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Sueños de invierno.    Francis Scott Fitzgerald
Capítulo 1.
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Algunos de los caddies del campo de golf eran más pobres que las ratas y vivían en casas de una sola habitación con una vaca neurasténica en el patio, pero el padre de Dexter Green era el dueño de la segunda droguería de Black Bear —la mejor era El Cubo, que contaba entre sus clientes a los más ricos de Sherry Island—, y Dexter era caddie sólo por ganar algún dinero para sus gastos.

En otoño, cuando los días se volvían crudos y grises, y el largo invierno de Minnesota caía como la blanca tapadera de una caja, los esquís de Dexter se deslizaban sobre la nieve que ocultaba las calles del campo de golf. En días así el campo le producía una sensación de profunda melancolía: le dolía que los campos se vieran condenados al abandono, invadidos durante la larga estación por gorriones harapientos. Y era triste que en los tees, donde en verano ondeaban los alegres colores de las banderolas, sólo hubiera ahora desolados cajones de arena medio incrustados en el hielo. Cuando Dexter cruzaba las colinas el viento soplaba helado como la desdicha, y, si brillaba el sol, Dexter caminaba y entrecerraba los ojos frente a aquel resplandor duro y desmesurado.

En abril el invierno acababa de repente. La nieve se derretía y fluía hacia el lago Black Bear, sin esperar apenas a que los primeros jugadores de golf desafiaran a la estación con pelotas rojas y negras. Sin alegría, sin un instante intermedio de húmeda gloria, el frío se iba.

Dexter adivinaba algo lúgubre en aquella primavera nórdica, como intuía en el otoño algo maravilloso. El otoño lo obligaba a frotarse las manos, a tiritar, a repetirse a sí mismo frases estúpidas, a dirigir bruscos y enérgicos ademanes de mando a públicos y ejércitos imaginarios. Octubre lo colmaba de esperanzas que noviembre elevaba a una especie de éxtasis y triunfo, y, en aquel estado de ánimo, se alimentaba de las efímeras y brillantes impresiones del verano en Sherry Island. Conquistaba el campeonato de golf y derrotaba al señor T. A. Hedrick en una magnífica partida jugada cien veces en los campos de golf de su imaginación, una partida de la que Dexter cambiaba los detalles sin cansarse nunca: a veces vencía con una facilidad casi ridicula, a veces remontaba una desventaja extraordinaria. Y, apeándose de un automóvil Pierce-Arrow, como el señor Mortimer Jones, entraba glacialmente en los salones del Club de Golf de Sherry Island, o quizá, rodeado por una multitud de admiradores, ofrecía una exhibición de fantásticos saltos de trampolín en la piscina del club. Entre quienes lo miraban boquiabiertos y maravillados estaba el señor Mortimer Jones.

Y sucedió un buen día que el señor Jones —el mismísimo señor Jones y no su sombra— se acercó a Dexter con lágrimas en los ojos y le dijo que Dexter era, maldita sea, el mejor caddie del club, y seguro que no le importaba seguir siéndolo si el señor Jones le pagaba como se merecía, porque todos los caddies del club, sin excepción, maldita sea, le perdían una pelota en cada agujero.

—No, señor —respondió Dexter con decisión—. No quiero seguir siendo caddie —y añadió tras un instante de silencio—: Ya soy demasiado mayor.

—Sólo tienes catorce años. ¿Por qué diablos has decidido precisamente esta mañana que te quieres ir? Habías prometido que la semana próxima me acompañarías al torneo del Estado.

—He pensado que ya soy demasiado mayor.

Dexter devolvió su insignia de caddie de primera categoría, recibió del jefe de caddies el dinero que le debían y regresó andando a su casa, en Black Bear.

—¡El mejor caddie que he visto en mi vida, maldita sea! —gritaba aquella tarde el señor Mortimer Jones mientras se tomaba una copa—. Jamás perdía una pelota!

¡Voluntarioso! ¡Inteligente! ¡Tranquilo! ¡Honrado! ¡Agradecido!

La responsable de todo era una chica de once años: era maravillosamente fea, como suelen serlo todas las chiquillas destinadas a ser, pocos años después, indeciblemente bellas, y a causar desdichas sin fin a un número incontable de hombres. Pero la chispa ya era perceptible. Había algo pecaminoso en el modo en que descendían las comisuras de sus labios cuando sonreía, y —¡Dios nos asista!— en el brillo, casi apasionado, de sus ojos. La vitalidad nace antes en este tipo de mujeres. Ya era evidente: fulguraba a través de su cuerpo delgado como una especie de resplandor.

