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Kashtanka.  Antón Chejov
Capítulo 5. ¡Talento! ¡Talento!
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Transcurrió un mes.

Kashtanka se había habituado a las sabrosas comidas diarias y a que le llamasen Tío. Se habituó también al desconocido y a sus nuevos compañeros de vivienda. La vida se deslizaba como sobre ruedas.

Los días empezaban siempre lo mismo. De ordinario, el primero en despertarse era Iván Ivánich, que inmediatamente se acercaba al Tío o al gato, estiraba el cuello y comenzaba a hablar con calor, como el que trata de convencer de algo, aunque sus frases seguían siendo tan incomprensibles como antes. En ocasiones levantaba la cabeza y pronunciaba largos monólogos. En un principio Kashtanka pensó que el ganso hablaba mucho porque era muy inteligente, pero no tardó en perderle todo el respeto; cuando se le acercaba con sus interminables discursos, no movía ya el rabo, sino que trataba de sacudírselo como se hace con un charlatán importuno que no deja dormir a nadie, y sin la menor ceremonia le respondía: «Rrrr ...» Fiódor Timoféich era un señor de otro linaje; al despertarse, no emitía ruido alguno, no se movía y ni siquiera abría los ojos. De buena gana no se habría despertado, porque, según todos los síntomas, no tenía apego a la vida. Nada le interesaba, todo lo miraba con indiferencia y desdén, lo despreciaba todo e incluso, a la hora de la comida, hacía ascos a los sabrosos manjares.

Kashtanka, al despertarse, empezaba a recorrer las habitaciones, oliendo en cada rincón. Sólo el gato y él tenían permiso para andar por todo el piso; el ganso no debía traspasar el umbral del cuarto del empapelado sucio, y Javronia Ivánovna vivía fuera, en un cobertizo del patio, y sólo aparecía a la hora de la lección. El amo se despertaba tarde, tomaba el té e inmediatamente se entregaba a sus ejercicios con los animales. Cada día aparecían en la habitación el trapecio, el látigo y los aros, y cada día se repetía lo mismo casi sin variación alguna. La lección duraba de tres a cuatro horas, de modo que a veces Fiódor Timoféich llegaba a tambalearse como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, respirando fatigosamente, y el amo, rojo como un tomate, no cesaba de limpiarse el sudor de la frente.

Las lecciones y la comida hacían los días muy interesantes, pero al llegar la noche venía el aburrimiento.

El amo solía salir llevando consigo al ganso y al gato. El Tío se quedaba solo, se acostaba en su colchoneta y se entregaba a sus tristes pensamientos... La tristeza le invadía sin que él mismo se diese cuenta, haciéndose cada vez más intensa, lo mismo que la oscuridad de la habitación. Los primeros síntomas eran que el perro perdía por completo los deseos de ladrar, de comer, de recorrer las habitaciones y hasta de mirar a nada; luego en su imaginación aparecían dos figuras. confusas, que no sabría decir si eran perros o personas, de fisonomía agradable y simpática, aunque no acababa de identificarlas. Cuando se le presentaban, el Tío meneaba el rabo; le parecía haber visto y querido a aquellos seres en otro lugar... Y al dormirse, siempre sentía que de esas figuras emanaba un olor a cola, a virutas y a barniz.

Cierta vez, antes de comenzar la lección, cuando ya se había hecho por completo a la nueva vida y de un chucho flaco que era se había convertido en un perro gordo y bien criado, el amo le acarició y le dijo:

—Ya es hora, Tío, de que hagamos algo práctico. Se acabó el holgazanear. Quiero hacer de ti un artista... ¿Quieres ser artista?

Y empezó a enseñarle diversas habilidades. En la primera lección aprendió a mantenerse de pie y a marchar sobre las patas traseras, cosa que fue muy de su agrado. En la segunda hubo de saltar, siempre sobre las patas traseras, hasta alcanzar un terrón de azúcar que el maestro mantenía en alto sobre su cabeza. Luego vino bailar, correr sujeto a la cuerda, describiendo círculos, aullar a los sones de la música, tocar la campana y disparar; al cabo de un mes ya podía reemplazar perfectamente a Fiódor Timoféich en la «pirámide egipcia». Era muy aplicado y se sentía satisfecho de sus éxitos; correr con la lengua fuera, saltar por arco y cabalgar sobre el viejo Fiódor Timoféích le proporcionaba el mayor de los placeres. Cada ejercicio bien hecho lo acompañaba de sonoros y entusiásticos ladridos; el maestro, pasmado, se entusiasmaba también y se frotaba las manos.

—Eres un talento, un talento — decía—. ¡Un talento indudable! Seguro que tendrás éxito.