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Habitación de OLGA e IRINA. Hay una cama a la izquierda y otra a la derecha, ocultas por biombos. Son más de las dos de la madrugada. Se oye el repique de un «toque a fuego» llamando a un incendio, que arde hace algún tiempo. Puede observarse que en la casa no se ha acostado nadie todavía.

Escena I

En el diván, y siempre vestida de negro, esta echada MASCHA. Entran OLGA y ANFISA.

ANFISA.-Ahora se han sentado debajo de la escalera... Yo les digo: «¡Suban, por favor!...

¿Cómo van a estarse ahí?»... Pero por toda contestación lloran: «¡Papaíto!... ¡Dónde estará!...

¡Quién sabe -dicen- si se habrá quemado!»... ¡Pues sí que!..., ¡Y en el patio hay más..., también a medio vestir!

OLGA.-(Sacando unos vestidos del armario.) ¡Toma este gris!... ¡Y este!... ¡También esta blusa! ¡Y esta falda!... ¡Cógela, amita!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡El callejón de Kirsanovskii ha quedado, por lo visto, hecho cenizas!... ¡Toma este otro! (Echándole en los brazos los vestidos.) ¡Los pobres Verschinin están asustadísimos!... ¡Poco faltó para que se les quemara la casa!... ¡Que se queden aquí a pasar la noche! ¡No se les puede dejar marchar!...

¡El infeliz Fedotik no pudo salvar nada! ¡Todo se le ha quemado!...

ANFISA.-¡Habría que llamar a Ferapont, Oliuscha!... ¡Sola no podré llevarlo!

OLGA.-(Con el dedo en el timbre.) No hay nadie. (Hablando a la puerta.) ¡Eh!... ¡Quién hay por ahí!... ¡Que venga alguien acá! (A través de la puerta abierta se divisa una ventana, roja por el resplandor del fuego, y se oye pasar a los bomberos por delante de la casa.) ¡Qué espanto y qué hartura!...

Escena II

Entra FERAPONT.

OLGA.-¡Toma!... ¡Baja esto!... ¡Ahí debajo de la escalera están las señoritas Kolotilin!...

¡Entregádselo! ¡Y esto también!

FERAPONT.-¡Como usted mande!... ¡También en el año doce ardía Moscú!... ¡Dios mío!...

¡Dios mío!... ¡Los franceses no salían de su asombro!

OLGA.-¡Anda! ¡Anda!

FERAPONT.-Como usted mande. (Sale.) OLGA.-¡Amita! ¡Querida! ¡Dalo todo!... ¡Nosotras no necesitamos nada!... ¡Dalo todo, amita!... ¡Estoy rendida!... ¡Apenas me sostienen los pies!... ¡A los Verschinin no es posible dejarles marchar a casa!... Las niñas pueden echarse en la sala, y Alexander Ignatievich abajo, con el barón... Fedotik... también con el barón o, si no, que se quede aquí..., en el salón... ¡El doctor, como a propósito, ha cogido una borrachera terrible y no se puede mandar a nadie a su casa!... La mujer de Verschinin, también en el salón...

ANFISA.-(Con voz cansada.) ¡Oliuscha! ¡Querida!... ¡No me eches! ¡No me eches!...

OLGA.-¿Qué tonterías dices, ama? ¡Nadie te echa!...

ANFISA.-(Rechinando la cabeza sobre el pecho de OLGA.) ¡Cariño mío! ¡Preciosa mía!...

¡Yo trabajo..., y me afano..., pero cuando no me queden fuerzas, puede que me digan: «¡Fuera de aquí!»...! ¿Y adónde voy a irme?... ¿Adónde?... ¡Tengo ochenta años!... ¡Ochenta y uno, mejor dicho!

OLGA.-¡Siéntate, amita! ¡Estás cansada, pobrecilla!... (Haciéndola sentarse.) ¡Descansa, buenecita mía!... ¡Qué pálida estás!

Escena III

Entra NATASCHA.

NATASCHA.-Se anda diciendo por ahí que hay que organizar, sin pérdida de tiempo, una sociedad de ayuda a los damnificados... En realidad, la idea es magnífica. Por lo pronto, hay que atender a los pobres lo más rápidamente posible. Es obligación de los ricos... Bobik y Sofeschka duermen como dos santitos, sin enterarse de nada... La casa está llena de gente...

Por cualquier parte que vayas, la encuentras atestada... ¡La cosa es que hay «influenza» en la ciudad y me da miedo que vayan a cogerla los niños!

