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El Maestro y Margarita.  Mijaíl Bulgákov
Capítulo 9. Cosas de Koróviev
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Nikanor Ivánovich Bosói, presidente de la Comunidad de Vecinos del inmueble número 302 bis, de la moscovita calle Sadóvaya —donde viviera el difunto Berlioz—, estaba bastante ocupado desde la noche anterior, es decir, desde la noche del miércoles al jueves.

Como ya sabemos, a medianoche se había presentado en su casa una comisión (en la que se encontraba Zheldibin), que lo despertó para comunicarle la muerte de Berlioz y para que les acompañara al apartamento número 50, donde fueron cuidadosamente sellados los manuscritos y objetos personales del difunto.

En el piso no encontraron ni a Grunia, la sirvienta, ni al frívolo Stepán Bogdánovich. Los de la comisión explicaron a Nikanor Ivánovich que se llevarían los apuntes y manuscritos del difunto para efectuar un análisis, y que la parte del piso que habitaba Berlioz, o sea, las tres habitaciones (despacho, cuarto de estar y comedor, que pertenecieron a la joyera), pasaría a disposición de la Comunidad de Vecinos. Los objetos personales tendrían que quedar depositados hasta que aparecieran los herederos.

La noticia de la muerte de Berlioz corrió por la casa a un ritmo sorprendente, y desde las siete de la mañana del jueves Bosói no dejó de recibir llamadas telefónicas y visitas de los aspirantes a la vivienda del difunto. A las dos horas, Nikanor Ivánovich había recibido ya treinta y dos solicitudes.

Solicitudes que contenían súplicas, amenazas, líos, denuncias, promesas de hacer obra en la casa por propia cuenta, alusiones a estar viviendo en una estrechez insoportable; incluso referencias a la imposibilidad de continuar conviviendo con bandidos. Había también una descripción, impresionante por su fuerza plástica, del robo de unos ravioles, expresamente colocados en el bolsillo de una chaqueta; esto había sucedido en el apartamento número 31. Y también había dos promesas de acabar con la propia vida, de suicidarse, y una confesión de embarazo secreto.

Nikanor Ivánovich tenía que salir a menudo al vestíbulo de su piso. Le cogían por un brazo, le susurraban algo al oído y le prometían que no olvidarían la deuda.

Hasta la una de la tarde duró el suplicio. Entonces Nikanor Ivánovich trató sencillamente de escapar, para lo que salió de su casa en dirección a la oficina que estaba situada junto a la verja del inmueble. Pero el asedio no cesó y también tuvo que huir de allí. Aunque con bastante dificultad, consiguió despistar a los que le perseguían entrando por el patio asfaltado, y por fin desapareció en el sexto portal, donde, en el quinto piso, se encontraba el maldito apartamento número 50.

Nikanor Ivánovich, que era algo grueso, tuvo que pararse en el descansillo de la escalera para recobrar la respiración. Después llamó al timbre de la puerta del apartamento, pero nadie abría. Irritado y gruñendo en voz baja, llamó una y otra vez, pero sin resultado. Harto de esperar, sacó del bolsillo un manojo de llaves que pertenecía a la administración, abrió la puerta con mano autoritaria y entró en la casa.

—¡Oye, muchacha! —gritó Nikanor Ivánovich una vez en el vestíbulo, que estaba semi a oscuras—. ¡Grunia, o como te llames! ¿Dónde estás?

Nikanor Ivánovich sacó de la cartera una cinta métrica, quitó el lacre de la puerta del despacho y dio un paso hacia adentro. Sí, un paso sí que lo dio, pero no llegó a dar más, porque el asombro le detuvo en la puerta; hasta se estremeció.

Sentado junto a la mesa del difunto estaba un ciudadano largo y flaco, con una chaqueta a cuadros, gorrita de jockey e impertinentes; en una palabra: nuestro amigo de siempre.

—¿Quién es usted, ciudadano? —preguntó Nikanor Ivánovich asustado.

—¡Vaya! ¡Nikanor Ivánovich! —gritó el inesperado ocupante, con voz aguda y tintineante, y levantándose de un salto saludó al presidente con un respetuoso y forzado apretón de manos. A Nikanor Ivánovich no le calmó aquel saludo lo más mínimo.

—Perdone —habló con cierta sospecha—. ¿Quién es usted? ¿Es usted una personalidad oficial?

