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La escena representa una sala de la casa de los PROSOROV a través de cuyas columnas se divisa un gran salón. Es mediodía.

En la calle brilla un sol alegre, y en el salón se dispone la mesa para el almuerzo.

Escena I

OLGA, vestida con el uniforme azul de profesora de un colegio de niñas, corrige, de pie y andando, los cuadernos de sus alumnas. MASCHA, de negro, y sentada, con el sombrero descansando sobre las rodillas, lee en un libro. IRINA, de blanco, está de pie, en actitud pensativa.

OLGA.-Hoy hace un año justo que murió nuestro padre... Exactamente en este cinco de mayo, Irina, día de tu santo... Hacía mucho frío y nevaba... Creí entonces no poder sobrevivir a aquello... Tú te habías desmayado y estabas tendida como una muerta... Ha pasado un año, sin embargo, y ya nos es fácil recordarlo... Ahora vistes de blanco y tu cara resplandece. (Dan las doce.) ¡También entonces sonó el reloj!... Recuerdo que se llevaron a nuestro padre con música, y que en el cementerio se dispararon salvas... Aunque era general de brigada, el acompañamiento fue muy numeroso... ¡Verdad que caían a cántaros la lluvia y la nieve!...

IRINA.-¿Para qué recordarlo?

Escena II

A través de las columnas, se ve entrar en el salón a TUSENNBACH, a CHEBUTIKIN y a SOLIONII.

OLGA.-Hoy no hace ningún frío, se pueden tener las ventanas de par en par y, sin embargo, los abedules no han abierto todavía... Hace once años que nuestro padre recibió el mando de la brigada y que salimos con él de Moscú... Recuerdo perfectamente que en Moscú, por esta época, a primeros de mayo, todo está ya florecido, inundado de sol, y hace un tiempo hermoso... ¡Once años y aún me acuerdo de aquello como si me hubiera ido de allí ayer!...

¡Dios mío!... ¡Cuando me desperté esta mañana había tal cantidad de luz!... ¡Vi la primavera, el alma se me emocionó y deseé ardientemente volver allí!...

CHEBUTIKIN.-¡Diablos!

TUSENBACH.-¡Claro que no son más que tonterías! (MASCHA, pensativa y con la cabeza inclinada sobre el libro, silba ligeramente una canción.) OLGA.-No silbes, Mascha... No es bonito. (Pausa.) Este ir todos los días al colegio y pasarme luego el tiempo dando lecciones hasta el anochecer, me produce un constante dolor de cabeza y despierta en mí la idea de la vejez... Y, en efecto, en estos cuatro años que llevo trabajando en el colegio siento cómo se me han ido escapando, día a día y gota a gota, las fuerzas y la juventud. ¡Solo una cosa crece y se fortalece dentro de mí: un sueño!...

IRINA.-Sí... Él de marcharse a Moscú..., vender la casa, terminar con todo esto, y... a Moscú.

OLGA.-Sí. A Moscú cuanto antes. (CHEBUTIKIN y TUSENBACH ríen.) IRINA.-Nuestro hermano se hará, seguramente, profesor, y no se quedará a vivir aquí. Lo único que nos retiene es la pobre Mascha.

OLGA.-Mascha vendrá todos los años a Moscú a pasar el verano. (MASCHA silba alegremente una canción.) IRINA.-Si Dios quiere, todo se arreglará. (Fijando la vista en la ventana.) ¡Qué buen tiempo hace!... ¡No se por qué tengo hoy en el alma tanta luz!... ¡Esta mañana, al recordar que era el día de mi santo, me dio de pronto una alegría!... Y me acordé de cuando era pequeña y vivía aún mamá... ¡Y qué pensamientos más placenteros los míos!

OLGA.-¡Hoy estás de un radiante y te me pareces tan extraordinariamente bonita!... También Mascha lo es mucho... Andrei estaría muy bien si no hubiera engordado tanto..., lo cual no le va. Yo, en cambio, he envejecido y he adelgazado mucho. ¡Seguramente por lo que en el colegio me enfado con las niñas! Hoy, por ejemplo, que estoy libre y en casa, no me duele la cabeza y me siento más joven que ayer... No tengo más que veintiocho años... ¡Claro que todo está bien!... ¡Que todo es voluntad de Dios!..., pero se me figura que si estuviera casada y tuviera que pasarme el día en casa, estaría mejor. (Pausa.) Querría a mi marido...

TUSENBACH.-(A SOLIONII.) ¡Qué tonterías dice usted! ¡Me aburre escucharle! (Entrando en la sala.) Olvidaba decirles que hoy vendrá a hacerles una visita Verschinin, nuestro nuevo jefe de batería. (Se sienta ante el piano.) OLGA.-Muy bien. Encantada.

IRINA.-¿Es viejo?

TUSENBACH.-No... No mucho. Tendrá, a lo sumo, cuarenta o cuarenta y cinco años.

(Empieza a tocar suavemente.) Parece simpático, y seguro que no tiene nada de tonto, aunque habla mucho.

IRINA.-¿Es hombre interesante?

TUSENBACH.-Sí..., no está mal. Tiene mujer, suegra y dos niñas. Hay que decir también que es casado dos veces. Cuando va de visita, en todas partes cuenta que tiene mujer y dos niñas.

Aquí lo dirá igualmente... Su mujer es una alocada de larga trenza, que no habla más que de temas superiores, filosofía y, de cuando en cuando, intenta suicidarse, seguramente por fastidiar a su marido... Yo hace mucho tiempo que me hubiera marchado, pero él se lo aguanta y se contenta con lamentarse.