OLGA.-(Sin escucharla.) Desde este cuarto no se ve el fuego... Aquí todo es tranquilidad...

NATASCHA.-Sí... ¡Seguro que estoy algo despeinada!... (Mirándose al espejo.) ¡Dicen que he engordado, pero no es verdad!... ¡Ni una pizca!... ¡Mascha se ha dormido!... ¡Estaba tan cansada, la pobre!... (A ANFISA, fríamente.) ¿Cómo te atreves a estar sentada delante de mí?

¡Levántate! ¡Vete de aquí! (ANFISA sale. Pausa.) ¡Por qué tienes a esta vieja, es cosa que no comprendo!

OLGA.-(Sobrecogido.) Perdona... Tampoco yo comprendo...

NATASCHA.-¡No hay razón ninguna para que siga aquí!... ¡Es una aldeana, y donde debe vivir es en la aldea!... ¡Pues no se la mima poco!... ¡A mí, en la casa, me gusta el orden!... ¡No debe sobrar gente en ella! (Acariciándole la mejilla.) ¡Pobrecita!... ¡Estás cansada!... ¡Nuestra directora se ha cansado!... ¡Cuando mi Sofeschka crezca y empiece a ir al colegio, te tendré miedo!

OLGA.-No pienso ser directora.

NATASCHA.-Eso ya es cosa decidida. Te elegirán, Olechka.

OLGA.-Renunciaré... No puedo... Es superior a mis fuerzas. (Bebe un poco de agua.) ¡Con qué brutalidad acabas de tratar al ama!... ¡Perdona, pero no lo puedo soportar!... ¡Se me nublan los ojos!

NATASCHA.-(Nerviosa.) ¡Perdona, Olia!... ¡Perdona!... ¡No quería disgustarte!... (MASCHA se levanta, coge su almohada con aire de enfado y sale.) OLGA.-¡Compréndeme, querida!... ¡Quizá hemos sido educados de un modo especial, pero no puedo soportarlo!... ¡Semejante conducta me agobia..., me pone enferma!... ¡Me deprime, sencillamente, el ánimo!

NATASCHA.-¡Perdona! ¡Perdona! (La besa.) OLGA.-¡La más pequeña brutalidad..., el que se pronuncie una palabra poco delicada, hiere mi sensibilidad!

NATASCHA.-¡Tienes razón!... ¡Digo a veces cosas que no debiera decir..., pero convén conmigo en que podría vivir en la aldea!

OLGA.-¡Son ya treinta los años que lleva en casa!

NATASCHA.-Pero ¡ahora no puede trabajar!... ¡o yo no te entiendo, o eres tú la que no quieres entenderme a mí!... ¡Ya no está en disposición de trabajar!... ¡No sirve más que para dormir o estarse sentada!

OLGA.-¡Pues que se esté sentada!

NATASCHA.-(Con expresión de asombro.) ¿Cómo que se esté sentada?... ¿No es una criada, al fin y al cabo?... (Entre lágrimas.) ¡No te entiendo, Olia!... Tengo niñera, nodriza, doncella y cocinera...; ¿para qué necesitamos, entonces, de esta vieja? ¿Para qué?... (De detrás del escenario llega el repique del toque a fuego.) OLGA.-¡Esta noche me ha envejecido diez años!

NATASCHA.-¡Tenemos que llegar a un acuerdo, Olia!... ¡Tú estás en el colegio y yo aquí!...

¡Tú te ocupas de la enseñanza y yo del gobierno de la casa, y cuando yo digo algo referente al servicio, sé «lo que me digo»!... ¡Que mañana mismo no esté ya aquí esa vieja ladrona! ¡Esa vieja chocha! (Pataleando.) ¡Esa vieja bruja!... ¡Y que no se atreva nadie a excitarme! ¡Que no se atreva!... (Reprimiéndose repentinamente.) Lo cierto es que, si no te mudas al piso de abajo, vamos a estar siempre riñendo.

Escena IV

Entra KULIGUIN.

KULIGUIN.-¿Dónde está Mascha? Ya es hora de irse a casa. Dicen que el fuego amaina.

(Estirándose.) No se ha quemado más que una manzana de casas, aunque al principio, por el viento, parecía que ardía la ciudad entera. (Sentándose.) ¡Estoy cansado!... ¡Olechka!