—¡Ay, Nikanor Ivánovich! —exclamó cordialmente el desconocido—. Personalidad oficial o no oficial, ¿qué más da? Todo es relativo. Depende del punto de vista desde el que se enfoque la cuestión. Sí, sí, depende de las circunstancias. Hoy puede que no sea una personalidad oficial, pero mañana, ¿quién sabe?, puedo serlo perfectamente. También sucede al revés, ¡y tan a menudo, además!

Naturalmente, estos razonamientos no sirvieron para tranquilizar al presidente de la comunidad de vecinos, el cual, desconfiado por naturaleza, dedujo de las divagaciones del ciudadano que no era una personalidad oficial y que, probablemente, sería un don Nadie.

—Pero bueno, ¿quién es usted?, ¿cómo se llama? —preguntó en tono severo, avanzando hacia el desconocido.

—Mi apellido —dijo el ciudadano, sin inmutarse lo más mínimo— digamos que es Koróviev. ¿Quiere tomar algo? Pero sin cumplidos, ¿eh?

—¡Oiga usted! —hablaba Nikanor Ivánovich con verdadera indignación—. ¿Pero qué es lo que dice? —es auténticamente desagradable, pero hay que reconocer que Nikanor Ivánovich era un tipo bastante basto—. Está prohibido entrar donde el difunto. ¿Qué hace usted aquí?

—Siéntese, Nikanor Ivánovich —decía sin el menor azoramiento el ciudadano. Y se puso a trajinar de aquí para allá, intentando acomodar al presidente en un sillón. Nikanor Ivánovich, completamente enfurecido, rechazó el sillón.

—¡Que quién es usted, estoy diciendo!

—Permita que me presente, soy el intérprete de una personalidad extranjera que reside en este apartamento —dijo el llamado Koróviev, dando un taconazo con una bota rojiza y sucia.

Nikanor Ivánovich abrió la boca de asombro. La presencia allí de un extranjero y de su intérprete no era para menos. Pidió al intérprete que explicara su situación, lo que éste hizo gustosísimo. El director del Varietés, Stepan Bogdánovich Lijodéyev, había tenido la amabilidad de invitar al artista extranjero, señor Voland, a que residiera en su casa durante los días que estuviera en Moscú para actuar, una semana aproximadamente. Sobre esto, Lijodéyev había escrito a Nikanor Ivánovich el día anterior pidiéndole que inscribiera al extranjero en el registro provisional, mientras él, Lijodéyev, estuviera en Yalta.

—Pues no me ha escrito nada —dijo el presidente sorprendido.

—Mire en su cartera, Nikanor Ivánovich —propuso Koróviev con dulzura.

Encogiéndose de hombros, Nikanor Ivánovich abrió la cartera y descubrió la carta de Lijodéyev.

—¿Pero cómo es posible que lo olvidara? —balbuceaba Nikanor Ivánovich, completamente desconcertado.

—¡Eso pasa a menudo, Nikanor Ivánovich! —cotorreaba Koróviev—. Una distracción, un despiste, agotamiento, tensión alta, querido Nikanor Ivánovich. Sí, eso es cosa corriente.

Yo soy más despistado que nadie. Ya le contaré cosas de mi vida otro día, cuando tomemos una copa, le aseguro que se partirá de risa.

—¿Y cuándo se va Lijodéyev a Yalta?

—¡Si ya se ha ido! —gritaba el intérprete—, ¡ya está en camino! ¡El diablo sabrá por dónde anda ahora! —y agitó los brazos como si fuera un molino de viento.

Nikanor Ivánovich quería ver al extranjero personalmente, pero recibió una rotunda negativa:

—Imposible —dijo el intérprete—. Está ocupadísimo. Amaestrando al gato. Eso sí, si usted quiere puedo enseñarle el gato.

Nikanor Ivánovich se negó. Y el intérprete le hizo una propuesta inesperada: teniendo en cuenta que al extranjero no le gustaba en absoluto vivir en hoteles y estaba acostumbrado a vivir a sus anchas, ¿no podría la comunidad de vecinos alquilarle todo el piso, incluyendo las habitaciones del difunto, durante una semana, es decir, el tiempo que permaneciera en Moscú, cumpliendo su misión?

