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El Maestro y Margarita.  Mijaíl Bulgákov
Capítulo 26. El entierro
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Quizá fuera el crepúsculo la razón del cambio repentino que había experimentado el físico del procurador. En un momento había envejecido, estaba más encorvado y parecía intranquilo.

Una vez se volvió y, mirando el sillón vacío con el manto echado sobre el respaldo, se estremeció. La noche de fiesta se acercaba. Las sombras nocturnas empezaban su juego y, seguramente, al cansado procurador le pareció ver a alguien sentado en el sillón. Cedió a su miedo, revolvió el manto, lo dejó donde estaba y empezó a dar pasos rápidos por el balcón frotándose las manos. Se acercó a la mesa para coger el cáliz y se detuvo contemplando con mirada inexpresiva el suelo de mosaico, como si tratara de leer algo escrito... Era la segunda vez en el día que le aquejaba una fuerte depresión. Con las manos en la sien, en la que sólo quedaba un recuerdo vago y molesto de aquel tremendo dolor que sintiera por la mañana, el procurador se esforzaba en comprender el porqué de su sufrimiento. Y lo entendió en seguida, pero trató de engañarse a sí mismo. Estaba claro que por la mañana había dejado escapar algo irrevocablemente y ahora trataba de arreglarlo con actos insignificantes, y sobre todo, demasiado tardíos. El procurador trataba de convencerse de que lo que estaba haciendo ahora, esta noche, no tenía menos importancia que la sentencia de la mañana. Pero la realidad es que le costaba mucho creérselo. Se volvió bruscamente y silbó. Le respondió un ladrido sordo que resonó en el atardecer, y un perrazo gris, con las orejas de punta, saltó del jardín al balcón. El perro llevaba un collar con remaches de chapa dorados.

—Bangá, Bangá —gritó el procurador casi sin voz.

El perro se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en los hombros de su amo. Faltó muy poco para que le tirara al suelo; le lamió un carrillo. El procurador se sentó en un sillón. Bangá, jadeante y con la lengua fuera, se echó a sus pies. Sus ojos estaban llenos de alegría, la tormenta había terminado y eso era lo único que temía el intrépido perro. Se encontraba, además, con el hombre al que quería, respetaba y veía como al más fuerte del mundo, el dueño de todos los hombres, gracias al cual se creía un ser privilegiado, superior y especial. Pero tumbado a sus pies, sin mirarle siquiera, con los ojos puestos en el jardín semi a oscuras, el perro se dio cuenta en seguida de la apurada situación en que se encontraba su amo. Por eso cambió de postura. Se levantó, se acercó al procurador y le puso la cabeza y las patas en las rodillas, ensuciándole el manto con arena mojada. Seguramente quería demostrar así su deseo de consuelo y su disposición a enfrentarse con la desgracia al lado de su señor.

Trataba de expresar esta actitud en su modo de mirar al procurador y con sus orejas, levantadas y alertas. Así recibieron la noche de fiesta en el balcón, el hombre y el perro, dos seres que se querían.

Mientras tanto, el huésped del procurador estaba muy ocupado. Después de abandonar la terraza delante del balcón, bajó por una escalera a la terraza siguiente, torció a la derecha y salió hacia el cuartel situado dentro del palacio, donde estaban instaladas las dos centurias que habían llegado a Jershalaím con el procurador con motivo de la fiesta.

También estaba acuartelada aquí la guardia secreta, bajo el mando del huésped de Pilatos, quien apenas se detuvo en el cuartel; no estaría allí más de diez minutos, pero en seguida salieron del patio tres carros cargados de herramientas de zapadores y una cuba con agua, y acompañando a los carros, quince hombres a caballo con capas grises.

Atravesaron la puerta trasera del palacio, se dirigían al oeste. Pasando junto al muro de la ciudad, cogieron el camino de Bethleem y por él fueron hacia el norte, hasta el cruce que había junto a la Puerta de Hebrón. Tomaron entonces el camino de Jaffa, por el que pasara de día la procesión de los condenados a muerte. Había oscurecido y en el horizonte apareció la luna.

Poco después, el huésped del procurador, con una túnica usada, también abandonó el palacio a caballo. El huésped no salió de Jershalaím, se dirigió a algún sitio dentro de la ciudad. Pronto se le pudo ver muy cerca de la fortificación Antonia, que estaba al norte, junto al gran templo. Tampoco se detuvo mucho tiempo en el fuerte y le vieron después en la Ciudad Baja, por sus calles torcidas y enredadas. Llegó hasta allí montado en una mula.

El hombre conocía bien la ciudad y no tuvo dificultad para encontrar la calle que buscaba.

Llevaba el nombre de Calle Griega por la procedencia de los dueños de las pequeñas tiendas que había en ella. Y precisamente junto a una de estas tiendas, en la que vendían alfombras, detuvo el hombre su mula, se apeó y la ató a una anilla de la puerta. La tienda estaba cerrada.

Junto a la entrada había una verja, por donde el hombre penetró en un patio cuadrangular rodeado de cobertizos. Dobló una esquina del patio, se acercó a la terraza de una vivienda cubierta de hiedra y echó una mirada alrededor. La casa y los cobertizos estaban a oscuras:

todavía no habían encendido las luces. El hombre llamó en voz baja:

—¡Nisa!

Rechinó una puerta, y en la penumbra de la noche apareció en la terraza una mujer joven, sin velo. Se inclinó sobre la barandilla con aspecto intranquilo, para averiguar quién era el que llamaba. Al reconocer al hombre le sonrió e hizo un gesto amistoso con la mano.

—¿Estás sola? —preguntó Afranio en griego.

—Sí —susurró la mujer desde la terraza—, mi marido ha marchado a Cesarea esta mañana —la mujer miró hacia la puerta y añadió—: pero la criada está en casa —e hizo un gesto indicándole que pasara.

