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El Maestro y Margarita.  Mijaíl Bulgákov
Capítulo 14. ¡Viva el gallo!
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A Rimski, como suele decirse, le fallaron los nervios, y sin esperar a que terminaran de extender el acta, salió disparado hacia su despacho. Sentado a su mesa, no dejaba de mirar, con ojos irritados, los mágicos billetes de diez rublos. Al director de finanzas se le iba la cabeza. Llegaba de fuera un ruido monótono. Del Varietés salían a la calle verdaderos torrentes de gente, y al oído de Rimski, extraordinariamente aguzado, llegaron los silbatos de los milicianos. Nunca presagiaban nada bueno, pero cuando el silbido se repitió y se le unió otro prolongado y autoritario, acompañado de exclamaciones y risotadas, comprendió que en la calle estaba pasando algo escandaloso y desagradable y que, por muchas ganas que tuviera de ignorarlo, debía estar estrechamente ligado a la desafortunada sesión que el nigromante y sus ayudantes llevaran a cabo. Y el sensitivo director de finanzas no se equivocó ni un ápice.

Bastó una mirada por la ventana para hacerle cambiar de expresión y gruñir:

—¡Ya lo sabía yo!

Debajo de la ventana, en la acera, iluminada por la fuerte luz de los faroles, había una señora en combinación con pantaloncitos color violeta; llevaba en la mano un sombrero y un paraguas, parecía estar fuera de sí y se agachaba o trataba de escapar a algún sitio. La rodeaba una multitud muy excitada que reía en ese mismo tono que al director le ponía carne de gallina. Junto a la dama se agitaba un ciudadano que trataba de despojarse a toda prisa de su abrigo de entretiempo, pero parecía tan nervioso, que no podía dominar una manga, en la que, al parecer, se le había enredado un brazo.

Se oían risas alocadas y gritos que salían de un portal. Grigori Danílovich volvió la cabeza. Descubrió otra señora en ropa interior, ésta de color de rosa. De la calzada fue a la acera, queriendo refugiarse en un portal, pero se lo impedía la gente que le cerraba el paso. La desdichada, víctima de su frivolidad y de su pasión por los trapos, engañada por la compañía del odioso Fagot, sólo una cosa ansiaba: ¡que se la tragara la tierra!

Un miliciano se dirigió a la infeliz rasgando el aire con su silbido. Le siguieron unos muchachos muy regocijados, cubierta la cabeza con gorras. De ellos provenían las risotadas y los gritos. Un cochero delgado, con bigote, llegó en un vuelo junto a la primera señora a medio vestir y paró en seco su caballo, un animal esquelético y viejo. Una risita alegre se dibujaba en la cara del bigotudo cochero.

Rimski se dio un puñetazo en la cabeza, escupió y se apartó de la ventana.

Estuvo sentado un rato, escuchando el ruido de la calle. Los silbidos en distintos puntos llegaron a su auge y luego empezaron a decaer. Con gran sorpresa de Rimski, el escándalo había terminado, solucionado con una rapidez inesperada.

Llegó el momento de actuar, tenía que beber el amargo trago de la responsabilidad. Ya habían arreglado los teléfonos de todo el edificio, tenía que telefonear, comunicar lo ocurrido, pedir ayuda, mentir, echarle la culpa a Lijodéyev, protegerse él mismo, etc. ¡Diablos!

Dos veces puso el disgustado director su mano sobre el auricular y dos veces la retiró. Y de pronto, en el silencio sepulcral del despacho estalló un timbrazo contra la cara del director.

Se estremeció y se quedó frío. «Tengo los nervios destrozados», pensó, y descolgó. Se echó hacia atrás y empalideció hasta ponerse blanco como la nieve. Una voz de mujer, cautelosa y perversa, le susurró:

—No llames, Rimski, o te pesará...

Y el aparato enmudeció. Colgó el auricular; sentía frío en la espalda, y sin saber por qué se volvió hacia la ventana. A través de las ramas de un arce, escasas y ligeramente cubiertas de verde, pudo ver la luna que corría por una nube transparente. No podía apartar la vista de aquellas ramas, las miraba y las miraba, y cuanto más lo hacía mayor era su miedo.

Haciendo un gran esfuerzo volvió la espalda a la ventana llena de luna y se levantó. Ya no pensaba en llamar, ahora lo único que deseaba era desaparecer del teatro lo antes posible.

Escuchó: el teatro estaba en silencio. Rimski se dio cuenta de que se encontraba solo en el segundo piso, y un miedo invencible, infantil, se apoderó de él. No podía pensar sin estremecerse que tendría que recorrer los pasillos él solo y bajar las escaleras. Cogió febrilmente los billetes del hipnotizador, los metió en la cartera y, para darse ánimos, tosió. Le salió una tos ronca y débil.