¡Querida mía!... ¡A veces suelo pensar que, de no haber sido por Mascha, me hubiera casado contigo, Olechka! ¡Eres muy buena!... ¡Estoy agotado! (Escucha.) OLGA.-¿Qué?

KULIGUIN.-¡El doctor parece que ha cogido hoy, a propósito, una borrachera terrible!... ¡A propósito enteramente!... Me parece que aquí llega. ¿Le oyes?... Sí, aquí viene. (Riendo.)

¡Bueno está el doctor! Yo me escondo. (Corre a ocultarse en el rincón que forma el ángulo del armario.) ¡Menudo bandido!

OLGA.-¡Se ha pasado dos años sin beber, y ahora, de pronto, otra vez a emborracharse! (Se instala con NATASCHA en el fondo de la habitación. Entra CHEBUTIKIN. Su paso al andar es seguro, como el de la persona sobria. Atraviesa la estancia, se detiene, mira a su alrededor, se acerca al lavabo y empieza a lavarse las manos.) CHEBUTIKIN.-(Con aire taciturno.) ¡Al diablo todos! ¡Al diablo!... ¿Creen que porque soy médico puedo curar cualquier enfermedad?... Pero ¡si yo ya no sé absolutamente nada!... ¡Si se me ha olvidado todo lo que sabía!... ¡Ahora, ya no me acuerdo de ello! (OLGA y NATASCHA, valen sin que él se dé cuenta.) ¡Diablos!... ¡El miércoles pasado tuve que ir a Sasip a asistir a una mujer!... ¡Se murió!... ¡Y la culpa de que se muriera es mía!... Sí... ¡Hará cosa de veinticinco años sabía un poco, pero ya no me acuerdo de nada!... ¡De nada! ¡Quién sabe si no soy ni siquiera un hombre!... ¡Si solo lo aparento, porque tengo unos brazos, unas piernas, una cabeza!... ¡Si no existo y no hago más que andar, comer, dormir!... (Llorando.)

¡Oh, si no existiera!... (Con semblante taciturno deja de llorar.) ¡Diablos!... Pues ¿y hace tres días en el Círculo cuando se pusieron a hablar de que si Shakespeare..., de que si Voltaire?...

Yo no había leído nada, pero ponía cara de que sí... Y los demás..., igual que yo... ¡Qué vulgaridad! ¡Qué bajeza!... ¡Y me acordé de la mujer que había matado el miércoles!... ¡Y, al recordarlo todo, me sentí el ánimo tan feo, tan torcido..., que empecé a beber! (Entran IRINA, VERSCHININ y TUSENBACH: este último de paisano y con un abrigo nuevo a la última moda.) IRINA.-Sentémonos. Aquí no vendrá nadie.

VERSCHININ.-¡Si no hubiera sido por los soldados, hubiera ardido la ciudad entera!...

¡Bravos muchachos! (Frotándose satisfecho las manos.) ¡Valen el oro que pesan!... ¡Bravos muchachos!

KULIGUIN.-¿Qué hora es?

TUSENBACH.-Las tres, pasadas. Ya empieza a amanecer.

IRINA.-Ninguno de los que están sentados en el salón se marcha. Ahí está también Solionii.

(A CHEBUTIKIN.) ¡Debería usted irse a dormir, doctor!

DOCTOR.-¡Bah!... Gracias. (Se atusa la barba.) KULIGUIN.-(Riendo.) ¡Conque usted entregándose a la bebida, Iván Romanich! (Dándole una palmada en el hombro.) ¡Muchacho valiente!... «In vino veritas!», que decían los antiguos.

TUSENBACH.-Me piden que organice un concierto a beneficio de los damnificados.

IRINA.-Perfectamente. ¿Y a cargo de quién?

TUSENBACH.-Pudiera organizarse si quisiera María Sergueevna. Opino que toca maravillosamente el piano.

KULIGUIN.-Toca, sí, maravillosamente el piano.

IRINA.-¡Si ya se le ha olvidado!... ¡Hace lo menos tres años que no pone las manos en él!...

¡Y hasta puede que cuatro!

TUSENBACH.-Aquí no hay nadie que entienda una palabra de música, pero yo, que sí entiendo, les aseguro y les doy mi palabra de honor de que María Sergueevna toca admirablemente..., como una verdadera artista.

KULIGUIN.-Tiene usted razón, barón... Yo quiero mucho a Mascha... Es muy buena.

TUSENBACH.-¡Tocar tan maravillosamente y tener que reconocer que nadie la comprende!

