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El Maestro y Margarita.  Mijaíl Bulgákov
Capítulo 33. Epílogo
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Pero ¿qué había pasado en Moscú desde aquella tarde del sábado, en que Voland abandonó la capital durante la puesta del sol, desapareciendo con su séquito por los montes del Gorrión?

Ni que decir tiene que durante mucho tiempo toda la capital estuvo impregnada por un pesado murmullo de rumores increíbles, que se propagaron con gran rapidez a los lugares más apartados de las provincias. No merece la pena repetirlos.

El que escribe estas líneas verídicas oyó personalmente en un tren que se dirigía a Feodosia el relato de cómo en Moscú dos mil personas habían salido del teatro completamente desnudas, en el sentido literal de la palabra, y con esa pinta tuvieron que irse a sus casas en taxis.

El susurro «el diablo» se oía en las colas de las lecherías, tranvías, tiendas, pisos, cocinas, trenes de destino próximo y lejano, estaciones y apeaderos, casas de campo y playas.

La gente más instruida y culta, como es lógico, no participaba en los comentarios sobre el diablo que había visitado la ciudad, sino que se reía de ellos y trataba de hacer entrar en razón a los narradores. Pero ahí estaban los hechos y no era posible ignorarlos sin dar alguna explicación. Alguien había estado en la capital. Las cenizas que quedaron de Griboyédov lo demostraron con demasiada evidencia. Y había muchas más cosas. La gente culta se puso del lado de la Instrucción Judicial: todo había sido obra de una pandilla de hipnotizadores y ventrílocuos que eran verdaderos artistas.

Se habían tomado urgentes y enérgicas medidas para la captura de la banda, en Moscú y en sus afueras, pero, desgraciadamente, no dieron ningún resultado. El que se decía Voland y todos sus compañeros habían desaparecido de Moscú y no se manifestaban de ninguna manera. Como es natural, se extendió la sospecha de que se habían escapado al extranjero, pero tampoco se hicieron ver allí.

La investigación de este asunto duró mucho tiempo. Realmente, era tremendo. Aparte de los cuatro edificios quemados y los cientos de personas que se volvieron locas, hubo muertos.

Podemos hablar con seguridad de dos: Berlioz y el desafortunado funcionario de la oficina de guías para extranjeros, el ex barón Maigel. Ellos sí que estaban muertos. Los huesos carbonizados del segundo fueron encontrados en el apartamento número 50 de la calle Sadóvaya después de que se apagara el incendio. Sí, hubo víctimas y estas víctimas justificaban una investigación. Hubo víctimas incluso después de la desaparición de Voland, y que fueron, aunque sea penoso reconocerlo, los gatos negros.

Unos cien animales, fieles, leales y útiles al hombre, fueron fusilados y exterminados por otros medios en distintos puntos del país. En varias ciudades más de una docena de gatos, y algunos bastantes mutilados, fueron entregados a las milicias. Así, en Armavir, uno de estos inocentes animales fue conducido por un ciudadano a las milicias con las patas delanteras atadas.

El ciudadano acechó al gato en el momento en que el animal con aire furtivo (¿qué se le va a hacer, si los gatos siempre tienen ese aire? No es porque sean viciosos, sino porque tienen miedo de que algún ser más fuerte que ellos, un perro o un hombre, les haga daño o les perjudique. Las dos cosas son muy fáciles de hacer, pero les aseguro que esto no honra a nadie, ¡absolutamente a nadie!), sí, como decía, con aire furtivo el gato se disponía a esconderse entre unas hojas.

Abalanzándose sobre el gato y quitándose la corbata para atarlo, el ciudadano murmuraba con voz venenosa y amenazadora:

—¡Ah! ¿Conque ha venido a vernos a Armavir, señor hipnotizador? ¡Pues aquí nadie le tiene miedo! ¡Y no se haga el mudo! ¡Ya sabemos qué clase de bicho es usted!

El ciudadano llevó al pobre animal a las milicias, arrastrándole por sus patas delanteras, atadas con una corbata verde, con ligeros puntapiés consiguiendo que anduviese sobre las patas de atrás.

—¡Deje de hacer el tonto! —gritaba el ciudadano, acompañado por unos chiquillos que silbaban—. ¡No va a conseguir nada! ¡Haga el favor de andar como es debido!

