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Kashtanka.  Antón Chejov
Capítulo 7. Un debut desafortunado
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Era una hermosa tarde cuando el amo entró en el cuartito del papel sucio y, frotándose las manos, dijo:

—Bueno...

Quería añadir algo más, pero salió sin terminar la frase. El Tío, que durante las lecciones había estudiado muy bien su cara y la entonación de su voz, adivinó que estaba preocupado e inquieto, y acaso enfadado.

Poco después volvió y dijo:

—Tío, hoy te voy a llevar con Fiódor Timoféích. En la «pirámide egipcia» sustituirás al difundo Iván Ivánich. ¡El diablo sabe qué saldrá de todo esto! No hay nada preparado, no lo habéis aprendido, no hemos tenido tiempo de ensayar. ¡Fracasaremos, fracasaremos!

Volvió a salir y al cabo de un momento regresaba enfundado en su abrigo de piel y con sombrero de copa. Acercóse al gato, lo cogió de las patas delanteras, lo levantó y lo ocultó en su pecho, dentro del abrigo; Fiódor Timoféich se mostró indiferente a todo esto, sin molestarse siquiera en abrir los ojos. Veíase que no le importaba nada; que le era lo mismo estar acostado o ser levantado de las patas, descansar en la colchoneta o reposar en el pecho del amo, dentro del abrigo...

—Vamos, Tío—dijo el amo.

El Tío le siguió sin comprender nada y meneando el rabo. Al cabo de un minuto se encontraba en un trinco, a los pies del amo, y oía cómo éste, estremeciéndose a causa del frío y la inquietud, gruñía:

—¡Vamos a fracasar! ¡Va a ser un fracaso!

El trineo se detuvo ante un edificio grande y de extraña forma, parecido a una sopera puesta del revés.

La larga entrada de esta casa, con tres puertas de cristales, estaba iluminada por una docena de faroles de viva luz. Las puertas se abrían con estrépito y, cual si fuesen fauces, se tragaban a la gente situada delante de ellas. Abundaban las personas, a veces se acercaban caballos, pero, en cuanto a perros, no se veía ninguno.

El amo agarró al Tío y se lo metió en el pecho, dentro del abrigo, donde ya se encontraba Fiódor Timoféich. Allí no había luz, faltaba aire, pero el calorcillo era muy agradable. Por un instante brillaron dos turbias chispas verdes: era el gato, que había abierto los ojos al sentir el contacto de las frías y duras patas del vecino. El Tío le lamió la oreja y, deseoso de acomodarse lo mejor posible, se removió inquieto, haciéndose sitio, recogiendo las frías patas, y, sin querer, sacó la cabeza al exterior; pero inmediatamente la volvió a meter, con un gruñido de enfado. Creyó verse en una habitación enorme, mal iluminada y llena de monstruos; por detrás de vallas y rejas, que se extendían a ambos lados, asomaban unas cabezas terribles: de caballo, con cuernos, de largas orejas; una de ellas, gorda y grandísima, tenía cola en vez de nariz, con dos largos huesos bien roídos que le salían de la boca.

El gato maulló con voz sorda, molesto por las patas del Tío, mas en esto el abrigo se abrió, el dueño dijo «¡Hop!» y Fiódor Timoféich y el Tío saltaron al suelo. Se encontraban ya en una pequeña pieza con paredes grises de tabla; los únicos muebles eran una mesita con un espejo y un taburete. Descontando esto y los trapos colgados de los rincones, allí no había nada más; en vez de quinqué o de vela ardía una viva lucecita en forma de abanico, pegada a cierto tubo que salía de la pared. Fiódor Timoféich se alisó el pelo, revuelto por el Tío, y se echó debajo del taburete. El dueño, siempre inquieto y sin cesar de frotarse las manos, comenzó a desnudarse... Se desnudó corno de ordinario lo hacía en casa para acostarse, es decir, se quitó todo menos la ropa interior; luego se sentó en el taburete y, mirando al espejo, empezó a realizar sobre su persona operaciones maravillosas. Lo primero de todo se colocó en la cabeza una peluca con raya en medio y dos mechones parecidos a cuernos; seguidamente se embadurnó la cara con algo blanco y por encima de lo blanco se pintó las cejas, los bigotes y las mejillas. Pero no terminó ahí la cosa, sino que después de embadurnarse la cara y el cuello se vistió con un traje como el Tío no había visto nunca ni en las casas ni en la calle. Imaginaos unos pantalones anchísimos de satén floreado, por el estilo del que se emplea en las casas de la clase media para cortinas y fundas de muebles, unos pantalones que le llegaban hasta las mismas axilas, una pernera era de color castaño y la otra amarillo claro. Una vez sumergido en estos pantalones, el amo se puso cierta chaquetilla de cuello grande y con picos y una estrella de oro en la espalda, medias de distintos colores y zapatos verdes...

