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La escena representa el vicio jardín de la casa de los Prosorov. Al extremo de una larga alameda de abetos se divisa el río, desde cuya otra orilla se extiende el bosque. A la derecha está la terraza de la casa y, sobre una mesa, botellas y vasos indican que acaba de beberse champán. Es el mediodía. De cuando en cuando atraviesan el jardín transeúntes que se dirigen al río. Pasan cinco soldados.

Escena I

CHEBUTIKIN, de un perfecto humor, que no le abandona en todo el transcurso del acto, sentado en un sillón del jardín, espera que se le llame. Lleva gorra y bastón. IRINA, KULIGUIN y TUSENBACH éste con una condecoración colgada al cuello y sin bigote despiden, desde la terraza, a FEDOTIK y RODE, que bajan los peldaños de la escalinata. Ambos oficiales visten uniforme de campaña.

TUSENBACH.-(Cambiando un abrazo con FEDOTIK.) ¡Es usted una gran persona!...

¡Siempre nos hemos llevado bien! (Cambiando otro abrazo con RODE.) ¡Una vez más..., adiós, querido!

IRINA.-¡Hasta la vista!

FEDOTIK.-¡Hasta la vista, no!... ¡Adiós!... ¡No hemos de volver a vernos!

KULIGUIN.-Eso ¡quién lo sabe! (Sonriendo, a tiempo que se enjuga los ojos.) ¡Vaya! ¡Yo también estoy llorando!

IRINA.-¡Ya volveremos a encontrarnos alguna vez!

FEDOTIK.-¿Cuándo? ¿Dentro de diez o de quince años?... ¡Ya no nos reconoceremos entonces!... ¡Nos saludaremos con la mayor frialdad! (Sacándole una fotografía.) ¡Quieta!...

¡Otra, como última!

RODE.-(Abrazando a TUSENBACH.) ¡Ya no nos veremos más! (Besando la mano de IRINA.) ¡Gracias por todo!

FEDOTIK.-(Enojado.) ¡Espera!

TUSENBACH.-¡Si Dios quiere, volveremos a vernos!... ¡Escríbannos! ¡No dejen de escribirnos!

RODE.-(Paseando la mirada por el jardín.) ¡Adiós, árboles! (Lanzando un grito.) ¡Gopgop!...

(Pausa.) ¡Adiós, eco!

KULIGUIN.-¡A saber si se casará usted en Polonia!... Su esposa polaca le dirá al abrazarle: «¡Kojane!» (11). (Ríe.) FEDOTIK.-(Consultando el reloj.) Falta menos de una hora. Solionii es el único de la batería que se irá con la barcaza... Los demás vamos formados. Hoy salen tres baterías, mañana otras tres, y la ciudad se quedará tranquila y silenciosa.

TUSENBACH.-Y atrozmente aburrida.

RODE.-Por cierto, ¿dónde está María Sergueevna?

KULIGUIN.-¿Mascha? Está en el jardín.

FEDOTIK.-Quiero despedirme de ella.

RODE.-Adiós. Hay que marcharse ya. Si no..., me echaré a llorar. (Abraza rápidamente a TUSENBACH y a KULIGUIN y besa la mano de IRINA.) ¡La vida aquí fue una maravilla!

FEDOTIK.-(A KULIGUIN.) Esto para usted..., como recuerdo. Es una agenda con un lapicito... Nos vamos para el río... (Conforme van andando, vuelven ambos la cabeza.) RODE.-(Con un grito.) ¡Gop-gop!

KULIGUIN.-(Con otro grito.) ¡Adiós! (Al llegar al fondo del escenario, FEDOTIK y RODE encuentran a MASCHA, de la que se despiden, y que sigue el camino con ellos.) IRINA.-¡Se fueron! (Va a sentarse en el último peldaño de la escalinata.) CHEBUTIKIN.-Se olvidaron de despedirse de mí.

IRINA.-¿Por qué no les dijo usted algo?

CHEBUTIKIN.-La verdad es que yo tampoco me di cuenta... ¡Como hemos de vernos pronto!... Mañana me marcho yo... Sí... ¡Queda otro día más! Dentro de un año, cuando me den el retiro, volveré y entonces para pasar los últimos años de mi vida junto a ustedes... ¡Ya no me falta más que un año para empezar a cobrar mi pensión!... (Se mete un periódico en el bolsillo y se saca otro.) Cuando venga aquí, cambiaré radicalmente de vida... Volveré a ser un hombre quietecito..., buenecito...

IRINA.-Si... Le hace a usted mucha falta cambiar de vida, querido.

CHEBUTIKIN.-En efecto... Comprendo que debe ser así... (Canturreando a media voz.) «¡Tara- rá..., bumbia... Sentado estoy!»...

KULIGUIN.-¡Es usted incorregible, Iván Romanich!... ¡Incorregible!...

CHEBUTIKIN.-¿Por qué no me toma usted como educando?... ¡Entonces sí que me corregiría!...

