indignado.

—En efecto, es algo opuesto a los precedentes —dijo el coronel Ducroix mirando con severidad a su amigo—. Creo que solamente hay un caso (el del capitán Belle-garde y el Barón Zumpt) en que, a petición de uno de los adversarios, las armas fueron cambiadas en mitad del duelo. Pero me parece un poco forzado asimilar una nariz a una espada.

—¿Quiere usted hacerme el favor de pellizcarme las narices? —insistió desesperado el Marqués—. ¡Ande usted, Mr. Syme! ¿Pues no quería usted hacerlo, no sabe usted lo que me importa? No sea usted tan egoísta: le suplico a usted que me pellizque las narices.

Y al decir esto, inclinaba la cara con una sonrisa de Ioco. El tren de París, jadeando y gruñendo, había llegado a una parada junto a una colina próxima.

Syme sintió entonces lo que varias veces había ya sentido en el curso de sus aventuras: una ola sublime y enorme pareció subir hasta el cielo y derrumbarse con él.

Y entonces, caminando sobre un suelo que ya le parecía fantástico, dio unos pasos adelante y pellizcó la nariz romana de aquel célebre aristócrata. Tiró fuerte: ¡y la nariz se le quedó entre los dedos!

Permaneció unos segundos hundido en solemne perplejidad, contemplando aquel ridículo apéndice de cartón. El sol, las nubes, las colinas .boscosas parecían contemplar también aquella escena disparatada.

El Marqués rompió el silencio con voz clara y casi jovial: —Si mi ceja del lado izquierdo puede serle útil a alguno, se la cedo. Coronel Ducroix, acepte usted mi ceja izquierda. Son cosas que pueden ser útiles algún día.

Y se arrancó gravemente una de aquellas admirables cejas asirías, trayéndose con ella casi la mitad de su gran frente morena. Después la ofreció cortésmente al Coronel, que permanecía mudo y encarnado de rabia.

—¡Si yo hubiera sabido —soltó al fin— que estaba apadrinando a un cobarde que se enmascara y se forra para batirse!...

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo el Marqués, que a la sazón regaba por el campo a derecha e izquierda diversas partes de sí mismo—. Usted se equivoca al juzgarme. Pero ahora no tengo tiempo de dar explicaciones. El tren está en la estación.

—Sí —dijo con ferocidad el Dr. Bull— y el tren se irá de la estación. Y se irá sin usted. De sobra sabemos la obra infernal que...

El misterioso Marqués levantó los brazos desesperado. Aquel hombre, en mitad del campo, expuesto al sol, gesticulando bajo la máscara, parecía un extraño espantajo.

—¿Quieren ustedes volverme loco? —gritó—. El tren...

—No alcanzará usted el tren —dijo Syme con energía, blandiendo la espada.

El espantajo se volvió hacia Syme, y pareció reconcentrarse en un esfuerzo sublime antes de hablar: —¡Cerdo, condenado, ciego, insensato, excomulgado, maldito de Dios, estúpido, loco abominable! —dijo sin tomar resuello—. ¡Grandísimo imbécil, cabeza de chorlito, cabeza a pájaros!...

—No tomará usted el tren —repitió Syme.

—¿Y para qué demonios quiero yo tomar el tren? —rugió el otro.

—Harto lo sabemos —dijo el Profesor con energía—. Para arrojar una bomba en París.

—¡Bombas y rayos y centellas sobre París y sobre Jericó! —gritó el otro arrancándose la cabellera—. ¿Están ustedes reblandecidos del cerebro, que no entienden lo que soy? ¿Pero están ustedes creyendo que quiero alcanzar ese tren? Por mí ya pueden marcharse a París veinte trenes. ¡Condenados trenes de París!

—Pues entonces ¿qué es lo que a usted le preocupa? —preguntó el Profesor.

—¿Qué me preocupa? No ciertamente alcanzar ese tren, sino evitar que me alcanzara; y ahora ¡santos cielos! ya me ha alcanzado.

