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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 44.
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Cuando se hubo marchado, Julien lloró mucho, y lloró por tener que morir. Poco a poco se dijo que si la señora de Rénal hubiese estado en Besancon, a ella le habría confesado su debilidad...

En el momento en que más lamentaba la ausencia de aquella mujer adorada, oyó los pasos de Mathilde.

«La mayor desgracia en la cárcel -pensó- es la de no poder cerrar la puerta.» Todo cuanto Mathilde le dijo no hizo más que irritarle.

Ella le contó que, el día del juicio, el señor de Valenod, teniendo ya en el bolsillo su nombramiento de prefecto, se había atrevido a burlarse del padre de Frilair, y darse el gusto de condenarle a muerte.

-«¡Cómo se le ha ocurrido a su amigo de usted (acaba de decirme el padre de F rilair) despertar y atacar la pequeña vanidad de esta aristocracia burguesa! ¿Por qué hablar de casta? Les ha indicado el camino que les convenía seguir en su interés político: esos estúpidos no pensaban en ello y estaban a punto de echarse a llorar. Este interés de casta ha venido a velar ante sus ojos el horror de una condena a muerte. Hay que confesar que el señor Sorel es un novato en esta clase de asuntos. Si no conseguimos salvarle por medio de la apelación, su muerte será una especie de suicidio...»

Mathilde no pudo decirle a Julien una cosa que ni ella misma sospechaba aún: que el padre de Frilair, viendo perdido a Julien, creía útil a su ambición aspirar a ser su sucesor.

Casi fuera de sí a fuerza de cólera impotente y de contrariedad, Julien díjole a Mathilde:

-Vaya a oír una misa por mí y déjeme en paz un momento. Mathilde, ya muy celosa con las visitas de la señora de Renal,

y que acababa de enterarse de su marcha, comprendió la causa

del mal humor de Julien y rompió a llorar.

Su dolor era sincero, Julien lo veía y ello le irritaba todavía más. Tenía una necesidad imperiosa de soledad, y ¿cómo procurársela?

Finalmente Mathilde, después de intentar todos los razonamientos para enternecerle, le dejó solo, pero casi al mismo tiempo apareció Fouqué.

-Necesito estar solo -dijo Julien a aquel amigo fiel...

Y como le viera dudar:

-Estoy escribiendo una Memoria para el recurso de casación... Por lo demás..., hazme un favor, no me hables nunca de la muerte. Si aquel día necesito alguna ayuda especial, déjame que sea yo el primero que hable de ello.

Cuando Julien logró la anhelada soledad, se encontró más abrumado y cobarde que antes. Las pocas fuerzas que le quedaban a su alma desfallecida las había agotado para ocultar su estado a la señorita de La Mole y a Fouqué.

Al llegar la noche, una idea le consoló:

«Si esta mañana, en el momento en que la muerte me parecía tan horrible, me hubieran avisado para la ejecución, la mirada del público hubiera sido un aguijón de gloria; quizá mi modo de andar habría sido algo tieso, como el de un fatuo tímido que entra en un salón. Algunas personas clarividentes, si es que las hay entre estos provincianos, hubiesen podido adivinar mi flaqueza... pero nadie la hubiera visto.»

Y se sintió liberado de una parte de su desgracia.

«Soy un cobarde en este momento -se repetía cantando-; pero nadie lo sabrá.»

Un suceso casi más desagradable le esperaba al día siguiente. Hacía mucho tiempo que su padre le anunciaba su visita; aquel día, antes de que Julien despertase, el viejo carpintero de blancos cabellos se presentó en su calabozo.

Julien se sintió débil; esperaba los reproches más desagradables. Para aumentar su penosa sensación, aquella mañana sentía remordimientos por no querer a su padre.

«El azar nos ha colocado uno junto a otro en la tierra -se decía mientras el carcelero arreglaba un poco el calabozo-, y nos hemos hecho todo el daño posible. Ahora viene, en el momento de mi muerte, para darme el golpe de gracia.»

Los severos reproches del viejo comenzaron en cuanto estuvieron sin testigos.

Julien no pudo contener sus lágrimas. «¡Qué indigna flaqueza! -se dijo con rabia-. Irá por todas partes exagerando mi falta de valor; ¡qué triunfo para los Valenod y para todos los vulgares hipócritas que reinan en Verriéres! Son muy poderosos en Francia, reúnen todas las ventajas sociales. Hasta ahora, yo podía decirme, al menos: "Tienen dinero, es cierto, y acumulan todos los honores, pero yo poseo la nobleza de corazón".

»Y he aquí a un testigo a quien todo el mundo dará crédito, y que certificará en todo Verriéres, exagerándolo, que he sido débil ante la muerte. ¡Y pasaré por haber sido un cobarde ante esta prueba que todos comprenden!»

