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Érase una vez un sacerdote de ojos fríos y húmedos que, en el silencio de la noche, derramaba frías lágrimas. Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas y era incapaz de conseguir una absoluta unión mística con Nuestro Señor. A veces, hacia las cuatro, bajo su ventana, se oía un rumor de chicas suecas en el sendero, y en sus risas estridentes descubría una terrible disonancia que lo empujaba a rezar en voz alta para que cayera pronto la tarde. Al atardecer las risas y las voces se apaciguaban, pero más de una vez había pasado por la tienda de Romberg cuando ya era casi de noche y las luces amarillas brillaban en el interior y resplandecían los grifos de níquel del agua de Seltz, y el perfume en el aire del jabón de tocador barato le había parecido desesperadamente dulce. Pasaba por allí cuando volvía de confesar a los fieles los sábados por la tarde, hasta que tomó la precaución de cruzar a la otra acera de la calle, para que el perfume del jabón se disolviera en el aire, flotando como incienso hacia la luna de verano, antes de llegarle a la nariz.

Pero era imposible eludir la vehemente locura de las cuatro de la tarde. Desde la ventana, hasta donde alcanzaba a ver, el trigo de Dakota cubría el valle del río Rojo.

Era terrible la visión del trigo, y el dibujo de la alfombra, a la que, angustiado, bajaba los ojos, transportaba su imaginación melancólica a través de laberintos grotescos, siempre abiertos al sol inevitable.

Una tarde, cuando había llegado al punto en que la mente se para como un reloj viejo, el ama de llaves acompañó a su estudio a un hermoso y perspicaz chico de once años llamado Rudolph Miller. El chiquillo se sentó en una mancha de sol, y el sacerdote, en su escritorio de nogal, fingió estar muy ocupado: quería disimular el alivio de que alguien entrara en su habitación embrujada.

Cuando se volvió, se sorprendió al clavar la vista en aquellos dos ojos enormes, un poco separados, iluminados por chispas de luz color cobalto. Aquella mirada lo asustó al principio, pero enseguida se dio cuenta de que su visitante tenía miedo, un miedo abyecto.

—Te tiemblan los labios —dijo el padre Schwartz con voz cansada.

El niño se tapó con la mano la boca temblorosa.

—¿Te ha pasado algo? —preguntó el padre Schwartz con brusquedad—. Quítate la mano de la boca y cuéntame qué te pasa.

El chico —el padre Schwartz lo reconoció entonces: era el hijo de uno de sus feligreses, el señor Miller, el transportista— se quitó de mala gana la mano de la boca y empezó a hablar, con un murmullo desesperado.

—Padre Schwartz, he cometido un pecado terrible.

—¿ Un pecado contra la pureza?

—No, padre... Peor.

El padre Schwartz se estremeció visiblemente.

—¿Has matado a alguien?

—No, pero tengo miedo de que... —la voz subió hasta convertirse en un gemido agudo.

—¿Quieres confesarte?

El niño, apesadumbrado, negó con la cabeza. El padre Schwartz se aclaró la garganta para que la voz sonara dulce cuando dijera algo agradable y consolador. En aquel instante debía olvidar su propio dolor e intentar actuar como Dios. Repitió mentalmente una jaculatoria, esperando que, en correspondencia, Dios lo ayudara a comportarse como debía.

—Cuéntame lo que has hecho —dijo con su nueva y dulce voz.

El niño lo miró a través de las lágrimas, reconfortado por la impresión de flexibilidad moral que había conseguido transmitirle el turbado sacerdote. Poniéndose, cuanto era capaz, en manos de aquel hombre, Rudolph Miller empezó a contar su historia.

—El sábado, hace tres días, mi padre me dijo que tenía que confesarme porque llevaba un mes sin hacerlo, y mi familia se confiesa todas las semanas, y yo no me había confesado. Pero yo no fui a confesarme, me daba lo mismo. Lo dejé para después de cenar porque estaba jugando con mis amigos, y mi padre me preguntó si había ido, y le dije que no, y me cogió por el cuello y me dijo que fuera inmediatamente, y yo le dije que muy bien, y fui a la iglesia. Y mi padre me gritó: «No vuelvas hasta que no te hayas confesado»...

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