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El Maestro y Margarita.  Mijaíl Bulgákov
Capítulo 8. Duelo entre el profesor y el poeta
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Precisamente cuando Stiopa perdió el conocimiento en Yalta, lo recobraba Iván Nikoláyevich, despertando de un sueño largo y profundo. Eran cerca de las once y media de la mañana. Iván se preguntaba cómo había ido a parar a aquella habitación de paredes blancas, con una extraña mesilla de noche de metal claro y en la ventana cortinas blancas que filtraban el sol.

Movió la cabeza para convencerse de que no le dolía y recordó que estaba en un sanatorio. Este pensamiento le trajo a la memoria la muerte de Berlioz, pero ahora, por la mañana, ya no le causó tan fuerte impresión. Después de haber dormido, Iván Nikoláyevich estaba más tranquilo y con las ideas más claras. Permaneció inmóvil durante unos instantes en la limpísima y cómoda cama de muelles, y de pronto descubrió a su lado el botón de un timbre. Lo apretó, porque tenía la costumbre de tocar, sin ninguna necesidad de hacerlo, los objetos que estuvieran a su alcance. Esperaba oír el timbre o que apareciera alguien, pero lo que sucedió fue algo muy distinto.

A los pies de la cama se encendió un cilindro mate en el que estaba escrita la palabra «Beber». Empezó a girar hasta que salió la palabra «Empleada». Como es natural, el ingenioso cilindro sorprendió a Iván. Después, el cartel de «Llame al doctor» sustituyó a la palabra «Empleada».

—¡Humm! —profirió Iván sin saber qué hacer con el cilindro. Acertó por mera casualidad. Apretó de nuevo el botón cuando se leía «Practicante». El cilindro le respondió con un timbre discreto. Se apagó la luz y el cilindro se paró. Una mujer algo entrada en carnes penetró en la habitación.

Tenía una fisonomía simpática, llevaba bata blanca y le dijo a Iván:

—¡Buenos días!

A Iván le pareció que aquel saludo estaba fuera de lugar y no contestó. ¡De modo que después de meter en una clínica mental a un hombre cuerdo, hacen como si no hubiera pasado nada! La mujer, sin perder su expresión bondadosa, subió la persiana apretando un botón. La habitación se inundó de sol, que entraba a través de la reja ligera que llegaba hasta el suelo.

Por la reja se veía un balcón, más allá la orilla de un río sinuoso y al otro lado del río un alegre pinar.

—Puede bañarse cuando quiera —le invitó la mujer, y bajo su mano se abrió una pared interior, descubriendo un cuarto de baño completo, perfectamente instalado.

Iván, que había decidido no dirigirle la palabra, no pudo contenerse al ver el ancho chorro de agua que salía por un grifo reluciente y caía en la bañera.

—¡Igual que en el Metropol! ¿No? —dijo con ironía.

—Pues no —contestó la mujer con orgullo—, mucho mejor que allí. Vienen médicos y científicos expresamente para estudiar nuestro sanatorio. Incluso «inturistas» nos visitan todos los días.

¡«Inturistas»! *12. Esta palabra le hizo recordar al consejero que conociera el día anterior.

La cara de Iván se oscureció repentinamente y dijo, observando a la mujer con el rabillo del ojo:

—¡«Inturistas»! Estáis locos con los «inturistas». Pero le aseguro que entre ellos hay gente muy curiosa. Precisamente ayer conocí yo a uno que era una maravilla.

Faltó muy poco para que se pusiera a contarle lo de Poncio Pilatos, pero se contuvo porque comprendió que no conduciría a nada, que ella no le podría ayudar.

Cuando Iván salió del baño, encontró todo lo que un hombre en esas circunstancias puede necesitar: camisa planchada, calzoncillos y calcetines. Pero esto no era todo, porque la mujer abrió un armario y, señalando a su interior, preguntó a Iván:

—¿Qué prefiere, un batín o un pijama?

Iván, sujeto a la fuerza a su nueva residencia, por poco pega un salto de asombro ante el desparpajo de la mujer. Apuntó con el dedo a un pijama de franela roja.