El gato negro ponía en blanco sus ojos de mártir. La naturaleza le había privado del don de la palabra y no podía demostrar su inocencia. El pobre animal debe su salvación a las milicias, en primer lugar, y luego, a su dueña, una respetable anciana viuda. En cuanto el gato estuvo en presencia de las milicias, se comprobó que el ciudadano despedía un fuerte olor a alcohol, lo que hizo dudar inmediatamente de sus declaraciones.

Mientras tanto, la viejecita, que supo por sus vecinos que su gato había sido detenido, corrió a las milicias y llegó a tiempo. Habló del gato con las consideraciones más favorables, explicó que hacía cinco años que le conocía, que desde que era pequeño respondía de él como de sí misma; demostró que nunca había sido culpado de nada malo y que nunca estuvo en Moscú. Había nacido en Armavir, allí creció y aprendió a cazar ratones.

El gato fue devuelto a su dueña, aunque después de haber sufrido y experimentado lo que es la equivocación y la calumnia.

Además de los gatos, algunos hombres tuvieron ciertas complicaciones de poca importancia. Resultaron detenidos en un plazo muy breve: en Leningrado, el ciudadano Volmar, y Volper, en Sarátov; en Kíev y Járkov, tres Volodin; en Kazán, Voloj, y en Penza, lo que ya es realmente absurdo, el candidato a doctor en ciencias químicas Vetchinkévich. Era un hombre moreno y muy alto.

En distintos lugares fueron detenidos nueve Korovin, cuatro Korovkin y dos Karaváyev.

En la estación de Bélgorod sacaron atado del tren de Sebastopol a un ciudadano al que se le había ocurrido distraer a sus compañeros de viaje con juegos de manos.

En Yaroslav, a la hora de comer, apareció un ciudadano en un restaurante con un hornillo de petróleo que acababa de arreglar. Abandonando su puesto en el guardarropa, dos conserjes salieron corriendo seguidos de todos los empleados y clientes. Mientras tanto, a la cajera le había desaparecido toda la ganancia de un modo incomprensible.

Pasaron muchas cosas más, y sería imposible recordarlas.

Otra vez tenemos que ser justos con la Instrucción. Todo fue organizado no sólo para pescar a los delincuentes, sino también para explicar lo sucedido. No se puede negar que las explicaciones fueron razonables e irrefutables.

Representantes de la Instrucción y psiquiatras experimentados demostraron que los miembros de la banda de delincuentes eran, o al menos uno de ellos (las sospechas recaían principalmente sobre Koróviev), hipnotizadores con una fuerza nunca vista, que podían hacerse ver en otro lugar del que estaban realmente, en situaciones ficticias y tergiversadas.

Además, podían, sin dificultad alguna, sugestionar a cualquiera que se encontraran convenciéndole de que algunas personas u objetos estaban donde no habían estado nunca, y al contrario, alejaban del campo visual los objetos o personas que realmente se encontraran allí.

Estas explicaciones esclarecían absolutamente todo, incluso lo que más preocupaba a los ciudadanos: la incomprensible invulnerabilidad del gato, que había sido el blanco de muchos tiros durante el intento de captura.

Naturalmente, nunca había habido ningún gato en la araña y nadie había pensado responder con tiros, todos dispararon al aire, mientras que Koróviev, convenciéndoles de que el gato estaba haciendo barbaridades, permanecía detrás de los que disparaban, haciendo muecas y regocijándose de su enorme poder de sugestión, utilizado con fines criminales. Él mismo, como era lógico, incendió el piso, vertiendo la gasolina.

Claro está, que Stiopa no había ido a Yalta (esto sería imposible hasta para Koróviev) y no había mandado ningún telegrama. Después de haberse desmayado en la casa de la joyera, asustado por el truco de Koróviev, que le había enseñado un gato con una seta en un tenedor, se quedó allí hasta el momento en que Koróviev, burlándose de él, le pusiera un sombrero de fieltro y le mandara al aeropuerto de Moscú, tras haber sugestionado a los representantes de la Instrucción Criminal de que Stiopa iba a salir del avión procedente de Sebastopol.

Y a pesar de que la Instrucción Criminal de Yalta aseguraba que había recibido al descalzo Stiopa y había enviado telegramas a Moscú, en el archivo no se encontró ni una copia de aquellos telegramas, lo que condujo a la conclusión, triste, pero indiscutible, de que la panda de hipnotizadores tenía la propiedad de sugestionar a distancias enormes y no sólo a individuos aislados, sino a grupos enteros de gente.

