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El sábado, tres días antes Volvieron a caer los pliegues tenebrosos de la cortina del confesionario, dejando sólo a la vista la suela del zapato viejo de un hombre viejo. Detrás de la cortina, un alma inmortal estaba a solas con Dios y con el reverendo Adolphus Schwartz, el párroco. Empezó a oírse un bisbiseo laborioso, sibilante y discreto, interrumpido de vez en cuando por la voz del sacerdote, que hacía preguntas perfectamente audibles.

Rudolph Miller se arrodilló en el reclinatorio, junto al confesionario, y esperó, nervioso, esforzándose en escuchar, y también en no escuchar, lo que se decía en el confesionario. El hecho de que la voz del sacerdote fuera audible lo alarmó. Llegaba su turno, y las tres o cuatro personas que esperaban podrían oír sin ningún escrúpulo cómo admitía haber violado el sexto y el noveno mandamientos.

Rudolph nunca había cometido adulterio, ni había deseado a la mujer del prójimo, pero le resultaba particularmente difícil confesar otros pecados más o menos relacionados con aquéllos. Saboreaba, por contraste, las faltas menos vergonzosas: formaban un fondo gris que atenuaba la marca de ébano que los pecados sexuales imprimían en su alma.

Se tapaba los oídos con las manos, con la esperanza de que los demás notaran su negativa a oír y, por cortesía, hicieran con él lo mismo, cuando un brusco movimiento del penitente en el confesionario lo empujó a esconder precipitadamente la cara en el hueco del brazo. El miedo tomó una forma sólida, acomodándose a la fuerza entre su corazón y sus pulmones. Ahora ponía los cinco sentidos en arrepentirse de sus pecados, no porque tuviera miedo, sino porque había ofendido a Dios. Debía convencer a Dios de que estaba arrepentido y, para conseguirlo, primero debería convencerse a sí mismo. Después de una violenta lucha con sus emociones, llegó a sentir una tímida compasión de sí mismo y decidió que ya estaba preparado. Si impedía que cualquier otro pensamiento penetrara en su mente, y conseguía conservar intacta aquella emoción hasta el momento de entrar en el gran ataúd vertical, habría sobrevivido a una nueva crisis de su vida religiosa.

Por un instante, sin embargo, una idea diabólica casi se apoderó de él. Podría volver a casa ahora, antes de que le tocara el turno, y decirle a su madre que había llegado demasiado tarde, cuando el sacerdote ya se había ido. Una cosa así implicaba, por desgracia, el riesgo de que descubrieran la mentira. También podía decir, y era otra alternativa que se había confesado, pero, en tal caso, hubiera tenido que evitar comulgar al día siguiente, porque la hostia consagrada, recibida por un alma impura, se hubiera convertido en veneno en su boca y él se hubiera desplomado en el comulgatorio, exánime y condenado para siempre.

Otra vez se oía la voz del padre Schwartz:

—Y por los tuyos...

Las palabras se confundieron en un ronco murmullo, y Rudolph, nervioso, se puso de pie. Le parecía imposible confesarse aquella tarde. Estaba indeciso, tenso. Entonces brotaron del confesionario un golpe seco, un crujido y un frufrú sostenido. La celosía se abrió y la cortina tembló: la tentación había llegado demasiado tarde.

—Ave María Purísima. Déme su bendición, padre, porque he pecado... Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso y a usted, padre, porque he pecado... Hace un mes y tres días que me confesé por última vez... Me acuso de... de haber tomado el nombre de Dios en vano...

Este era un pecado venial. Sus blasfemias sólo habían sido fanfarronerías, y confesarlas era poco menos que una bravata.

—... de haberme portado mal con una anciana.

La sombra triste se movió ligeramente al otro lado de la celosía.

—¿Cómo, hijo mío?

—Fue la señora Swenson —el murmullo de Rudoph se elevó con júbilo—. Nos había quitado la pelota de béisbol porque había golpeado en su ventana, y no quería devolvérnosla, y entonces estuvimos gritándole toda la tarde: «Fuera, fuera». Y, a eso de las cinco, le dio un ataque y tuvieron que llevarla al médico.

—Sigue, hijo mío.

—Me acuso de no creer que soy hijo de mis padres.

—¿Cómo? —la pregunta demostraba verdadera perplejidad.

—De no creer que soy hijo de mis padres.

—¿Porqué?

—Ah, por orgullo nada más —respondió el penitente sin darle importancia al asunto.

—¿Quieres decir que piensas que eres demasiado bueno para ser hijo de tus padres?

—Sí, padre —las palabras sonaban ahora con menos júbilo.

—Sigue.

—Me acuso de ser desobediente y de ponerle motes a mi madre. De hablar mal de la gente. De haber fumado...