Afranio volvió a mirar alrededor y subió por los peldaños de piedra. Luego los dos desaparecieron en el interior. Afranio no estuvo allí más de cinco minutos. Abandonó la casa y la terraza cubriéndose el rostro con la capucha y salió a la calle. Poco a poco iban apareciendo las luces de los candiles en las casas. Fuera, el barullo de vísperas de fiesta era grande todavía, y Afranio, montado en la mula, se confundió en seguida con la muchedumbre de transeúntes y jinetes. Nadie sabe a dónde se dirigió después.

Cuando se quedó sola la mujer a la que Afranio llamara Nisa, se cambió rápidamente de ropa. No encendió el candil, ni llamó a la criada, a pesar de lo difícil que resultaba encontrar algo en una habitación a oscuras. En cuanto estuvo preparada, con la cabeza cubierta por un velo negro, se le oyó decir:

—Si alguien preguntara por mí, di que me he ido a ver a Enanta.

Se oyó el gruñido de la criada en la oscuridad:

—¿Enanta? ¡Esta Enanta...! Tu marido te ha prohibido que vayas a verla. ¡Esa Enanta es una alcahueta! ¡Se lo voy a decir a tu marido!

—¡Anda, cállate ya! —respondió Nisa, y salió de la casa. Sus sandalias resonaron en las baldosas de piedra del patio. La criada cerró gruñendo la puerta de la terraza.

Al mismo tiempo, en otra calleja de la Ciudad Baja, una callejuela retorcida que bajaba hacia una de las piscinas con grandes escaleras, de la verja de una casa miserable, cuya parte ciega daba a la calle y las ventanas al patio, salió un hombre joven, con la barba cuidadosamente recortada, un kefi blanco cayéndole sobre los hombros, un taled recién estrenado, azul celeste, con borlas en el bajo, y unas sandalias que le crujían al andar. Tenía nariz aguileña; era muy guapo. Estaba arreglado para la gran fiesta y andaba con pasos enérgicos, dejando atrás a los transeúntes que se apresuraban por llegar a la mesa festiva, y observaba cómo se iban encendiendo las ventanas, una a una. Se dirigía al palacio del gran sacerdote Caifás, situado al pie del monte del Templo, por el camino que pasaba junto al bazar.

A los pocos minutos entraba en el patio de Caifás abandonándolo un rato después.

En el palacio se habían encendido ya los candiles y las antorchas y había empezado el alegre alboroto de la fiesta. El joven siguió andando muy enérgico y contento, apresurándose por volver a la Ciudad Baja. En la esquina de la calle con la plaza del bazar, en medio del bullicio de las gentes, le adelantó una mujer de andares ligeros, como bailando. Llevaba un velo negro que le cubría los ojos. Al pasar junto al apuesto joven, la mujer levantó el velo y le miró, pero no sólo no se detuvo, sino que apretó el paso, como si quisiera escapar del que había adelantado.

El joven se fijó en la mujer, y al reconocerla se estremeció. Se detuvo sorprendido, contemplando su espalda, y en seguida corrió a su alcance. Poco faltó para que empujase al suelo a un hombre con un jarrón; alcanzó a la mujer y la llamó, jadeante de emoción:

—¡Nisa!

La mujer se volvió, entornó los ojos, y con expresión de frío despecho le contestó en griego, muy seca:

—¡Ah! ¿Eres tú, Judas? No te había conocido. Mejor para ti. Dicen que si alguien no te reconoce, es que vas a ser rico...

Emocionado hasta el extremo de que el corazón le empezó a saltar como un pájaro en una red, Judas preguntó con voz entrecortada, en un susurro para que no le oyeran los transeúntes

—¿Dónde vas, Nisa?

—¿Y para qué lo quieres saber? —respondió Nisa aminorando el paso, con mirada arrogante.

La voz sonó con notas infantiles. Desconcertada.

—Pero si... habíamos quedado... Pensaba ir a buscarte, me habías dicho que estarías en casa toda la tarde...

—¡Ay, no! —contestó Nisa, haciendo un mohín con el labio inferior. A Judas le pareció que aquella cara tan bonita, la más bonita que él había visto en su vida, era todavía más bella—. Me aburría. Es fiesta, ¿qué quieres que haga? ¿Quedarme para escuchar tus suspiros en la terraza? ¿Encima con el miedo de que la criada se lo pueda contar a él? No, he decidido irme a las afueras para escuchar el canto de los ruiseñores.

—¿Cómo a las afueras? —preguntó Judas, completamente desconcertado—. ¿Sola?

—Pues claro —contestó Nisa.

—Déjame que te acompañe —pidió Judas con la respiración entrecortada. En su cabeza se habían mezclado todos los pensamientos. Se olvidó de todo en el mundo y miró suplicante los ojos azules de Nisa, que ahora parecían negros.

Nisa no dijo nada y siguió andando.

—Nisa, ¿por qué te callas? —preguntó Judas con voz de queja, tratando de seguir el paso de la mujer.

—¿Y no me aburriré contigo? —dijo Nisa parándose. Judas estaba cada vez más confuso.

—Bueno —se apiadó por fin Nisa—, vamos.

—¿A dónde?

—Espera... Entremos en este patio para ponernos de acuerdo, tengo miedo a que me vea alguien conocido y le diga a mi marido que estaba con mi amante en la calle.

Nisa y Judas desaparecieron del bazar. Hablaban en la puerta de una casa.

—Ve al Huerto de los Olivos —susurraba Nisa, tapándose los ojos con el velo y dando la espalda a un hombre que pasaba por la puerta con un cubo en la mano—, a Gethsemaní, al otro lado del Kidrón, ¿me oyes?

—Sí, sí...

—Iré delante, pero no me sigas, sepárate de mí —decía Nisa—. Yo iré delante... Cuando cruces el río..., ¿sabes dónde está la cueva?

—Sí, lo sé...

—Cuando pases la almazara de la aceituna, tuerce hacia la cueva. Estaré allí. Pero no se te ocurra seguirme ahora, ten paciencia y espera —con estas palabras Nisa abandonó la puerta, como si no hubiera estado hablando con Judas.