En estas condiciones, los delincuentes podían volver loco incluso a un hombre con una constitución psíquica de lo más fuerte. No vale la pena hablar de pequeñeces como la baraja en el bolsillo del hombre del patio de butacas, o los trajes de señora desaparecidos, o la boina que maullaba y cosas por el estilo. Todo esto lo puede hacer cualquier hipnotizador mediocre, en cualquier escenario, incluido el truco facilón de la cabeza del presentador. El gato que habla, ¡eso ya es una tontería! Para mostrar al público un gato de este tipo basta con dominar las bases del arte ventrílocuo y nadie podría dudar de que el arte de Koróviev iba mucho más allá de esas primicias.

Claro, lo importante no era la baraja ni las cartas falsas en la cartera de Nikanor Ivánovich. ¡Eso son tonterías! Fue Koróviev quien volvió loco al pobre poeta Iván Desamparado, haciéndole ver en sus sueños dolorosos el antiguo Jershalaím y el Calvario, quemado por el sol, sin una gota de agua, con sus tres hombres colgados en postes. Fueron él y su pandilla quienes hicieron desaparecer de Moscú a Margarita Nikoláyevna y a su criada Natasha. Por cierto: este asunto suscitó un interés especial por parte de la Instrucción. Había que aclarar si las mujeres fueron raptadas por la banda de asesinos incendiarios o si se fugaron con ellos por su propia voluntad. Basándose en las declaraciones absurdas y confusas de Nikolái Ivánovich, y teniendo en cuenta la nota extraña e incomprensible que Margarita Nikoláyevna dejara a su marido, donde decía que se convertía en bruja, añadiendo a esto la desaparición de Natasha, que había dejado toda su ropa, la Instrucción llegó a la conclusión de que la dueña de la casa y su criada fueron hipnotizadas, al igual que mucha más gente, y raptadas por la pandilla. Surgió la idea, seguramente bastante acertada, de que los delincuentes se sintieron atraídos por la belleza de las mujeres.

Lo único que la Instrucción no había conseguido descifrar fue la razón por la que habían raptado del sanatorio psiquiátrico al enfermo mental que decía ser el maestro. No hubo manera de averiguarlo, como tampoco el apellido del enfermo raptado. Desapareció para siempre como el hombre muerto del número 118 del primer bloque.

Así, pues, casi todo quedó aclarado y el trabajo de la Instrucción terminó, como todo termina en este mundo.

Pasaron varios años y los ciudadanos empezaron a olvidar a Voland, a Koróviev y a los demás. Ocurrieron muchas cosas que cambiaron la vida de los que habían sufrido por culpa de Voland y su comparsa, y aunque fueron cambios pequeños e insignificantes, hay que mencionarlos.

Por ejemplo, Georges Bengalski, después de haber pasado tres meses en el sanatorio, tuvo que abandonar su puesto en el Varietés, precisamente cuando había más trabajo, pues el público acudía en masa alas taquillas: el recuerdo de la magia negra y la revelación de sus trucos resultó ser muy duradero. Bengalski abandonó el Varietés porque comprendía que sería demasiado penoso aparecer todas las noches ante dos mil personas, ser inevitablemente reconocido y someterse a las preguntas burlonas sobre cómo se estaba mejor: con cabeza o sin ella.

Además, el presentador había perdido gran parte de su alegría, tan indispensable en su profesión. Le había quedado un trastorno desagradable y molesto: cada plenilunio de primavera sentía gran desasosiego, se echaba las manos al cuello y miraba alrededor angustiado. Estos ataques terminaban pasándosele, pero no le permitían dedicarse a su antiguo trabajo y el presentador se retiró a vivir en paz, valiéndose de sus ahorros, que, según sus modestos cálculos, debían durarle unos quince años.

Se fue y nunca más se encontró con Varenuja, que gozaba de gran popularidad y de la simpatía general, gracias a su amabilidad, excepcional incluso entre los administradores de teatro. Los aficionados a los vales le llamaban padre bienhechor. A cualquier hora el que llamara al Varietés oía una voz suave, pero triste: «Dígame», y a la pregunta de cuándo se podía hablar con Varenuja, la misma voz le contestaba: «Servidor». Pero, ¡cómo sufría Iván Savélievich con su propia amabilidad!