Tuvo la sensación de que entraba una humedad malsana por debajo de la puerta. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sonó el reloj y dio las doce. También esto le hizo temblar. Se quedó sin aliento: alguien había hecho girar la llave en la cerradura. Agarraba la cartera con las manos húmedas y frías. El director sentía que, si se prolongaba un poco más aquel ruido en la puerta, gritaría desesperadamente sin poderlo resistir.

Por fin, cediendo a los forcejeos de alguien, la puerta se abrió, dando paso a Varenuja, que entró en el despacho sin hacer ruido. Rimski se derrumbó en el sillón, se le doblaron las piernas. Llenando sus pulmones de aire, esbozó una sonrisa servil, y dijo en voz baja:

—Dios mío, qué susto me has dado...

Sí, una aparición así, repentina, habría asustado a cualquiera, pero al mismo tiempo era una gran alegría: podía dar una pequeña luz a aquel embrollado asunto.

—Cuenta, cuenta —articuló Rimski, agarrándose a la nueva posibilidad—. ¡Anda, cuenta! ¿Qué quiere decir todo esto?

—Perdona —contestó con voz sorda el recién aparecido, cerrando la puerta—, pensé que ya te habías ido.

Y Varenuja, sin quitarse la gorra, se acercó a un sillón y se sentó al otro lado de la mesa.

En la respuesta de Varenuja se percibía una ligera extrañeza que en seguida chocó al director de finanzas, de una sensibilidad que podría competir con la de cualquier sismógrafo del mundo. ¿Qué quería decir aquello? ¿Por qué habría ido Varenuja al despacho de Rimski, si pensaba que él no iba a estar allí? Tenía su despacho. Además, al entrar en el edificio tenía que haber encontrado a alguno de los guardas nocturnos, y todos ellos sabían que Grigori Danílovich se había detenido en su despacho. Pero el director de finanzas no tenía tiempo que perder en hacer tales consideraciones.

—¿Por qué no me has llamado? ¿Qué has averiguado del lío de Yalta?

—Lo que yo te dije —contestó el administrador, haciendo un ruido con la lengua, como si le dolieran las muelas—, le encontraron en el bar de Púshkino.

—¿Cómo en Púshkino? ¿Cerca de Moscú? ¿Y los telegramas de Yalta?

—¡Qué Yalta ni que ocho cuartos! Emborrachó al telegrafista de Púshkino y entre los dos idearon la broma de enviar telegramas con la contraseña de Yalta.

—Sí, sí... Bueno, bueno —más bien cantó que dijo Rimski.

Le brillaban los ojos con un fuego amarillento. En su cabeza se perfilaba la escena festiva de la destitución vergonzosa de Stiopa. ¡La liberación! ¡La liberación tan ansiada de aquel desastre personificado en Lijodéyev! Y puede que se consiga algo todavía peor que la destitución de su cargo...

—¡Detalles! —dijo Rimski, dando un golpe en la mesa con el pisapapeles.

Varenuja comenzó las explicaciones, los detalles. Al llegar a aquel sitio, donde le había enviado el director de finanzas, le recibieron inmediatamente y le escucharon con mucha atención. Claro, nadie creyó que Stiopa estuviera en Yalta. Todos apoyaron a Varenuja en su idea de que Lijodéyev, naturalmente, tenía que estar en la «Yalta» de Púshkino.

—¿Y dónde está ahora? —interrumpió al administrador el nervioso Rimski.

—¡Pues dónde va a estar! —respondió el administrador torciendo la boca en una sonrisa—. ¡En las milicias, curándose la borrachera!

—Bueno, bueno... ¡Gracias, hombre!

Varenuja continuó con su narración, y según avanzaba su historia, avanzaba también la interminable cadena de fechorías y actos bochornosos de Lijodéyev que Rimski imaginaba con tremendo realismo, y cada eslabón de la cadena era algo peor que lo inmediatamente anterior. ¡Desde luego, bailando con el telegrafista, los dos abrazados, en la hierba, delante del telégrafo y al son de un organillo callejero! ¡La persecución de unas ciudadanas que chillaban horrorizadas! ¡La fracasada pelea con un camarero del mismo «Yalta»! ¡La cebolleta verde tirada por el suelo, también en «Yalta»! ¡Las ocho botellas de vino blanco seco «Ay-Danil»

rotas! ¡El contador destrozado en un taxi porque el taxista se negó a llevar a Stiopa! ¡La amenaza de detener a los ciudadanos que trataban de poner fin a las barrabasadas de Stiopa!...

En fin, ¡horroroso!

Stiopa era muy conocido en los círculos teatrales de Moscú y todos sabían que no era ninguna maravilla. Pero lo que había contado el administrador era demasiado, incluso para Stiopa. Sí, era demasiado, demasiado...