Éste pensaba, entre otras cosas, qué explicación daría a su familia para justificar su ausencia en la mesa festiva. Trató de inventar una mentira; pero, por el estado de emoción en que se encontraba, no se le ocurrió nada y atravesó despacio la puerta.

Cambió de rumbo; ya no tenía prisa por llegar a la Ciudad Baja. Se dirigió de nuevo hacia el Palacio de Caifás. Ya era fiesta en la ciudad. Judas veía a su alrededor las ventanas llenas de luz, y llegaban conversaciones hasta sus oídos.

En la carretera, los últimos transeúntes apresuraban sus burros, gritándoles y arreándoles.

A Judas le llevaban los pies. No se fijó en la torre Antonia, cubierta de musgo, que pasaba junto a él; no oyó el estruendo de las trompetas en la fortaleza y no reparó tampoco en la patrulla romana a caballo y con antorchas, que había iluminado su camino con luz alarmante.

Cuando dejó atrás la torre, Judas se volvió y vio en lo alto, sobre el Templo, dos enormes candelabros de cinco brazos. Pero no pudo distinguirlos con claridad. Le pareció que se habían encendido sobre Jershalaím diez candiles de tamaño sorprendente, haciendo la competencia al candil que dominaba Jershalaím: la luna.

A Judas ya no le interesaba nada. Tenía prisa por llegar a la puerta de Gethsemaní y abandonar la ciudad cuanto antes. A veces, entre espaldas y rostros de los transeúntes, le parecía ver una figura danzante que le servía de guía. Pero se equivocaba. Sabía que Nisa le había adelantado considerablemente. Corrió junto a los tenderetes de los cambistas y por fin se encontró ante la puerta de Gethsemaní. Allí tuvo que detenerse, consumiéndose de impaciencia. Entraban unos camellos en la ciudad y les seguía la patrulla militar siria, que Judas maldijo para sus adentros.

Pero todo se acaba, y el impaciente Judas ya estaba fuera de la ciudad. A su izquierda vio un pequeño cementerio y varias tiendas a rayas de peregrinos. Después de cruzar el camino polvoriento, iluminado por la luna, Judas se dirigió al torrente del Kidrón con la intención de pasar a la otra orilla. El agua murmuraba a sus pies. Saltando de una piedra a otra alcanzó, por fin, la orilla de Gethsemaní y se convenció con alegría de que el camino hasta el huerto estaba desierto. La puerta medio destruida del Huerto de los Olivos no quedaba lejos.

Después del aire cargado de la ciudad, le sorprendió el olor mareante de la noche de primavera. A través de la valla del huerto llegaba una ráfaga de olor a mirtos y acacias de los valles de Gethsemaní.

Nadie guardaba la puerta, nadie la vigilaba, y a los pocos minutos Judas ya corría entre la sombra misteriosa de los grandes y frondosos olivos. El camino era cuesta arriba. Judas subía sofocado. De vez en cuando salía de la sombra a unos claros bañados por la luna, que le recordaban las alfombras que viera en la tienda del celoso marido de Nisa.

Pronto apareció a su izquierda la almazara, con una pesada rueda de piedra y un montón de barriles. En el huerto no había nadie: los trabajos habían terminado al ponerse el sol y ahora sólo sonaban y vibraban coros de ruiseñores.

Su objetivo estaba cerca. Sabía que a la derecha, en medio de la oscuridad, se oiría el susurro del agua cayendo en la cueva. Así sucedió. Refrescaba. Detuvo el paso y gritó con voz no muy fuerte:

—¡Nisa!

Pero en lugar de Nisa, del tronco grueso de un olivo se despegó una figura de hombre bajo y ancho, que saltó al camino. Algo brilló en su mano y se apagó en seguida.

Con un grito débil, Judas retrocedió, pero otro hombre le cerró el paso.

El primero, que estaba delante, le preguntó:

—¿Cuánto dinero has recibido? ¡Dilo, si quieres seguir con vida!

—¡Treinta tetradracmas! ¡Treinta tetradracmas! ¡Todo lo que me dieron lo tengo aquí!

¡Aquí está! ¡Podéis cogerlo, pero no me matéis!

El hombre que tenía delante le arrebató la bolsa. Y en el mismo instante sobre la espalda de Judas voló un cuchillo y se hincó bajo el omoplato del enamorado. Judas cayó de bruces, alzando las manos con los puños apretados. El hombre que estaba delante le recibió con su cuchillo, clavándoselo en el corazón hasta el mango.

—Ni...sa... —pronunció Judas, no con su voz alta, limpia y joven, sino con una voz sorda, de reproche; y no se oyó nada más. Su cuerpo cayó con tanta fuerza que la tierra pareció vibrar.

En el camino surgió una tercera figura. Un hombre con manto y capuchón.

—No pierdan el tiempo —ordenó. Los asesinos envolvieron con rapidez la bolsa y la nota, que les dio este hombre, en una pieza de cuero y la ataron con una cuerda. Uno de los asesinos se guardó el paquete en el pecho y los dos echaron a correr en direcciones distintas.

La oscuridad se los tragó bajo los olivos. El hombre del capuchón se puso en cuclillas junto al muerto y le miró la cara. En la penumbra le pareció blanca como la cal, hermosa y espiritual.

A los pocos segundos no quedaba un ser vivo en el camino. El cuerpo exánime tenía los brazos abiertos. El pie izquierdo estaba dentro de una mancha de luna que permitía distinguir las correas de su sandalia. El Huerto de Gethsemaní retumbaba con el canto de los ruiseñores.