IRINA.-¡Fedor, te has afeitado el bigote!... ¡No puedo verte así!... KULIGUIN.-¿Y por qué?

CHEBUTIKIN.-¡Quisiera poder decirle lo que parece ahora su cara!

KULIGUIN.-¡Qué se le va a hacer!... ¡La cosa está admitida!... «Modus vivendi»... Nuestro director se afeita el bigote, y yo, desde que soy inspector, me lo afeito también. Yo sé que no le gusta a nadie, pero a mí me da igual... Tan satisfecho me siento con bigote como sin él. (Se sienta. Por el fondo del escenario pasa ANDREI, empujando un cochecito en el que va el niño dormido.) IRINA.-¡Iván Romanich!... ¡Tengo una preocupación enorme!... ¡Usted, que estaba ayer en el bulevar, cuénteme lo que pasó!

CHEBUTIKIN.-¿Lo que pasó?... No pasó nada... ¡Tonterías! (Su pone a leer el periódico.) KULIGUIN.-Hablan como de que si Solionii y el barón se hubieran encontrado en el bulevar, junto al teatro...

TUSENBACH.-¡Deje eso!... ¿Para qué?... (Con aire impaciente, entra en la casa.) KULIGUIN.-Junto al teatro... Parece ser que Solionii empezó a provocar al barón, y éste, no pudiendo contenerse, le dijo algo ofensivo.

CHEBUTIKIN.-Yo no sé nada... ¡Tonterías todo!

KULIGUIN.-Cuentan que una vez, en un seminario, escribió un maestro para una composición la palabra «renyxa» (12) y el alumno la leyó «renyxa», como en latín... ¡Tiene gracia!... Pues sí..., hablan de que si Solionii está enamorado de ti, Irina, y aborrece al barón...

¡Y es natural que esté enamorado!... ¡Irina es una muchacha muy buena!... ¡Hasta se parece a Mascha!... ¡Igual de reflexiva!... ¡Aunque tú, Irina, tienes el carácter más suave, sin que eso quiera decir que el de Mascha no sea también bueno!... ¡Yo la quiero mucho! (Del fondo del jardín llega el grito de «¡Gop-gop!».) IRINA.-(Estremeciéndose.) ¡Hoy todo me asusta!... (Pausa.) Ya tengo dispuestas las cosas, y después de comer mandaré el equipaje... Mañana es mi boda con el barón, y mañana también nuestra partida para la fábrica de ladrillos, y pasado, estaré ya en la escuela, empezando una nueva vida... ¡Quiera Dios ayudarme!... ¡Cuando me dieron el título de maestra, hasta lloré de alegría!... (Pausa.) ¡Ahora vendrán a buscar el equipaje!

KULIGUIN.-Todo eso está bien..., aunque no me parece muy serio... Son solamente ideas carentes de gravedad..., pero, de todos modos, te deseo suerte...

CHEBUTIKIN.-(Emocionado.) ¡Mi buena..., mi querida niña!... ¡Qué lejos se fue usted!...

¡Ya no puedo alcanzarla!... ¡Me he quedado atrás, como esos pájaros emigrantes que no pueden volar por viejos!... Pero ¡usted vuele, querida!... ¡Vuele con Dios!... (Pausa.) No debía usted haberse afeitado el bigote, Fedor Ilich.

KULIGUIN.-¡Bueno, basta ya! (Suspira.) ¡Cuando se marchen hoy los militares, todo será otra vez como anteriormente!... ¡Pueden decir lo que quieran, pero Mascha es una mujer muy buena..., muy honrada!... Yo la quiero mucho y estoy agradecido a mi suerte... ¡Nuestro destino es muy diverso!... Aquí, en tiempos, trabajaba un tal Kosiarev... ¡Estudiaba conmigo, pero le echaron en el quinto año, porque nunca fue capaz de comprender lo que era «ut consecutibum»!... Ahora está muy pobre y terriblemente enfermo y, cuando nos encontramos, le digo: «¡Hola, ut consecutibum!»... «Eso... dice, «consecutibum»..., y tose. Yo, en cambio, toda mi vida he tenido suerte. Soy feliz, y hasta tengo una «Stanislav» (13) de segundo grado, y ahora soy quien enseña a los demás este «ut consecutibum». ¡Claro que soy hombre inteligente!... ¡Más inteligente que muchos, aunque la felicidad no dependa de eso! (Se oye interpretar al piano la «Plegaria de una joven».) IRINA.-¡Y mañana por la tarde ya no oiré esta «Plegaria de una joven» ni me encontraré con Protopopov!... (Pausa.) ¡Ahí está sentado, en la sala, ese Protopopov... ¡También hoy ha venido!

KULIGUIN.-¿Y la directora?... ¿No ha llegado todavía?