SOLIONII.-(Dejando el salón y entrando en la sala seguido de CHEBUTIKIN.) ¡Con una mano no soy capaz de levantar más de «pud» (1) y medio, y con las dos levanto cinco y hasta seis, por lo que llego a la conclusión de que dos hombres no tienen el doble, sino el triple y quizá más, de la fuerza de uno solo!...

CHEBUTIKIN.-(Andando y leyendo el periódico.) «Para la caída del pelo, dos gramos de naftalina por media botella de alcohol... Diluir y aplicar diariamente»... (Escribiendo en el libro de apuntes.) Tomaremos nota. (A SOLIONII.) De manera que, como le iba diciendo, el corchito se mete en la botellita atravesada por un tubito de cristal. Luego coge usted un puñado de alumbre.

IRINA.-¡Iván Romanich! ¡Querido Iván Romanich!

CHEBUTIKIN.-¿Qué hay, nenita mía?... ¡Mi alegría!

IRINA.-¡Dígame! ¿Por qué me siento hoy tan feliz?... ¡Me parece enteramente tener alas y, encima de mi cabeza, un ancho cielo azul por el que pasaran volando grandes pájaros blancos!... ¿Por qué será? ¿Por qué?

CHEBUTIKIN.-(Con ternura, besándole ambas manos.) ¡Mi pájaro blanco!

IRINA.-¡Hoy, cuando me desperté, me levanté y me lavé, me pareció de pronto que todo estaba claro para mí en este mundo! ¡Que sabía cómo hay que vivir!... ¡Y lo sé, querido Iván Romanich!... ¡El hombre, sea quien sea, tiene que trabajar con el sudor de su frente! ¡En esto solo está el sentido y el fin de su vida, de su felicidad, de sus entusiasmos!... ¡Qué hermoso ser el picapedrero que, apenas amanece, se levanta para picar piedras en la calle..., o el pastor, o el maestro que instruye niños..., o el maquinista del ferrocarril!... ¡Dios mío!... ¡No digo ya ser hombre!... ¡Preferible es ser un buey o un simple caballo y trabajar..., que ser la mujer joven que se levanta a las doce, toma su café en la cama e invierte dos horas vistiéndose!...

¡Oh, qué terrible!... ¡Esa sed de beber que se siente en día de calor, tengo yo de trabajar!...

¡Y si no madrugo y no trabajo, retíreme su amistad, Iván Romanich!

CHEBUTIKIN.-(Con ternura.) Se la retiraré, se la retiraré...

OLGA.-Nuestro padre nos acostumbró a levantarnos a las siete... Ahora, Irina se despierta a esa hora; pero hasta las nueve, por lo menos, se está en la cama pensando en no sé qué... ¡Y con una cara tan seria! (Ríe.) IRINA.-¡Es que estás acostumbrada a considerarme como una niña, y te resulta raro verme seria!... ¡Tengo ya veinte años!

TUSENBACH.-¡Esa tristeza del no trabajar..., cómo la comprendo, Dios mío!... ¡Yo no he trabajado nunca en mi vida! ¡Nací en un Petersburgo frío y ocioso...; de una familia que no supo nunca de trabajo ni de privaciones!... ¡Recuerdo que cuando volvía de «Korpues» (2), el lacayo me quitaba las botas y yo me ponía a hacer caprichos bajo la mirada de adoración de mi madre, que se asombraba de que los demás no me vieran como ella!... ¡Se me preservaba del trabajo, aunque quizá no consiguieron impedírmelo del todo!... ¡La hora ha llegado de que se cierna sobre nosotros una inmensidad de nubes..., de que se prepare una fuerte y sana tormenta que ya avanza y está próxima y que de un soplo ahuyentará pronto de nuestra sociedad la pereza, la indiferencia, el prejuicio contra el trabajo y el podrido aburrimiento!...

¡Yo trabajaré, y dentro de veinticinco o treinta años trabajarán todos los hombres! ¡Todos!

CHEBUTIKIN.-Yo no trabajaré.

TUSENBACH.-A usted no se le cuenta.

SOLIONII.-¡Dentro de veinticinco años, ya no estará usted en este mundo, gracias a Dios!...

¡Dentro de dos o tres años le dará, probablemente, un soponcio a la cabeza y se morirá, o yo, ángel mío, en un momento de arrebato, le pegaré un tiro en la frente! (Saca del bolsillo un frasco de perfume y se rocía con él el pecho y las manos.) CHEBUTIKIN.-(Riendo.) ¡La verdad es que yo nunca hice nada!... ¡Salí de la universidad y no volví a dar golpe! ¡Ni siquiera a leer un libro! ¡No leo más que el periódico! (Sacando otro del bolsillo.) ¡Aquí tengo uno! ¡Por los periódicos me entero de que existió, por ejemplo, un tal Dobroliubov... (3), pero... ¿qué fue lo que escribió?... No lo sé... ¡Solo Dios lo sabrá!... (Se oyen unos golpecitos en el suelo dados en el techo del piso inferior.) Aquí está ya. Me llaman abajo. Es alguien que viene a verme. En seguida vuelvo. Espérenme. (Sale apresurado atusándose la barba.) IRINA.-Con seguridad está tramando algo.

TUSENBACH.-Sí. Llevaba una expresión de cara muy solemne. Subiré ahora con un regalo.

IRINA.-¡Qué desagradable!

OLGA.-¡Sí, es terriblemente desagradable! ¡No hace más que tonterías!

MASCHA.-(Levantándose y canturreando a media voz.)

¡Junto al mar hay un roble verde, con una cadena de oro prendida en él!

Con una cadena de oro prendida en él...

OLGA.-Hoy no estás alegre, Mascha. (Ésta, siempre canturreando, se pone el sombrero.) ¿Adónde vas?

MASCHA.-A casa.