—Siento decirle —observó Syme reprimiéndose— que sus explicaciones me resultan inintelegibles. Tal vez si se quita usted ese fragmento de frente postiza y un poco de lo que antes fue su barba le entenderemos mejor. La lucidez mental camina por muchos caminos.

¿Qué quiere usted decir con eso de que el tren le ha alcanzado? Puede que sea efecto de mi imaginación literaria, pero me parece que con eso quiere usted decir algo.

—Quiero decir todo y más que todo —gritó el otro—. Quiero decir que hemos caído en manos del Domingo.

¿Hemos? —repitió el Profesor estupefacto—. Y ¿quiénes hemos caído?

—Los de la policía, nosotros, naturalmente! —dijo el Marqués, arrancándose el cuero cabelludo y la otra media cara.

Y decubrió una cabeza rubia, bien peinada, lisa —la cabeza típica del alguacil inglés— y una cara sumamente pálida.

—Soy el inspector Ratcliffe —dijo con una precipitación que ya era dureza—. Mi nombre es harto conocido en la policía; ya comprendo de sobra que ustedes también pertenecen al servicio. Pero, por si hay dudas... —y sacó la clásica tarjetita azul del chaleco. El Profesor hizo un gesto de cansancio: —Por Dios —dijo—, no nos la muestre usted que ya tenemos bastantes para un juego de naipes.

El joven Bull tuvo, como suelen tener muchos hombres que parecen estar llenos de vivacidad vulgar, un rasgo de verdadero buen gusto. Fue él quien salvó la situación. En mitad de esta escena de transformismo, se adelantó algunos pasos con toda la gravedad de un padrino duelista, y se dirigió en estos términos a los dos padrinos del Marqués.

—Caballeros: les debemos a ustedes una satisfacción muy clara. Pero ante todo he de asegurar a ustedes que no han sido víctimas de una bajeza, como podrían suponerlo, ni de nada que pueda afectar el honor de un hombre. No han perdido ustedes su tiempo. Han ayudado a una obra de salvación. No somos bufones, sino pobres hombres que luchamos contra una inmensa conspiración. Una sociedad secreta de anarquistas nos anda dando caza como a unas liebres. No se trata de esos desdichados locos que, atiborrados de filosofía alemana, se atreven de cuando en cuando a lanzar una bomba, no, sino de toda una iglesia rica, poderosa, fanática. Una iglesia del pesimismo oriental, que está empeñada en aniquilar a los hombres como si fueran una plaga. Del encarnizamiento con que nos persiguen , ya pueden ustedes juzgar por el hecho de que nos obligan a usar estos disfraces, de que pido a ustedes perdón, y a cometer estas locuras de que les ha tocado a ustedes ser víctimas.

El segundo padrino del Marqués, un joven de pequeña estatura y bigotes negros, se inclinó cortésmente, y dijo: —Acepto desde luego las excusas que usted tan amablemente nos ofrece; pero, a mi vez, pido a ustedes que me dispensen de seguirles más adelante en sus difíciles trabajos, y me permitan desearles aquí mismo muy buena suerte. El espectáculo de ver por el aire los fragmentos de un conciudadano conocido y particularmente eminente, como éste, es muy desusado para mí y, en suma, es mucho para un solo día. Coronel Ducroix: no quiero influir en sus decisiones, pero si usted opina, como yo, que nos encontramos en un ambiente algo anormal, le advierto que regreso ahora mismo a la ciudad.

El Coronel Ducroix se volvió mecánicamente: pero de pronto atusó sus bigotes canos y exclamó: —¡No, por San Jorge! ¡No quiero! Si realmente estos caballeros están en lucha con esa pandilla de bribones que dicen, quiero acompañarlos hasta el fin. Yo he combatido ya por Francia; no sé qué pueda impedirme combatir por la civilización.

El Dr. Bull se descubrió y agitó el sombrero, gritando como en un mitin.

—No haga usted mucho ruido —dijo el inspector Ratcliffe—. El Domingo puede oírle.

—¿Domingo? —exclamó Bull dejando caer el sombrero.