IRINA.-No. Han ido a buscarla... ¡Si supieran ustedes lo difícil que resulta vivir aquí sola..., sin Olia!... ¡Como es la directora, reside en el colegio, donde está todo el día ocupada, mientras yo, aquí sola, me aburro, no tengo nada que hacer, y he llegado a tomar odio a mi habitación!... ¡Lo he decidido! ¡Si no es mi destino estar en Moscú, que no lo sea! ¡Quiere decirse que es ese mi destino, y no hay nada que hacer!... ¡Todo es voluntad de Dios!... Lo cierto es que Nikolai Lvovich ha pedido mi mano, que yo lo he pensado y me he decidido...

Es un hombre muy bueno... Hasta asombra que lo sea tanto, y me parece, de pronto, que a mi alma le han crecido alas... Estoy más contenta, más ligera, y otra vez con ganas de trabajar...

Solo que ayer pasó algo..., algún misterio que se cierne sobre mí...

CHEBUTIKIN.-«Renyxa», «Chepuja».

NATASCHA.-(Desde la ventana.) ¡Ya está aquí la directora!

KULIGUIN.-Llega la directora. Vámonos. (Él e IRINA entran en la casa.) CHEBUTIKIN.-(Leyendo el periódico, canturreando a media voz.) «Ta-ra-rá... Bumbia»...

«Sentado estoy»... (Acerca su asiento a MASCHA. Por el fondo se ve pasar a ANDREI, empujando el cochecillo.) MASCHA.-Usted ahí, sentadito...

CHEBUTIKIN.-¿Y qué?

MASCHA.-(Sentándose a su vez.) Nada. (Pausa.) ¿Tuvo usted cariño a mi madre?

CHEBUTIKIN.-Mucho.

MASCHA.-¿Y ella a usted?

CHEBUTIKIN.-(Después de una pausa.) De eso ya no me acuerdo.

MASCHA.-¿Está aquí «el mío»?... Así solía decir en tiempos María, nuestra cocinera, cuando hablaba de su bombero: «el mío»... ¿El mío -pregunto yo- está aquí?

CHEBUTIKIN.-No ha venido todavía.

MASCHA.-Cuando se coge la felicidad a ratitos..., a pedacitos... como yo, y luego se pierde..., poco a poco, se embrutece uno y se va haciendo malo. (Llevándose la mano al pecho.) Aquí dentro siento algo bullir... (Contemplando a ANDREI, que avanza, empujando el cochecito.) Aquí viene nuestro hermanito Andrei... ¡Todas nuestras esperanzas fueron vanas! ¡Imagínese que miles de gentes hubieran empleado mucho esfuerzo y dinero en levantar una campana, y que ésta, de repente, se cayera y se rompiera!... ¡Pues eso es Andrei!

ANDREI.-¿Cuándo, por fin, va a haber tranquilidad en esta casa?... ¡Qué ruido!

CHEBUTIKIN.-Pronto va. (Consultando el reloj.) Es un reloj antiguo y tiene sonería.

(Haciendo funcionar ésta.) A la una en punto saldrán la primera, la segunda y la quinta baterías. (Pausa.) Yo..., mañana.

ANDREI.-¿Se va para siempre?

CHEBUTIKIN.-Eso no lo sé. Puede que vuelva dentro de un año, aunque..., ¡que diablos!..., ya es igual. (De un punto distante llega el sonido de un arpa y de un violín.) ANDREI.-La ciudad se quedará vacía... Parecerá que le han puesto encima una tapadera.

(Pausa.) Ayer, junto al teatro, pasó algo... Todo el mundo habla de ello, pero no sé lo que fue.

CHEBUTIKIN.-¡Nada!... ¡Tonterías!... Solionii estuvo provocando al barón, éste se acaloró y le ofendió, teniendo, por fin, Solionii que desafiarlo... (Mirando al reloj.) Ya es la hora... Me parece que era a la una y media en el campo forestal..., en ese que se ve desde aquí..., al otro lado del río..., donde iba a ser el «pifpaf»... (Riendo.) ¡Solionii se figura que es un Lermontov!... ¡Hasta hace versos!... Bromas aparte, éste es ya su tercer duelo.

MASCHA.-¿De quién?

CHUBUTIKIN.-De Solionii.

MASCHA.-¿Y el barón?

CHEBUTIKIN.-¿Qué barón? (Pausa.) MASCHA.-Se me embrolla todo en la cabeza... Pero ¡no hay que permitírselo!... ¡Puede herir y hasta matar al barón!...

CHEBUTIKIN.-¡El barón es una excelente persona, pero, barón más o menos..., qué más da!... ¡Que sea lo que sea!... Es igual. (Al otro lado del jardín se oye el grito de «¡gop-gop!»)

¡Espérate, si quieres!... Es Skovortzov, el testigo, el que llama... Está sentado en la barquita.

(Pausa.) ANDREI.-A mi juicio, tomar parte en un duelo, o presenciarlo aunque sea en calidad de médico, es sencillamente inmoral.

CHEBUTIKIN.-Así parece, pero solo lo parece... ¡El mundo está vacío..., nosotros no existimos, y únicamente lo parece!...