IRINA.-¡Qué raro!

TUSENBACH.-¡Irse en un día de santo!

MASCHA.-Es igual... Vendré a la tarde. Adiós, querida mía. (Abrazando a IRINA.) Otra vez vuelvo a desearte que seas muy feliz y tengas mucha salud... En otros tiempos, en vida de nuestro padre, en los días de santo no bajaban de treinta o cuarenta los oficiales que venían a casa... ¡Qué animación aquella!... ¡Ahora, en cambio, no hay aquí más de persona y media, y la misma calma que en el desierto! Me marcho... Hoy me siento algo melancólica... No estoy alegre... ¡Pero tú no me hagas caso! (Riendo entre lágrimas.) Ya hablaremos después. Entre tanto..., adiós, querida mía... Me iré a alguna parte... IRINA.-(Contrariada.) ¡Ay..., cómo eres!

OLGA.-(Entre lágrimas.) Te comprendo, Mascha...

SOLIONII.-¡Cuando un hombre filosofa, sale una filosofística..., o una sofística...; pero si es una mujer o dos las que filosofan, lo que sale es un «tírame de este dedo»!

MASCHA.-¿Qué quiere usted decir con eso, hombre terrible?

SOLIONII.-Nada... «Apenas había tenido tiempo de respirar, ya el oso se le había echado encima» (4).(Pausa.) MASCHA.-(A OLGA, con enfado.) ¡No llores!

Escena III

Entran ANFISA y FERAPONT con una tarta.

ANFISA.-¡Por aquí, padrecito! ¡Entra! ¡Tienes los pies limpios! (A IRINA.) Es de la Diputación. De Protopopov, Mijail Ivanich... Una tarta...

IRINA.-Gracias. Dale las gracias. (Coge en sus manos la tarta.) FERAPONT.-¿Cómo dice?

IRINA.-(Alzando la voz.) ¡Que le des las gracias!

OLGA.-Amita..., dale un poco de tarta. Anda, Ferapont... Ahí te darán tarta.

FERAPONT.-¿Cómo dice?

ANFISA.-¡Vamos, padrecito Ferapont Spiridonich! ¡Vamos! (Salen ambos.) MASCHA.-¡No me gusta ese Protopopov... Mijail Potapich o Mijail Ivanich!... ¡No hay que invitarle!

IRINA.-Yo no le he invitado.

MASCHA.-Mejor que mejor.

Escena IV

Entra CHEBUTIKIN, seguido de un soldado cargado con un «samovar» de plata. Se oyen exclamaciones de asombro y desaprobación.

OLGA.-(Cubriéndose el rostro con las manos.) ¡Un «samovar»!... ¡Es terrible! (Entrando en el salón, se dirige a la mesa.) IRINA.-¡Iván Romanich! ¡Querido!... ¿Qué hace usted?

TUSENBACH.-¿No se lo había dicho?

MASCHA.-¡Iván Romanich! ¡No tiene usted vergüenza!... ¡Sencillamente, no la tiene usted!

CHEBUTIKIN.-¡Queridas mías!... ¡Son ustedes lo único que tengo!... ¡Lo más precioso para mí en este mundo!... ¡Pronto cumpliré los sesenta! ¡Soy un viejo! ¡Un solitario! ¡Un viejo inútil!... ¡No hay nada bueno en mí salvo este amor que les tengo, y, si no fuera por ustedes, hace tiempo que no estaría ya en el mundo! (A IRINA.) ¡Mi nenita querida!... ¡La conozco desde el día que nació! ¡La llevé en mis brazos! ¡Tuve gran cariño a su difunta madre!

IRINA.-Pero ¿por qué hacer unos regalos tan caros?

CHEBUTIKIN.-(Entre lágrimas, pero enfadado.) ¡Regalos caros!... ¡Vaya una cosa!... (Al Asistente.) ¡Llévate allí el samovar! (Remedándola.) ¡Regalos caros!... (El Asistente transporta el samovar al salón.) ANFISA.-(Entrando en la sala.) ¡Queridas!... Ahí está un coronel que no conozco. Ya se ha quitado el abrigo, nenitas, y viene hacia acá. ¡Arinuschka!... ¡Sé amable!... ¡Sé cariñosa!

(Saliendo.) ¡Hace tiempo que ya es hora de almorzar!... ¡Dios mío!...

TUSENBACH.-Verschinin, seguramente. (Entra VERSCHININ.) ¡El teniente coronel Verschinin!

VERSCHININ.-(A MASCHA y a IRINA.) Tengo el honor de presentarme... Verschinin...

¡Cuánto, cuánto me alegro de verme, por fin, en su casa!... ¡Ay, ay..., qué cambiadas están!...

IRINA.-¡Siéntese, por favor!... ¡También nosotras le vemos con mucho gusto!

VERSCHININ.-(En tono jovial.) ¡Qué contento estoy! ¡Pero son ustedes tres..., las hermanas!... Yo recuerdo a tres niñas. De sus caras no me acordaba, pero sí de que su padre, el coronel Prosorov, tenía tres niñas pequeñas. Esto lo recuerdo perfectamente, porque las vi con mis propios ojos... ¡Cómo pasa el tiempo!

TUSENBACH.-Alexander Iganatievich es de Moscú.

IRINA.-¿De Moscú?... ¿Es usted de Moscú?...

VERSCHININ.-De allí soy, en efecto. Su difunto padre era allá jefe de batería cuando yo estaba de oficial en la misma brigada. (A MASCHA.) Me parece recordar un poco su cara.

MASCHA.-Pues yo a usted no le recuerdo.

IRINA.-¡Olga! ¡Olga!... (Alzando la voz y dirigiendo su llamada al salón.) ¡Ven acá, Olga!