Al Tío se le iban y venían los ojos con tal variedad de colores. Aquella figura pesadota olía a amo, su voz era también la de él, pero había momentos en que el Tío se sentía atormentado por la duda, dispuesto a huir de aquel pintarrajeado hombre y a ladrar. El nuevo sitio, la luz en forma de abanico, los olores, la metamorfosis experimentada por el amo: todo ello le sumía en un estado de miedo indefinido. Tenía el presentimiento de que iba a tropezarse con algo horroroso, al estilo de la enorme cabeza con cola en lugar de nariz. Y para colmo de males, fuera tocaba la odiosa música y en ocasiones se oía un rugido incomprensible.

Lo único que le tranquilizaba era la serenidad imperturbable de Fíódor Timoféich. Este dormía como si tal cosa debajo del taburete y ni siquiera llegaba a abrir los ojos cuando el taburete se movía.

Un hombre de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta del cuartito y dijo:

—Ahora empieza miss Arabela. Luego le tocará a usted.

El amo no respondió nada. Sacó de debajo de la mesa una maleta de reducidas proporciones y se sentó a esperar. Los labios y las manos delataban su inquietud; el Tío oía cómo temblaba su respiración.

—Monsieur George, a escena —gritó alguien al otro lado de la puerta.

El amo se levantó, se persignó tres veces, sacó al gato de debajo del taburete y lo metió en la maleta.

—Ven aquí, Tío—dijo en voz baja.

El Tío, sin comprender nada, se acercó a sus manos; él le dio un beso en la cabeza y lo colocó junto a Fiódor Timoféich. Luego todo se hizo oscuro... El Tío pisaba al gato, arañaba las paredes de la maleta y, presa de terror, era incapaz de emitir el menor sonido; temblaba mientras la maleta oscilaba como arrastrada por las olas...

—¡Aquí estoy yo! —gritó con voz sonora el amo—. ¡Aquí estoy yo!

El Tío sintió que después de este grito la maleta chocaba con algo duro y dejaba de balancearse. Se oyó un rugido fuerte y largo: golpeaban a alguien, y ese alguien, probablemente la cabeza de la cola en vez de nariz, rugía y reía tan estrepitosamente, que vibraban los cierres de la maleta. En respuesta al rugido se oyó la risa del amo, una risa estridente y chillona como jamás la había escuchado en casa.

—¡Hola! —gritó, tratando de hacerse oír por encima del rugido—. Respetable público, acabo de llegar de la estación. Se ha muerto mi abuela y me ha dejado heredero. En la maleta hay algo muy pesado; debe de ser oro... ¡A-ah! ¡Puede que haya un millón! Voy a abrirla y veremos...

Sonó el cierre de la maleta. Una luz cegadora le hizo cerrar los ojos al Tío. Saltó fuera y, ensordecido por el rugido, corrió cuanto pudo alrededor de su amo, ladrando alegremente.

—¡Hola! —gritó el amo— ¡Mi Tío Fiódor Timoféich! ¡Mi otro Tío! ¡Que el diablo os lleve, queridos parientes!

Cayó con el vientre sobre la arena, agarró al gato y al Tío y los abrazó una vez y otra. El Tío, mientras él le apretaba entre sus brazos, pudo lanzar una ojeada al mundo a que le había llevado el destino y, asombrado de verse en un lugar tan grandioso, quedó por un momento inmóvil, dominado por el asombro y el entusiasmo. Luego se evadió de los abrazos del amo y, aturdido por tanta emoción, comenzó a dar vueltas como un lobezno. Ese mundo nuevo era grande y resplandeciente; a donde quiera que mirase, desde el suelo al techo, todo eran caras, caras y caras, y nada más.