—Al difunto seguro que le da igual —susurraba Koróviev—, porque no me negará, Nikanor Ivánovich, que el piso ya no lo necesita para nada.

Nikanor Ivánovich estaba algo desconcertado. Alegó que los extranjeros tenían que vivir en el Metropol, no en casas particulares.

—Sí, sí, claro, pero es que éste es muy caprichoso —decía Koróviev en voz baja—, ¡no quiere! No le gustan los hoteles. Estoy de los «inturistas» hasta aquí —se quejaba en tono confidencial señalándose con un dedo el cuello nudoso—. ¡Me tienen harto! Cuando vienen, o se dedican a espiar, como unos hijos de perra, o me dan la lata con sus caprichos: esto está mal, lo otro también. Y para su Comité es un auténtico negocio. El dinero no es problema para él —Koróviev se volvió y le susurró al presidente al oído—: ¡Es millonario!

La proposición era realmente práctica. Esto era innegable. Era una proposición seria, desde luego, pero había algo terriblemente informal en el modo de hablar del individuo, en su modo de vestir y en los ridículos impertinentes que no servían para nada. Al presidente todo esto le producía una desconfianza angustiosa, pero, a pesar de todo, decidió admitir la proposición. La realidad, no declarada, era que la comunidad de vecinos tenía un déficit bastante respetable. Cuando llegara el otoño tenían que comprar petróleo para la calefacción, pero nadie sabía de dónde podrían sacar el dinero necesario. El «inturista» les ayudaría a salir del paso. Nikanor Ivánovich era un hombre práctico y prudente. Antes de decidir le dijo al intérprete que tenía que consultarlo con la Oficina de Turismo Extranjero.

—¡De acuerdo! —exclamó Koróviev—, hay que consultarlo, naturalmente. Ahí hay un teléfono, aclárelo en seguida y ya sabe, que por dinero no tiene que preocuparse —decía llevándole hacia el vestíbulo donde se encontraba el teléfono—. ¡Nadie mejor que él para sacarle dinero! ¡Si viera el chalet que tiene en Niza! Cuando vaya al extranjero el verano que viene, no deje de visitarlo, ¡quedará usted maravillado!

La rapidez con que solucionaron el problema en la Oficina de Turistas sorprendió a Nikanor Ivánovich. No pusieron ninguna dificultad y, por lo visto, ya tenían idea de que el señor Voland pensaba quedarse en el piso de Lijodéyev.

—¡Estupendo! —gritaba Koróviev.

El presidente, sin reponerse aún de su asombro, declaró que la comunidad de vecinos estaba de acuerdo en alquilar al artista Voland el piso número cincuenta por la cantidad de...

—Nikanor Ivánovich vaciló antes de contestar— quinientos rublos diarios.

Koróviev le hizo un guiño y, mirando furtivamente en dirección al dormitorio del que llegaba el rumor de los saltos del pesado gato, dijo con voz ronca:

—Eso serían unos tres mil quinientos a la semana, ¿no?

A Nikanor Ivánovich, que esperaba que el intérprete hubiera dicho algo así como: «pica usted alto, ¿eh?, querido Nikanor Ivánovich», el asombro ya no le cabía en el cuerpo cuando aquél dijo:

—¡Pero hombre, si eso no es dinero! ¡Pida más, que se lo dará! ¡Pida cinco!

Nikanor Ivánovich, ya enteramente trastornado, se encontró sin saber cómo junto a la mesa del muerto, donde Koróviev, con bastante prontitud y habilidad, esbozó dos ejemplares de contrato. Se lanzó al dormitorio y volvió con los contratos firmados ya por el extranjero. El presidente puso también su firma.

Koróviev solicitó que le extendiera un recibo por cinco mil.

—Con letra, con letra, Nikanor Ivánovich... —y diciendo algo que parecía no venir a cuento —eine, zwei, drei— sacó cinco paquetes de billetes nuevos y se los tendió al presidente.

Y después, la operación de contar, amenizada por las bromas y refranes que decía Koróviev: «Quien guarda halla», «El ojo del amo engorda el caballo».

Una vez contado el dinero, Koróviev entregó al presidente el pasaporte del extranjero para su registro provisional. Nikanor Ivánovich guardó el contrato y el dinero en su cartera, e incapaz de contenerse pidió tímidamente un vale.