(OLGA entra en la sala.) Resulta que el teniente coronel Verschinin es de Moscú!

VERSCHININ.-¿Entonces..., ésta es Olga Sergueevna, la mayor, usted es María. Y usted, Irina, la pequeña?...

OLGA.-¿Conque es usted de Moscú?

VERSCHININ.-Sí... En Moscú estudié y en Moscú entré en el servicio, residiendo allí bastante tiempo... Luego me dieron el mando de esta batería y aquí me vine, como ven ustedes... En realidad, las recordaba poco... Solo que eran tres hermanas... Su padre, en cambio, se quedó grabado en mi memoria, y si ahora, por ejemplo, cierro los ojos, sigo viendole como cuando estaba en vida... Solía visitarles en Moscú...

OLGA.-¡Y yo que creía que me acordaba de todo el mundo, resulta que...!

VERSCHININ.-Mi nombre es Alexander Ignatievich.

IRINA.-¡Conque de Moscú, Alexander Ignatievich! ¡Qué sorpresa!

OLGA.-Nosotras tenemos intención de trasladarnos allí.

IRINA.-Esperamos estar allí ya para el otoño... Es nuestra ciudad... En la que nacimos... En la calle Staraia Basmannaia... (Ambas ríen de contento.) MASCHA.-¡Cuando menos lo esperábamos, encontramos un paisano! (En tono vivo.) ¡Ahora empiezo a acordarme!... ¿Recuerdas, Olga, a uno que llamaban en casa «el Mayor enamorado»?... ¡El teniente entonces era usted! ¡Estaba usted enamorado de alguien, y todos, no sé por qué, por hacerle sin duda rabiar, le llamaban «Mayor»!

VERSCHININ.-¡Eso, eso!... ¡El «Mayor enamorado»!... ¡Eso!

MASCHA.-¡No tenía usted más que bigote!... ¡Oh, como ha envejecido! (Saltándosele las lágrimas.) ¡Cómo ha envejecido!

VERSCHININ.-¡Sí!... ¡Cuando me llamaban «el Mayor enamorado» era joven y estaba, en efecto, enamorado!... ¡Qué diferente es ahora todo!

OLGA.-¡Pero si no tiene usted ni una cana! ¡Está usted envejecido, pero todavía no es viejo!

VERSCHININ.-¡Sin embargo, tengo ya cuarenta y dos años!... ¿Hace mucho que dejaron ustedes Moscú?

IRINA.-¡Once años!... Bueno; pero ¿por qué lloras, Mascha?... ¡Qué tonta! (Entre lágrimas.)

¡A mí también me estás haciendo llorar!

MASCHA.-¡No es nada!... ¿En qué calle vivía usted?

VERSCHININ.-En la Staraia Basmannaia.

OLGA.-Como nosotras...

VERSCHININ.-En tiempo, viví en la calle Nemetzkaia... Recuerdo que, para ir de la calle Nemetzkaia a los cuarteles Krasnie, tenía que pasar por un sombrío puente bajo el que se oía el chapoteo del agua... ¡A un solitario le dará tristeza atravesarlo!... (Pausa.) ¡Aquí, en cambio, el río es tan ancho, tan caudaloso!... ¡Es un río maravilloso!

OLGA.-Sí, pero hace frío... Hace frío y hay mosquitos.

VERSCHININ.-¡No digan!... ¡El clima es aquí tan sano!... ¡Tan bueno!... ¡Bosque, río y hasta abedules!... ¡Simpáticos y tímidos abedules!... ¡Son los árboles que más quiero!... ¡Qué hermoso es vivir aquí! ¡Lo que sí se extraña es que esté la estación, nadie sabe por qué, a una distancia de veinte verstas!

SOLIONII.-Pues yo sí sé por qué. (Todos le miran.) Porque si la estación estuviera cerca, no estaría lejos, y si está lejos, es porque no está cerca... (Se hace un silencio incómodo.) TUSENBACH.-¡Qué bromista es usted, Vasilii Vasilievich!...

OLGA.-¡Yo también le recuerdo ahora!... ¡Le recuerdo, sí!

VERSCHININ.-Conocí también a su madre.

CHEBUTIKIN.-¡Qué buena era! ¡En paz descanse!

IRINA.-Mamá está enterrada en Moscú.

OLGA.-En el monasterio Novo-Devichii...

MASCHA.-¡Figúrese que ya empieza a olvidárseme su cara!... ¡Lo mismo nos olvidarán a nosotros!

VERSCHININ.-Si... Nos olvidarán. ¡Ése es nuestro sino, contra el que nada se puede!... ¡Lo que ahora nos parece serio, significativo, de gran importancia..., llegará el día en que lo olvidemos o se nos antoje poco importante!... ¡Es interesante, en realidad!... En el momento actual no podemos saber qué, con el tiempo, llegará a tenerse por importante y qué por lastimoso y ridículo. ¿Acaso el descubrimiento de Copérnico o el de Colón no fueron considerados, en sus principios, como fútiles y risibles, mientras cualquier majadería que escribiera un chiflado era tenida por una verdad?... ¡Puede que esta vida actual nuestra, que ahora nos satisface, llegue un día a resultar extraña, incómoda, necia, y no solo insuficientemente pura, sino hasta pecaminosa!...

TUSENBACH.-¡Quién sabe!... ¡Quizá, por el contrario, se la califique de superior y se la recuerde con respeto! ¡Ahora no hay martirios, ni ejecuciones, ni invasiones!... ¡Cuántos sufrimientos quedan, sin embargo!

SOLIONII.-(Con voz chillona.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»... ¡El barón prefiere la filosofía a la comida!