Ya se le habían acabado los pecados veniales y se estaba acercando a los pecados que le dolía confesar. Se oprimía la cara con los dedos, como si fueran rejas entre las que debía exprimir la vergüenza de su corazón.

—De decir palabras feas y tener malos pensamientos y deseos impuros —musitó en voz muy baja.

—¿Cuántas veces?

—No lo sé.

—¿Una vez a la semana? ¿Dos veces?

—Dos veces a la semana.

—¿Has cedido a esos deseos?

—No, padre.

—¿Estabas solo cuando los tuviste?

—No, padre. Estaba con dos chicos y una chica.

—¿No sabes, hijo mío, que debes evitar las ocasiones de pecado tanto como el pecado mismo? Las malas compañías conducen a los deseos impuros; y los deseos impuros, a las acciones impuras. ¿Dónde estabas?

—En un granero detrás de...

—No quiero oír nombres —lo interrumpió bruscamente el sacerdote.

—Bueno, estábamos en el pajar, y esta chica y..., bueno, un amigo, decían cosas...

cosas impuras... Y yo me quedé.

—Deberías haberte ido... Deberías haberle dicho a la chica que se fuera.

¡Debería haberse ido! No podía contarle al padre Schwartz cómo le había latido el pulso, qué rara y romántica excitación lo había poseído al oír aquellas cosas extrañas.

Quizá en los reformatorios, entre las chicas incorregibles de mirada dura e idiotizada, se encuentran aquéllas por las que ha ardido el fuego más puro.

—¿Tienes algo más que contarme?

—Creo que no, padre.

Rudoph sintió un gran alivio. Le sudaban las manos, entrelazadas con fuerza.

—¿No has dicho mentiras?

La pregunta lo sobresaltó. Como todos los que mienten por costumbre e instinto, sentía un respeto inmenso, un temor reverencial por la verdad. Algo casi ajeno a él le dictó una respuesta rápida y ofendida.

—No, no, padre. Jamás digo mentiras.

Durante unos segundos, como el plebeyo en el trono del rey, saboreó con orgullo la situación. Y entonces, mientras el sacerdote empezaba a murmurar convencionales consejos, se dio cuenta de que, al negar heroicamente haber dicho mentiras, había cometido un pecado terrible: había mentido bajo confesión.

Obedeciendo automáticamente al padre Schwartz, que le pedía que se arrepintiera de sus pecados, empezó a rezar en voz alta sin darse mucha cuenta de lo que decía:

—Señor mío y Dios mío, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido...

Tenía que arreglar aquello inmediatamente: era un pecado grave; pero, mientras sus labios se cerraban tras las últimas palabras de la oración, se oyó un golpe sordo. La rejilla del confesionario también se había cerrado.

Un instante después, a la luz del crepúsculo, el alivio de salir de la iglesia bochornosa y respirar el aire libre del mundo de trigo y cielo aplazó la plena conciencia de lo que había hecho. En lugar de preocuparse, aspiró profundamente el aire vigorizante y repetió entre dientes una y otra vez las palabras «¡Blatchford Sarnemington!

¡Blatchford Sarnemington!».

Blatchford Sarnemington era él mismo, y aquellas palabras eran como un poema o una canción. Cuando se convertía en Blatchford Sarnemington emanaba de él una amable nobleza. Blatchford Sarnemington vivía de triunfo en triunfo, triunfos extraordinarios y dramáticos. Cuando Rudolph entornaba los ojos significaba que Blatchford se había apoderado de él, y a su paso se oían murmullos de envidia: «¡Blatchford Sarnemington! ¡Por ahí va Blatchford Sarnemington!».

Ahora, por un instante, era Blatchford, mientras volvía a casa por el camino lleno de baches, pero cuando el camino se cubrió de asfalto y se convirtió en la calle principal de Ludwig, la euforia de Rudolph se desvaneció: tenía la cabeza fría, le horrorizaba su mentira. Dios, por supuesto, ya la conocía. Pero Rudolph se reservaba un rincón de su mente donde estaba a salvo de Dios, donde planeaba los subterfugios con los que a menudo engañaba a Dios. Escondido en aquel rincón, ahora reflexionaba sobre la mejor manera de evitar las consecuencias de su mentira.

Tenía que arreglárselas como fuera para no comulgar al día siguiente. Era demasiado grande el riesgo de ofender a Dios hasta tal punto. Podría beber agua por descuido a la mañana siguiente, y así, de acuerdo con las leyes de la Iglesia, no podría comulgar aquel día. A pesar de su poca consistencia, éste fue el subterfugio más factible que se le ocurrió. Tras reconocer los riesgos que implicaba, se estaba concentrando en la mejor manera de llevarlo a la práctica, cuando dobló la esquina de la tienda de Romberg y apareció la casa de su padre.