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Kashtanka.  Antón Chejov
Capítulo 2. El misterioso desconocido
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Pero no pensaba en nada y se limitaba a llorar. Cuando la nieve suave y esponjosa hubo cubierto su lomo y su cabeza, y, exhausto, se había sumido en una pesada modorra, la puerta en que se hallaba apoyado hizo un ruido, chirrió y le golpeó en un costado. Dio un salto. Por la puerta salió un hombre que pertenecía a la categoría de los clientes. Como Kashtanka había lanzado un chillido, enredándosele entre las piernas, aquel hombre no pudo por menos que advertir su presencia. Se inclinó y preguntó:

—¿De dónde vienes, perrito? ¿Te he hecho daño? Bueno, no te enfades, no te enfades... Perdóname.

Kashtanka miró al desconocido a través de los copos que colgaban de sus pestañas y vio ante sí a un hombrecillo bajo y regordete, de cara redonda y afeitada, con sombrero de copa y el abrigo desabrochado.

—¿De qué te quejas? —prosiguió él, mientras con un dedo le quitaba la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? Te has perdido, ¿verdad? ¡Pobre perrito! ¿Qué vamos a hacer ahora?

Percibiendo en la voz del desconocido un matiz cordial y cariñoso, Kashtanka le lamió la mano y aulló más lastimeramente todavía.

—¡Resulta muy divertido! —dijo el hombre— ¡Eres totalmente un zorro! En fin, no hay otro remedio: vente conmigo. Tal vez sirvas para algo... ¡Ea, vamos!

Chasqueó la lengua e hizo a Kashtanka una señal que únicamente podía significar una cosa: «Ven.» Y Kashtanka le siguió.

Media hora más tarde estaba ya sentado sobre sus cuartos traseros en el suelo de una habitación espaciosa y bien iluminada, con la cabeza inclinada a un costado y contemplando con ternura y curiosidad al desconocido, que daba buena cuenta de su cena. A la vez que comía le echaba algún trozo... En un principio le dio pan y una corteza verde de queso, luego un pedazo de carne, medio pastelillo y unos huesos de pollo; el perro, hambriento, lo devoraba todo con tal rapidez, que ni siquiera llegaba a advertir el sabor de lo que engullía. Cuanto más comía, mayor era su hambre.

—¡Parece que no te alimentan muy bien tus amos! —dijo el desconocido, viendo con qué ansia feroz tragaba sin masticar—. ¡Y qué flaco estás! No tienes más que piel y huesos...

Kashtanka comió mucho, aunque sin llegar a hartarse; sentíase como borracho. Después de la cena se tumbó en el suelo, estiró las patas y meneó el rabo, sintiendo en todo su cuerpo una agradable languidez.

Mientras su nuevo amo, retrepado en el sillón, fumaba un cigarro, él meneaba el rabo y trataba de dilucidar un problema: ¿Dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el ebanista? La vivienda del desconocido era pobre y fea; quitando los sillones, el diván, el quinqué y las alfombras, no había nada, y la habitación parecía vacía. En casa del ebanista, en cambio, todo se encontraba repleto de cosas; estaban la mesa, el banco de carpintero, montones de virutas, cepillos, garlopas, sierras, la jaula del jilguero, el barreño... La habitación del desconocido no olía a nada, mientras que en la casa del ebanista siempre había un espléndido olor a cola, barniz y virutas. Pero la vivienda del desconocido ofrecía una gran ventaja. Le daban abundante comida y, había que hacerle justicia, cuando Kashtanka estaba ante la mesa y le miraba enternecido, no le golpeó ni una sola vez, no pataleó ni llegó a gritar siquiera: «¡Vete de ahí, maldito!» Terminado su cigarro, el nuevo amo salió por unos instantes para volver con una pequeña colchoneta en las manos.

—¡Eh, perro, acércate! —dijo, poniendo la colchoneta en un rincón, al pie del diván —. Echate aquí, duérmete.

Luego apagó el quinqué y se marchó. Kashtanka se tendió en la colchoneta y cerró los ojos; de la calle llegó un ladrido que sintió deseos de contestar, pero de pronto, cuando menos lo esperaba, le invadió una oleada de tristeza. Recordó a Luká Alexándrich, a su hijo Fiédiushka, el confortable rinconcito de debajo del banco... Recordó las largas tardes de invierno, cuando el ebanista cepillaba sus maderas o leía en voz alta el periódico y Fiédiushka solía jugar con él... Le agarraba las patas traseras, lo sacaba de debajo del banco y hacía con él tales diabluras, que se le nublaba la vista y llegaba a sentir dolor en todas las articulaciones. Le hacía andar a dos patas, lo convertía en campana, es decir, le tiraba fuertemente del rabo hasta que el animal empezaba a chillar y a ladrar, le daba a oler tabaco... Resultaba verdaderamente horrorosa una de las travesuras de Fiédiushka: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo daba a Kashtanka y, cuando éste lo había tragado, entre grandes risas, se lo sacaba del estómago. Y cuanto más vivos eran los recuerdos, tanto más fuertes y lastimeros eran los aullidos de Kashtanka.

Pero la fatiga y el calorcillo no tardaron en vencer la tristeza... Quedóse amodorrado. Creyó ver perros que pasaban corriendo; entre otros, vio el lulú con el cual se había encontrado aquel día en la calle, muy lanudo, con una catarata en un ojo y un mechón que le caía junto a la nariz. Fiédiushka, con una barra de hierro en la mano, perseguía al lulú; luego se cubrió de pronto de lanas, ladró alegremente y se fue a reunir con Kashtanka. Uno y otro se olisquearon las narices y corrieron a la calle...