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Sueños de invierno.    Francis Scott Fitzgerald
Capítulo 3.
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La tarde siguiente, mientras esperaba a que Judy bajara, Dexter imaginó el porche, la galena y el gran recibidor invadidos por todos los hombres que habían querido a Judy Jones. Sabía qué tipo de hombres eran: los mismos que, cuando empezó a ir a la universidad, habían llegado de los grandes colegios privados con trajes elegantes y el bronceado profundo de los veranos saludables. Se había dado cuenta de que, en cierto sentido, él era mejor que aquellos hombres. Era más nuevo, más fuerte.

Aunque se confesara a sí mismo que deseaba que sus hijos fueran como ellos, reconocía que él era el sólido material en bruto del que ellos surgirían eternamente.

Cuando le llegó el momento de vestir buenos trajes, sabía quiénes eran los mejores sastres de Estados Unidos, y los mejores sastres de Estados Unidos habían hecho el traje que llevaba aquella tarde. Había adquirido esa escrupulosa circunspección típica de su universidad, que tanto la distinguía de las demás universidades. Se daba cuenta de la importancia de aquel peculiar amaneramiento y lo había hecho suyo; sabía que el descuido en las maneras y el vestir exigía mayor confianza en uno mismo que el ser cuidadoso. Sus hijos podrían permitirse ser descuidados. El apellido de su madre había sido Krimslich. Era una campesina de Bohemia que sólo había chapurreado el inglés hasta el fin de sus días. Su hijo debía atenerse a inflexibles modelos de comportamiento.

Judy Jones bajó poco después de las siete. Llevaba un sencillo vestido de seda azul, y Dexter se sintió desilusionado porque no se hubiera puesto algo más elegante. Esta sensación se acentuó cuando, después de un breve saludo, Judy se acercó a la puerta de la cocina y, abriéndola, dijo: «Puedes servir la cena, Martha». Dexter esperaba que un mayordomo anunciara la cena, que hubieran tomado un cóctel. Pero olvidó estas reflexiones cuando se sentaron en un sofá y se miraron.

—Papá y mamá no están en casa —dijo, pensativa.

Dexter recordaba la última vez que había visto al padre de Judy, y se alegraba de que los padres no estuvieran en casa aquella noche: se hubieran preguntado quién era aquel Dexter. Había nacido en Keeble, una aldea de Minnesota ochenta kilómetros más al norte, y siempre decía que había vivido en Keeble, y no en Black Bear. Los pueblos del interior quedaban muy bien como lugar de procedencia, siempre que no fueran demasiado conocidos y usados como apeadero próximo a algún lago de moda.

Hablaron de la universidad donde Dexter había estudiado, y que Judy había visitado con frecuencia durante los dos últimos años; y hablaron de la ciudad vecina, que abastecía a Sherry Island de clientes, y donde al día siguiente esperaban a Dexter sus prósperas lavanderías.

Durante la cena Judy fue cayendo en una especie de abatimiento que le hacía sentirse incómodo. Le molestaban las impertinencias que Judy soltaba con su voz ronca. Y, aunque Judy sonriera —a él, a un higadillo de pollo, a nada—, lo turbaba que aquella sonrisa no hundiera sus raíces en la alegría, o, por lo menos, en algún instante de diversión. Cuando las comisuras escarlata de sus labios se curvaban hacia abajo, era menos una sonrisa que una invitación a los besos.

Después de la cena, lo llevó a la galería en penumbra y deliberadamente cambió la atmósfera.

—¿Te importa que llore un poco? —dijo.

—Temo que te estoy aburriendo —respondió Dexter.

—No. Me caes simpático. Pero ha sido una tarde terrible. Me interesaba un hombre, y esta tarde me ha dicho de buenas a primeras que es pobre como una rata. Antes ni siquiera me lo había insinuado. ¿No te parece horriblemente vulgar?

—Le daría miedo decírtelo.

—Eso me figuro —contestó—. No lo hizo bien desde el principio. Mira, si yo hubiera sabido que era pobre... He perdido la cabeza por montones de hombres pobres y siempre he tenido la intención de casarme con ellos. Pero, en este caso, no se me había ocurrido una cosa así, y mi interés no era tan fuerte como para sobrevivir al golpe. Es como si una chica le dijera tranquilamente a su chico que era viuda. No es que el chico tuviera nada contra las viudas, pero... Vamos a empezar bien las cosas —se interrumpió de pronto—. ¿Tú qué eres?

Dexter titubeó un instante. Luego dijo:

—No soy nadie. Mi carrera es, en gran medida, cuestión de futuro.

—¿Eres pobre?

—No —dijo francamente—. Posiblemente estoy ganando más dinero que cualquiera de mi edad en el Noroeste. Sé que es una afirmación despreciable, pero me has aconsejado que empiece bien las cosas.

Callaron un instante. Luego Judy sonrió y las comisuras de sus labios se curvaron y un balanceo casi imperceptible la acercó a Dexter. Lo miraba a los ojos. Dexter sentía un nudo en la garganta y esperó, aguantando la respiración, el experimento: probar el compuesto imprevisible formado misteriosamente con los elementos de los labios de Judy. Y lo probó. Judy le transmitía su excitación, pródigamente, profundamente, con besos que no eran una promesa, sino un cumplimiento. No le provocaban una ansiosa necesidad de renovarlos, sino una saciedad que exigía más saciedad: besos que, como la caridad, producían deseo porque no obtenían nada a cambio.

No necesitó muchas horas para admitir que deseaba a Judy Jones desde que era un chiquillo orgulloso y ambicioso.

 
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