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Sagitta Volante in Dei El precioso chiquillo de ojos como piedras azules y pestañas que se abrían como pétalos había terminado de confesarle al padre Schwartz su pecado, y el rectángulo de sol en el que se sentaba había recorrido en la habitación el espacio de media hora.

Ya estaba menos asustado: se había librado del peso de su historia, y lo notaba. Sabía que mientras estuviera en aquella habitación, con aquel sacerdote, Dios no le pararía el corazón, así que suspiró y permaneció sentado, en silencio, a la espera de que el sacerdote hablara.

Los ojos fríos y húmedos del padre Schwartz seguían fijos en los dibujos de la alfombra, donde el sol resaltaba las esvásticas y los pámpanos muertos y estériles y la pálida copia de unas flores. El tictac del reloj del recibidor sonaba con insistencia camino del atardecer, y la habitación oscurecida y la tarde tras los cristales traían una monotonía irremediable, rota de vez en cuando por los golpes lejanos de un martillo, que resonaban en el aire seco. Los nervios del sacerdote estaban tensos, a punto de saltar, y las cuentas de su rosario se arrastraban y retorcían como serpientes sobre el paño verde del escritorio. No recordaba lo que tenía que decir.

Más allá de cuanto existía en aquella perdida ciudad sueca, era consciente de los ojos de aquel chiquillo: unos ojos preciosos, de pestañas que parecían nacer sin ganas, curvándose hacia atrás como si quisieran volver a los ojos.

El silencio persistía, y Rudolph esperaba, y el sacerdote se esforzaba en recordar algo que se le iba, se le iba cada vez más lejos, y el tictac del reloj resonaba en la casa triste. Entonces el padre Schwartz miró fijamente al chico y, con una voz rara, dijo:

—Cuando mucha gente se reúne en los sitios mejores, las cosas resplandecen.

Rudolph se sobresaltó y miró al padre Schwartz.

—Digo que... —empezó a hablar el sacerdote, y se interrumpió para escuchar algo— . ¿Oyes el martillo y el tictac del reloj y las abejas? Bueno, eso no significa nada. Lo importante es reunir a mucha gente en el centro del mundo, dondequiera que esté el centro del mundo. Entonces —y sus ojos húmedos se dilataron maliciosamente— las cosas resplandecen.

—Sí, padre —asintió Rudolph, sintiendo un poco de miedo.

—¿Qué vas a ser cuando seas mayor?

—Bueno, antes quería ser jugador de béisbol —respondió Rudolph, nervioso—, pero no creo que eso sea demasiado ambicioso, así que quiero ser actor u oficial de marina.

El sacerdote volvía a mirarlo fijamente.

—Sé exactamente lo que quieres decir —dijo con aire feroz.

Rudolph no quería decir nada en particular y las palabras del sacerdote lo hicieron sentirse más incómodo.

«Este hombre está loco», pensó, «y me da miedo. Quiere que lo ayude, no sé cómo, pero yo no quiero».

—Por tu aspecto, se diría que las cosas relucen —exclamó el padre Schwartz incoherentemente—. ¿Has ido alguna vez a una fiesta?

—Sí, padre.

—¿Te diste cuenta de que todo el mundo iba bien vestido? Eso es lo que quiero decir. Cuando llegaste a la fiesta, seguro que todos iban bien vestidos. Y a lo mejor dos niñas esperaban en la puerta y algunos chicos se apoyaban en el pasamanos de la escalera, y había jarrones llenos de flores.

—He ido a muchas fiestas —dijo Rudolph, aliviado por el rumbo que tomaba la conversación.

—Claro que sí —continuó el padre Schwartz con aire triunfal—. Sé que estás de acuerdo conmigo. Pero mi teoría es que, cuando mucha gente coincide en los sitios mejores, las cosas resplandecen sin cesar.

Rudolph se dio cuenta de que estaba pensando en Blatchford Sarnemington.

—Por favor, ¡escúchame! —ordenó el sacerdote con impaciencia—. Deja de preocuparte por lo que pasó el sábado. Sólo en el supuesto de que existiera una fe absoluta, la apostasía implicaría la absoluta condenación. ¿Está claro?