¿Qué hicieron los dos asesinos de Judas? Nadie lo sabe, pero sí sabemos lo que hizo el hombre de la capucha. Después de abandonar el camino, se metió entre los olivos, dirigiéndose hacia el sur. Trepó la valla del huerto por la parte más alejada de la puerta principal, por el extremo sur, donde habían caído unas piedras. Pronto estaba en la orilla del Kidrón. Entró en el agua y anduvo por el río hasta que percibió la silueta de dos caballos y a un hombre junto a ellos. Los caballos también estaban en el agua, que corría bañándoles las pezuñas. El palafrenero montó un caballo y el hombre de la capucha el otro, y los dos echaron a andar por el río. Se oía crujir las piedras bajo las pezuñas de los caballos. Salieron del agua a la orilla de Jershalaím y fueron a paso lento junto a los muros de la ciudad. El palafrenero se separó, adelantándose, y se perdió de vista. El hombre de la capucha paró su caballo, se bajó en el camino desierto y, quitándose la capa, la volvió del revés, sacó de debajo un yelmo plano sin plumaje y se cubrió la cabeza con él. Ahora subió al caballo un hombre con clámide militar negra y una espada corta sobre la cadera. Estiró las riendas y el nervioso caballo trotó, sacudiendo al jinete. El camino no era largo: el jinete se acercaba a la Puerta Sur de Jershalaím.

El fuego de las antorchas bailaba y saltaba bajo el arco de la puerta. Los centinelas de la segunda centuria de la legión Fulminante estaban sentados en bancos de piedra jugando a los dados. Al ver al militar a caballo, los soldados se incorporaron de un salto. El militar les saludó con la mano y entró en la ciudad.

La ciudad estaba inundada de luces de fiesta. En las ventanas bailaba el fuego de los candiles, y por todas partes, formando un coro discorde, sonaban las oraciones. El jinete miraba de vez en cuando a través de las ventanas que daban a la calle. Dentro de las casas, la gente rodeaba la mesa, en la que había carne de cordero y cálices de vino entre platos de hierbas amargas. Silbando por lo bajo una canción, el jinete avanzaba sin prisas, a trote lento, por las calles desiertas de la Ciudad Baja, dirigiéndose hacia la torre Antonia, mirando los candelabros de cinco brazos, nunca vistos, que ardían sobre el templo, o a la luna que colgaba por encima de los candelabros.

El palacio de Herodes el Grande no participaba en la celebración de la noche de Pascua.

En las estancias auxiliares del palacio, orientadas hacia el sur, donde se habían instalado los oficiales de la cohorte romana y el legado de la legión, había luces, se sentía movimiento y vida. Pero la parte delantera, la principal, donde se alojaba el único e involuntario huésped del palacio —el procurador—, con sus columnatas y estatuas doradas, parecía cegada por la luna llena. Aquí, en el interior del palacio, reinaban la oscuridad y el silencio.

Y el procurador, como él dijera a Afranio, no quiso entrar en el palacio. Ordenó que le hicieran la cama en el balcón, donde había comido y donde por la mañana había tenido lugar el interrogatorio. El procurador se acostó en el triclinio, pero no tenía sueño. La luna desnuda colgaba en lo alto del cielo limpio, y el procurador no dejó de mirarla durante varias horas.

Por fin, el sueño se apoderó del hegémono cuando era casi medianoche. El procurador bostezó, se desabrochó y se quitó la toga; se liberó del cinturón que llevaba sobre la camisa, con un cuchillo ancho, de acero, envainado, y lo dejó en el sillón junto al lecho; luego se quitó las sandalias y se tumbó.

Bangá escaló en seguida el triclinio y se acostó junto a él, cabeza con cabeza, y el procurador, pasándole una mano al perro por el cuello, cerró los ojos. Sólo entonces durmió el perro.

El lecho estaba en la oscuridad, guardado de la luna por una columna, pero de los peldaños de la entrada hasta la cama se extendía un haz de luna. Cuando el procurador perdió el contacto con la realidad que le rodeaba, empezó a andar por el camino de luz, hacia la luna.

Se echó a reír feliz por lo extraordinario que todo resultaba en el camino azul y transparente. Le acompañaban Bangá y el filósofo errante. Discutían de algo importante y complicado y ninguno de los dos era capaz de convencer al otro. No estaban de acuerdo en nada, lo que hacía que la discusión fuera interminable, pero mucho más interesante. Por supuesto, la ejecución no había sido más que un malentendido, el filósofo que inventara aquella absurda teoría de que todos los hombres eran buenos estaba a su lado, luego estaba vivo. Y, naturalmente, daba horror pensar que se podía ejecutar a un hombre así. ¡No hubo tal ejecución! ¡No la hubo! Ahí radicaba el encanto del viaje hacia arriba, subiendo a la luna.

Tenía mucho tiempo por delante, la tormenta no empezaría hasta la noche, y la cobardía, sin duda alguna, era uno de los mayores defectos del hombre. Así decía Joshuá Ga-Nozri. No, filósofo, no estoy de acuerdo. ¡Es el mayor defecto!

El que hoy era procurador de Judea, el antiguo tribuno de la legión, no fue cobarde, por ejemplo, cuando a los furiosos germanos les faltó poco para devorar al gigante Matarratas, en el Valle de las Doncellas. Pero, ¡por favor, filósofo!, ¿cómo puede pensar usted, que es inteligente, que el procurador de Judea iba a perder su puesto por un hombre que ha cometido un delito contra el César?

—Sí, sí... —gemía y sollozaba Pilatos en sueños.

Claro que lo perdería. Por la mañana no lo hubiera hecho así; pero, ahora, por la noche, después de haberlo meditado bien, estaba dispuesto a ello. Haría lo que fuera necesario para librar de la ejecución al médico demente y soñador que no era culpable de nada.

—Así siempre estaremos juntos —decía el harapiento filósofo, el vagabundo, que no se sabía por qué había aparecido en el camino del jinete de la Lanza de Oro— ¡cuando salga uno, saldrá el otro! ¡Cuando se acuerden de mí, te recordarán a ti! A mí, hijo de padres desconocidos y a ti, hijo del rey astrólogo y de la hermosa Pila, hija de un molinero.