TUSENBACH.-¡Vasil Vasilich! ¡Le ruego que me deje en paz! ¡Resulta ya cargante! (Cambia de sitio.) SOLIONII.-(Con voz chillona.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...

TUSENBACH.-(A VERSCHININ.) Los sufrimientos que ahora apreciamos..., ¡y son tantos!..., nos hablan, sin embargo, de un cierto grado de altura moral, alcanzado ya por la sociedad...

CHEBUTIKIN.-¡Dice usted, barón, que un día llamarán «alta» a nuestra vida..., pero no será por sus gentes!... (Poniéndose en pie.) ¡Miren que bajito soy! ¡Será por consolarme por lo que lleguen a llamarla alta!... (De detrás del escenario llega el sonido de un violín.) MASCHA.-Es Andrei, nuestro hermano, el que toca...

IRINA.-¡Es todo un sabio!... ¡Desde luego llegará a profesor!... Papá era militar, pero su hijo escogió una carrera científica.

MASCHA.-Conforme al deseo de papá.

OLGA.-Hoy le hemos estado haciendo rabiar. Parece ser que anda algo enamorado...

IRINA.-De una señorita de la localidad. Luego vendrá, seguramente.

MASCHA.-¡Ay..., pero cómo se viste!... ¡Aunque no lleve cosas feas o pasadas de moda..., sencillamente da lástima!... ¡Suele ponerse una falda rarísima, amarillo fuerte, adornada con un fleco de lo más vulgar, y acompañada de una blusa roja! ¡Y sus mejillas resultan tan fregadas!... ¡Andrei no está enamorado! ¡No puedo admitir siquiera la idea!... ¡Es, sencillamente, porque nos quiere hacer rabiar, por lo que hace esas tonterías!... Ayer oí decir que ella se casaba con Protopopov, el presidente de la Diputación... ¡Ojalá fuera así!

(Volviendo la cabeza hacia la puerta inmediata.) ¡Andrei! ¡Ven acá! ¡Solo un momento, querido!

Escena V

Entra ANDREI OLGA.-Mi hermano, Andrei Sergueich.

VERSCHININ.-(Presentándose.) ¡Verschinin!

ANDREI.-(Presentándose.) ¡Prosorov! (Enjugándose el sudor del rostro.) ¿Aquí al mando de la batería?

OLGA.-¡Figúrate que Alexander Ignatievich es de Moscú!...

ANDREI.-¿Sí?... Pues que sea en buen hora... Mis hermanas, desde este momento, ya no le dejarán en paz.

VERSCHININ.-Ya he tenido tiempo de aburrirlas.

IRINA.-¡Mire el marquito de retrato que me ha regalado hoy Andrei! (Mostrándole el marquito.) ¡Está hecho por él mismo!

VERSCHININ.-(Contemplándolo sin saber qué decir.) Sí... Es...

IRINA.-¡Y aquel otro de encima del piano, también lo hizo él! (ANDREI, con un gesto de impaciencia, se aparta del grupo.) OLGA.-¡Tenemos en él a todo un sabio!... ¡Toca el violín y talla infinidad de cositas! ¡En una palabra: lo domina todo!... ¡Andrei! ¡No te vayas!... ¡Ha tomado la costumbre de marcharse!

¡Ven acá! (MASCHA e IRINA, entre risas y cogiéndole por los brazos, le obligan a volver.) MASCHA.-¡Ven! ¡Ven!

ANDREI.-¡Dejadme, por favor!

MASCHA.-¡Tiene gracia! ¿No llamaban en tiempos a Alexander Ignatievich «el Mayor enamorado» y no se enfadaba en absoluto?

VERSCHININ.-En absoluto.

MASCHA.-¡Pues yo quiero llamarte a ti «el violinista enamorado»!

IRINA.-¡O «el profesor enamorado»!

OLGA.-¡Porque Andriuschka está enamorado!... ¡Está enamorado!

IRINA.-(Aplaudiendo.) ¡Bravo! ¡Bravo!... ¡Bis!... ¡Andriuschka está enamorado!

CHEBUTIKIN.-(Acercándose a ANDREI por la espalda y cogiéndole con ambas manos por el talle.) «¡Solo para el amor fuimos creados por la Naturaleza!» (Ríe, siempre sin separarse del periódico.) ANDREI.-¡Bueno..., basta, basta!... (Enjugándose el rostro.) No he pegado los ojos en toda la noche, y no me encuentro ahora en caja... Me puse a leer hasta las cuatro; después me eché, pero no conseguí nada... Pensando en esto y en lo otro, llegó el amanecer, y la alcoba se me llenó de sol... Quiero este verano, mientras estoy aquí, traducir un libro del inglés.

VERSCHININ.-¿Lee usted inglés?

ANDREI.-Sí; nuestro padre, que en paz descanse, nos martirizaba con la educación... Resulta cómico y tonto, pero hay que reconocer que desde que murió empecé a engordar... ¡Engordé en un año, como engorda el que le quitan de encima un gran peso!... Gracias a nuestro padre, mis hermanas y yo sabemos francés, inglés, alemán..., e Irina italiano...; pero..., ¡qué no nos costaría!

MASCHA.-¡En una ciudad como ésta, poseer tres idiomas es un lujo inútil!... ¡Ni un lujo siquiera! ¡Un aditamento sobrante!... ¡Tenemos muchos conocimientos superfluos!

VERSCHININ.-¡Vamos!... ¡Conque tienen ustedes muchos conocimientos superfluos! ¡A mí, en cambio, se me figura que no puede existir ciudad, por aburrida y triste que sea, en la que no resulte necesaria la persona inteligente e instruida!... ¡Admitamos que entre los cien mil habitantes de esta ciudad, desde luego atrasada, solo haya tres que se les asemejen!...