Stiopa Lijodéyev no volvió a tener la pasión de tratar con el Varietés. Nada más salir del sanatorio, en el que pasó ocho días, le trasladaron a Rostov, donde recibió el puesto de director de una gran tienda de comestibles. Corren rumores de que ha dejado de beber vino de Oporto y no bebe nada más que vodka, macerada en yemas de grosella, lo que le ha convertido en un hombre robusto. Dicen que se ha vuelto callado y evita a las mujeres.

El alejamiento de Lijodéyev del Varietés, ansiado durante muchos años, no le causó a Rimski tanta alegría como pensara. Después del sanatorio y la estancia en Kislovodosk, Rimski, viejecito, con la cabeza temblorosa, presentó la solicitud para dimitir de su cargo en el Varietés. Es curioso que esta solicitud la llevó al teatro la esposa de Rimski. El mismo Grigori Danílovich no se encontraba con fuerzas para ir a la casa donde había visto un cristal roto bañado de luna y un brazo largo, que se acercaba al cerrojo de abajo.

Al dejar el Varietés Rimski entró en un teatro infantil de muñecos en el barrio de Samoskvorechie. En ese teatro ya no tuvo que enfrentarse con el respetable Arcadio Apolónovich Sempleyárov sobre los problemas acústicos. Éste había sido trasladado rápidamente a Briansk y nombrado director de un centro de preparación de setas. Ahora los moscovitas comen setas saladas y en vinagre; y no se cansan de celebrarlas y de alegrarse del traslado. Ya es cosa pasada, y podemos decir que no le iba a Arcadio Apolónovich eso de la acústica y que, a pesar de todos sus esfuerzos por mejorarla, quedó como estaba.

Entre las personas que rompieron con el teatro, aparte Arcadio Apolónovich, estaba Nikanor Ivanóvich Bosói, aunque su única relación con el teatro fuera su pasión por las entradas gratuitas. Nikanor Ivánovich no sólo ya no va a ningún teatro, pagando o sin pagar, sino que cambia de cara al oír cualquier conversación teatral. Odia todavía con más fuerza al poeta Pushkin y al brillante actor Savva Potápovich Kurolésov. A este último lo odia hasta tal punto que el año pasado, al ver en el periódico una nota enmarcada en negro, anunciando que Savva Potápovich, en la flor de su vida artística, había sufrido un ataque, Nikanor Ivánovich se puso tan congestionado que por poco le sigue a Savva Potápovich, y exclamó: «¡Le está bien empleado!». Más aún, aquella misma tarde Nikanor Ivánovich, impresionado por la muerte del conocido actor, que le trajo muchos recuerdos penosos, se fue solo, acompañado por la luna llena que iluminaba la Sadóvaya, y cogió una terrible borrachera. Cada copa prolongaba la maldita cadena de figuras odiosas, y ante sus ojos se sucedían Dunchil Serguéi Gerárdovich, la bella Ida Herculánovna, el pelirrojo dueño de gansos de lucha y el sincero Nikolái Kanavkin.

¿Y qué les pasó a ellos? ¡Por favor! No les pasó absolutamente nada y era imposible que les pasara algo, porque nunca habían existido, al igual que el simpático presentador de revistas, como el mismo teatro y la tía de Porojóvnikov, vieja y avara, que guardaba divisas, pudriéndose en el sótano. Tampoco habían existido las trompetas de oro y los descarados cocineros. Todos ellos no habían sido más que un sueño de Nikanor Ivánovich, provocado por el asqueroso Koróviev. Savva Potápovich, el actor, era el único real, que se mezcló en el sueño sólo porque se le había grabado en la memoria a Nikanor Ivánovich gracias a sus frecuentes actuaciones por radio. Él existió, pero los otros no.

¿Entonces, a lo mejor tampoco existió Aloísio Mogarich? No sólo existió, sino que sigue existiendo y ocupa el puesto que dejó Rimski, es decir, el de director de finanzas del Varietés.

Cuando volvió en sí a las veinticuatro horas de su visita a Voland, en un tren cerca de Viatka, se dio cuenta de que se había ido de Moscú en un momento de demencia, olvidando ponerse los pantalones y habiendo robado un libro de registro de inquilinos. Mediante el pago al encargado del tren de una suma enorme, le compró unos pantalones viejos y mugrientos y se volvió a Moscú. Desgraciadamente no pudo encontrar su antigua casa. Pero Aloísio era un hombre muy emprendedor. A las dos semanas ya tenía una preciosa habitación en la calle Briusov y a los pocos meses estaba instalado en el despacho de Rimski. Igual que antes Rimski había sufrido por culpa de Stiopa, ahora Varenuja sufría por Aloísio. Varenuja sólo sueña con que se lleven a Aloísio lo más lejos posible, porque, como dice a veces a sus amigos más íntimos, «no hay otro canalla tan grande como Aloísio y de él se puede esperar cualquier cosa».

