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El padre de Rudolph, el transportista local, había llegado con la segunda oleada de emigrantes alemanes e irlandeses a la región de Minnesota y Dakota. En teoría, en aquel tiempo y lugar un joven emprendedor disponía de grandes oportunidades, pero Carl Miller había sido incapaz de labrarse, entre sus superiores y subalternos, la reputación de casi absoluta imperturbabilidad que es esencial para tener éxito en los negocios basados en la jerarquía. Aunque algo tosco, no era, sin embargo, lo suficientemente testarudo, ni sabía aceptar como indiscutibles ciertas relaciones fundamentales, y esta incapacidad lo hacía ser desconfiado y estar permanentemente inquieto y descontento.

Mantenía dos vínculos con la alegría de vivir: su fe en la Iglesia católica romana y una veneración mística por James J. Hill, constructor del Empire. Hill era la apoteosis de aquella cualidad que le faltaba a Miller: el sentido de la realidad, la intuición, la capacidad de presentir la lluvia en el aire que te da en la cara. La inteligencia de Miller se malgastaba en decisiones que ya habían tomado otros, y nunca en su vida tuvo la sensación de que de sus manos dependía el equilibrio de algo, aunque fuera la cosa más simple. Su cuerpo cansado, lleno aún de energía, más pequeño de lo normal, envejecía a la sombra gigantesca de Hill. Llevaba veinte años viviendo en el nombre de Hill y Dios.

Nada mancillaba la paz de aquel domingo cuando Carl Miller se despertó a las seis de la mañana. Arrodillado junto a la cama, inclinó sobre la almohada la cabeza canosa y amarillenta y los bigotes de color indefinido, y rezó unos minutos. Luego se quitó el camisón —como todos los de su generación, nunca había soportado los pijamas— y embutió su cuerpo delgado, pálido, sin vello, en la ropa interior de lana.

Se afeitó. Silencio en el dormitorio donde su mujer dormía inquieta; silencio en el rincón del pasillo donde, aislada por una cortina, estaba la cama de su hijo y donde su hijo dormía entre los libros de Alger, su colección de vitolas de puro, sus banderines apolillados —«Cornell», «Hamlin», «Recuerdos de Pueblo, Nuevo México»— y otros tesoros de su vida privada. Miller podía oír los pájaros que chillaban fuera de la casa, el revolotear de las gallinas y, como ruido de fondo, débil, acercándose, más fuerte, el traqueteo del tren de las seis y cuarto, directo a Montana y las verdes costas. Entonces, mientras el agua fría goteaba de la toalla que tenía en la mano, levantó la cabeza de repente: habí oído un ruido furtivo, abajo, en la cocina.

Secó rápidamente la navaja de afeitar, se puso los tirantes y cuchó. Alguien andaba por la cocina y, por las pisadas ligeras, adivia que no era su mujer. Con la boca entreabierta, bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta de la cocina.

En el fregadero, con una mano en el grifo que todavía goteaba y un vaso de agua en la otra, estaba su hijo. Los ojos del chico, todavía bajo el peso del sueño, de una belleza asustada y llena de reproches, se encontraron con los del padre. El chico estaba descalzo, y se había remangado la camisa y los pantalones del pijama.

Se quedaron inmóviles un instante: las cejas de Carl Miller bajaron, y se alzaron las de su hijo, como si quisieran encontrar un equilibrio entre las emociones opuestas que los embargaban. Entonces el bigote del padre descendió portentosamente hasta ensombrecerle la boca. El padre echó un vistazo alrededor para comprobar si todo seguía en su sitio.

La luz del sol aureolaba la cocina, se estrellaba en las cacerolas y daba a la madera lisa del suelo y a la mesa un color amarillo y limpio, de trigo. La cocina era el centro de la casa, con el fuego encendido y los cazos encajados en cazos como si fueran juguetes, y el silbido permanente del vapor, y una suave tonalidad pastel. Nada había sido cambiado de sitio, no habían tocado nada, excepto el grifo en el que seguían formándose gotas de agua que caían en la pila con un instantáneo fulgor blanco.

—¿Qué haces?

—Tenía mucha sed y se me ha ocurrido bajar a...