¡Naturalmente, serán ustedes incapaces de dominar a la masa oscura que les rodea!... ¡Poco a poco, en el curso de la vida, se verán ustedes obligados a ceder, a perderse en la muchedumbre de las cien mil personas!... ¡La vida les ahogará; pero su existencia, sin embargo, no habrá pasado sin dejar rastro!... ¡Después de ustedes..., iguales a ustedes..., habrá primero seis, luego doce, y así sucesivamente hasta que sea la gente como ustedes la que constituya la mayoría!... ¡Dentro de doscientos o trescientos años, la vida será indescriptiblemente maravillosa! ¡Ésa es la vida que el hombre necesita, y si actualmente no la tiene, ha de presentirla, esperarla, soñar con ella, prepararse para ella!... ¡Por eso, tiene que saber más y ver más de lo que supieron y vieron su padre y su abuelo!... (Riendo.) ¡Y usted lamentándose y llamando superfluos a sus conocimientos!

MASCHA.-(Quitándose el sombrero.) Me quedo a almorzar.

IRINA.-(Con un suspiro.) ¡La verdad es que deberíamos tomar nota de todo esto! (ANDREI ha dejado, sin ser visto, la estancia.) TUSENBACH.-¿Dice usted que la vida, al cabo de muchos años, será maravillosa? ¡Cierto..., cierto que, para intervenir ahora en ella, aunque solo sea de lejos, hay que prepararse..., que trabajar!...

VERSCHININ.-(Levantándose.) ¡Desde luego!... Pero ¡cuántas flores hay aquí! (Mirando a su alrededor.) ¡Tienen ustedes un piso magnífico! ¡Las envidio!... ¡Yo he rodado toda mi vida por esos pisitos amueblados con dos sillas y un diván, en los que las estufas hacen humo!...

¡Lo que me faltó siempre en la vida es precisamente estas flores!... (Frotándose las manos.)

¡En fin, qué se le va a hacer!

TUSENBACH.-¡Sí!... ¡Es menester trabajar!... ¡Seguro que está usted pensando: «al alemán éste te he conmovido... »; pero le doy mi palabra de honor de que soy ruso y de que ni siquiera hablo alemán! ¡Mi padre es ortodoxo! (Pausa.) VERSCHININ.-(Dando algunas vueltas por el escenario.) ¡Con frecuencia se me ocurre pensar en si sería posible empezar otra vida y, además, vivirla de un modo consciente!... ¡La vida ya vivida sería el borrador, y la nueva, el llamado «escrito en limpio»!... ¡Todos, entonces, creo yo, pondríamos nuestros mayores afanes en no repetirnos a nosotros mismos!...

¡Yo, por lo menos, daría un nuevo ambiente a mi vida! ¡Me instalaría en un piso como éste..., con flores y mucha luz!... Tengo una mujer y dos hijas... Hay que decir que mi mujer está enferma, etcétera... Si tuviera que volver a vivir, no me casaría...

Escena VI

Entra KULIGUIN, de uniforme de gala KULIGUIN.-(Acercándose a IRINA.) ¡Hermana querida!... ¡Permíteme que te felicite en el día de tu santo y que te desee de todo corazón cuanto pueda desearse a una joven de tus años!

¡Te traigo también como regalo este libro! (Ofreciéndole uno.) Es una historia, escrita por mí, de nuestro colegio, que comprende sus cincuenta años de existencia. El libro es insignificante y ha sido escrito por mí, por no tener nada mejor que hacer, pero, no obstante, léelo. ¡Buenos días, señores! (A VERSCHININ.) ¡Kuliguin!... Profesor del colegio local y consejero civil. (A IRINA.) El libro contiene una referencia a cuantos, en el curso de estos cincuenta años, terminaron sus estudios en nuestro colegio... «Feci quod potui; faciant meliora potentes...» (Besa a MASCHA.) IRINA.-¡Pero si ya me regalaste uno igual por Pascua de Resurrección!

KULIGUIN.-¿Será posible?... Devuélvemelo entonces, o si no..., quizá sea mejor que se lo des al coronel... Tómelo, coronel... Algún día el aburrimiento le hará leerlo.

VERSCHININ.-Muy agradecido. (Disponiéndose a marcharse.) ¡Encantado de haberlas saludado!

OLGA.-¿Que se marcha usted?... ¡No! ¡No!...

IRINA.-¡Se queda usted a almorzar con nosotros!... ¡Por favor!...

OLGA.-¡Se lo ruego!

VERSCHININ. -(Con una inclinación cortés.) ¡Según parece, he caído aquí en un día de santo!... ¡Perdone que, por no saberlo, no la haya felicitado! (Se traslada con OLGA al salón.) KULIGUIN.-¡Hoy, señores, es domingo y, por tanto, día de descanso!... ¡Descansemos, pues!... ¡Divirtámonos todos, cada uno conforme a su edad y situación!... Por cierto, hay que quitar las alfombras durante el verano y guardarlas hasta el invierno con naftalina o polvos persas... ¡Los romanos eran gente sana! ¡Sabían trabajar, pero sabían también descansar!

¡Tenían una «mens sana in corpore sano»!... ¡Su vida fluía con arreglo a determinadas formas!... Nuestro director suele decir: «¡Lo importante en una vida es su forma!» «¡Lo que pierde su forma, acaba!»... Así ocurre igualmente en nuestra vida cotidiana... (Cogiendo a MASCHA por el talle y riendo.) ¡Mascha me quiere! ¡Mi mujer me quiere!... Las cortinas hay que guardarlas también con las alfombras... ¡Hoy estoy contento y de un humor magnífico!...

¡A las cuatro, Mascha, iremos a casa del director! ¡Se está organizando un paseo de pedagogos con sus familias!