—Sí, por favor, no me olvides. Recuérdame a mí, al hijo del astrólogo —pedía Pilatos. Y como viera el consentimiento del mendigo de En-Sarid, que asentía con la cabeza, caminando a su lado, el cruel procurador de Judea reía y lloraba de alegría, en sueños.

Esto era muy bonito, pero hizo que el despertar del procurador fuera angustioso. Bangá lanzó un gruñido a la luna y el camino resbaladizo, como untado de aceite, se hundió bajo el procurador. Abrió los ojos, recordó que la ejecución había existido, y después, con gesto acostumbrado, agarró el collar de Bangá. Buscó la luna con sus ojos enfermos y la vio, plateada, que se había desplazado. Un resplandor desagradable y alarmante interrumpía la luz de la luna y jugaba en el balcón ante sus propios ojos.

En las manos del centurión Matarratas ardía una antorcha despidiendo hollín. El hombre miraba con miedo y enfado al animal agazapado para saltar.

—Quieto, Bangá —dijo el procurador con voz enfermiza, y tosió. Continuó hablando, cubriéndose la cara con la mano—. ¡Ni una noche de luna tengo tranquilidad!... Oh, dioses...

Usted, Marco, también tiene un mal puesto. Mutila a los soldados...

Marco miraba al procurador con gran sorpresa; éste se recobró. Para suavizar las innecesarias palabras que había dicho medio en sueños, el procurador añadió:

—No se ofenda, centurión. Le repito que mi situación es todavía peor. ¿Qué quería?

—Ha venido el jefe del servicio secreto.

—Que pase, que pase —ordenó el procurador, tosiendo para aclararse la voz y buscando las sandalias con los pies descalzos. El reflejo del fuego bailó en las columnas y las cáligas del centurión resonaron en el mosaico. El centurión salió al jardín.

—Ni con luna tengo tranquilidad —se dijo el procurador, y le rechinaron los dientes.

Ahora en lugar del centurión apareció en el balcón el hombre de la capucha.

—Quieto, Bangá —dijo el procurador en voz baja, y apretó con suavidad la nuca del perro.

Antes de decir nada, Afranio miró alrededor, como tenía por costumbre, y se fue a la sombra; cuando se convenció de que, además de Bangá, en el balcón no había nadie, empezó a hablar en voz baja.

—Procurador, solicito que me lleve a los tribunales. Usted tenía razón. No he sabido salvar a Judas de Kerioth, lo han matado. Solicito un juicio y la dimisión.

Afranio tuvo la sensación de que le estaban contemplando cuatro ojos: de perro y de lobo.

Sacó de debajo de su clámide una bolsa manchada de sangre, doblemente sellada.

—Este saco con dinero lo arrojaron los asesinos en casa del gran sacerdote. La mancha es de sangre de Judas de Kerioth.

—¿Cuánto dinero hay dentro? —preguntó Pilatos inclinándose sobre el saquito.

—Treinta tetradracmas.

El procurador se sonrió y dijo:

—Es poco.

Afranio estaba callado.

—¿Dónde está el cadáver?

—No lo sé —respondió con digna tranquilidad el hombre que nunca sé separaba de su capuchón—. Esta mañana iniciaremos la investigación.

El procurador se estremeció y dejó la correa de la sandalia que no conseguía abrochar.

—¿Está seguro de que ha muerto?

La respuesta que recibió el procurador fue muy seca:

—Procurador, trabajo en Judea desde hace quince años. Empecé con Valerio Grato. No necesito ver el cadáver de un hombre para saber que está muerto. Le comunico que al hombre que llamaban Judas de Kerioth lo han matado hace unas horas.

—Perdóneme, Afranio —contestó Pilatos—, todavía no estoy del todo despierto, y por eso lo dije. Duermo mal —el procurador sonrió—. En mis sueños siempre veo un rayo de luna. Fíjese, qué curioso, es como si yo estuviera paseando por ese rayo... Bien, me gustaría saber qué piensa de este asunto. ¿Dónde piensa buscarlo? Siéntese.

El jefe del servicio secreto hizo una reverencia, acercó el sillón al triclinio y se sentó, haciendo sonar su espada.

—Pienso buscarle por la almazara, en el Huerto de Gethsemaní.

—Bien, bien. ¿Y por qué allí precisamente?

—Hegémono, creo que a Judas lo han matado, no en la ciudad, pero tampoco lejos de aquí: en las afueras de Jershalaím.

—Le tengo por un gran experto en su oficio. No sé cómo irán las cosas en Roma, pero en las provincias no hay otro como usted. Pero explíqueme, ¿en qué se basa para creerlo así?

—No puedo admitir en absoluto —decía Afranio en voz baja—, que Judas cayera en manos de sospechosos dentro de la ciudad. No se puede matar a nadie en la calle sin ser descubierto, luego tienen que haber conseguido llevarle a algún escondite. Pero nuestro servicio ha hecho un registro en la Ciudad Baja, y de estar allí estoy seguro de que lo hubieran encontrado. No está en la ciudad, se lo garantizo. Y si le hubieran matado en algún otro lugar lejos de la ciudad, no hubieran podido llevar tan pronto el dinero al palacio. Le han matado cerca de la ciudad. Han sabido hacerle salir de Jershalaím.

—¡No comprendo cómo han podido hacerlo!

—Sí, procurador, eso es lo más difícil del caso y no sé si lograré averiguarlo.

—¡Es realmente misterioso! Una tarde de fiesta un hombre creyente que sale de la ciudad, no se sabe por qué, abandonando así la comida de Pascua, y muere. ¿Quién y cómo ha podido conseguir que saliera? ¿No habrá sido una mujer? —preguntó el procurador de pronto, como si tuviera una inspiración.