Rudolph no tenía la menor idea de lo que el padre Schwartz quería decir, pero asintió, y el sacerdote asintió también y volvió a su misteriosa preocupación.

—Sí —exclamó—, hoy existen luminosos tan grandes como las estrellas, ¿te das cuenta? Me han contado que en París, o en otro sitio, hay un luminoso tan grande como una estrella. Lo ha visto mucha gente, mucha gente feliz. Hoy día hay cosas que ni siquiera has soñado. Mira —se acercó más a Rudolph, pero el chico retrocedió, y el padre Schwartz volvió a retreparse en su sillón, con los ojos secos y ardientes—. ¿Has visto alguna vez un parque de atracciones?

—No, padre.

—Bueno, ve a ver un parque de atracciones —el sacerdote movió vagamente la mano—. Es parecido a una feria, sólo que con muchas más luces. Ve de noche a un parque de atracciones y obsérvalo a distancia desde la oscuridad, bajo los árboles oscuros. Verás una gran rueda hecha de luces que gira en el aire, y un tobogán inmenso por donde se deslizan barcas hasta el agua. Y en algún sitio está tocando una orquesta, y hay un olor a almendras garrapiñadas... Y todo brilla. Y, ¿sabes?, no te recordará a nada. Flotará en la noche como un globo de colores, como un gran farol amarillo colgado de un mástil.

El padre Schwartz frunció el entrecejo mientras, de repente, se le ocurría algo.

—Pero no te acerques demasiado —le advirtió—, porque, si te acercas demasiado, sólo sentirás el calor, el sudor y la vida.

Todas aquellas palabras le parecían a Rudolph extraordinariamente raras y terribles porque aquel hombre era un sacerdote. Allí estaba, sentado, medio muerto de miedo, mirando fijamente con los ojos muy abiertos, preciosos, al padre Schwartz.

Pero, bajo el miedo, sentía que sus más íntimas convicciones habían sido confirmadas.

En alguna parte existía algo inefablemente maravilloso que no tenía nada que ver con Dios. Ya no creía que Dios estuviera disgustado con él por su primera mentira, porque Dios habría comprendido que Rudolph había mentido para hacer la confesión más interesante, añadiendo a la nimiedad de sus pecados algo radiante, un poco de orgullo. Y, en el preciso instante en que proclamaba su honor inmaculado, un estandarte de plata ondeaba al viento en algún sitio, entre el crujir del cuero y el fulgor de las espuelas de plata, y una tropa de caballeros esperaba el amanecer en una colina verde. El sol encendía estrellas de luz en sus armaduras como en el cuadro de los coraceros alemanes en Sedán que había en su casa.

Pero ahora el sacerdote murmuraba palabras ininteligibles, doloridas, y el chico empezó a sentir un miedo incontrolable. El miedo entró de pronto por la ventana abierta y la atmósfera de la habitación cambió. El padre Schwartz cayó bruscamente de rodillas, desplomado, y ahora apoyaba la espalda contra una silla.

—Dios mío —gritó, con una voz extraña, antes de derrumbarse.

Y de las ropas gastadas del sacerdote se desprendió una opresión humana, y se mezcló con el leve olor de la comida que se pudría en los rincones. Rudolph lanzó un grito y abandonó el lugar corriendo, aterrorizado, mientras el hombre yacía inmóvil, llenando la sala, llenándola de voces y rostros, una multitud de voces, pura ecolalia, hasta que estalló una carcajada aguda e inacabable.

Al otro lado de la ventana el siroco azul temblaba sobre el trigo, y chicas rubias paseaban sensualmente por los caminos que unían los campos, gritándoles frases inocentes y excitantes a los muchachos que trabajaban en los trigales. Bajo los vestidos de algodón se adivinaba la forma de las piernas, y el borde de los escotes estaba tibio y húmedo. Hacía ya cinco horas que la vida fértil y caliente ardía en la tarde. Dentro de tres horas sería de noche, y en toda la región aquellas rubias nórdicas y aquellos altos muchachos de las granjas se tenderían junto al trigo, bajo la luna.

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