Rimski clavó sus penetrantes ojos en la cara del administrador y se ensombrecía cada vez más según hablaba aquél. Cuanto más reales y pintorescos eran los desagradables detalles que adornaban la narración del administrador, menos le creía el director de finanzas. Y cuando Varenuja le dijo que Stiopa había perdido el control hasta el punto de oponer resistencia a los que fueron a buscarle para llevárselo a Moscú, Rimski sabía con certeza que todo lo que contaba el administrador, aparecido a medianoche, era mentira. ¡Mentira desde la primera palabra hasta la última!

Varenuja no había estado en Púshkino, y el propio Stiopa tampoco. No hubo ningún telegrafista borracho, ni cristales rotos en el bar, tampoco ataron a Stiopa con cuerdas..., nada de aquello era cierto.

Cuando Rimski se convenció de que el administrador le estaba mintiendo, el miedo empezó a recorrerle por el cuerpo, subiendo desde las piernas, y otra vez le pareció que por debajo de la puerta entraba una humedad putrefacta, de malaria. Sin apartar la vista del administrador, que se retorcía en el sillón de una manera extraña, tratando de no salirse de la sombra, que dejaba la lámpara azul de la mesa, y tapándose la cara con un periódico porque le molestaba la luz, Rimski pensaba en lo que podía significar todo aquello. ¿Por qué le mentiría tan descaradamente el administrador, que había vuelto demasiado tarde, si el edificio estaba desierto y en silencio? El presentimiento de un peligro, desconocido pero terrible, le traspasó el corazón. Haciendo como que no veía las manipulaciones de Varenuja y sus movimientos con el periódico, el director de finanzas se puso a examinar su expresión, casi sin escuchar lo que quería colocarle su interlocutor. Había algo todavía más inexplicable que el relato sobre las andanzas, lleno de calumnias, inventado no se sabía por qué, y ese algo era la transformación operada en el aspecto y en los ademanes del administrador.

A pesar de todos sus intentos de taparse la cara con la visera de la gorra para esconderse en la sombra, a pesar del periódico, el director de finanzas pudo ver que tenía en el carrillo derecho, junto a la nariz, un enorme cardenal. Además, el administrador, que solía tener un aspecto muy saludable, estaba pálido, con una palidez enfermiza, de cal, y llevaba al cuello, en una noche tan calurosa, una bufanda a rayas. Si a esto añadimos su nueva manía repulsiva, y que por lo visto había adquirido durante su ausencia, de chupar y chapotear con los labios, el cambio brusco en su voz que ahora era sorda y ordinaria, su mirada recelosa y cobarde, podríamos decir con toda seguridad que Varenuja estaba desconocido.

Había algo más que al director le producía terrible sensación de incomodidad, pero a pesar de los esfuerzos de su excitado cerebro, y de no apartar la vista de Varenuja, no conseguía averiguar qué era. Lo único que podía asegurar era que la unión del administrador y el conocido sillón tenía algo de inaudito y anormal.

—Por fin pudieron con él, le metieron en el coche —seguía Varenuja con su voz monótona, asomando por detrás del periódico y tapándose el cardenal con la mano.

De pronto, Rimski alargó la mano, y como sin querer apretó con la palma el botón del timbre, tamborileando con los dedos en la mesa al mismo tiempo. Se quedó frío. En el edificio desierto tenía que haber sonado irremediablemente una señal aguda. Pero no hubo tal señal y el botón se hundió inerte en el tablero de la mesa. Estaba muerto, el timbre no funcionaba.

La astucia del director de finanzas no pasó inadvertida para Varenuja, que, cambiando de cara, preguntó con una llama de furia en los ojos:

—¿Por qué llamas?

—Es la costumbre —respondió Rimski con voz sorda, retirando la mano, y preguntó a su vez algo indeciso—: ¿Qué tienes en la cara?

—Es del coche; me di un golpe con la manivela en un viraje —contestó Varenuja, desviando la mirada.

«¡Miente!», exclamó él director para sus adentros, y, con los ojos redondos, la expresión completamente enajenada, se quedó mirando al respaldo del sillón.

Detrás de éste, en el suelo, se cruzaban dos sombras, una más densa y oscura, la otra más clara, gris. Se veía perfectamente la sombra que proyectaba el respaldo del sillón y la de las patas, pero sobre la del respaldo no se veía la sombra de la cabeza de Varenuja, ni tampoco sus pies proyectaban sombra alguna por debajo del sillón.

«¡No tiene sombra!», pensó Rimski horrorizado. Le entró un temblor.

Varenuja se volvió furtivamente, siguiendo la mirada demente de Rimski, dirigida al suelo, y comprendió que estaba descubierto. Se levantó del sillón (lo mismo hizo el director de finanzas) y dio un paso atrás, apretando en sus manos la cartera.