Puede que el administrador no sea imparcial; nadie ha Visto a Aloísio hacer nada malo, ni siquiera hacer algo aparte del nombramiento de un nuevo barman en lugar de Sókov: Andréi Fókich murió de cirrosis en la clínica del primer Instituto de Medicina, a los nueve meses de la aparición de Voland en Moscú...

Pues sí, pasaron varios años y los verídicos sucesos relatados en este libro se fueron olvidando, apagándose poco a poco en la memoria. Pero eso no les sucedió a todos.

Cada primavera, en cuanto llega la luna llena de fiesta, bajo los tilos de «Los Estanques del Patriarca» aparece al atardecer un hombre de unos treinta años. Tiene el pelo rojizo, ojos verdes y va vestido modestamente. Es un colaborador del Instituto de Historia y Filosofía, el profesor Iván Nikoláyevich Pónirev.

Al encontrarse bajo los tilos siempre se sienta en el mismo banco, donde estuvo aquella tarde con Berlioz, hace tiempo olvidado por todos, cuando éste vio por última vez la luna rompiéndose en pedazos. Ahora está entera, blanca al comienzo de la tarde y luego dorada, con un caballo-dragón, y pasa por encima del que antes fue poeta.

Iván Nikoláyevich ya sabe y comprende todo. Sabe que en su juventud fue víctima de una panda de hipnotizadores, que luego estuvo en tratamiento y consiguieron curarle. Pero sabe también que hay ciertas cosas que no es capaz de dominar. No puede dominar esta luna llena de primavera. En cuanto el astro empieza a aproximarse, en cuanto empieza a crecer, llenándose de oro, Iván Nikoláyevich se siente desasosegado, nervioso, pierde el apetito y el sueño y espera que madure la luna llena. Nadie le puede retener en su casa. Sale al atardecer y se va a «Los Estanques del Patriarca».

Sentado en el banco, Iván Nikoláyevich habla consigo mismo abiertamente, fuma, mira a la luna y al conocido torniquete.

Así pasa una o dos horas. Luego se levanta de su sitio y, siempre por el mismo camino, atravesando la calle Spiridónovka, con los ojos vacíos y sin ver nada, se va a las bocacalles de Arbat.

Pasa por el puesto de petróleo, dobla junto a un farol de gas, viejo y torcido, y se acerca a una verja, tras la que hay un hermoso jardín, todavía sin verde, y en él, un palacete gótico, con una torre con ventana de tres hojas, iluminada por la luna.

El profesor no sabe qué es lo que le trae hacia este palacete, ni quién lo habita, pero sabe que no puede luchar contra sí mismo las noches de luna llena. Y también sabe que detrás de la reja, en el jardín, siempre verá lo mismo.

Verá sentado en un banco a un hombre de edad, con barbita e impertinentes y un cierto aire de cerdo. Iván Nikoláyevich siempre encuentra al hombre del palacete en la misma actitud soñadora, con los ojos puestos en la luna. Iván Nikoláyevich ya sabe que después de admirar un rato la luna, el hombre bajará la vista hacia la ventana de la torre, mirando como si esperara que se abriera de un momento a otro y en ella fuera a aparecer algo extraordinario.

Lo que sigue, Iván Nikoláyevich ya lo conoce de memoria. Hay que esconderse bien detrás de la reja, porque el hombre empezará a mirar alrededor con ojos angustiados, tratando de localizar algo con la vista en el aire; luego, alzando los brazos, exclamará con dulce dolor y seguirá murmurando:

—¡Venus! ¡Venus!... ¡Qué imbécil he sido!

—¡Dioses míos! —susurrará Iván Nikoláyevich, escondiéndose detrás de la reja y sin apartar la vista del misterioso desconocido—. Otra víctima de la luna... Otra víctima como yo.

Y el hombre del jardín seguirá hablando:

—¡Qué imbécil! ¿Por qué? ¿Por qué no me habré ido con ella? ¿De qué te asustaste, burro? ¡Pedir un certificado! ¡Pues ahora aguántate, viejo cretino!...

Esto continuará hasta que en la parte oscura del palacete se abra de golpe una ventana, aparezca algo blanquecino y se oiga una desagradable voz de mujer:

—Nikolái Ivánovich, ¿dónde está? ¡Qué fantasías tiene! ¿Quiere pescar la malaria?