Luego le condujeron a través de un pasillo desierto y silencioso hasta un enorme despacho. Decidió adoptar una postura irónica ante la magnificencia con que estaba instalado aquel edificio y bautizó el despacho con el apodo de «cocina fábrica» *13.

No andaba descaminado. Había armarios de todos los tamaños con brillantes instrumentos niquelados. Había sillones de complicada estructura, grandes lámparas con pantallas relucientes, un sinnúmero de frascos, mecheros de gas, cables eléctricos y aparatos completamente desconocidos.

Tres personas le atendieron en el despacho; dos mujeres y un hombre. Los tres de blanco.

Empezaron llevándole junto a una mesa, que había en un rincón, con la clara intención de hacer indagaciones.

Iván se puso a analizar su situación. Se le ocurrían tres caminos a seguir. El primero, y el que más le seducía, era arrojarse contra las lámparas y el extraño instrumento y destrozarlos para demostrar su disconformidad con la injusta detención. Pero el Iván de hoy era muy distinto al Iván de ayer, y esta primera solución le pareció contraproducente.

Era muy probable que le tomaran por un loco agresivo. Desechó por completo esta primera opción. Otra actitud podría ser la de contarles de inmediato todo el asunto del profesor consejero y de Poncio Pilatos, pero sus experiencias del día anterior le habían demostrado que nadie creería su relato y que lo tergiversarían. Rechazó también este camino y eligió un tercero: encerrarse en un silencio digno.

No le fue posible mantenerse en esta postura hasta el final, porque tuvo que responder a una serie de preguntas, aunque lo hizo de manera escueta y con bastante hosquedad. Le preguntaron todo lo preguntable sobre su vida pasada, hasta detalles tan pequeños como los relativos a la escarlatina que pasó quince años atrás. Una de las mujeres de bata blanca, después de llenar una página entera, la volvió y pasó a preguntarle sobre su familia. ¡Esto ya era el colmo! Quién murió, cuándo y por qué, si bebía o no, si no había tenido enfermedades venéreas, y cosas por el estilo. Por fin le pidieron que contara lo sucedido el día anterior en «Los Estanques del Patriarca», pero no se pusieron muy pesados y parecían no extrañarse con la historia de Pilatos.

Entonces la mujer cedió a Iván a un hombre que tenía una táctica muy distinta y no le preguntaba nada. Le tomó la temperatura y el pulso, le miró los ojos alumbrándolos con una lámpara especial. Luego vino en su ayuda una mujer y le pincharon con algo en la espalda, pero sin hacerle daño; con el mango de un martillo le hicieron unos dibujos en el pecho, le dieron golpecitos en las rodillas con dos macillos haciéndole saltar las piernas; le pincharon en un dedo y le sacaron sangre, le pincharon también en una vena del brazo, le pusieron en los brazos unas pulseras de goma...

A todo esto, Iván esbozaba una sonrisa amarga como para sus adentros y pensaba que todo estaba resultando muy raro, absurdo. ¡Quién se lo iba a decir! Había querido advertirles de la amenaza de peligro que representaba el desconocido consejero, intentaba detenerlo y lo único que consiguió fue encontrarse en un misterioso gabinete, hablando de su tío Fédor, que en Vólogda se dedicaba a beber como una cuba. ¡Qué estupidez tan inaguantable!

Por fin terminaron con él y le acompañaron a su habitación, donde le sirvieron una taza de café, dos huevos pasados por agua y pan con mantequilla. Comió y bebió todo lo que le habían ofrecido; después decidió esperar al que dirigiera aquella institución y reclamar de él atención y justicia.

Su espera no fue larga, porque el director apareció en seguida. De pronto se abrió la puerta del cuarto de Iván y entró un grupo de personas con batas blancas. Les precedía un hombre cuidadosamente afeitado, como un actor, de unos cuarenta y cinco años, con ojos simpáticos, pero muy penetrantes, y de correctos ademanes. Todo el séquito daba muestras de atención y respeto al director, por lo que su entrada resultó muy solemne. «¡Igual que Poncio Pilatos!», pensó Iván.