Julien se hallaba muy cerca de la desesperación. No sabía cómo despedir a su padre. Y fingir de suerte que lograra engañar a aquel viejo astuto era cosa superior a sus fuerzas, en aquel momento.

Su espíritu recorría rápidamente todas las posibilidades.

-¡Tengo algunos ahorros! -exclamó de pronto.

Esta frase mágica cambió la fisonomía del viejo y la posición de Julien.

-¿Cómo debo disponer de ellos? -continuó Julien, más tranquilo: el efecto producido le quitó todo sentimiento de inferioridad.

El viejo carpintero ardía en deseos de no dejar escapar aquel dinero, del cual, al parecer, Julien quería legar una parte a sus hermanos. Habló largo tiempo y con ardor. Julien pudo mostrarse burlón.

-El Señor me ha inspirado mi testamento. Dejaré mil francos a cada uno de mis hermanos, y el resto a usted.

-Muy bien -dijo el viejo-, ese resto me corresponde; pero

puesto que Dios ha hecho el milagro de conmover su corazón, si quiere morir como un buen cristiano conviene que pague sus deudas. No ha pensado en los gastos de su alimentación y de su educación, que yo adelanté...

«¡Ése es el amor de padre!», repetíase Julien, con el alma destrozada, cuando al fin se vio solo. Poco después se presentó el carcelero.

-Señor, después de la visita de los padres, siempre traigo a mis huéspedes una botella de buen champán. Es un poco caro, seis francos la botella, pero alegra el corazón.

-Traiga tres vasos -dijo Julien, con un apresuramiento infantil-, y que entren dos de los presos que oigo pasear por el corredor.

El carcelero le trajo dos condenados a galeras reincidentes, que se preparaban para volver a presidio. Eran unos bandidos muy alegres y realmente notables por su astucia, valor y sangre fría.

-Si me da usted veinte francos -dijo uno de ellos a Julien-, le contaré mi vida al detalle. Es algo pistonudo.

-Pero, ¿va usted a contarme mentiras? -dijo Julien.

-No -respondió-; mi amigo, que está presente y que tiene envidia de mis veinte francos, me denunciará si digo algo falso.

Su historia era abominable. Ponía de manifiesto un corazón valiente en el que no había más que una pasión, la del dinero.

Cuando se marcharon, Julien no era ya el mismo hombre. Toda su cólera contra sí mismo había desaparecido. El dolor atroz, enconado por la pusilanimidad, que se apoderó de él después de la partida de la señora de Rénal, habíase trocado en melancolía.

«A medida que hubiera sido menos crédulo con las apariencias -se decía- habría visto que los salones de París están llenos de gentes honradas, al estilo de mi padre, o de bribones hábiles, tales como estos presidiarios. Tienen razón; los hombres de salón no despiertan nunca por la mañana con este pensamiento punzante: ¿Cómo comeré hoy? ¡Y se jactan de su honradez! ¡Y, al formar parte de un jurado, condenan con orgullo al hombre que ha robado un cubierto de plata porque se sentía desfallecer de hambre!

»Pero si existe una corte, si se trata de perder o de ganar una cartera, mis honradas gentes de salón caen en los mismos crímenes que la necesidad de comer ha inspirado a estos dos presidiarios...

»No existe un derecho natural, esta palabra es una bobada anticuada, digna del fiscal que me acorraló el otro día y cuyo abuelo fue enriquecido por una confiscación de Luis XIV. No existe derecho sino cuando hay una ley que prohíbe hacer una determinada cosa so pena de castigo. Aparte de la ley, no hay nada tan natural como la fuerza del león o la necesidad del individuo que tiene hambre, que tiene frío, en una palabra, la necesidad... No, las gentes a quienes se honra no son más que bribones que han tenido la suerte de no ser cogidos infraganti. El acusador que la sociedad pone contra mí se halló enriquecido por una infamia... Yo he cometido un asesinato y me condenan con justicia, pero, aparte este hecho, el Valenod que me ha condenado es cien veces más perjudicial para la sociedad.

»Después de todo -prosiguió Julien tristemente, pero sin cólera-, a pesar de su avaricia, mi padre vale mucho más que todos estos hombres. Nunca me ha querido. Y yo vengo a colmar la medida deshonrándole con una muerte infame. Ese temor de carecer de dinero, esa visión exagerada de la maldad de los hombres que se llama avaricia, le hace encontrar un poderoso motivo de consuelo y seguridad en una suma de tres o cuatrocientos luises que yo pueda dejarle. Cualquier domingo, después de comer, enseñará su oro a todos los envidiosos de Verriéres y les dirá con la mirada: "A este precio, ¿cuál de vosotros no querría tener un hijo guillotinado?".»

