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Kashtanka.  Antón Chejov
Capítulo 4. Maravillas y portentos
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Poco después volvió el desconocido trayendo un extraño objeto en forma de trapecio. Del travesaño de aquel tosco trapecio de madera colgaba una campana y en él había sujeta una pistola. Del badajo de la campana y del gatillo de la pistola pendían unas cuerdas. El desconocido colocó el trapecio en el centro del cuarto, pasó bastante tiempo desatando y atando, y luego miró al ganso y dijo:

—Tenga la bondad, Iván Ivánich.

El ganso se acercó a él y quedó a la expectativa.

—¡Ea! — siguió el desconocido —, empezaremos por el principio. Ante todo, saluda y haz la reverencia. ¡Vivo!

Iván Ivánich alargó el cuello, lo inclinó a derecha y a izquierda y golpeó el suelo con la pata.

—Muy bien... ¡Ahora muérete!

El ganso se tendió sobre su espalda con las patas en alto. Después de realizar algunos números por el estilo, nada difíciles, el desconocido se llevó las manos a la cabeza, puso una cara de espanto y gritó—

¡Socorro! ¡Que se quema la casa! ¡Que ardemos!

Iván Ivánich corrió hacia el trapecio, tomó la cuerda con el pico e hizo sonar la campana.

El desconocido quedó muy satisfecho, pasó la mano por el cuello del ganso y dijo:

—Muy bien, Iván Ivánich, Ahora eres un joyero que vende oro y brillantes. Llegas a la tienda y te encuentras con unos ladrones. ¿Qué harías en tal caso?

El ganso agarró con el pico la otra cuerda y dio un tirón, con lo que se produjo un ensordecedor disparo.

A Kashtanka le había agradado mucho el repicar de la campana, pero el disparo le entusiasmó tanto, que empezó a ladrar y a dar vueltas alrededor del trapecio.

—¡A tu sitio, Tío! —gritó el desconocido—. ¡Silencio!

El trabajo de Iván Ivánich no había terminado ahí. Durante toda una hora el desconocido le hizo correr alrededor de él, mientras hacía restallar el látigo; el ganso debía saltar barreras y atravesar aros, encabritarse, es decir, sentarse sobre la cola y mover las patas. Kashtanka, sin apartar los ojos de Iván Ivánich, chillaba de entusiasmo, y en varias ocasiones lo siguió corriendo, con un sonoro ladrido. Cuando el hombre y el ganso se hubieron cansado, el desconocido se limpió el sudor de la frente y gritó:

—¡María, trae a Javronía Ivánovna!

Al cabo de un minuto se oía un gruñido... Kashtanka dio un respingo, adoptó un aire muy bravo y, por si acaso, se arrimó al desconocido. Se abrió la puerta, se asomó una vieja y, después de decir unas palabras, dejó pasar a un cerdo muy feo. Sin prestar atención alguna a las protestas de Kashtanka, el cerdo levantó el hocico y gruñó alegremente. Parecía muy contento de ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Se acercó al minino, le empujó ligeramente con el hocico por debajo de la tripa y luego se puso a hablar con el ganso; en sus movimientos, en su voz y en el temblor del rabo se advertía una gran dosis de bondad. Kashtanka comprendió al instante que no merecía la pena gruñir y ladrar a tales sujetos.

El amo retiró el trapecio y gritó:

—¡Fiódor Timoféich, venga aquí!

El gato se levantó, se estiró perezosamente y con desgana, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.

—¡Ea!, empezaremos por la pirámide egipcia dijo el amo. Se entretuvo largo rato en dar explicaciones y luego ordenó: «Uno... dos... ¡tres! » Iván Ivánich, al oír la palabra «tres», batió las alas y saltó al lomo del cerdo... Cuando con ayuda de las alas y del cuello logró afirmarse sobre el áspero lomo, Fiódor Tímoféich, indolente y perezoso, con franco desprecio y como si todo su arte le importase un bledo, subió al lomo del cerdo y luego, con desgana, saltó sobre el ganso y se colocó en posición vertical sobre las patas traseras.

Resultó lo que el desconocido denominaba pirámide egipcia. Kashtanka aulló de entusiasmo, pero en este tiempo el viejo gato bostezó y, perdido el equilibrio, se cayó del ganso. Iván Ivánich se tambaleó y también se vino abajo. El desconocido gritó, agitando mucho los brazos, y repitió las explicaciones.

Después de una hora de ejercicios perfeccionando la pirámide, el infatigable amo se dedicó a enseñar a Iván Ivánich a cabalgar sobre el gato, hizo fumar a éste, etc.

Terminada la lección, el desconocido se limpió el sudor de la frente y salió del cuarto. Fiódor Timoféich soltó un desdeñoso bufido, se tumbó en la colchoneta y cerró los ojos. Iván Ivánich se dirigió al comedero y el cerdo fue retirado por la vieja.

Las muchas novedades de la jornada hicieron que el tiempo transcurriera para Kashtanka insensiblemente; al hacerse la noche fue llevado con su colchoneta al cuarto del sucio empapelado y allí durmió en compañía de Fiódor Timoféich y del ganso.