MASCHA.-Yo no voy.

KULIGUIN.-(Disgustado.) ¡Querida!... ¿Por qué?

MASCHA.-Luego hablaremos. (Con enfado.) ¡Iré, bueno...; pero déjame, por favor. (Se aparta de él.) KULIGUIN.-¡Pasaremos después la tarde en casa del director!... ¡Es un hombre que, pese a lo precario de su salud, hace los mayores esfuerzos por mostrarse sociable! ¡Tiene un carácter magnífico y franco! ¡Excelente persona!... Ayer, después del consejo, me decía: «Estoy cansado, Fedor Ilich!... ¡Estoy cansado!» (Tras una mirada al reloj de pared y otra al suyo.) Su reloj adelanta siete minutos... «Sí... -decía-. ¡Estoy cansado!» (De detrás del escenario llega el sonido de un violín.) OLGA.-¡Tengan la bondad! ¡Pasen a almorzar!

KULIGUIN.-¡Ay, mi querida Olga!... ¡Lo que trabajé ayer! ¡Desde la mañana hasta las once de la noche! ¡Acabé cansadísimo, pero hoy me encuentro feliz! (Se dirige a la mesa, en el salón.) CHEBUTIKIN.-(Guardándose el periódico en el bolsillo y atusándose la barba.) «¡Pirog!» (5), ¡Magnífico!

MASCHA.-(En tono severo, a CHEBUTIKIN.) ¡Cuidado., ¡No beba nada! ¿Me oye?... ¡Le hace daño!

CHEBUTIKIN.-¡Bah!... ¡Eso ya pasó! ¡Hace ya dos años que no bebo, y además...

(Impacientándose.), qué más da!

MASCHA.-¡No se atreva, de todos modos! ¡No se atreva! (Con enfado, pero evitando que su marido la oiga.) ¡Diablos!... ¡Otra vez a aburrirse en casa del director!

TUSENBACH.-Yo que usted no iría. La cosa es sencilla.

CHEBUTIKIN.-¡No vaya, monina!

MASCHA.-¡Sí..., no vaya!... ¡Este maldito modo de vivir mío es insoportable! (Entra en el salón.) CHEBUTIKIN.-(Yendo en pos de ella.) ¡Bueno! ¡Bueno!...

SOLIONII.-(Entrando en el salón.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...

TUSENBACH.-¡Basta ya, Vasilii Vasilich! ¡Basta!

SOLIONII.-«¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...

KULIGUIN.-(Alegremente.) ¡A su salud, coronel!... ¡Pedagogo de carrera, formo parte de esta familia! ¡Soy el marido de Mascha!... ¡Es muy buena! ¡Muy buena!...

VERSCHININ.-¡Beberé un poco de esta vodka oscura!... (Bebe.) ¡A su salud! (A OLGA.)

¡Qué a gusto me encuentro en su casa! (En la sala han quedado solos IRINA y TUSENBACH.) IRINA.-Mascha está hoy de mal humor... ¡Cuando se casó, a los dieciocho años, tenía a su marido por el hombre más inteligente del mundo!... Ahora es distinto... Es el hombre más bueno; pero no el más inteligente.

OLGA.-(Con voz impaciente.) ¡Andrei! ¡Ven de una vez!

ANDREI.-¡Ahora mismo voy! (Entra y se dirige a la mesa.) TUSENBACH.-¿En qué piensa usted?

IRINA.-En nada... No me gusta ese Solionii y, además, le tengo miedo. No dice más que majaderías.

TUSENBACH.-Es un hombre raro... A mí me da lástima y me irrita a la vez..., aunque es mayor todavía la lástima que me da... Se me figura que lo que le pasa es que es tímido.

Cuando estoy solo con él, le encuentro inteligente, afable..., mientras que en sociedad resulta un bruto... ¡No se marche! ¡Que se sienten!... ¡Déjeme estar a su lado!... ¿En qué piensa?

(Pausa.) ¡Usted tiene veinte años...; yo aún no he cumplido los treinta!... ¡Cuántos años todavía ante nosotros!... ¡Qué larga hilera de días para llenarla de mi amor hacia usted!

IRINA.-¡Nikolai Lvovich!... ¡No me hable de amor!

TUSENBACH.-¡Tengo en el alma una sed ardiente de vida, de lucha, de trabajo!... ¡Sed a la que se une ahora mi amor por usted, Irina..., como ex profeso maravillosa para que la vida me parezca también maravillosa!... ¿En qué piensa?

IRINA.-¡Dice usted que la vida es maravillosa!... Cierto; pero..., ¿no sera que nos lo parece solamente?... ¡Ninguna de nosotras, las tres hermanas, tuvimos una vida maravillosa!...

¡Nuestra vida nos ahogó siempre como la mala hierba!... ¡Me están cayendo las lágrimas!...

¡Esto no debe ser! (Enjugándose rápidamente las mejillas, sonríe.) ¡Trabajar!... ¡Lo que hay que hacer es trabajar!... ¡Por eso nos falta alegría y tenemos una visión tan sombría de la vida!

¡Porque no conocemos el trabajo! ¡Procedemos de gente que lo despreciaba!... (Entra NATALIA IVANOVNA vestida de rosa y con un cinturón verde.) NATASCHA.-Ya están sentándose para el almuerzo... Llego retrasada. (Lanzándose una ojeada en el espejo y arreglándose el cabello.) No estoy mal peinada..., me parece.

(Apercibiéndose de la presencia de IRINA.) ¡Irina Sergueevna, querida!... ¡Felicidades!... (La besa larga y efusivamente.) ¡Tienen ustedes muchos invitados, y eso me azara!... ¡Buenos días, barón!