MASCHA.-¡Y que se pase usted así el día entero! ¡Habla, habla que te habla!... (Echando a andar.) ¡Además, vivir en este clima, en el que a cada momento puede empezar a nevar..., tener que escuchar este género de conversación! (Deteniéndose.) No entro en casa. Se me resiste el entrar en ella. Cuando venga Verschinin, avíseme. (Alejándose por la alameda.) ¡Ya se marchan los pájaros emigrantes!... (Mirando a lo alto.) ¿Son cisnes o gansos?... ¡Oh, queridos!... ¡Felices vosotros! (Sale.) ANDREI.-Nuestra casa se quedará vacía... Los oficiales se marcharán, se marchará usted, mi hermana se casará, y yo me quedaré solo en ella...

CHEBUTIKIN.-Sin embargo..., ¿su mujer?

Escena II

Entra FERAPONT con papeles para firmar.

ANDREI.-¡La mujer es la mujer!... Es honrada..., buena..., pero, a pesar de esto, tiene en sí algo que la rebaja a la altura de un animal áspero, pequeño, ciego... La verdad es que no hay persona en ella... Le estoy hablando como a un amigo..., como al único a quien puedo abrir mi alma... Cierto que quiero a Natascha, pero a veces la encuentro asombrosamente vulgar, y entonces me pierdo y no comprendo por qué la quiero tanto o, por lo menos, por qué la quería...

CHEBUTIKIN.-(Levantándose.) Mañana me marcho, hermano... Puede que no volvamos a vernos, por lo que aquí tienes mi consejo: ponte el gorro, coge un garrote y márchate...

Márchate y échate a andar sin volver atrás la vista... Y cuanto más lejos vayas, mejor será...

Escena III

Por el fondo del escenario pasa SOLIONII acompañado de dos oficiales. Al divisar a CHEBUTIKIN, avanza hacia él. Los oficiales siguen su camino.

SOLIONII.-Doctor, es la hora... Son ya las doce y media. (Saluda a ANDREI.) CHEBUTIKIN.-Al instante. ¡Cómo me aburrís todos! (A ANDREI.) Si pregunta alguien por mí, Andriuscha, di que en seguida vengo. (Suspirando.) ¡Ay! ¡Ay!...

SOLIONII.-«Apenas había tenido tiempo de decir ¡ay!..., cuando ya el oso se le había echado encima»... ¿Por qué suspira usted, viejo?

CHEBUTIKIN.-¡Deja!

SOLIONII.-¿Y esa salud? ¿Cómo va?

CHEBUTIKIN.-(Con irritación.) ¡De primera!

SOLIONII.-¡Se inquieta usted sin motivo, viejo!... ¡No es gran cosa lo que voy a hacer!... ¡Me limitaré a matarle como a una chocha! (Saca del bolsillo un frasco de perfume y se rocía con él las manos.) Hoy me llevo echado un frasco entero, y sigo oliendo... Me huele a cadáver.

(Pausa.) ¡Así es!... ¿Recuerda usted estos versos?: «¡Y el rebelde busca la tormenta, como si en la tormenta estuviera la paz!» (14).

CHEBUTIKIN.-En efecto... «¡No había tenido tiempo de decir ¡ay!..., cuando va el oso se le había echado encima!» (Salen él y SOLIONII. Se oye gritar: «¡Gop-gop!»... Entran ANDREI y FERAPONT.) FERAPONT.-Tiene que firmar estos papeles.

ANDREI.-(Nervioso.) ¡Déjame! ¡Déjame, haz el favor!... (Sale empujando el cochecito.) FERAPONT.-¡Para eso son papeles! ¡Para firmarlos! (Se retira al fondo del escenario.)

Escena IV

Entran IRINA y TUSENBACH éste con sombrero de paja. KULIGUIN atraviesa la escena llamando a gritos: «¡Mascha! ¡Mascha!» TUSENBACH.-Al parecer, es la única persona en la ciudad que se alegra de que se vayan los militares.

IRINA.-Es natural... La ciudad va a vaciarse. (Pausa.) TUSENBACH.-¡Querida!... En seguida vuelvo.

IRINA.-¿Adónde vas?

TUSENBACH.-Tengo que ir a la ciudad, y después a despedirme de los amigos.

IRINA.-¡Mentira!... ¡Nikolai!... ¿Por que estás hoy tan distraído? (Pausa.) ¿Qué pasó ayer junto al teatro?

TUSENBACH.-(Con gesto de impaciencia.) Dentro de una hora volveré a estar contigo.

(Besándole las manos.) ¡Amor mío!... (Contemplando fijamente su rostro.) ¡Hace ya cinco años que te quiero, y todavía no he podido acostumbrarme a como eres! ¡Cada vez te veo más maravillosa!... ¡Qué bonito... qué precioso pelo!... ¡Qué ojos!... Mañana te llevaré conmigo..., trabajaremos..., seremos ricos... ¡Mis sueños se volverán realidad! ¡Serás feliz!... Pero ¡lo que sí ocurre es una cosa..., una cosa... que no me quieres!