Sin duda alguna era el más importante. Se sentó en una banqueta; los demás permanecían de pie.

—Doctor Stravinski —se presentó a Iván el recién llegado, mirándole con benevolencia.

—Aquí tiene, Alexandr Nikoláyevich —dijo sin alzar la voz uno de barbita bien arreglada, alargándole un papel escrito de arriba abajo.

«Han preparado todo un expediente», pensó Iván. El jefe echó una ojeada al papel con gesto mecánico, murmurando: «Humm, ajá», y cambió varias frases con los allí presentes en un idioma poco conocido. «También habla en latín, como Pilatos», pensó Iván con tristeza.

Oyó una palabra que le hizo estremecerse: «esquizofrenia», la misma que pronunciara el maldito extranjero el día anterior en «Los Estanques del Patriarca», y que ahora repetía el profesor Stravinski. «También lo sabía», meditó angustiado Iván.

Por lo que se podía apreciar, el jefe había decidido estar de acuerdo con todo lo que dijeran los demás y demostraba su alegría con expresiones tales como «bueno, muy bien».

—Muy bien —dijo Stravinski, devolviendo la hoja a uno de los del séquito, y añadió dirigiéndose a Iván:

—¿Es usted poeta?

—Sí, soy poeta —dijo Iván con aire sombrío; sentía de pronto una inexplicable repulsión hacia la poesía; sus versos, que acababa de recordar, le parecían embarazosos.

Frunciendo el entrecejo, preguntó a su vez a Stravinski:

—¿Es usted profesor?

Stravinski afirmó con una inclinación cortés.

—¿Y es el jefe de todo esto? —seguía Iván.

Stravinski inclinó la cabeza de nuevo.

—Necesito hablar con usted —dijo Iván Nikoláyevich con aire significativo.

—Precisamente para eso estoy aquí —respondió Stravinski.

—Es que —empezó Iván, pensando que había llegado su hora— me han tomado por loco y nadie me quiere escuchar.

—¡Por favor! Estamos dispuestos a escucharle con muchísimo gusto —dijo Stravinski, serio y tranquilizador— y no permitiremos de ningún modo que lo tomen por loco.

—Pues entonces escuche: ayer por la tarde, un tipo muy misterioso se me acercó estando yo en «Los Estanques del Patriarca». No estoy seguro de si era o no extranjero. Sabía de antemano todo lo referente a la muerte de Berlioz y había visto personalmente a Poncio Pilatos.

Los miembros del séquito permanecían inmóviles, escuchando al poeta en silencio.

—¿Pilatos? Es el que vivió cuando Jesucristo, ¿no? —preguntó Stravinski, mirando fijamente a Iván.

—Ese mismo.

—Bien —dijo Stravinski—. ¿Y ese Berlioz murió atropellado por un tranvía?

—Eso es, exactamente ayer le atropelló un tranvía en «Los Estanques», delante de mis ojos, y ese misterioso ciudadano...

—¿El amigo de Pilatos? —interrumpió Stravinski, que parecía muy comprensivo.

—El mismo —afirmó Iván, estudiando a Stravinski— y ya sabía que Anushka había vertido el aceite... ¡Y allí mismo fue donde resbaló! ¿Qué opina usted? —preguntó Iván con interés, esperando causar una gran impresión.

Pero no hubo tal impresión. Stravinski preguntó sencillamente:

—Y esa Anushka, ¿quién es?

A Iván le desagradó la pregunta, y, cambiando de expresión, respondió un poco nervioso:

—Anushka no tiene ninguna importancia. ¡El diablo sabrá quién es! Es una imbécil de la Sadóvaya. Lo que importa es que él lo sabía con anterioridad, ¿comprende? Sabía lo del aceite. ¿Me entiende?

—Perfectamente —contestó muy serio Stravinski, dándole al poeta un golpecito en la rodilla, y añadió—: siga y no se altere.

