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Sueños de invierno.    Francis Scott Fitzgerald
Capítulo 2.
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Con el tiempo, como es natural, variaron las características y la intensidad de aquellos sueños invernales, pero no cambió su esencia. Algunos años más tarde, los sueños convencieron a Dexter para que renunciara a un curso de Economía en la universidad del Estado su padre, que había prosperado, le habría pagado los estudios—, a cambio de la dudosa ventaja de estudiar en una universidad del Este, más antigua y famosa, donde pasó verdaderos apuros con el dinero. Pero no hay que ceder a la impresión de que, puesto que sus primeros sueños invernales solían girar en torno a los ricos, el muchacho era un vulgar caso de esnobismo. No deseaba relacionarse con cosas fulgurantes y personas fulgurantes: deseaba el fulgor. A menudo perseguía lo mejor sin saber por qué, y a veces tropezaba con las misteriosas negativas y prohibiciones que la vida se permite. De una de aquellas negativas, y no de la carrera de Dexter, trata esta historia.

Ganó dinero: de un modo asombroso. Cuando terminó los estudios universitarios, se fue a la ciudad de donde procedían los ricos clientes del lago Black Bear. Sólo tenía veintitrés años y sólo llevaba en la ciudad dos, y ya les gustaba decir a algunos: «Este chico sí que vale». A su alrededor los hijos de los ricos jugaban a la bolsa precariamente, o invertían precariamente sus patrimonios, o perseveraban en los innumerables volúmenes del Curso Comercial George Washington, pero Dexter, con el aval de su título universitario y de su labia segura de sí misma, consiguió un préstamo de mil dólares y compró una participación en una lavandería.

Era una lavandería pequeña cuando entró en el negocio, pero Dexter se especializó en aprender cómo los ingleses lavaban los calcetines de golf sin que encogieran, y un año después ofrecía sus servicios a los usuarios de prendas deportivas. Los hombres exigían que llevaran sus calcetines y jerséis de lana a la lavandería de Dexter, como habían exigido un caddie capaz de encontrar las pelotas. Y no tardó mucho en ocuparse también de la lencería de sus mujeres y abrir cinco sucursales en diferentes puntos de la ciudad. Antes de cumplir veintisiete años poseía la más importante cadena de lavanderías de la región. Fue entonces cuando lo vendió todo y se fue a Nueva York. Pero la parte de la historia que nos interesa se remonta a los días en que Dexter logró su primer gran éxito.

Cuando tenía veintitrés años, el señor Hart —uno de aquellos señores de pelo cano a quienes gustaba decir: «Este chico sí que vale»— lo invitó a pasar un fin de semana en el Club de Golf de Sherry Island. Así que una mañana estampó su firma en el registro y pasó la tarde jugando al golf por parejas con los señores Hart, Sandwood y T A. Hedrick. No le pareció necesario comentar que una vez, en aquel mismo campo de golf, le había llevado los palos al señor Hart, y nue conocía cada dificultad y cada pendiente con los ojos cerrados, pero se sorprendió observando de reojo a los cuatro caddies que los seguían, intentando descubrir una mirada o un gesto que le recordara a sí mismo y disminuyera el vacío que se extendía entre el presente y el pasado.

Fue un día raro, salpicado de impresiones inesperadas, huidizas, familiares. De pronto tenía la sensación de ser un intruso, y, apenas unos segundos después, se sentía infinitamente superior al aburrido señor T. A. Hedrick, que además no sabía jugar al golf.

Entonces el señor Hart perdió una pelota cerca del green número diecisiete y sucedió algo extraordinario. Mientras buscaban entre la hierba áspera del rough, oyeron gritar con claridad, desde una colina a sus espaldas: «¡Cuidado!». Y cuando, interrumpiendo bruscamente la búsqueda, los cuatro se volvían, salió disparada de la colina una pelota nueva y reluciente que golpeó al señor T. A. Hedrick en el abdomen.

—¡Dios santo! —gritó el señor T. A. Hedrick—. ¡Deberían expulsar a todas esas locas del campo! Es una vergüenza.

Una cabeza y una voz surgieron en la colina.

—¿Les importa que continuemos?

—¡Me ha golpeado en el estómago! —protestó el señor Hedrick, furioso.

—¿De verdad? —la joven se acercó al grupo—. Lo siento. He gritado «Cuidado».

Fue mirando, con indiferencia, a cada uno de los hombres. Luego escudriñó la calle, buscando la pelota.

—¿Ha caído entre malas hierbas?

Era imposible saber si la pregunta era ingenua o maliciosa. Pero inmediatamente la joven resolvió todas las dudas, porque, al aparecer su compañera de juego en la colina, gritó alegremente:

—¡Estoy aquí! Iba directa al green si no hubiera tropezado con algo.

Mientras la joven se disponía a golpear la pelota con el hierro número cinco, Dexter la miró con atención. Llevaba un vestido de algodón azul, con un ribete blanco en el cuello y en las mangas cortas que acentuaba su bronceado. Ya no existía aquel rasgo de exageración, de delgadez, que a los once años volvía absurdos los ojos apasionados y la curva descendente de los labios. Era impresionantemente bella. El color de las mejillas era perfecto, como el color de un cuadro: no un color subido, sino una especie de calidez flucruante y febril, un color tan esfumado que se diría que en cualquier momento iba a disminuir, a desaparecer. Este color y la movilidad de la boca daban una sensación incesante de cambio continuo, de vida intensa, de apasionada vitalidad, equilibrada sólo en parte por el fulgor triste de los ojos.

Impaciente, sin interés, blandió el hierro número cinco y lanzó la pelota a la fosa de arena, más allá del green. Y, con una sonrisa rápida y falsa y un despreocupado «Gracias», la siguió.