KULIGUIN.-(Con un suspiro.) Sí..., pero..., ¿estará bien que actúe en un concierto?... (Pausa.) Yo no sé... Puede que no esté mal... ¡He de confesar que nuestro director, que es un hombre bueno..., muy bueno, inclusive, y muy inteligente..., tiene algunos puntos de vista!... ¡Claro que el asunto no es cosa suya; pero, de todos modos, si les parece hablar con él.

(CHEBUTIKIN coge entre las manos un reloj de porcelana y empieza a examinarlo.) VERSCHININ.-¡Me he puesto sucísimo en el fuego! ¡Estoy hecho un adefesio! (Pausa.) Ayer llegó a mis oídos el rumor de que se quería trasladar nuestra brigada a no sé qué sitio muy lejos... Según unos, a Tzarstvo Polskoe, y según otros, a Chita.

TUSENBACH.-Yo también lo he oído decir ¡La ciudad va a vaciarse, entonces, por completo!

IRINA.-¡También nosotras nos vamos!

CHEBUTIKIN.-(Soltándosele de las manos el reloj, que se rompe al caer.) ¡Se hizo añicos!

(Pausa. Todas las caras expresan sentimiento y confusión.) KULIGUIN.-(Recogiendo los pedazos.) ¡Miren que romper una cosa de tanto valor!... ¡Ay, Iván Romanich!... ¡Su conducta merece un cero!

IRINA.-¡Era el reloj de mi difunta madre!

CHEBUTIKIN.-¡Lo sería!... ¿Que era de su madre?... ¡Pues que lo fuera!... ¡Puede que yo no lo haya roto!... ¡Que lo parezca nada más!... ¡Y puede también que parezca que existimos y que en realidad no existamos!... ¡Yo no lo sé..., ni lo sabe nadie!... (Desde la puerta.) ¿Por qué me miran así?... ¡Natascha tiene una aventura con Protopopov y ustedes ni se enteran!... ¡Ahí están sentados, sin ver nada, y, mientras tanto, Natascha de aventurita con Protopopov!...

(Cantando.) «¿No querría aceptar este dátil?»... (Sale.) VERSCHININ.-Sí... (Ríe.) ¡Qué extraño, sin embargo, es todo esto! (Pausa.) Empieza el fuego y echo a correr a casa. Me acerco y la veo intacta sin riesgo inmediato pero, eso sí, mis niñas están en el umbral de la puerta, vestidas solo con su ropa interior y sin su madre. La gente va de aquí para allá..., los caballos y los perros pasan corriendo y en las caras de mis niñas hay tal expresión de inquietud, espanto, súplica y no sé qué más..., que el corazón se me oprime... «¡Dios mío!... -pienso-. ¡Qué sufrimientos estarán reservados a estas miniaturas en el curso de una larga vida!»... Las cojo y corro con ellas, pero siempre dominado por la misma idea. (Se oye tocar a fuego. Pausa.) Luego encuentro aquí a su madre, gritando enfadada...

(Entra MASCHA con un cojín entre las manos y se sienta en el diván.) ¡Viendo a mis niñas en el umbral de la puerta, a medio vestir y con la calle roja por el resplandor del fuego y llena de estruendo, pensé que escenas semejantes ocurrirían hace muchos años cuando un enemigo inesperado atacaba, saqueaba e incendiaba!..., ¿Y qué diferencia hay, en realidad, entre lo que es y lo que fue?... ¡Cuando pase el tiempo, sin embargo, dentro de doscientos o trescientos años, las gentes volverán las miradas hacia nuestra vida actual con miedo y burla, y todo lo de ahora resultará anguloso, pesado, sumamente incómodo y extraño!... ¡Y qué vida, ay..., será la de entonces!... ¡Qué vida!... (Ríe.) ¡Perdónenme que haya empezado otra vez a filosofar!

(Pausa.) Pero parece que están ustedes todos dormidos... Pues, como les iba diciendo..., ¿cómo será entonces la vida?... ¡Imagínensela!... ¡Las personas que haya ahora como ustedes en la ciudad, no pasarán de tres..., pero en las generaciones futuras habrá más y más... hasta que llegue el momento en que todo esté cambiado a su hechura!... ¡Vivirán conforme a un tipo de vida recibido de ustedes, pero no el de ustedes mismos que se habrá quedado viejo, y nacerán otros mejores!... (Riendo.) ¡Hoy tengo un estado de ánimo singular! ¡Unas ganas locas de vivir! (Cantando.) «¡No hay edad que no esté sujeta al amor!... ¡Su influjo beneficioso!» (10)... (Ríe.) MASCHA.-Tram tam tam...