Afranio contestó tranquilo y convincente:

—De ninguna manera, procurador. Esa posibilidad está excluida. Discurriendo con lógica, ¿quiénes estaban interesados en la muerte de Judas? Unos fantasiosos vagabundos, un grupo de gente, que, ante todo, no incluía ni una mujer. Procurador, para casarse se necesita dinero. Para traer un hombre al mundo, también. Pero para matar a un hombre con ayuda de una mujer se necesita mucho dinero. Y ningún vagabundo puede conseguirlo. En este caso no ha intervenido ninguna mujer, procurador. Le diré algo más, interpretar así el crimen no es sino llevarnos a una pista falsa, confundirnos en la investigación y desconcertarme a mí.

—Tiene usted toda la razón, Afranio —decía Pilatos—, y lo que yo decía no era más que una suposición.

—Desgraciadamente es equivocada, procurador.

—Pero, entonces, ¿qué? —exclamó el procurador, mirando a Afranio con ansiedad.

—Creo que se trata de dinero.

—¡Magnífica idea! ¿Pero quién y por qué podía ofrecerle dinero de noche y fuera de la ciudad?

—No, procurador, no se trata de eso. Tengo una teoría, y de no confirmarse, es probable que no sea capaz de encontrar otra explicación — Afranio se inclinó hacia el procurador y terminó en voz baja—: Judas quería esconder el dinero en algún sitio apartado, que sólo él conociera.

—Es una teoría muy acertada. Debe de ser así como sucedió. Ahora lo comprendo: le hizo salir de la ciudad su propio objetivo, no la gente. Sí, debió de ser así.

—Eso creo. Judas era un hombre desconfiado y quería guardar su dinero de la gente.

—Sí, usted dijo en Gethsemaní... Confieso que no llego a entender por qué piensa buscarlo precisamente allí.

—¡Oh!, procurador, es de lo más sencillo. A nadie se le ocurre esconder el dinero en caminos o sitios vacíos y abiertos. Judas no estuvo en el camino de Hebrón, ni en el de Betania. Tenía que ir a un sitio protegido, con árboles. Está clarísimo. Y cerca de Jershalaím no hay otro lugar que reúna esas condiciones más que Gethsemaní. No pudo haberse marchado muy lejos.

—Me ha convencido por completo. Entonces, ¿qué hacemos ahora?

—Voy a buscar inmediatamente a los asesinos que espiaron a Judas cuando salía de la ciudad, y mientras, quiero presentarme a los tribunales.

—¿Por qué?

—Esta tarde mi servicio le ha dejado salir del bazar, después de abandonar el palacio de Caifás. No puedo explicarme cómo ha sucedido. No me había pasado una cosa así en toda mi vida. Estuvo bajo vigilancia inmediatamente después de nuestra conversación. Pero se nos escapó en el bazar después de hacer un extraño viraje y desapareció por completo.

—Bien. Pero no veo la necesidad de llevarle a los tribunales. Usted ha hecho todo lo posible y nadie en el mundo —el procurador sonrió— hubiera podido hacer más. Castigue a los guardias que dejaron escapar a Judas. Pero le advierto que no me gustaría que la sanción fuera severa. Al fin y al cabo, hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos por salvar a ese farsante. ¡Ah sí! Casi me olvidaba preguntarle, ¿y cómo se arreglaron para tirar el dinero en casa de Caifás?

—Mire usted, procurador... Eso no es demasiado difícil. Los vengadores se acercaron por la parte trasera del palacio de Caifás, por allí el patio da a una callejuela. Tiraron el paquete por encima del muro.

—¿Con una nota?

—Sí, exactamente como usted lo había imaginado, procurador. A propósito... —Afranio arrancó los lacres del paquete y enseñó su interior al procurador.

—¡Por favor, Afranio, pero qué hace! ¡Si los lacres serán del templo, seguramente!

—No debe preocuparse por eso, procurador— respondió Afranio, cerrando el paquete.

—¿Es que tiene usted todos los lacres? —preguntó Pilatos, riéndose.

—No podía ser de otra manera, procurador —contestó Afranio sin sonreír, muy severo.

—¡Me imagino la que se armaría en casa de Caifás!

—Sí, produjo una gran agitación. Me llamaron inmediatamente.

Hasta en la penumbra se podía distinguir el brillo de los ojos de Pilatos.

—Muy interesante...

—¿Me permite una objeción, procurador? No es nada interesante. Este asunto es larguísimo y agotador. Cuando pregunté en el palacio de Caifás si habían pagado dinero a alguien, denegaron rotundamente.

—¿Ah, sí? Bueno, si dicen que no lo han pagado, será que no lo han pagado. Más difícil será encontrar a los asesinos.

—Así es, procurador.

—Afranio, se me ocurre una cosa. ¿No se habrá suicidado?

—¡Oh, no, procurador! —contestó Afranio, retrocediendo asombrado—. Usted perdone, pero es completamente imposible.

—En esta ciudad todo es posible. Apostaría que en la ciudad empezarán a correr rumores sobre eso muy pronto.

Afranio miró al procurador de aquel modo especial como él solía hacerlo. Se quedó pensativo y luego contestó: —Es posible, procurador.

Al parecer, Pilatos no podía dejar el asunto del asesinato del hombre de Kerioth, aunque ahora ya estaba todo claro. Dijo con aire un tanto soñador:

—Me gustaría haber visto cómo le mataron. —Le han matado con verdadero arte, procurador —contestó Afranio, mirándole con cierta ironía. —¿Y usted cómo lo sabe?

—Tenga la bondad de fijarse en la bolsa, procurador —respondió Afranio—. Estoy seguro de que la sangre de Judas brotaría como un torrente. He tenido ocasión de ver muchos muertos, procurador.

—Entonces, ¿ya no volverá a levantarse nunca? —No, procurador, se levantará — contestó Afranio con sonrisa filosófica— cuando suene sobre él la trompeta del mesías que aquí esperan. Pero no se levantará antes de eso.

—Es suficiente, Afranio; este asunto está claro. Pasemos al entierro.