—Sigo —dijo Iván, tratando de hablar en el mismo tono de Stravinski, sabiendo por triste experiencia que sólo la calma podía ayudarle—. Pues ese tipo siniestro (que se hace pasar por consejero) tiene un poder extraordinario. Por ejemplo, echas a correr detrás de él y no hay manera de alcanzarle... Le acompaña una parejita de cuidado y muy curiosa también, un tipo largo con los cristales de los impertinentes rotos y un gato de un tamaño increíble, que encima viaja solo en el tranvía. Además —en vista de que nadie le interrumpía, Iván hablaba cada vez con más seguridad y convencimiento— ha estado personalmente en el balcón de Poncio Pilatos de eso no hay duda alguna. Pero ¿qué le parece todo esto? Hay que detenerle rápidamente, o hará un daño irreparable.

—Vamos a ver, si no le he entendido mal, lo que usted trata de conseguir es que le detengan, ¿no es así?

«Es inteligente —pensaba Iván—; hay que reconocer que entre los intelectuales también se encuentra gente con cerebro. No hay duda.» Y contestó:

—Claro, pero ¿cómo no me voy a empeñar? Piense si no lo haría usted mismo. Y mientras tanto me tienen aquí a la fuerza, me meten una lámpara en los ojos, me bañan y me preguntan sobre mi tío Fédor, que hace ya bastante tiempo que no existe. ¡Exijo que me dejen salir!

—Muy bien, muy bien —respondió Stravinski—, ahora todo se ha aclarado. Tiene razón, ¿qué objeto tiene el retener en un sanatorio a un hombre cuerdo? Bien, le dejo salir ahora mismo si me dice que es normal. No me lo demuestre, dígamelo simplemente. Entonces, ¿es usted normal?

Hubo una pausa. La gorda que había atendido a Iván por la mañana miraba al profesor con veneración. Iván pensó de nuevo: «Realmente, este hombre es inteligente».

La proposición del profesor le había parecido perfecta y se puso a pensar con calma su respuesta, frunció el entrecejo y, por fin, dijo con seguridad.

—Soy normal.

—Muy bien —exclamó Stravinski aliviado—; si es así, vamos a dialogar con lógica.

Empecemos por su día de ayer —se volvió y en seguida le dieron la hoja de Iván—. En la persecución del desconocido que se presentó como amigo de Poncio Pilatos, usted hizo todas las cosas siguientes —Stravinski empezó a doblar sus afilados dedos uno por uno, mirando alternativamente a Iván y a la hoja de papel—: se colgó un icono al pecho, ¿no es así?

—Sí —asintió Iván con aire taciturno.

—Se cayó de una valla, arañándose la cara, ¿no es verdad? Y apareció en el restaurante con una vela encendida, en paños menores. Y se pegó con alguien. Le trajeron aquí atado.

Una vez aquí, llamó a las milicias, pidiendo que le mandaran ametralladoras. Luego intentó saltar por la ventana. ¿No? Dígame, ¿cree usted que actuando de ese modo se puede llegar a cazar a nadie? Y si usted es normal, me dirá que no, que no es un método. ¿Se quiere marchar de aquí? De acuerdo, hágalo. Pero antes una pregunta, por favor: ¿dónde piensa ir?

—A las milicias, naturalmente —contestó Iván, ya con bastante menos aplomo y sintiéndose un poco confuso frente a la mirada del profesor.

—¿Directamente desde aquí?

—Sí.

—¿Y no pasará antes por su casa? —preguntó Stravinski con rapidez.

—¡Pero si no tengo tiempo! Mientras yo me paseo y voy a mi casa, ¡se larga!

—Bien. ¿Y qué será lo primero que diga a las milicias?

—Lo de Pilatos —respondió Iván, y sus ojos parecían velarse con una nubécula lúgubre.

—¡Perfecto! —exclamó Stravinski conquistado, y, volviéndose al de la barbita, ordenó—:

Fédor Vasilievich, puede dar de baja al ciudadano Desamparado, pero no ocupe esta habitación ni cambie la ropa de cama. Dentro de dos horas el ciudadano Desamparado estará aquí. Bien —se dirigió al poeta—, no puedo desearle éxito, porque tengo la absoluta certeza de que no lo tendrá. ¡Hasta pronto! —se levantó y su séquito inició la marcha.