IRINA.-¡Eso no está en mi poder!... ¡Seré una esposa fiel y sumisa, pero... no me pidas amor!... ¡Qué se le va a hacer!... (Llorando.) ¡No he querido ni una sola vez en mi vida!... ¡Oh, cuánto he soñado con el amor!... ¡Hace tiempo que de día y de noche sueño con él, pero mi alma es como un precioso piano cerrado del que se hubiera perdido la llave!... (Pausa.) ¡Hay como una inquietud en tu mirada!

TUSENBACH.-¡Es que no he dormido en toda la noche!... ¡En mi vida, que no contiene nada terrible que pueda serme motivo de susto, solo esa llave perdida me atormenta el alma y me impide el sueño!... ¡Dime algo!...

IRINA.-¿El qué?... ¿Qué voy a decirte?... ¿Qué?...

TUSENBACH.-No sé... Algo.

IRINA.-¡Bueno..., bueno!... (Pausa.) TUSENBACH.-¡Cuántas veces las pequeñeces más tontas adquieren, de pronto, en la vida un significado!... ¡Uno sigue riéndose de ellas, considerándolas eso..., pequeñeces y, sin embargo, no tiene fuerzas para dominarse!... ¡Oh..., no vamos a continuar hablando de esto!

¡Estoy alegre! ¡Se me figura que es la primera vez en mi vida que veo estos abetos, estos abedules y estos álamos!... ¡Todo me mira curioso y espera!... ¡Qué árboles más hermosos!...,

¡Qué hermoso debe de ser, en realidad, vivir a su lado!... (Se oye el grito de «¡gop-gop!».) Hay que irse. Ya es la hora... Mira...: este árbol está seco y, sin embargo, el viento lo agita como a los demás... También yo, si me muriera, se me figura que continuaría participando de la vida de un modo u otro... ¡Adiós, amor mío!... (Le besa las manos.) Encontrarás los papeles que me diste sobre la mesa, debajo del calendario.

IRINA.-¡Voy contigo!

TUSENBACH.-(Inquieto.) ¡No, no! (Toma apresuradamente el camino de la alameda, pero se detiene.) ¡Irina! IRINA.-¿Qué?

TUSENBACH.-(Sin saber qué decir.) Hoy no tomé café... Di que me lo preparen. (Sale rápidamente. IRINA queda pensativa; luego se dirige al fondo del escenario y se sienta en el columpio. Entra ANDREI, empujando el cochecito; después, FERAPONT.) FERAPONT.-¡Los papeles no son míos, Andrei Sergueich! ¡Son del Estado!... ¡No los he inventado yo!

ANDREI.-¡Oh, dónde se fueron los tiempos aquellos en los que era joven, alegre, inteligente..., cuando tenía el pensamiento lleno de delicadezas y el presente y el porvenir iluminados por la esperanza!... ¿Por qué, apenas hemos empezado a vivir, nos volvemos ya aburridos, grises, ininteresantes, perezosos, indiferentes, inútiles, desgraciados?... ¡Nuestra ciudad tiene doscientos años de existencia y cien mil habitantes y, sin embargo, no hay uno solo entre ellos que sea distinto a los demás!... ¡Ni uno solo que, ni antes ni ahora, haya sobresalido en algo! ¡Ni un sabio, ni un artista, ni una persona de alguna notabilidad, capaz de despertar la envidia o el deseo apasionado de la emulación!... ¡Todos se limitan a comer, a beber, a dormir..., para luego terminar muriendo! Los que nacen después, también comen, beben, duermen y, para impedir que el aburrimiento llegue a embotarles, introducen, como variante en su vida, los chismes, el vodka, los naipes, los pleitos!... ¡Las mujeres engañan a sus maridos, los maridos mienten y hacen como si no vieran ni oyeran nada; una influencia irremisiblemente perniciosa oprime a los niños, que, apagándose en ellos la chispa divina, se convierten en tan lamentables cadáveres, semejantes entre sí, como lo fueron su padre y su madre!... (A FERAPONT, con enfado.) ¿Qué quieres?

FERAPONT.-¿Cómo dice?... Le traigo papeles para firmar.

ANDREI.-¡Me estás aburriendo!

FERAPONT.-(Tendiéndole los papeles.) Decía ahora el portero de la Delegación de Hacienda que si en invierno en Petersburgo hace doscientos grados bajo cero.

ANDREI.-¡El presente me repugna, pero, en cambio, cuando pienso en el futuro, qué bienestar experimento!... ¡Siento como el ánimo se me aligera y se me ensancha..., veo una luz centellear a lo lejos..., veo a mis hijos liberados de la ociosidad, del «kvas» (15), del ganso con repollo, de la siesta tras la comida y del vil parasitismo!

FERAPONT.-¡Dicen que han muerto dos mil hombres! ¡La gente, dicen, estaba espantada!...

No sé si ha sido en Petersburgo o en Moscú... No me acuerdo bien...

ANDREI.-(Con honda ternura.) ¡Oh, hermanas mías queridas!... ¡Mis admirables hermanas!...