VERSCHININ.-Tram tam...

MASCHA..¿Tra ra ra?...

VERSCHININ.-Tra ta ta... (Ríe. Entra FEDOTK.) FEDOTIK.-(Bailando.) ¡Todo se quemó!... ¡Todo se quemó!... ¡Todo, hasta el último trasto se quemó! (Risas.) IRINA.-¡Qué bromas tiene! ¿Qué se ha quemado todo?

FEDOTIK.-¡Todo hasta el último hilo!... ¡La guitarra y la fotografía y todas las cartas!...

¡Tenía una agendita para regalarla, y se quemó también!

Escena V

Entra SOLIONII.

IRINA.-¡Por favor, no!... ¡Márchese, Vasilii Vasilich!... ¡Aquí no se puede estar!

SOLIONII.-¿Y por qué puede estar el barón y yo no?

VERSCHININ.-En efecto, hay que marcharse. ¿Cómo va el fuego?

SOLIONII.-Dicen que decrece... ¡No!... ¡Decididamente encuentro extraño que pueda estar aquí el barón y yo no!... (Saca del bolsillo el frasco de perfume, y se rocía con él.) VERSCHININ.-Tram tam tam...

MASCHA.-Tram tam...

VERSCHININ.-(Ríe. Dirigiéndose a SOLIONII.) Vamos al salón.

SOLIONII.-Está bien. Tomaré nota. «De no temer que el ganso fuera a excitarse, esta idea pudiera quizá explicarse»... (Tras una mirada a TUSENBACH.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...

(Sale en compañía de VERSCHININ y FEDOTIK.) IRINA.-¡Qué olor a tabaco ha dejado aquí este Solionii! (Asombrada.) ¡El barón se ha dormido!... ¡Barón! ¡Barón!...

TUSENBACH.-(Espabilándose.) ¡Estaba tan cansado!... La fábrica de ladrillos... ¡No deliro, no!... Es que pronto iré allí a trabajar. Ya estamos en tratos... (A IRINA, con ternura.) ¡Qué pálida y qué maravillosa y encantadora está usted!... ¡Su palidez parece iluminar la oscura atmósfera, como una luz!... ¡Está usted triste! ¡Está usted insatisfecha de la vida!... ¡Oh!...

¡Venga conmigo!... ¡Vayámonos y trabajemos juntos!

MASCHA.-Nikolai Lvovich..., márchese.

TUSENBACH.-(Riendo.) ¿Estaba usted ahí?... ¡No la había visto! (Besando a IRINA la mano.) ¡Adiós!... Me marcho... ¡Mirándola la recuerdo en un día de su santo, hace mucho tiempo!... ¡Se mostraba usted tan llena de energía, tan alegre..., hablando del placer del trabajo!... ¡Qué vida dichosa creía entrever entonces!... ¿Dónde está ahora? (Besándole la mano.) ¡Tiene lágrimas en los ojos!... ¡Acuéstese! ¡Ya empieza a amanecer!... ¡Si me fuera permitido dar la vida por usted!

MASCHA.-¡Nikolai Lvovich..., le estoy diciendo que se marche!

TUSENBACH.-Y me marcho. (Sale.) MASCHA.-(Echándose de nuevo en el diván.) ¿Duermes, Fedor?

KULIGUIN.-¿Qué?...

MASCHA.-Mejor sería que te fueras a casa.

KULIGUIN.-¡Mascha querida!... ¡Querida mía!...

IRINA.-¡Está cansada! ¡Hay que dejarla descansar, Fedia!

KULIGUIN.-Ya me voy... ¡Esposa mía amadísima!... ¡Te amo, único bien mío!...

MASCHA.-(Enfadada.) «Amo, amas, amat, amamus, amatis, amant»...

KULIGUIN.-(Riendo.) ¡Sí!... ¡La verdad es que eres extraordinaria!... ¡Hace ya siete años que nos casamos, y me parece que fue ayer! ¡Palabra de honor!... ¡Sí!... ¡La verdad es que eres una mujer extraordinaria!... ¡Estoy contento, contento, contento!...

MASCHA.-¡Y yo aburrida, aburrida, aburrida!... (Se incorpora y continúa hablando sentada.)