—¿Y qué razón voy a tener para volver aquí? —preguntó Iván, preocupado.

Stravinski parecía esperar esta pregunta, porque se sentó de nuevo y empezó a decir:

—Por la simple razón de que en cuanto aparezca usted en las milicias en calzoncillos, diciendo que ha visto a un hombre que conoce personalmente a Poncio Pilatos, le traerán aquí inmediatamente y se tendrá que quedar en esta misma habitación.

—¿Y qué tienen que ver los calzoncillos? —preguntó Iván, mirando alrededor, desconcertado.

—Lo importante es Poncio Pilatos, desde luego, pero el que vaya en calzoncillos también influirá. Porque tiene que dejar aquí la ropa del sanatorio y ponerse la suya. Le recuerdo que vino aquí en calzoncillos. Y como usted no tiene la intención de pasar por casa, aunque yo se lo he insinuado... Luego lo de Pilatos..., y es cosa hecha.

A Iván le pasaba ahora algo muy extraño. Su voluntad parecía escindirse. Se sentía débil y necesitado de consejo.

—Pero ¿qué hago? —preguntó tímidamente.

—¡Así me gusta! —respondió Stravinski—. Esto ya es ponerse en razón. Déjeme contarle lo que le ha pasado. Ayer hubo alguien que provocó un disgusto, un temor, contándole una historia sobre Pilatos y alguna otra cosa. Y usted, sobreexcitado y nervioso, se puso a recorrer la ciudad hablando de Poncio Pilatos. Es lógico que le hayan tomado por loco. Lo único que puede salvarle es una cura de absoluto reposo. Lo que tiene que hacer, por tanto, es quedarse aquí.

—¡Pero si hay que pescarle en seguida! —gritó Iván suplicante.

—De acuerdo, pero ¿por qué lo tiene que hacer precisamente usted? Escriba un informe, relate sus sospechas y su denuncia contra esa persona. Se mandará su declaración a donde sea necesario, no es ningún problema. Y si, como usted cree, se trata de un delincuente, lo aclararán en seguida. Pero todo esto con la condición de no hacer un enorme esfuerzo cerebral, y, sobre todo, piense menos en Poncio Pilatos. ¡Si fuésemos a creer en todas las historias que se cuentan!

—¡Comprendido! —exclamó Iván en un arranque de decisión—. Solicito que se me dé lápiz y papel.

—Déle papel y un lápiz cortito —ordenó Stravinski a la gorda—. Pero le aconsejo que hoy no escriba nada.

—¿Cómo que no? ¡Hay que hacerlo hoy, precisamente hoy! —gritó Iván asustado.

—Bueno, pero sin esforzarse. Si no lo hace hoy, ya lo hará mañana.

—¡Se escapará!

—Eso no —aseguró Stravinski—, no irá a ningún sitio, se lo garantizo. Y recuerde que aquí le ayudarán en todo lo posible, sin eso no conseguirá nada. ¿Me oye? —preguntó Stravinski con aire significativo. Cogiéndole las manos a Iván Nikoláyevich y mirándole fijamente a los ojos, repitió varias veces, sin soltarle—: Aquí le vamos a ayudar. ¿Entiende?

Le vamos a ayudar. Se sentirá mejor, es un sitio tranquilo, silencioso... Le vamos a ayudar...

De pronto, Iván Nikoláyevich bostezó y se suavizó su expresión.

—Sí, sí —dijo en voz baja.

—Muy bien —concluyó Stravinski, como de costumbre, y se levantó—; adiós. —Le estrechó la mano y ya a la salida dijo, volviéndose hacia el de la barbita—: Sí, pruebe el oxígeno y los baños.

Instantes después, Iván no tenía a nadie frente a él. El profesor y su séquito habían desaparecido. Más allá de la reja de la ventana, iluminado por un sol de mediodía, se veía el pinar revestido de alegre primavera y un poco más cerca brillaba el río.

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12 Inturist, oficina de turismo extranjero en la Unión Soviética. (N. de la T.)

13 Tiendas especiales en las que se puede adquirir platos cocinados. (N. de la T.)