Había llegado impaciente al campo a las nueve con una niñera de uniforme blanco y cinco pequeños bastones de golf en una bolsa de lona blanca que llevaba la niñera.

Dexter la vio por primera vez cerca del vestuario de los caddies; estaba nerviosa e intentaba disimularlo manteniendo con la niñera una conversación evidentemente poco espontánea, que aderezaba con muecas sorprendentes que no venían a cuento.

—Bueno, hace un día verdaderamente espléndido, Hilda —la oyó decir Dexter.

Descendieron las comisuras de sus labios, sonrió, miró furtivamente a su alrededor, y la mirada, de paso, se detuvo un instante en Dexter.

Entonces dijo a la niñera:

—Bueno, me temo que no hay mucha gente esta mañana.

Y volvió a sonreír: la misma sonrisa, radiante, descaradamente artificial, convincente.

—No sé qué vamos a hacer —dijo la niñera sin mirar hacia ningún sitio en particular.

—Ah, no te preocupes. Ya decidiré yo.

Dexter permanecía absolutamente inmóvil, con la boca entreabierta. Sabía que si daba un paso adelante ella se daría cuenta de cómo la miraba, y si retrocedía dejaría de verle la cara. No se había dado cuenta inmediatamente de lo joven que era la chica. Ahora se acordaba de que la había visto varias veces el año anterior: llevaba pantalones.

De pronto, sin querer, Dexter se rió —una risa breve y brusca—, y luego, sorprendiéndose a sí mismo, dio media vuelta y empezó a alejarse de prisa.

—¡Chico!

Dexter se detuvo.

—¡Chico!

No había duda: lo estaba llamando. Y no era sólo eso: le dedicaba aquella absurda sonrisa, aquella sonrisa insensata que muchos hombres recordarían cuando dejaran de ser jóvenes.

—Chico, ¿sabes dónde está el profesor de golf?

—Está dando clase.

—¿Sabes dónde está el caddie mayor?

—No ha venido esta mañana.

—Ah —aquella noticia pareció desconcertarla. Se apoyaba alternativamente en el pie derecho y en el pie izquierdo.

—Nos gustaría conseguir un caddie —dijo la niñera—. La señora de Mortimer Jones nos ha mandado a jugar al golf, y no sabemos cómo vamos a jugar si no encontramos un caddie.

La interrumpió una mirada ominosa de la señorita Jones, a la que siguió inmediatamente una sonrisa.

—El único caddie que hay soy yo —dijo Dexter a la niñera—, y no puedo moverme de aquí hasta que no vuelva el jefe.

—Ah.

La señorita Jones y su séquito se alejaron entonces, y, cuando estuvieron a una distancia conveniente de Dexter, se enredaron en una acalorada conversación que terminó cuando la señorita Jones empuñó uno de los palos de golf y golpeó el suelo con violencia. Para poner más énfasis, volvió a empuñarlo, y estaba a punto de descargarlo sobre el pecho de la niñera, cuando la niñera agarró el palo y se lo quitó de las manos.

—¡Maldito vejestorio asqueroso! —gritó la señorita Jones con rabia.

Se desató una nueva discusión. Dexter, que apreciaba los aspectos cómicos de la escena, estuvo varias veces a punto de echarse a reír, pero aguantó las carcajadas antes de que llegaran a ser audibles No podía resistirse al convencimiento monstruoso de que la chiquilla tenía motivos para pegarle a la niñera.

La aparición fortuita del caddie mayor resolvió la situación: la niñera lo llamó inmediatamente.

—La señorita Jones necesita un caddie, y ese muchacho dice que no puede acompañarnos.

—El señor McKenna me dijo que esperara aquí hasta que usted llegara —se apresuró a decir Dexter.

—Pues ya ha llegado —la señorita Jones sonrió alegremente al jefe de los caddies, dejó caer la bolsa y se dirigió con pasos remilgados y arrogantes hacia el primer tee.

—¿Y bien? —el jefe de los caddies se volvió hacia Dexter—. ¿Qué haces ahí parado como un maniquí? Coge los palos de la señorita.

—Me parece que hoy no voy a trabajar.

—¿Cómo?

—Creo que voy a dejar el trabajo.

La enormidad de la decisión lo asustó. Era uno de los caddies preferidos por los jugadores, y en ningún otro sitio de la zona del lago conseguiría los treinta dólares mensuales que ganaba durante el verano. Pero había sufrido un choque emocional demasiado fuerte, y estaba tan perturbado que necesitaba desahogarse violenta e inmediatamente.

Y había algo más. Como tantas veces ocurriría en el futuro, Dexter se había dejado llevar inconscientemente por sus sueños de invierno.

 
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