¡No se me quita de la cabeza!... ¡Es sencillamente indignante!... ¡Lo tengo metido en la cabeza como un clavo y no puedo callarme!... ¡Me refiero a Andrei!... ¡Ha hipotecado esta casa en el banco, y su mujer se ha apropiado todo el dinero!... ¡Como si esta casa le perteneciera solamente a él!... ¡Es de los cuatro!... ¡Tiene que reconocerlo si es una persona decente!...

KULIGUIN.-¡No vale la pena, Mascha!... ¿Qué falta te hace a ti nada?... ¡Andriuscha está en deuda con todo el mundo!

MASCHA.-¡Sea como sea, es indignante! (Vuelve a recostarse.) KULIGUIN.-Ni tú ni yo somos pobres... Yo trabajo... Tengo las clases del colegio y otras más... Soy un hombre honrado, sencillo... «Omnia mea mecum porto», como suele decirse.

MASCHA.-¡No me hace falta nada, pero me indigna la injusticia! (Pausa.) ¡Vete, Fedor!

KULIGUIN.-(Besándola.) ¡Estás cansada! ¡Descansa por lo menos media horita, que yo te esperaré ahí sentado! ¡Duerme!... (Yendo hacia la puerta.) ¡Estoy contento, contento, contento!... (Sale.) IRINA.-¡En efecto, cómo se ha empequeñecido nuestro Andrei!... ¡Cuánto ha envejecido y se ha evaporado junto a esa mujer!... ¡Pensar que hubo un tiempo en el que se preparaba para profesor, y que ayer se jactaba de ser ya miembro directivo de la Diputación! ¡Él, miembro directivo, y Protopopov, presidente!... ¡La ciudad entera hablando y riendo, y él solo sin ver ni oír nada!... ¡Ahora, por ejemplo!... ¡En un momento en el que todos han corrido al fuego..., él ha seguido sentado en su habitación, sin el mínimo interés por ello!... ¡Con tocar el violín tiene bastante! (Nerviosa.) ¡Oh, qué horrible, qué horrible, qué horrible!... (Llorando.) ¡No puedo! ¡No puedo soportarlo más!... ¡No puedo!... (OLGA entra y comienza a poner orden en torno a su mesita. IRINA, entre fuertes sollozos.) ¡Tiradme!... ¡Tiradme a alguna parte!... ¡No puedo más!

OLGA.-(Asustada.) ¡Bueno, bueno..., querida!...

IRINA.-(Sollozando.) ¿Adónde..., adónde se fue todo?... ¿Dónde está?... ¡Oh, Dios mío!...

¡Dios mío!... ¡Todo se me ha olvidado! ¡Todo se ha embrollado en mi cabeza!... ¡Se me olvida, por ejemplo, cómo se dice en italiano la palabra «ventana» o «techo»!... ¡Se me olvida todo!... ¡Diariamente se me olvida!... ¡Y la vida no volverá jamás!... ¡Y jamás iremos a Moscú!... ¡Siento que no iremos!...

OLGA.-¡Querida!... ¡Querida!...

IRINA.-(Conteniéndose.) ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¡No puedo trabajar!... ¡No trabajaré!...

¡Basta, basta!... ¡Lo mismo antes, cuando estaba empleada de telefonista, que ahora trabajando en la Delegación, detesto cuanto me dan a o para hacer!... ¡Ya tengo veintitrés años!... ¡Hace mucho tiempo que trabajo y mi cerebro se ha secado!... ¡He adelgazado, me he envejecido, me he afeado y carezco de toda satisfacción!... ¡Y, mientras tanto, el tiempo pasa y se le figura a una que se aparta de la verdadera, maravillosa vida y se va lejos, lejos..., hacia un precipicio!... ¡Estoy desesperada y no comprendo cómo todavía sigo viva y no me he matado!

OLGA.-¡No llores, nenita mía! ¡No llores!... ¡Me haces sufrir!

IRINA.-¡Ya no lloro!... ¡No lloro!... ¡Se acabó!... ¡Bueno..., ya no lloro más! ¡Se acabó! ¡Se acabó!... ¡Se acabó!...

OLGA.-¡Querida!... ¡Te estoy hablando como a una hermana..., como a una amiga!...

¿Quieres oír mi consejo?... Cásate con el barón. (IRINA llora silenciosamente.) ¿Tú le estimas..., le tienes gran aprecio!... ¡Cierto que es feo..., pero tan puro, tan honrado!... ¡Uno no se casa por el amor, sino por cumplir un deber!... Yo, al menos, así lo pienso, y me casaría sin amor... Me casaría con quien quisiera casarse conmigo con tal que fuera una persona honrada... ¡Hasta me gustaría casarme con un viejo.