(Con lágrimas en los ojos.) ¡Mascha!... ¡Hermana mía!

NATASCHA.-¿Quién habla ahí tan alto? ¿Eres tú, Andriuscha? ¡Vas a despertar a Sofechka!... «Il faut ne pas faire du bruit!... La Sophie est dormie dejà!... Vous êtes un ours!»... (En tono de enfado.) ¡Si quieres hablar, suelta el cochecito del niño! ¡Ferapont!

¡Cójale al señor el cochecito!

FERAPONT.-Lo que usted mande. (Coge el cochecito.) ANDREI.-(Azorado.) Pero ¡si estaba hablando bajo!...

NATASCHA.-(Detrás de la ventana, jugando con el niño.) ¡Bobik!... ¡Bobik. travieso!...

¡Bobik, feo!...

ANDREI.-(Revisando los papeles.) Bien. Ya los miraré, firmaré los que haya que firmar, y te los llevarás otra vez a la Delegación. (Se adentra en la casa leyendo los papeles. FERAPONT lleva el cochecito hacia el fondo del jardín.) NATASCHA.-(Detrás de la ventana.) ¡Bobik!... ¿Cómo se llama tu mamá?... ¡Cariñito!

¡Cariñito!... Y ésta, ¿quién es?... ¡Es tía Olia!... A ver como le dices a la tía: «¡Hola, tía Olia!» Escena V

Dos músicos ambulantes, un hombre y una joven, entran y se ponen a tocar el arpa y el violín. De la casa salen VERSCHININ, OLGA y ANFISA, que permanecen un minuto escuchándoles en silencio. IRINA se acerca.

OLGA.-¡Nuestro jardín se ha convertido en una calle de paso! ¡Todo el que quiere, lo mismo sea a pie que a caballo, cruza por él!... ¡Ama..., da algo a esos músicos!

ANFISA.-(Dándoles unas monedas.) ¡Vayan con Dios! (Los músicos saludan y se marchan.)

¡Pobre gente! ¡No será por estar muy satisfechos por lo que tocan!... (A IRINA, besándola.)

¡Buenos días, Arischa! ¡No sabes lo bien que estoy viviendo! ¡En el colegio, en un piso oficial y con Oliuscha!... ¡Así lo ha querido Dios!... ¡Que viva en mi vejez como nunca pecadora de mí desde que nací he vivido! ¡Es un piso grande..., oficial... y tengo para mí sola un cuarto con una cama!... ¡Todo es oficial!... Y cuando me despierto por la noche..., ¡Virgen Santísima!..., no hay en el mundo persona más feliz que yo.

VERSCHININ.-(Mirando al reloj.) Nos vamos ya, Olga Sergueevna. Es hora de marcharse.

(Pausa.) ¡La deseo cuanto mejor..., mejor! ¿Dónde está María Sergueevna?

IRINA.-En el jardín, supongo. Voy, a buscarla.

VERSCHININ.-¡Si es usted tan buena!... Tengo prisa.

ANFISA.-También yo iré a buscarla. (Llamando a voces.) ¡Mascheñka! (Adentrándose con IRINA en el jardín, y en el fondo de éste.) ¡Uuuu!...

VERSCHININ.-¡A todo le llega su fin!... ¡Tenemos, pues, que separarnos!... (Mira la hora.) La ciudad nos ha obsequiado con un a modo de almuerzo... ¡Se bebió champán, el alcalde pronunció un discurso, y yo estuve comiendo y escuchando mientras mi alma estaba aquí, entre ustedes!... (Paseando la mirada por el jardín.) ¡Cómo me había acostumbrado a su compañía!...

OLGA.-¿Volveremos a vernos alguna vez?

VERSCHININ.-Seguramente, no. (Pausa.) Mi mujer y mis niñas seguirán aquí todavía un par de meses... ¡Por favor!... ¡Si les ocurriera o necesitaran algo!...

OLGA.-¡Desde luego! ¡Pierda cuidado! ¡Esté tranquilo! (Pausa.) ¡Mañana no habrá ya en la ciudad un solo militar!... ¡Todo se volverá recuerdo, mientras para nosotras comenzará, naturalmente, una nueva vida!... (Pausa.) Las cosas no salen conforme a nuestro gusto, sino al revés. Yo no quería ser directora, y lo soy... Lo cual quiere decir que no iremos a Moscú.

VERSCHININ.-Bueno... Gracias por todo. ¡Perdóneme si hubo algo que lo fuera de su agrado!... Hablé mucho..., demasiado... por lo que también le pido perdón. ¡No guarde mal recuerdo de mí!

OLGA.-(Enjugándose los ojos.) ¿Por qué no vendrá Mascha?

VERSCHININ.-¿Qué más puedo decirle de despedida?... (Riendo.) ¿Sobre qué filosofar?...