—¡Qué cosas tiene! —rugió Koróviev—. ¿Cuántos quiere? ¿Doce, quince?

El perplejo presidente explicó que necesitaba sólo dos, uno para él y otro para Pelagia Antónovna, su mujer.

Koróviev sacó inmediatamente una libreta y firmó un vale para dos en la primera fila. Le alargó el vale a Nikanor Ivánovich con la mano izquierda, mientras ponía con la derecha un crujiente y grueso paquete en la mano del presidente. Nikanor Ivánovich echó una mirada al paquete, se puso rojo y lo rechazó con la mano.

—No, no, por favor, eso no está permitido —murmuró él.

—¿Cómo que no? —le decía Koróviev, al oído—. Nosotros no lo hacemos, pero los extranjeros sí. Si no lo acepta se va a ofender, Nikanor Ivánovich, y eso no sería conveniente.

¡Ha hecho usted tanto!...

—Se castiga severamente —articuló el presidente en voz bajísima y mirando en derredor.

—¿Y dónde están los testigos? —le susurró en el otro oído Koróviev—. Dígame, ¿dónde están?

Y entonces, como más tarde explicaba el presidente, sucedió un milagro: ¡el paquete, solito, se metió en su cartera!

El presidente, medio mareado, alteradísimo, se encontró en la escalera. Tenía en la cabeza un tremendo remolino de ideas. Pasaban por su mente el chalet de Niza, el gato amaestrado, la idea de que verdaderamente no hubo testigos y que Pelagia Antónovna se pondría muy contenta con el vale. Eran sensaciones incoherentes, pero agradables. Pero algo le perturbaba en el fondo de su alma, algo parecido a unos pinchazos. Era su conciencia intranquila. Y, ya en la escalera, una idea repentina, como un golpe, le cruzó por la mente. ¿Cómo había entrado el intérprete en el despacho, si la puerta estaba lacrada? ¿Y por qué no se lo había preguntado él mismo? Durante un momento se detuvo mirando fijamente con cara de borrego los peldaños de la escalera, luego decidió mandarlo todo a paseo y no atormentarse más con cuestiones complicadas.

En cuanto el presidente hubo abandonado el apartamento, salió una voz baja del dormitorio:

—No me gusta nada ese Nikanor Ivánovich. Es un fresco, un tunante. ¿No podríamos hacer algo para que no vuelva más?

—Messere, bastaría con una orden suya... —respondió Koróviev, pero con una voz no cascada, sino limpia y sonora.

A los pocos segundos el condenado intérprete entraba en el vestíbulo; marcó un número y se puso a hablar con voz acongojada:

—¡Oiga! Siento que es mi deber poner en su conocimiento que el presidente de la Comunidad de Vecinos de la casa número trescientos dos bis de la Sadóvaya, Nikanor Ivánovich Bosói, se dedica al tráfico de divisas. En su apartamento (el número treinta y cinco), en el tubo de ventilación del retrete, hay cuatrocientos dólares envueltos en papel de periódico. Les habla el inquilino del piso once de dicho inmueble, mi nombre es Timoféi Kvastsovy les ruego no revelen mi identidad, porque temo que dicho presidente se vengaría.

¡Y el muy canalla colgó el auricular!

Lo que pasó después en el piso número cincuenta es algo que desconocemos, pero sí sabemos lo que estaba ocurriendo en el piso de Nikanor Ivánovich. Después de encerrarse en el cuarto de baño, sacó el paquetito de la cartera —el que le encasquetara el intérprete—, se aseguró de que su contenido eran cuatrocientos rublos, lo envolvió en un papel de periódico y lo puso en el tubo de ventilación.

Cinco minutos después, el presidente estaba tranquilamente sentado a la mesa de su pequeño comedor. Su mujer le trajo de la cocina un arenque cuidadosamente partido y cubierto de cebolleta verde. Nikanor Ivánovich se sirvió un vaso de vodka que bebió en seguida, se sirvió otro y se lo tomó y pinchó con el tenedor tres trocitos de arenque... En ese momento sonó el timbre. Pelagia Antónovna traía una cacerola humeante. Con una simple mirada se daba uno perfecta cuenta de que en medio del «borsh» en llamas había algo de lo más apetitoso, un hueso con tuétano. Nikanor Ivánovich tragó saliva y gruñó como un perro:

—¡Que se vayan al cuerno! ¿Es que no me van a dejar ni comer? ¡Que no entre nadie! ¡Di que no estoy! Si vienen a preguntar por el piso, cuéntales que habrá reunión la semana que viene, ¡que me dejen en paz!