—Si —replicó Ratcliffe—. Puede venir con los otros.

—¿Con quiénes? —preguntó Syme.

—Con los que bajen de ese tren —dijo el otro.

—Es desconcertante lo que usted dice —confesó Syme—. Pero vamos a los hechos... — Y de pronto, como el que presencia de lejos una explosión—: Pero ¡Dios mío! ¿De modo que todo el Consejo Anarquista estaba contra la anarquía? Todos éramos detectives menos el Presidente y su Secretario personal. ¿Qué significa esto?

—¿Qué significa? —dijo el descubierto policía con increíble violencia—. Significa que somos hombres muertos. ¿Acaso no conoce usted al Domingo? ¿No sabe usted que sus golpes son siempre tan sencillos y enormes que nunca se los espera? ¿Hay nada más conforme a la táctica de Domingo que el poner a sus enemigos más poderosos en el Supremo Consejo, y después cuidarse de que este consejo no pueda ser supremo? Les aseguro a ustedes que ha comprado todas las confianzas, ha cortado todos los cables, tiene en su mano todas las líneas del ferrocarril, y ésta especialmente.

Y señalaba con tembloroso índice a la pequeña estación.

—Todo el movimiento está regido por él. Medio mundo está dispuesto a levantarse en su nombre. Pero quedaban cinco desdichados que podían habérsele resistido... Y el demonio del viejo los metió en su Consejo Supremo para que se pasaran el tiempo acechándose mutuamente. ¡Somos unos imbéciles, y nuestra imbecilidad se conduce de acuerdo con las previsiones de ese hombre! Domingo comprendía que al Profesor se le había de ocurrir perseguir a Syme en Londres, y a Syme batirse conmigo en Francia. Y en tanto que él combinaba grandes masas de capitales y se apoderaba de las líneas telegráficas, nosotros, como buenos idiotas, andábamos uno tras otro como los nenes jugando al escondite.

—¿Y bien? —dijo Syme con cierta calma.

—Y bien, nada —dijo el otro tranquilizándose como por encanto—. Que ahora el Domingo nos encuentra jugando al escondite en un campo lleno de belleza rústica y de extremada soledad. Tal vez es dueño ya del mundo: sólo le falta apoderarse de este campo y de los locos que quedan en él. Y para que ustedes sepan cuál era mi temor respecto a la llegada del tren, helo aquí: a estas horas, Domingo o su Secretario acaban de bajar de ese tren.

Syme lanzó un grito involuntario, y todos volvieron la vista a la estación. Parecía que estaba bajando mucha gente, y que comenzaba a moverse en dirección a ellos. Pero no era fácil darse cuenta: estaban todavía muy lejos.

El difunto Marqués de San Eustaquio —dijo el Inspector sacando un estuche de cuero— tenía la costumbre de llevar siempre consigo unos gemelos de teatro. A la cabeza de esa muchedumbre, es seguro que viene el Presidente o el Secretario. En buen sitio nos cogen: aquí no hay riesgo de que caigamos en tentación de romper nuestras promesas llamando a la policía. Dr. Bull: se me figura que verá usted mejor con estos gemelos que con esas decorativas gafas negras.

Y le alargó los gemelos. El Doctor, quitándose las gafas, aplicó a sus ojos los gemelos.

—No, no hemos de tener tan mala suerte —dijo el Profesor, no muy seguro de lo que hablaba—. Parece que baja mucha gente, pero bien pueden ser turistas.

—Pero —preguntó Bull sin dejar de ver con los gemelos— ¿acaso los turistas acostumbran a usar antifaces negros?

Syme le arrancó los gemelos y se puso a mirar. La mayoría de ellos recién venidos no tenía nada de extraordinario; pero dos o tres de los que parecían conducirlos llevaban unos antifaces negros casi hasta la boca. El disfraz, a esa distancia sobre todo, era completo.

Syme no pudo identificar aquellas mandíbulas, aquellas barbas afeitadas. Los disfrazados hablaban entre sí y sonreían. Uno de ellos, sólo sonreía con media cara.