—¡Lo has adivinado, desgraciado! Siempre fuiste listo —dijo Varenuja, soltando una risa furiosa en la misma cara de Rimski; de pronto dio un salto hacia la puerta y, rápidamente, bajó el botón de la cerradura inglesa.

Rimski miró hacia atrás desesperado, retrocediendo hacia la ventana que salía al jardín.

En la ventana, llena de luna, vio pegada al cristal la cara de una joven desnuda que, metiendo el brazo por la ventanilla de ventilación, trataba de abrir el cerrojo de abajo. El de arriba ya estaba abierto.

Le pareció a Rimski que la luz de la lámpara de la mesa se estaba apagando y que la mesa se inclinaba poco a poco. Le echaron un cubo de agua helada, pero, felizmente, pudo rehacerse y no se cayó. Las pocas fuerzas que le quedaban le sirvieron para susurrar:

—¡Socorro...!

Varenuja vigilaba la puerta, daba saltos y giraba en el aire un buen rato, señalaba hacia Rimski con los dedos engarabitados, silbaba y aspiraba el aire, guiñando el ojo a la joven.

Ella se dio prisa, metió por la ventanilla su cabeza pelirroja, estiró la mano todo lo que pudo, arañó con las uñas el cerrojo de abajo y empujó la ventana. La mano se le estiraba como si fuera de goma, luego se le cubrió de un verde cadavérico. Por fin los dedos verdosos de la muerta agarraron el cerrojo, lo corrieron y la ventana empezó a abrirse. Rimski dio un ligero grito, se apoyó en la pared y se protegió con la cartera a modo de escudo. Comprendía que se acercaba la muerte.

Se abrió la ventana, pero en vez del fresco nocturno y el aroma de los tilos, entró en la habitación un olor a sótano. La difunta pisó la repisa de la ventana. Rimski veía con claridad en su pecho las manchas de la putrefacción.

En ese instante llegó del jardín un grito alegre e inesperado; era el canto de un gallo que estaba en una pequeña caseta detrás del tiro, donde guardaban las aves que participaban en el programa. El gallo amaestrado anunciaba con su sonora voz que desde oriente el amanecer se acercaba a Moscú.

Una furia salvaje desfiguró la cara de la joven, profirió una blasfemia con voz ronca, y Varenuja, en el aire, dio un grito y se derrumbó al suelo.

Se repitió el canto del gallo, la joven rechinó los dientes, se erizó su pelo rojo. Al tercer canto del gallo se dio la vuelta y salió volando. Varenuja dio un salto y salió a su vez por la ventana detrás de la muchacha, navegando despacio, como un Cupido.

Un viejo —un viejo que poco antes fuera Rimski—, con el cabello blanco como la nieve, sin un solo pelo negro, corrió hacia la puerta, giró la cerradura, abrió y se precipitó por el pasillo oscuro. Junto a la escalera, gimiendo de miedo, encontró a tientas el conmutador y la escalera se iluminó. El anciano, que seguía temblando, se cayó al bajar la escalera porque le pareció que Varenuja se le venía encima.

Corrió al piso bajo y vio al guarda dormido en el vestíbulo. Pasó de puntillas junto a él y salió con sigilo por la puerta principal. En la calle se sintió algo mejor. Se había recuperado de tal manera que pudo darse cuenta, tocándose la cabeza, de que había olvidado el sombrero en el despacho.

Claro está que no volvió por el sombrero, sino que se apresuró a cruzar la calle hacia el cine de enfrente, donde brillaba una luz tenue y rojiza. Se precipitó a parar un coche antes de que nadie lo cogiera.

—Al expreso de Leningrado; te daré propina —dijo el viejo respirando con dificultad y apretándose el corazón.

—Voy al garaje —respondió muy hosco el chófer, y le volvió la espalda.

Rimski abrió la cartera, sacó un billete de cincuenta rublos y se los alargó al conductor por la portezuela abierta.

Y al cabo de un instante el coche, trepidante, volaba como el viento por la Sadóvaya.

Rimski, sacudido en su asiento, veía en el retrovisor los alegres ojos del chófer y sus propios ojos enloquecidos.

Al saltar del coche, junto al edificio de la estación, gritó al primer hombre con delantal blanco y chapa que encontró:

—Primera clase, un billete; te daré treinta —sacaba de la cartera los billetes de diez rublos, arrugándolos—; si no hay de primera, dame de segunda... ¡Y si no, de tercera!

El hombre de la chapa, mirando el reluciente reloj, le arrancaba los billetes de la mano.

Cinco minutos después de la cúpula de cristal de la estación salía el exprés, perdiéndose por completo en la oscuridad. Y con él desapareció Rimski.