—Los ejecutados ya están enterrados, procurador. —¡Oh!, Afranio, sería un verdadero crimen llevarlo a usted a los tribunales. Se merece la distinción más alta. ¿Cómo lo hicieron?

Afranio se lo contó. Mientras él mismo estaba ocupado con el asunto de Judas, un destacamento de la guardia secreta, dirigido por su ayudante, llegó al monte al anochecer. No encontraron uno de los cuerpos. Pilatos se estremeció y dijo con voz ronca:

—¡Ah, debía haberlo previsto!...

—No se preocupe, procurador —dijo Afranio, y siguió su relato—: Recogieron los cuerpos de Dismás y Gestás, que tenían los ojos comidos por aves de rapiña, e inmediatamente se lanzaron a buscar el tercer cuerpo. Lo encontraron muy pronto. Un hombre...

—Leví Mateo —dijo Pilatos, más bien afirmando que interrogando.

—Sí, procurador... Leví Mateo se escondía en una cueva en la ladera norte del Calvario, esperando que llegara la noche. El cuerpo desnudo de Joshuá Ga-Nozri estaba con él. Cuando la guardia entró en la cueva con una antorcha, Leví se llenó de ira y desesperación. Gritaba que no había cometido ningún crimen y que, según la ley, cualquiera tenía derecho a enterrar a un delincuente ejecutado si así lo deseaba. Leví Mateo decía que no quería separarse del cuerpo. Estaba muy alterado, gritaba algo incoherente, pedía o amenazaba y maldecía...

—¿Tuvieron que detenerle? —preguntó Pilatos con aire sombrío.

—No, procurador —respondió Afranio tranquilizador—. Consiguieron calmar al exaltado demente, asegurándole que el cuerpo sería enterrado. Cuando lo comprendió, Leví pareció sosegarse, pero dijo que no pensaba marcharse y que deseaba participar en el entierro. Que no se iría aunque le amenazáramos con la muerte y hasta ofreció, con este fin, un cuchillo de cortar pan que llevaba encima.

—¿Le echaron? —preguntó Pilatos con voz ahogada.

—No, procurador. Mi ayudante permitió que tomara parte en el entierro.

—¿Cuál de sus ayudantes dirigía la operación? —preguntó Pilatos.

—Tolmai —contestó Afranio, y añadió intranquilo—: A lo mejor, ha cometido alguna equivocación...

—Siga —dijo Pilatos—, no hubo equivocación. Y además, empiezo a sentirme algo desconcertado: estoy tratando, por lo visto, con un hombre que nunca se equivoca. Y ese hombre es usted.

—Llevaron a Leví Mateo en el carro con los cuerpos de los ejecutados, y a las dos horas llegaron a un desfiladero desierto, al norte de Jershalaím. Los guardias, trabajando por turnos, cavaron una fosa profunda en una hora y en ella enterraron a los tres ejecutados.

—¿Desnudos?

—No, procurador. Habían llevado expresamente unas túnicas. A cada uno de los enterrados le pusieron un anillo en el dedo. A Joshuá con un corte, a Dismás con dos y a Gestás con tres. La fosa fue cerrada y tapada con piedras. Tolmai conoce el signo distintivo.

—¡Ah, si yo lo hubiera previsto! —dijo Pilatos con una mueca de disgusto—. Tendría que ver a ese Leví Mateo. .

—Está aquí, procurador.

Pilatos, con los ojos muy abiertos, miraba a Afranio fijamente. Luego dijo:

—Le agradezco todo lo que ha hecho en este asunto. Le ruego que mañana haga venir a Tolmai y comuníquele que estoy contento con él, y a usted, Afranio —el procurador sacó del bolsillo del cinturón que tenía en la mesa una sortija y se la dio al jefe del servicio secreto—, le ruego que admita esto como recuerdo.

Afranio hizo una reverencia, diciendo:

—Es un gran honor para mí, procurador.

—Quiero que se premie a los miembros de la guardia que llevaron a cabo el entierro. Y que se imponga una amonestación a los que dejaron matar a Judas. Que venga inmediatamente Leví Mateo. Quiero averiguar algunos detalles sobre el caso de Joshuá.

—A sus órdenes, procurador —respondió Afranio, y empezó a retroceder, haciendo reverencias. Pilatos dio una palmada y gritó:

—¡Que venga alguien! ¡Un candil a la columnata!

El jefe del servicio secreto bajaba ya al jardín cuando los criados, con luces en la mano, aparecieron a espaldas de Pilatos. En la mesa, frente al procurador, había tres candiles, y la noche de luna se replegó del jardín en seguida, como si Afranio se la hubiera llevado. Entró en el balcón un hombre desconocido, pequeño y delgado, junto al gigante centurión, que se retiró, desapareciendo en el jardín al encontrarse con la mirada del procurador.

El procurador, algo asustado y con expresión de ansiedad en los ojos, estudiaba al recién llegado. Así se mira a aquel del que se ha oído hablar mucho, se ha pensado en él y por fin aparece.

El hombre debía de tener unos cuarenta años. Era muy moreno, iba desarrapado, cubierto de barro seco y miraba de reojo, como un lobo. Tenía un aspecto lamentable y recordaba, sobre todo, a los mendigos que abundan en las terrazas del templo o en los bazares de la sucia y ruidosa Ciudad Baja.

No duró mucho el silencio; la extraña actitud del hombre lo interrumpió. Cambió de cara, se tambaleó y de no haberse agarrado a la mesa se hubiera caído.

—¿Qué te pasa? —preguntó Pilatos.

—Nada —contestó Leví Mateo, e hizo un gesto como si estuviera tragando. Su cuello chupado, desnudo y gris se hinchó por un instante.

—Contesta, ¿qué te pasa? —repitió Pilatos.

—Estoy cansado —dijo Leví mirando al suelo con aire sombrío.

—Siéntate —dijo Pilatos indicándole el sillón.