¡La vida es difícil!... ¡A cuántos de nosotros se nos antoja sorda y desesperada y, sin embargo, hay que reconocer que cada día se va haciendo más clara, más fácil, por lo que es de suponer no está ya muy lejos el tiempo en que se aclare del todo! (Consultando el reloj.) Ya es hora de marcharse... Antes, la Humanidad era guerrera..., ocupaba su existencia en expediciones militares, asaltos, conquistas...; pero ahora todo eso, al morir, ha dejado un enorme espacio vacío que, por el momento, nada ha llenado... La Humanidad busca con ardor, y llegará a encontrar..., naturalmente... ¡Si al menos, ay, se hubiera dado más prisa!... (Pausa.) ¡Si al afán de trabajo pudiera añadirse la instrucción, y la instrucción al afán de trabajo!... (Mirando al reloj.) Es tarde. Tengo que marcharme...

OLGA.-Aquí viene.

Escena VI

Entra MASCHA.

VERSCHININ.-Vengo a despedirme. (OLGA se retira a un lado para no importunar la despedida.) MASCHA.-(Fijando los ojos en su rostro.) ¡Adiós! (Largo beso.) OLGA.-¡Basta! ¡Basta! (MASCHA solloza convulsivamente.) VERSCHININ.-Escríbeme. No me olvides. Déjame. Ya es hora... ¡Olga Sergueevna!

¡Cójala!... Se me hace tarde..., va voy retrasado. (Besa, conmovido, las manos de OLGA, vuelve a abrazar a MASCHA, y sale rápidamente.) OLGA.-¡Bueno, Mascha!... ¡Basta ya, querida! (Entra KULIGUIN.) KULIGUIN.-(Azorado.) ¡No importa!... ¡Déjala que llore! ¡Déjala!... ¡Mi buena, mi querida Mascha!... ¡Eres mi mujer! ¡Pese a todo, soy feliz!... ¡No me quejo! ¡No te hago ningún reproche! ¡Olia es testigo!... ¡Empezaremos otra vez a vivir como antes..., y yo no te diré ni una palabra ni te haré la menor alusión!...

MASCHA.-(Reprimiendo los sollozos.)

¡Junto al mar hay un roble verde, con una cadena de oro prendida en él!

Con una cadena de oro prendida en él...

¡Me vuelvo loca! ¡Junto al mar!... ¡Roble verde!...

OLGA.-¡Cálmate, Mascha!... ¡Cálmate!... Dale agua.

MASCHA.-Ya no lloro...

KULIGUIN.-¡Ella ya no llora! ¡Ella es muy buena!... (Se oye un tiro, lejano y seco.) MASCHA.-

¡Junto al mar hay un roble verde, con una cadena de oro prendida en él!

¿El gato verde... o el roble verde?... ¡Yo estoy confundiendo todo! (Bebe agua.) ¡La vida malograda!... ¡Ya nada necesito... Ahora me calmo... Es igual!...

Escena VII

Entra IRINA.

OLGA.-¡Tranquilízate, Mascha!... Así... ¡Si eres muy buena!... ¡Vámonos a mi cuarto!

MASCHA.-(Con enfado.) ¡Yo no! (Deja oír un breve sollozo, que en el acto contiene.) ¡Ni entro ni entraré en casa!

IRINA.-¡Estémonos aquí sentadas juntas..., aunque sea sin hablar!... Mañana me marcho.

(Pausa.) KULIGUIN.-Ayer, en la clase de tercero, le cogí a un chico estos bigotes y esta barba.

(Colocándose ambos sobre el rostro.) Así me parezco al profesor de alemán. (Riendo.) ¿No es verdad?... ¡Qué gracia tienen estos chiquillos!

MASCHA.-En efecto..., así te pareces a vuestro alemán.

OLGA.-(Riendo.) Mucho. (MASCHA llora.) IRINA.-¡Ya está bien, Mascha!

KULIGUIN.-Me parezco mucho.

Escena VIII

Entra NATASCHA.

NATASCHA.-(A la DONCELLA.) ¿Cómo?... ¡Pues con Sofechka se quedará Protopopov Mijail Ivanich, y a Bobik que le pasee Andrei Sergueich!... ¡Cuánto quehacer dan los niños!...

(A IRINA.) ¡Irina!... ¡Qué pena que te vayas mañana!... ¡Si al menos te quedarás una semana!... ¡Quédate un poco más! (Lanza un grito al mirar a KULIGUIN, que se quita, riendo, los bigotes y la barba.) ¡Ay!... ¡Qué susto me ha dado usted!... (A IRINA.) Me había acostumbrado mucho a tu compañía... ¿Crees que va a serme fácil el que nos separemos?...

Haré que Andrei se traslade a tu habitación con su violín ¡que lo rasque allí!-, y en la suya pondremos a Sofechka. ¡Qué preciosidad de criatura! ¡Qué nenita más encantadora!... Hoy, mirándome con sus ojitos, dijo: «¡Mamá!»...

KULIGUIN.-¡La verdad es que es una maravilla de criatura!...