—Creía que ibas a comulgar.

Una expresión de vehemente asombro se dibujó en la cara de su hijo.

—Se me había olvidado.

—¿Has bebido agua?

—No...

En el mismo instante en que la palabra se le escapó de los labios Rudolph se dio cuenta de que se había equivocado al responder, pero los ojos apagados e indignados que lo miraban habían dictado la verdad antes de que interviniera la voluntad del chico. Ahora comprendía además que ni siquiera tendría que haber bajado a la cocina; por una vaga necesidad de verosimilitud había querido dejar un vaso mojado, como prueba, en el fregadero. Lo había traicionado la honradez de su imaginación.

—¡Tira el agua! —ordenó el padre.

Rudolph volcó el vaso con desesperación.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Miller, de mal humor.

—Nada.

—¿Fuiste ayer a confesarte?

—Sí.

—¿Por qué ibas a beber agua entonces?

—No lo sé. Se me había olvidado.

—Puede que te importe más pasar un poco de sed que tu religión.

—Se me había olvidado —Rudolph sentía cómo se le saltaban las lágrimas.

—Ésa no es manera de responder.

—Bueno, es lo que me ha pasado.

—¡Pues ten más cuidado! —la voz del padre era aguda, insistente, inquisitiva—: Si eres tan desmemoriado que hasta puedes olvidar tu religión, habrá que tomar medidas.

Rudolph llenó un opresivo instante de silencio diciendo:

—La recuerdo perfectamente.

—Primero descuidas tu religión —gritó su padre, atizando su propia rabia—, luego empiezas a mentir y a robar, y el siguiente paso es el reformatorio.

Ni siquiera esta amenaza, ya familiar, hizo más hondo el abismo que Rudolph veía ante sí. O lo confesaba todo inmediatamente, exponiéndose a que, con toda seguridad, su cuerpo recibiera una paliza feroz, o atraía sobre sí los truenos del infierno al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con un sacrilegio en el alma. Y, de las dos posibilidades, la primera le parecía más terrible: no temía tanto a los golpes como a la rabia salvaje, desahogo de hombre inútil, que se escondía tras ellos.

—¡Deja ese vaso, sube y vístete! —ordenó el padre—. Y cuando vayamos a la iglesia, antes de comulgar, deberías arrodillarte para pedirle a Dios perdón por tu descuido.

Cierto énfasis involuntario en las palabras del padre actuó como catalizador sobre la confusión y el miedo de Rudolph. Una furia incontrolada y orgullosa se apoderó de él, y arrojó con rabia el vaso al fregadero.

Su padre emitió un ruido ronco, forzado, y se lanzó sobre él. Rudolph lo esquivó, tropezó con una silla y trató de pasar al otro lado de la mesa. Gritó cuando una mano le agarró el pijama, por el hombro, y sintió el impacto seco de un puño en la sien, y golpes de refilón en el pecho y la espalda. Mientras intentaba ponerse fuera del alcance de su padre, que lo arrastraba por el suelo o lo levantaba cuando instintivamente le sujetaba el brazo, Rudolph, consciente de la humillación y de los golpes, no abrió la boca, excepto para reírse histéricamente alguna vez. Entonces, en menos de un minuto, las bofetadas cesaron de repente. El padre agarraba a Rudolh con fuerza, y padre e hijo temblaban y farfullaban, comiéndose la mitad de las sílabas, palabras sin sentido, hasta que Carl Miller obligó a su hijo a subir las escaleras entre empellones y amenazas.

—¡Vístete!

Rudolph estaba histérico y helado. Le dolía la cabeza, y tenía en el cuello un arañazo largo y superficial, una marca de las uñas del padre, y sollozaba y temblaba mientras se vestía. Sabía que su madre esperaba en la puerta, en bata, arrugando la cara arrugada, que se comprimía y se deformaba, y del cuello a la frente se cubría de un remolino de arrugas nuevas. Despreciando la impotencia asustada de la madre, y rechazándola sin miramientos cuando intentó untarle una pomada en el cuello, se lavó de prisa, entre sollozos. Luego salió de casa con su padre, camino de la iglesia católica.