—Tío, tenga la bondad de sentarse — dijo el amo.

Recordando lo que esto significaba, el Tío saltó a una silla y se sentó. Miró al amo. Los ojos de éste, como siempre, eran serios y cariñosos, pero la cara, en particular la boca y los dientes, se hallaban desfigurados por una sonrisa ancha y petrificada. El reía a carcajadas, saltaba, movía los hombros y en presencia de aquellos miles de persona hacía ver como si se sintiera muy alegre. El Tío creyó en esa alegría y de pronto sintió con todo su ser que aquellos miles de hombres y mujeres tenían los ojos puestos en él; levantó su hocico de raposa y aulló alegremente.

—Usted, Tío, quédese ahí —le dijo el amo—, mientras Fiódor Timoféich y yo bailamos la kamarinka.

Fiódor Timoféich, en espera de que le obligasen a hacer estupideces, permanecía indiferente, mirando a los lados. Bailó con desgana, de mal humor, y por sus movimientos, por su cola y sus bigotes percibía-se el profundo desprecio que le inspiraban la gente, la viva luz, el amo, él mismo... Bailó cuanto le correspondía, bostezó y se sentó.

—Venga, Tío— dijo el amo—. Primero cantaremos y luego bailaremos. ¿Qué le parece?

Sacó del bolsillo una flauta y empezó a tocar. El Tío, que no podía soportar la música, se removió inquieto en la silla y aulló una vez y otra. Esto produjo una tempestad de gritos y aplausos. El amo saludó y cuando todo se hubo acallado volvió a tocar... Estaba ejecutando una nota muy alta cuando alguien que se encontraba en las últimas filas del público lanzó una sonora exclamación de asombro.

—¡Padre!—gritó una voz infantil— ¡Pero si es Kashtanka!

—¡Sí que es Kashtanka! —confirmó otra voz, ésta de borracho— ¡Kashtanka! Fiédiushka, que Dios me castigue si no es Kashtanka.

Alguien silbó en las alturas y dos voces, una de niño y otra de adulto, llamaron a pleno pulmón:

—¡Kashtanka! ¡Kashtanka!

El Tío se estremeció y miró al lugar de donde procedían los gritos. Dos caras, una peluda, alcohólica y sonriente, la otra redonda de rojas mejillas y asustada, se le metieron por los ojoso antes se le había metido la viva luz... Recordó, cayó de la silla y empezó a aullar en la arena. Luego pegó un brinco y con alegres chillidos corrió hacia aquellas caras. Estalló un ensordecedor rugido, del que sobresalían los silbidos y un estridente grito infantil:

—¡Kashtanka! ¡Kashtanka!

El Tío saltó la barrera. Luego, por encima de los hombros de alguien, fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente era necesario saltar una alta pared. El Tío trató de hacerlo, pero no pudo y cayó abajo.

Luego fue pasando de unos a otros, lamiendo manos y caras, cada vez más arriba, hasta que, por fin, se vio en el gallinero...

Media hora más tarde Kashtanka iba ya por la calle detrás de personas que olían a cola y barniz. Luká Alexándrich se tambaleaba e instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse lejos de las zanjas.

—En el abismo de mis entrañas anida el pecado... —balbuceaba— Y a ti, Kashtanka, no hay quien te entienda. Comparado con el hombre, eres como un mal carpintero frente a un buen ebanista.

A su lado caminaba Fiédiushka, tocado con la gorra del padre. Kashtanka miraba las espaldas de ambos, le parecía que hacía ya mucho que iba detrás de ellos y se alegraba de que su vida no se hubiese interrumpido ni por un instante.

Recordaba el cuartito del empapelado sucio, el ganso y Fiódor Tímoféich, las sabrosas comidas, las lecciones, el circo... pero todo eso no era ahora para él sino una pesadilla larga y confusa.

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