IRINA.-¡Yo siempre esperé que, al trasladarnos a Moscú, encontraría allí al hombre verdadero para mí!... ¡A aquel a quien había amado en sueños!... Pero ¡todo ha resultado tontería!...

OLGA.-(Abrazando a su hermana.) ¡Querida mía!... ¡Hermana mía maravillosa! ¡Todo lo comprendo!... ¡Cuando el barón Nikolai Lvovich dejó la carrera militar y se presentó en nuestra casa vestido de paisano, me pareció tan feo que me eché a llorar!... Él me preguntaba: «¿Por qué llora usted?»... Y yo..., ¿qué podía decirle?... ¡Sin embargo, si Dios quiere que se case contigo, será para mí una felicidad!... ¡Es completamente distinto!

Escena VI

NATASCHA, con una vela en la mano, entra silenciosamente por la puerta de la derecha, atraviesa la escena y sale por la de la izquierda.

MASCHA.-(Sentándose.) ¡Anda como si viniera de prender fuego!

OLGA.-¡Qué tonta eres, Mascha!... ¡Perdóname, por favor, pero eres lo más tonto de la familia!

MASCHA.-¡Me dan ganas de hacer una confesión, queridas hermanas!... ¡Tengo una pena en el alma!... ¡Os lo confesaré a vosotras y no volveré ya nunca a confesárselo a nadie!... Voy ahora mismo a decíroslo. (Bajando la voz.) ¡Es mi secreto, pero vosotras tenéis que conocerlo! ¡No os lo puedo callar!... ¡Quiero..., quiero..., quiero a ese hombre!... Acabáis de verle... Bueno..., ¿para qué andar con rodeos?... En una palabra: quiero a Verschinin.

OLGA.-(Dirigiéndose a su cama tras el biombo.) ¡No digas eso!... ¡Aunque es igual!... ¡No te oigo!

MASCHA.-¡Qué se le va a hacer!... Al principio me parecía extraño..., luego sentí piedad de después le quise..., le quise con su voz, con sus desgracias y con sus dos niñas...

OLGA.-(Detrás del biombo.) ¡Es igual!... ¡No te oigo!

MASCHA.-¡Qué tonta eres, Oiga! ¿Qué es amor?...; pues será mi sino... Será mi destino... El me quiere... Todo esto asusta y no está bien..., ¿verdad?... (Atrayendo hacia a sí a IRINA y cogiéndola por la mano.) ¡Oh, querida mía!... ¿Cómo se deslizará nuestra vida, y qué será de nosotras?... ¡En las novelas lo encuentra uno todo tan viejo, tan fácil de comprender...; pero cuando es uno mismo el que quiere, ve que nadie sabe nada y que cada uno tiene que decidir por sí propio!... ¡Queridas mías!... ¡Mis hermanas!... ¡Me he confesado a vosotras y de ahora en adelante guardaré silencio!... ¡Seré como el loco de la obra de Gogol!... ¡Silencio..., silencio!...

Escena VII

Entra ANDREI. Le sigue FERAPONT.

ANDREI.-(Enfadado.) ¿Qué quieres?... ¿Qué vienes buscando?... ¡No te entiendo!

FERAPONT.-¡Se lo he dicho lo menos diez veces, Andrei Sergueevich!...

ANDREI.-¡En primer lugar no soy para ti Andrei Sergueevich, sino «su señoría»!...

FERAPONT.-Los bomberos, señoría, solicitan se les permita pasar por el jardín para ir al río... ¡Si no lo hacen, tendrán que andar dando vueltas y más vueltas!... ¡Un verdadero castigo!

ANDREI.-¡Bueno!... ¡Diles que sí! (Sale FERAPONT.) ¡Cómo me aburren!... ¿Dónde está Olga? (OLGA sale de detrás del biombo.) Vengo a pedirte la llave del armario. He perdido la mía. Tú tienes una llavecita igual. (OLGA le entrega en silencio la llave. IRINA se dirige a su cama detrás del biombo. Pausa.) ¡Qué enormidad de fuego!... Ahora ha empezado a amainar...

¡Diablos!... ¡Este Ferapont me ha sacado de quicio y me ha hecho decirle una sandez! ¡Su señoría! (Pausa.) ¿Por qué estás tan callada, Olga?... ¡Ya es hora de no hacer tonterías y de dejar de enfurruñarse así porque sí!... ¿Estás aquí, Mascha?... ¿Y tú, Irina, también?...