—¡Esta Judy Jones! —observó el señor Hedrick en el siguiente tee, mientras esperaban a que la joven se alejara—. Lo único que necesita es que le estén dando azotazos en el culo seis meses y luego la casen con un capitán de caballería de los de antes.

—Dios mío, ¡es guapísima! —dijo el señor Sandwood, que apenas tenía treinta años.

—¡Guapísima! —exclamó el señor Hedrick con desprecio—. ¡Parece como si siempre estuviera deseando que la besaran, encandilando con ojos de vaca a cualquier ternero de la ciudad!

Era dudoso que el señor Hedrick se refiriera al instinto maternal.

—Si se lo propusiera, jugaría muy bien al golf—dijo el señor Sandwood.

—No tiene estilo —dijo el señor Hedrick solemnemente.

—Tiene un tipo precioso —dijo el señor Sandwood.

—Agradezcámosle a Dios que no golpee la pelota con más fuerza —dijo el señor Hart, guiñándole un ojo a Dexter.

Aquella tarde el sol se puso entre un bullicioso torbellino de oro y azules y escarlatas, y le sucedió la seca, susurrante noche de los veranos occidentales. Dexter miraba desde la terraza del club de golf, miraba cómo la brisa rizaba las aguas, melaza de plata bajo la luna llena. Y entonces la luna se llevó un dedo a los labios y el lago se transformó en una piscina clara, pálida y tranquila. Dexter se puso el bañador y nadó hasta el trampolín más lejano, y allí se tendió, goteando, sobre la lona mojada de la palanca.

Saltaba un pez y una estrella brillaba y resplandecían las luces alrededor del lago.

Lejos, en una oscura península, un piano tocaba las canciones del último verano y de los veranos recientes, canciones de comedias musicales como Chin-chin, El conde de Luxemburgo y El soldado de chocolate, y, porque el sonido de un piano resonando en una superficie de agua siempre le había parecido maravilloso, Dexter permaneció absolutamente inmóvil, a la escucha.

La melodía que el piano estaba tocando había sido alegre y nueva cinco años antes, cuando Dexter estudiaba segundo curso en la universidad. La habían tocado una vez en uno de los bailes que organizaban en el gimnasio, cuando no podía permitirse el lujo de los bailes, y se había quedado fuera de la fiesta, oyendo. La melodía le provocaba una especie de éxtasis, y en aquel éxtasis veía lo que le estaba sucediendo en aquel instante: era un estado de percepción intensísima, la sensación de hallarse, por una vez, en extraordinaria armonía con la vida, la sensación de que todo irradiaba a su alrededor una claridad y un esplendor que jamás volvería a conocer.

Una forma baja, alargada, pálida, surgió de repente de la oscuridad de la isla, escupiendo el reverberante sonido del motor de una lancha de carreras. Tras la barca se desplegaron dos serpentinas blancas de agua hendida y, casi al instante, la barca estuvo junto a él, sofocando los cálidos acordes del piano con el zumbido monótono de su espuma. Dexter se levantó un poco, apoyándose en los brazos, y vislumbró una figura en el timón, dos ojos oscuros que lo miraban por encima de la superficie, cada vez más extensa, de agua. La lancha se había alejado y trazaba un inmenso e inútil círculo de espuma en el centro del lago. Apartándose uniformemente del centro, uno de los círculos se dilató, dirigiéndose hacia el trampolín.

—¿Quién está ahí? —gritó una joven, apagando el motor. Estaba tan cerca ahora, que Dexter podía adivinar un bañador rosa.

La proa de la lancha chocó contra el trampolín, que se inclinó peligrosamente: Dexter se precipitó hacia la muchacha. Se reconocieron, con diferente grado de interés.

—¿No eres uno de los que jugaban al golf esta tarde? —le preguntó.

Lo era.

—Bueno, ¿sabes pilotar una lancha? Es que me gustaría coger la tabla de surf. Soy Judy Jones —le dedicó una absurda sonrisa o, mejor, lo que intentaba ser una sonrisa: con la boca exageradamente torcida, no era grotesca, sino simplemente bella—, y vivo en una casa en la Isla, y en esa casa me está esperando un hombre. En cuanto su coche ha llegado a la puerta, he cogido la lancha y me he ido, porque dice que soy su mujer ideal.

Saltaba un pez y una estrella brillaba y resplandecían las luces alrededor del lago.

Dexter se sentó junto a Judy Jones, que le explicó cómo se conducía la lancha. Y al poco estaba Judy en el agua, nadando hacia la tabla de surf con un sinuoso estilo crol. Los ojos no se cansaban de mirarla: era como mirar una rama que tiembla al viento o una gaviota que vuela. Sus brazos, bronceados, color de aceite de nueces, se movían sinuosamente entre las ondas de platino apagado, el codo aparecía primero al echar hacia atrás el antebrazo con un ritmo de agua que cae, extendiéndose y recogiéndose, como sables que fueran abriendo camino.

Se dirigieron al centro del lago; volviéndose, Dexter vio que se había arrodillado en la parte posterior de la tabla inclinada.

—Acelera —grito—, acelera todo lo que puedas.

Dexter, obediente, movió la palanca y la espuma alcanzó la altura de la proa.

Cuando volvió a mirarla, la chica estaba de pie sobre la tabla en movimiento, a la máxima velocidad, con los brazos extendidos al aire, mirando a la luna.

—¡Qué frío más espantoso! —gritó—. ¿Cómo te llamas?

Se lo dijo.

—Bueno, ¿por qué no vienes a cenar mañana?

El corazón de Dexter giró como el volante de la lancha y, por segunda vez, un capricho de Judy cambió el rumbo de su vida.

 
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