Su esposa corrió al vestíbulo y Nikanor Ivánovich, con un cucharón en las manos, empezó a sacar el hueso con una raja a lo largo, en el mismo momento en que entraban en la habitación dos ciudadanos, y con ellos, Pelagia Antónovna, muy pálida. Al verlos, Nikanor Ivánovich palideció. Se levantó.

—¿Dónde está el retrete? —preguntó con aire preocupado uno que llevaba camisa blanca.

Algo golpeó la mesa del comedor y produjo una detonación: era el cucharón que había caído sobre el hule.

—Por aquí, por aquí —dijo rápidamente Pelagia Antónovna.

Los recién llegados la siguieron ligeros al pasillo.

—¿Pero qué pasa? —preguntó en voz baja Nikanor Ivánovich, siguiendo a su vez a los ciudadanos—. En nuestra casa no pueden encontrar nada... Por favor..., me permiten sus documentos...

Uno de ellos le mostró el suyo, sin pararse, mientras que el otro estaba ya en el retrete, encima de una banqueta, buscando con la mano en el tubo de ventilación. Nikanor Ivánovich apenas veía. Descubrieron el paquete, que no contenía rublos, sino unos billetes desconocidos, azules o verdes, con la efigie de un viejo. Nikanor Ivánovich no pudo verlos con claridad; una nube, unas manchas, le cegaban.

—Dólares en la ventilación... —dijo pensativo uno de los ciudadanos, y preguntó a Nikanor Ivánovich con voz suave y amable—: ¿Es suyo este envoltorio?

—¡No! —respondió Nikanor Ivánovich con voz terrible—. ¡Lo han puesto aquí enemigos!

—Sí, eso suele pasar —afirmaba uno, y añadió de nuevo con voz suave—: Bueno, hay que entregar el resto.

—¡No tengo!, ¡les juro que es la primera vez que los veo! —gritó el presidente lleno de desesperación.

Se precipitó hacia la cómoda, abrió nerviosamente un cajón del que sacó su cartera, mientras gritaba incoherente:

—¡Tengo aquí el contrato... Ese sinvergüenza del intérprete... Koróviev..., con impertinentes!

Abrió la cartera, echó una ojeada dentro, metió la mano... y su rostro adquirió una tonalidad azul; la dejó caer en el «borsh». En la cartera no había nada, ni la carta de Stiopa, ni el contrato, ni el pasaporte del extranjero, ni dinero, ni el vale. En una palabra: nada; bueno, sí, allí estaba la cinta métrica.

—¡Camaradas! —gritaba el presidente frenético—. ¡Hay que detenerles! ¡El diablo está en esta casa!

Quién sabe lo que pasó por la cabeza de Pelagia Antónovna, que juntando las manos y con expresión de asombro, gritó:

—¡Confiésalo todo, Nikanor, lo tendrán en cuenta!

Los ojos rojos de ira, Nikanor Ivánovich levantó los puños cerrados sobre la cabeza de su mujer, lanzando un tremendo alarido:

—¡Maldita imbécil!

Después, casi sin fuerzas, se deslizó sobre una silla, decidido probablemente a afrontar lo irremediable.

Y mientras esto sucedía, Timoféi Kondrátievich Kvastsov estaba en el descansillo de la escalera, junto a la puerta del piso del presidente, con el oído o con el ojo pegados al agujero de la cerradura, sin poder dominar su curiosidad.

Cinco minutos después, los inquilinos que estaban en el patio vieron cómo el presidente, acompañado por dos individuos, salía en dirección a la verja de la casa.

Contaban que Nikanor Ivánovich tenía la cara descompuesta, que andaba dando tumbos como si estuviera borracho y que iba murmurando algo entre dientes.

Y una hora más tarde, un ciudadano desconocido entraba en el piso número 11, donde precisamente en ese momento Timoféi Kondrátievich, lleno de satisfacción relataba a otros vecinos cómo se habían llevado al presidente. El desconocido le hizo una seña con el dedo, para que fuera de la cocina al vestíbulo, le dijo algo y desaparecieron los dos.