¡Magnífico entonces!... ¡Tendremos una explicación franca de una vez para siempre!... ¿Qué tenéis contra mí?... ¿Qué?...

OLGA.-¡Déjalo, Andriuscha!... ¡Ya tendremos esa explicación mañana!... (Evitándose.) ¡Qué noche más agotadora!

ANDREI.-(Con visible azoramiento.) ¡No te pongas nerviosa!... ¡Os estoy preguntando con la mayor sangre fría qué tenéis contra mí!... ¡Decídmelo claro!...

LA VOZ DE VERSCHININ.-Tram tam tam.

MASCHA.-(Levantándose y en tono alto.) ¡Tra ta ta!... Adiós, Olga... Quédate con Dios.

(Pasa detrás del biombo para besar a IRINA.) ¡Que duermas bien!... Adiós, Andrei...

¡Márchate!... ¡Están cansadas!... ¡Mañana tendréis esa explicación! (Sale.) OLGA.-¡En efecto, Andriuscha...; dejémosla para mañana! (Yendo hacia su cama, detrás del biombo.) ¡Ya es hora de dormir!

ANDREI.-¡Sólo voy a decir esto, y me iré inmediatamente!... ¡En primer lugar -y en ello me he fijado desde el día mismo de mi boda-, tenéis algo contra Natascha, mi mujer!... ¡Natascha es una persona excelente, honrada, recta y noble!... ¡Ésa es mi opinión!... ¡Quiero a mi mujer y la estimo!... ¿Lo comprendéis?... ¡La estimo y exijo que la estimen también los demás!...

¡Repito que es una persona honrada y noble, y que todo ese descontento vuestro no es más que -perdonadme- capricho!... ¡En segundo lugar, diríase que os enfada el que no sea profesor ni me ocupe de las ciencias!... ¡Trabajo, sin embargo, en la Diputación, soy uno de sus miembros directivos, y considero esta ocupación tan sagrada y de tanta altura como el servicio a la ciencia!... ¡Soy miembro directivo y me siento orgulloso de ello, si os interesa saberlo!...

(Pausa.) En tercer lugar, quiero deciros también que, sin pediros permiso, he hipotecado la casa... Reconozco mi culpa y os pido perdón. Mis deudas, que ascienden a treinta y cinco mil rublos, me obligaron a hacerlo... No he vuelto a jugar a las cartas... Hace tiempo que dejé el juego..., y lo mejor que puedo deciros, en descargo mío, es que vosotras, muchachas, percibís una pensión, mientras que yo..., en realidad, no ganaba nada...

KULIGUIN.-(Asomando la cabeza por la puerta.) ¿No está Mascha por aquí? (Inquieto.) ¿Dónde puede estar?... ¡Es raro! (Sale.) ANDREI.-¡No me escucháis!... Natascha es una persona excelente..., honrada. (Deteniéndose después de dar unas vueltas en silencio.) Cuando me casé, pensé que seríamos felices... y, sin embargo... ¡Dios mío!... (Llorando.) ¡Mis queridas hermanas!... ¡Mis buenas hermanas!... ¡No me creáis! ¡No me creáis!... (Sale.) KULIGUIN.-(Asomando, inquieto, la cabeza por la puerta.) ¡No está aquí Mascha?... ¡Qué cosa más rara! (Sale. Se oye tocar a fuego. El escenario queda vacío.) IRINA.-(Detrás del biombo.) ¡Olía!... (¿Quién pega en el techo de abajo?

OLGA.-El doctor Iván Romanich. Está borracho.

IRINA.-¡Qué noche más agitada!... (Pausa.) ¡Olia! (Asomando la cabeza tras el biombo.) ¿Oíste?... ¡Se nos llevan la brigada!... ¡La trasladan a un sitio muy lejos!...

OLGA.-¡No son más que voces que corren!

IRINA.-¿Nos quedaremos entonces solas?... ¡Olia!

OLGA.-¿Qué?

IRINA.-¡Querida!... ¡Estimo y aprecio al barón!... ¡Es una persona excelente! ¡Accedo a casarme con él, pero..., eso sí..., vayamos a Moscú!... ¡Vayámonos, te lo suplico!... ¡Nada mejor en el mundo que Moscú!... ¡Vayámonos!... ¡Olia!... ¡Vayámonos!