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Andaban sin hablar, salvo cuando Carl Miller reconocía maquinalmente a aquellos con quienes se cruzaban. Sólo la respiración entrecortada de Rudolph rompía el silencio cálido del domingo.

El padre se detuvo con resolución ante la puerta de la iglesia.

—He decidido que lo mejor es que vuelvas a confesarte. Dile al padre Schwartz lo que has hecho y pídele perdón a Dios.

—¡Tú también has perdido los nervios! —se apresuró a contestar Rudolph.

Carl Miller dio un paso hacia su hijo, que, prudentemente, retrocedió.

—Vale, me confesaré.

—¿Vas a hacer lo que te he dicho? —preguntó el padre con un murmullo ronco.

—Sí, sí.

Rudolph entró en la iglesia y, por segunda vez en dos días, se acercó al confesionario y se arrodilló. La celosía se abrió casi instantáneamente.

—Me acuso de no haber rezado al despertarme.

—¿Nada más?

—Nada más.

Sintió júbilo y ganas de llorar. Nunca más volvería a anteponer con tanta facilidad una abstracción a las necesidades de su tranquilidad y su orgullo. Había traspasado una línea invisible: era plenamente consciente de su soledad, consciente de que la soledad afectaba a los momentos en que era Blatchford Sarnemington, pero también a toda su vida íntima. Hasta entonces, fenómenos como sus ambiciones disparatadas y su mezquina timidez y sus miedos mezquinos sólo habían sido rincones privados, secretos, no reconocidos ante el trono de su alma oficial. Ahora sabía, inconscientemente, que aquellos rincones privados eran su propio yo, él mismo, y que todo lo demás era una fachada vistosa y una bandera convencional. La presión del ambiente lo había empujado al camino secreto y solitario de la adolescencia.

Se arrodilló en el banco, al lado de su padre. Empezó la misa. Mantenía la espalda erguida —cuando estaba solo, apoyaba el trasero en el banco— y saboreaba la idea de venganza, una venganza dolorosa y sutil. A su lado, su padre le pedía a Dios que perdonara a Rudolph, y también pedía perdón por su arrebato de ira. Miró de reojo a su hijo, y se sintió más tranquilo al ver que ya no tenía la cara tensa, de rabia, y que había dejado de sollozar. La gracia de Dios, inherente al Sacramento, haría el resto, y quizá, después de la misa, todo iría mejor. En su corazón estaba orgulloso de Rudolph, y empezaba a sentirse sinceramente arrepentido, no sólo formalmente, de lo que había hecho.

Habitualmente el paso de la bandeja para la colecta era para Rudolph un momento muy importante de la misa. Si, como sucedía a menudo, no tenía dinero, se sentía avergonzado e irritado, e inclinaba la cabeza y fingía no ver la bandeja, para que Jeanne Brady, en el banco vecino, no se diera cuenta y no sospechara un caso grave de indigencia familiar. Pero aquel día miró fríamente la bandeja mientras pasaba ante sus ojos, casi rozándolo, y advirtió con momentáneo interés que contenía muchísimas monedas.

Pero, cuando tintineó la campanilla para la comunión, se estremeció. No existía ningún motivo para que Dios no le parara el corazón. Durante las últimas doce horas había cometido una serie de pecados mortales, a cual más grave, y ahora iba a rematar la serie con un sacrilegio blasfemo.

—Domine, non sum dignum; ut interés sub tectum rneum; sed tantum dic verbum, et sanabitur anima mea.

Hubo un rumor, movimiento en los bancos, y los comulgantes desfilaron hacia el altar con los ojos bajos y las manos juntas. Los más piadosos unían las puntas de los dedos para formar pequeñas cúpulas. Entre ellos estaba Carl Miller. Rudolph lo siguió hasta el comulgatorio y se arrodilló, apoyando, sin darse cuenta, la barbilla en el mantel blanco. La campanilla tintineó con fuerza y el sacerdote se volvió hacia los comulgantes sosteniendo la Hostia blanca sobre el copón:

—Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam.

Un sudor frío cubrió la frente de Rudolph cuando empezó la comunión. El padre Schwartz avanzaba por la fila, y Rudolph, que cada vez tenía más ganas de vomitar, sintió cómo las válvulas de su corazón desfallecían por voluntad de Dios. Le pareció que la iglesia se oscurecía y que la cubría un gran silencio, roto sólo por el confuso murmullo que anunciaba que se iba acercando el Creador del Cielo y de la Tierra.

Hundió la cabeza entre los hombros y esperó el golpe.

Entonces sintió un fuerte codazo en el costado. Su padre le daba con el codo para que se mantuviera derecho y no se apoyara en el comulgatorio; faltaban dos personas para que llegara el sacerdote.

—Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam.

Rudolph abrió la boca. Sintió sobre la lengua el pegajoso sabor a cera de la hostia.

Permaneció inmóvil durante un periodo de tiempo le pareció interminable, con la cara todavía levantada y la Hostia intacta en la boca, sin disolverse. Y otra vez lo espabiló el codo de su paje y vio que la gente se alejaba del altar, como hojarasca, y, con los o,os bajos, sin mirar a ninguna parte, volvía a los bancos, a solas con Dios.

Rudolph estaba a solas consigo mismo, empapado en sudor, hundido en el pecado mortal. Mientras volvía a su sitio, sus pezuñas de demonio resonaron con fuerza contra el suelo de la iglesia, y supo que llevaba en el corazón un veneno negro.