NATASCHA.-Conque, entonces..., ¿ya mañana me quedo aquí sola? (Suspira.) Lo primero que voy a hacer es mandar que quiten esa alameda de abetos..., luego estos álamos. ¡Resultan tan feos al anochecer! (A IRINA.) ¡Querida!... ¡No te está nada bien ese cinturón! ¡Es de mal gusto! ¡Tendrías que ponerte algo clarito!... ¡Después, aquí, por todas partes, mandaré plantar florecitas y florecitas, y habrá un olor!... (En tono severo.) ¿Qué hace ahí ese tenedor, tirado en ese banco? (A la DONCELLA, entrando en la casa.) ¿Por qué, pregunto yo, está ese tenedor en ese banco? (Con un grito.) ¡Calle!

KULIGUIN.-Ya está armándola. (Se oyen los compases de una marcha militar.) OLGA.-¡Se van!

Escena IX

Entra CHEBUTIKIN.

MASCHA.-¡Ya se van los nuestros!... ¡Qué se le va a hacer!... ¡Buen viaje! (A su marido.) Vámonos nosotros a casa. ¿Dónde está mi capa y mi sombrero?

KULIGUIN.-Los dejaste allí. Ahora mismo te los traigo.

OLGA.-Sí... ¡Ya es hora de irse cada cual a su casa!...

CHEBUTIKIN.-¡Olga Sergueevna!

OLGA.-¿Qué? (Pausa.) CHEBUTIKIN.-Nada... ¡No sé cómo decírselo! (Le murmura algo al oído.) OIGA.-(Espantada.) ¿Será posible?

CHEBUTIKIN.-Sí... ¡Ése es el caso!... ¡Estoy agotado!... ¡No tengo ánimos para hablar más!

(Con acento de enojo.) ¡Qué más da, después de todo!

MASCHA.-Pero ¿qué ha ocurrido?

OLGA.-(Rodeando entre sus brazos a IRINA.) ¡Qué terrible día el de hoy!... ¡No sé, querida, cómo decírtelo!

IRINA.-¿Decirme el qué?... ¡Pronto! ¡Lo que sea!... ¡Por el amor de Dios! (Llora.) CHEBUTIKIN.-¡En el duelo ha resultado muerto el barón!

IRINA.-(Llorando silenciosamente.) ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

CHEBUTIKIN.-(Sentándose en un banco, al fondo del escenario.) ¡Estoy cansado! (Saca un periódico del bolsillo.) ¡Dejémoslas llorar! (Canturreando a media voz.) «Tra-ra-rá...

Bumbiá... ¡Sentado estoy!» ¡Qué más da!... ¡Es igual! (Las tres hermanas están de pie, estrechándose una contra otra.) MASCHA.-¡Oh, cómo toca la música!... ¡Nos dejan!... ¡Y uno se fue para siempre..., para siempre..., y nosotras nos quedamos solas para empezar a vivir de nuevo!... Porque..., es preciso vivir... Es preciso vivir...

IRINA.-(Reclinando la cabeza sobre el pecho de OLGA.) ¡Llegará un día en el que todo el mundo sepa por qué es todo esto... Para qué son todos estos sufrimientos... Ya no habrá misterios, pero, entre tanto..., hay que vivir!... ¡Hay que trabajar!... ¡Únicamente eso..., trabajar!... ¡Yo mañana me marcharé sola a trabajar en la escuela!... ¡Dedicaré mi vida entera a cuantos puedan necesitar de ella!... ¡Ya estamos en otoño, pronto llegará el invierno, todo se cubrirá de nieve y yo seguiré trabajando..., trabajando!...

OLGA.-(Rodeando con los brazos a sus hermanas.) ¡Oíd qué alegre, que animadamente suena

la música! ¡Uno tiene deseo de vivir!... ¡Oh, Dios mío!... ¡Pasarán los años y nos iremos para siempre!... ¡Seremos olvidados!... ¡Se olvidarán de cuántos éramos y de cómo eran nuestros rostros..., nuestras voces..., y, sin embargo, de nuestros sufrimientos presentes nacerá la alegría de cuantos hayan de sucedernos en la vida!... ¡La felicidad y la paz llenarán la tierra, y las gentes, al recordar a los que ahora vivimos, tendrán para nosotros una buena palabra y nos bendecirán!... ¡Oh, mis queridas hermanas!... ¡Nuestra vida aún no ha terminado!...

¡Seguiremos viviendo!... ¡Qué alegre..., qué alegremente suena la música!... ¡Un poco más, y diríase que íbamos a saber para qué vivimos..., para qué sufrimos!... ¡Si uno pudiera saber!...

¡Si uno pudiera saber!... (La música suena cada vez más lejana, KULIGUIN entra sonriente con el sombrero y la capa, ANDREI empuja el cochecito en el que va sentado BOBIK.) CHEBUTIKIN.-(Canturreando a media voz.) «Tra-ra-rá... Bumbiá... ¡Sentado estoy!»...

(Poniéndose a leer el periódico.) ¡Qué más da! ¡Qué más da!...

OLGA.-¡Si uno pudiera saber!... ¡Si uno pudiera saber!...

(Telón.)

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