¡Venga a tomar el té!

Entonces el hombre despertará y dirá con voz falsa:

—¡Quería tomar el aire un poco, cielo mío! ¡Hace una noche estupenda!

Se levantará del banco, amenazará con el puño la ventana que se cierra y se irá a casa de mala gana.

—¡Miente, miente! Oh dioses, ¡cómo miente! —murmura Iván Nikoláyevich, alejándose de la reja—. No es el aire el que le atrae al jardín, algo ve en estas noches primaverales de luna llena, algo ve en la misma luna y en lo alto del palacete. ¡Cuánto daría yo por conocer su secreto, por saber quién es aquella Venus que ha perdido y ahora busca en el aire, alzando los brazos!

El profesor vuelve a su casa completamente enfermo. Su mujer hace que no se da cuenta de su estado y le mete prisas para que se acueste. Pero ella no se acuesta: se queda sentada, leyendo junto a una lámpara, mirándole con amargura. Sabe que al amanecer Iván Nikoláyevich se despertará con un grito de dolor, empezará a agitarse, llorando. Por eso ella tiene preparada bajo la lámpara una jeringuilla en alcohol y una ampolla llena de líquido color té.

La pobre mujer, atada al hombre gravemente enfermo, ya puede dormirse. Después de la inyección Iván Nikoláyevich dormirá hasta la mañana con expresión feliz, soñando con algo que ella desconoce, algo precioso y elevado.

Lo que despierta al sabio y le hace exhalar el grito de dolor en las noches de luna llena de primavera es siempre lo mismo. Ve al extraño verdugo sin nariz que, dando un salto con un aullido, clava su lanza en el corazón a Gestás, que está atado a un poste y ha perdido la razón.

Pero lo más terrible no es el verdugo, sino la luz irreal del sueño que viene de una nube y que cae sobre la tierra, como sucede sólo durante las catástrofes universales.

Después de la inyección todo esto se transforma. Un ancho camino de luna se extiende desde la cama a la ventana, y un hombre con manto blanco, forrado de rojo sangre, camina hacia la luna. Junto a él va un joven vestido con una túnica rota y con la cara desfigurada. Los dos hablan acaloradamente, discuten, quieren llegar a un acuerdo.

—¡Dioses, dioses! —dice el del manto, volviendo su rostro arrogante al joven—. ¡Qué ejecución más vulgar! Pero dime, por favor —y su expresión se vuelve suplicante—, no la hubo, ¿verdad? Te ruego, dímelo, ¿no fue así?

—Claro que no —responde el hombre con voz ronca—, lo has soñado.

—¿Puedes jurarlo? —pregunta el del manto con aire servil.

—¡Lo juro! —dice su acompañante, y sus ojos sonríen.

—¡No quiero nada más! —grita el hombre del manto con voz cascada, y sube hacia la luna, llevándose a su interlocutor. Les sigue un enorme perro de orejas puntiagudas, tranquilo y majestuoso.

Entonces el rayo de luna empieza a revolverse y se convierte en un río que se desborda.

La luna reina y juega, la luna baila y hace travesuras. Del torrente se forma una mujer de una belleza sorprendente, que conduce de la mano hacia Iván a un hombre con barbas, que mira alrededor asustado. Iván Nikoláyevich le reconoce en seguida. Es el número 118, su visitante nocturno. En su sueño Iván Nikoláyevich le extiende las manos y pregunta con ansia:

—Entonces, ¿así terminó?

—Así terminó, mi discípulo —contesta el del número 118. La mujer se acerca a Iván y le dice:

—Así terminó. Todo terminó como todo termina... Le daré un beso en la frente y todo saldrá bien...

Se inclina hacia Iván y le da un beso en la frente. Él quiere acercarse a ella, le mira a los ojos, pero ella retrocede, retrocede y se va con el hombre hacia la luna...

La luna se enfurece, derrama torrentes de luz sobre Iván, salpica todo, la habitación se inunda de luz, la luz tiembla, sube, cubre la cama... Iván Nikoláyevich duerme feliz.

Por la mañana se despierta tranquilo y despejado. Su memoria dolida se calma y hasta la siguiente luna llena nadie hará sufrir al profesor: ni el asesino sin nariz de Gestás, ni el quinto procurador de Judea, el cruel jinete Poncio Pilatos.

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