OLGA.-(Saliendo del salón.) ¡Aquí tienen ustedes a Natalia Ivanovna! ¡Buenos días, querida mía! (Se besan.) NATASCHA.-¡Tienen ustedes una reunión tan numerosa, que me siento terriblemente acobardada!

OLGA.-¡Qué tontería! ¡Aquí todo el mundo es de confianza! (Con aire asustado y a media voz.) ¡Lleva usted un cinturón verde, querida!... ¡No está bien!

NATASCHA.-¿Existe, acaso, alguna superstición sobre ello?

OLGA.-¡No...; es que, sencillamente, el color verde desentona y hace un efecto raro!

NATASCHA.-(Con voz llorosa.) ¿Sí?... ¡Pero sí no es verde! ¡Si es más bien mate! (Entra con OLGA en el salón. Todos toman asiento alrededor de la mesa. La sala queda vacía.) KULIGUIN.-¡Te deseo, Irina, un buen novio! ¡Ya es hora de que te cases!

CHEBUTIKIN.-¡Y otro novio también para Natalia Ivanovna!

KULIGUIN.-¡Natalia Ivanovna tiene ya novio!

MASCHA.-(Dando golpecitos en el plato con el tenedor.) ¡Tomaré una copita de vino y...

pase lo que pase!

KULIGUIN.-¡Estás mereciendo un tres!

VERSCHININ.-¡La «nalivka» (6) está muy aromática! ¿Con qué la han hecho?

SOLIONII.-Con cucarachas.

IRINA.-(Con voz llorosa.) ¡Uf..., qué asco!

OLGA.-¡Para la cena tendremos pavo asado y tarta de manzana!... ¡Gracias a Dios, hoy estoy en casa todo el día! ¡Y por la noche!... ¡Vengan, señores, esta noche!

VERSCHININ.-¡Permítame que venga yo también esta noche!

IRINA.-¡No faltaría más! ¡Se lo ruego!

NATASCHA.-Aquí no gastan ceremonias.

CHEBUTIKIN.-«¡Solo para el amor fuimos creados por la Naturaleza!» (Ríe.) ANDREI.-¡Ya está bien, señores! ¿Cómo no les aburre? (Entran FEDOTIK y RODE cargados con una gran cesta de flores.) FEDOTIK.-Pero ¡si están ya almorzando!

RODE.-(Con voz bronca y pronunciando mucho la «r».) ¿Almorzando?... ¡Pues sí que están almorzando!

FEDOTIK.-¡Aguarda un momento! (Hace una fotografía.) ¡Una!... ¡Espera un poco más!

(Hace otra.) ¡Dos!... ¡Ya está!... (Vuelven a coger la cesta y entran en el salón, donde son acogidos con gran alboroto.) RODE.-(Esforzando la voz.) ¡Mis felicitaciones y mejores deseos!... ¡Hoy está el tiempo maravilloso! ¡Francamente magnífico!... Me he estado toda la mañana paseando con mis colegiales... Doy clase de gimnasia en el colegio...

FEDOTIK.-¡Puede moverse, Irina Sergueevna! (Hace otra fotografía.) ¡Está usted hoy muy interesante! (Sacando del bolsillo un trompo de música.) ¡Este trompo para usted! ¡Suena que es una maravilla!

IRINA.-¡Qué preciosidad!

MASCHA.-

¡Junto al mar hay un roble verde, con una cadena de oro prendida en él!

Con una cadena de oro prendida en él...

(En tono quejumbroso.) ¿Por qué me habrá dado por decir esto»?... ¡Desde la mañana tengo metida esta frase en la cabeza!

KULIGUIN.-¡Somos trece a la mesa!

RODE.-¿Será posible que conceda valor a esos prejuicios? (Risas.) KULIGUIN.-¡Cuando se reúnen trece personas a la mesa, significa que entre ellas hay enamorados! ¿No será usted uno, a lo mejor, Iván Romanovich?... (Risas.) CHEBUTIKIN.-Soy un viejo pecador; pero... ¿por qué se ha azorado Natalia Ivanovita?... Es cosa que no comprendo... (Risas estrepitosas, NATASCHA sale corriendo del salón seguida de ANDREI.) ANDREI.-¡Déjelos! ¡No les haga caso! ¡Espere!... ¡Espere, se lo ruego!

NATASCHA-¡Qué vergüenza!... ¡No sé lo que me pasa!... ¡Y ellos, riéndose de mí!... ¡Es incorrecto esto que acabo de hacer de levantarme de la mesa..., pero no puedo..., no puedo!...

(Oculta el rostro entre las manos.) ANDREI.-¡Querida mía! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico! ¡Cálmese!... ¡Le aseguro que estaban bromeando!... ¡Que ha sido con la mayor inocencia!... ¡Querida mía!... ¡Todos son buenos y afectuosos! ¡A los dos nos quieren!... ¡Venga conmigo a la ventana! ¡Desde aquí no nos verán! (Mira hacia atrás al andar.) NATASCHA.-¡Es que no tengo costumbre de alternar!...

ANDREI.-¡Oh juventud!... ¡Maravillosa, preciosa juventud!... ¡Querida mía! ¡Cálmese!...

¡Créame! ¡Créame!... ¡Qué feliz me encuentro a su lado! ¡Mi alma está llena de amor..., de entusiasmo!... ¡Oh!... ¡No nos ven! ¡No nos ven!... ¿Por qué la quiero?... ¿Cuándo empecé a quererla?... ¡Querida mía!... ¡Mi niña buena..., pura..., ¡Sea mi mujer! ¡La quiero!... ¡La quiero como nunca, nunca!... (Un beso. Entran dos oficiales, que al ver besarse a la pareja se detienen asombrados.)