Leví miró desconfiado al procurador, fue hacia el sillón, miró de reojo, asustado, los brazos dorados del sillón y se sentó, pero no en él, sino en el suelo, al lado.

—Dime, ¿por qué no te has sentado en el sillón? —preguntó Pilatos.

—Estoy sucio y lo mancharía —dijo Leví mirando al suelo.

—Ahora te darán de comer.

—No quiero comer.

—¿Por qué mientes? —preguntó Pilatos en voz baja—. No has comido en todo un día, o puede ser que desde hace más tiempo. Pero muy bien, no comas. Te he llamado para que me enseñes el cuchillo que tienes.

—Los soldados me lo han quitado antes de traerme aquí —contestó Leví, y añadió con aire lúgubre—: devuélvamelo. Tengo que dárselo a su dueño, lo he robado.

—¿Para qué?

—Para cortar las cuerdas —respondió Leví.

—¡Marco! —gritó el procurador, y el centurión apareció bajo las columnas—. Que traigan su cuchillo.

—¿A quién robaste el cuchillo?

—En el puesto de pan que hay junto a la Puerta de Hebrón, al entrar en la ciudad, a la izquierda.

Pilatos observó la hoja del cuchillo, pasó un dedo para ver si estaba afilado y dijo:

—No te preocupes, devolverás el cuchillo. Y, ahora, enséñame la carta que llevas encima, donde tienes apuntadas las palabras de Joshuá.

Leví miró a Pilatos con odio y sonrió con una expresión tan hostil que su cara se desfiguró por completo.

—¿Me la quieres quitar?

—No te he dicho dámela, sino enséñamela.

Leví metió la mano por la camisa y sacó un rollo de pergamino. Pilatos lo cogió, lo desenrolló, colocándolo entre las luces, y empezó a estudiar los signos poco legibles. Era difícil descifrar aquellas líneas mal hechas y Pilatos arrugaba la cara, se inclinaba sobre el pergamino y pasaba el dedo por lo escrito. Consiguió entender que se trataba de una cadena de frases sin ilación alguna; fechas, compras anotadas y trozos poéticos. Algo pudo leer: «...

la muerte no existe... ayer comimos brevas dulces de primavera...».

Haciendo muecas por el esfuerzo, Pilatos leía fijando la vista:«... veremos el agua limpia del río de la vida... la humanidad mirará al sol a través de un cristal transparente...». Aquí Pilatos se estremeció. En las últimas líneas del pergamino pudo leer:«... el defecto mayor... la cobardía...».

Pilatos enrolló el pergamino y con un gesto brusco se lo dio a Leví.

—Toma —dijo, y después de un silencio añadió—: Veo que eres un hombre letrado y no tienes por qué andar solo, vestido como un mendigo, sin casa. En Cesarea tengo una gran biblioteca, soy muy rico y quiero que trabajes para mí. Tu trabajo sería examinar y guardar los papiros y tendrías suficiente para comer y vestir.

Leví se levantó y contestó:

—No, no quiero.

—¿Por qué? —preguntó el procurador cambiando de cara—. ¿Te soy desagradable..., me tienes miedo?

La misma sonrisa hostil desfiguró el rostro de Leví. Dijo:

—No, porque tú me tendrás miedo. No te será fácil mirarme a la cara después de haberlo matado.

—Cállate —contestó Pilatos—, acepta este dinero.

Leví movió la cabeza, rechazándolo, y el procurador siguió hablando:

—Sé que te crees discípulo de Joshuá, pero no has asimilado nada de lo que él te enseñó.

Porque si fuera así, hubieras aceptado algo de mí. Ten en cuenta que él dijo antes de morir que no culpaba a nadie. —Pilatos levantó un dedo con aire significativo. Su cara se convulsionaba con un tic—. Es seguro que hubiera aceptado algo. Eres cruel y él no lo era.

¿Adónde vas a ir?

De pronto Leví se acercó a la mesa, se apoyó en ella con las dos manos y mirando al procurador, con los ojos ardientes, dijo:

—Quiero decirte, procurador, que voy a matar a un hombre en Jershalaím. Quiero decírtelo para que sepas que todavía habrá sangre.

—Ya sé que la habrá —respondió Pilatos—, no me has sorprendido con tus palabras.

Naturalmente, ¿querrás matarme a mí?

—No conseguiría matarte —contestó Leví con una sonrisa, enseñando los dientes—, no soy tan tonto como para pensar en eso. Pero voy a matar a Judas de Kerioth y dedicaré a ello el resto de mi vida.

Los ojos del procurador se llenaron de placer y, haciendo un gesto con el dedo, para que Leví Mateo se acercara, le dijo:

—Eso ya no puedes hacerlo, no te molestes. Esta noche ya han matado a Judas.

Leví dio un salto, apartándose de la mesa, y mirando alrededor con los ojos enloquecidos, gritó:

—¿Quién lo ha hecho?

—No seas celoso —sonrió Pilatos, y se frotó las manos—, me temo que tenía otros admiradores aparte de ti.

—¿Quién lo ha hecho? —repitió Leví en un susurro.

Pilatos le contestó:

—Lo he hecho yo.

Leví abrió la boca y se quedó mirando al procurador, que dijo en voz baja:

—Desde luego, no ha sido mucho, pero lo hice yo —y añadió—: bueno, y ahora ¿aceptarás algo?

Leví se quedó pensativo, se ablandó y dijo:

—Ordena que me den un trozo de pergamino limpio.

Pasó una hora. Leví ya no estaba en el palacio. Sólo el ruido suave de los pasos de los centinelas en el jardín interrumpía el silencio del amanecer. La luna palidecía, y en el otro extremo del cielo apareció la mancha blanca de una estrella. Hacía tiempo que se habían apagado los candiles. El procurador estaba acostado. Dormía con una mano bajo la mejilla y respiraba silenciosamente. A su lado dormía Bangá.

Así recibió el amanecer del quince del mes Nisán el quinto procurador de Judea, Poncio Pilatos.