Esta filosofía podía ser verdadera, pero era como para desear la muerte. Así pasaron cinco días interminables. Era dulce y cortés con Mathilde, a la que veía exasperada por los celos más vivos. Una noche, Julien pensaba en serio en suicidarse. Su alma se sentía enervada por la desgracia profunda en que le sumiera la partida de la señora de Rénal. Nada le agradaba ya, ni en la vida real ni en la de la imaginación. La falta de ejercicio comenzaba a alterar su salud y a darle el carácter exaltado y débil de un estudiante alemán. Perdía esa altivez varonil, que rechaza con un insulto enérgico ciertas ideas poco convenientes que asaltan las almas de los desgraciados.

«Yo he amado la verdad... ¿Dónde está?... Por todas partes hipocresía, o cuando menos charlatanería, hasta en los más virtuosos, hasta en los más grandes... -Y sus labios adoptaron un gesto de desprecio. No, el hombre no puede fiarse del hombre.

»La señora de..., haciendo una colecta para sus pobres huérfanos, me decía que cierto príncipe había dado diez luises; mentira. Pero ¿qué digo? ¡Napoleón en Santa Elena!... Charlatanería pura, proclamación en favor del rey de Roma.

»¡Dios mío! Si un hombre como aquél, y cuando la desgracia le debe recordar severamente su deber, se rebaja hasta la charlatanería, ¿qué esperar del resto de la especie?

»¿Dónde está la verdad? En la religión... Sí -añadió, con la sonrisa amarga del más profundo desprecio-, en labios de los Maslon, de los Frilair, de los Castanéde... ¿Quizás en el verdadero cristianismo, donde no se pagaría a los sacerdotes, como no se pagaba a los apóstoles?... Pero san Pablo fue pagado con el placer de mandar, de hablar, de hacer hablar de sí...

»¡Ah! ¡Si hubiera una verdadera religión!... ¡Qué estúpido soy! Veo una catedral gótica, vidrieras venerables; mi corazón débil se imagina al sacerdote de estas vidrieras... Mi alma lo comprendería, mi alma lo necesita... No veo más que un fatuo con los cabellos sucios... todo lo más, un caballero de Beauvoisis.

»Pero un sacerdote de verdad, un Massillon, un Fénelon... Massillon consagró a Dubois. Las Memorias de Saint-Simon me han malogrado a Fénelon; pero, en fin, un verdadero sacerdote... Entonces, las almas tiernas tendrían un punto de reunión en el mundo... No estaríamos aislados... Ese buen sacerdote nos hablaría de Dios. Pero ¿de qué Dios? No del de la Biblia, pequeño déspota, cruel y lleno de sed de venganza..., sino del Dios de Voltaire, justo, bueno, infinito...»

Fue asaltado por todos los recuerdos de aquella Biblia que se sabía de memoria... «Pero, al reunirse más de tres personas, ¿cómo creer en ese gran nombre de Dios, después del espantoso abuso que nuestros curas hacen de él?

»¡Vivir aislado!... ¡Qué tormento!...

»Me vuelvo loco e injusto -se dijo Julien, golpeándose la frente-. Estoy aislado aquí, en este calabozo, pero no he vivido aislado en el mundo; tenía la poderosa idea del deber. El deber que yo me había impuesto, con razón o sin ella..., ha sido como el tronco de un árbol robusto en el que me apoyaba durante la tormenta; vacilaba, estaba agitado. Después de todo, no era más que un hombre... pero no era arrastrado.

»Es el aire húmedo de este calabozo lo que me hace pensar en el aislamiento...

»¿Y por qué ser aún hipócrita maldiciendo la hipocresía? Lo que me abruma no es la muerte, ni el calabozo, ni el aire húmedo, es la ausencia de la señora de Rénal. Si por verla, en Verriéres, me viera obligado a ocultarme semanas enteras en los sótanos de su casa, ¿me quejaría?

»La influencia de mis contemporáneos sale vencedora -dijo en voz alta y con una amarga risa-. Hablando conmigo mismo, a dos pasos de la muerte, sigo siendo hipócrita... ¡Oh, siglo XIX!

»Un cazador dispara un tiro en el bosque, su presa cae, él corre para alcanzarla. Su calzado tropieza con un hormiguero de dos pies de alto, destruye la casa de las hormigas, las dispersa a lo lejos, y lo mismo sus huevos... Las más filósofas de las hormigas no podrán nunca comprender aquel cuerpo negro, inmenso, espantoso: la bota del cazador, que de repente ha penetrado en su vivienda con una rapidez increíble, precedida de un ruido atronador y acompañada de chispas de un fuego rojizo...

»Así la muerte, la vida, la eternidad, cosas muy sencillas para quien tuviera los órganos lo bastante extensos para concebirlas...

»Una mosca efímera nace a las nueve de la mañana de un día de verano para morir a las cinco de la tarde; ¿cómo podría comprender la palabra noche?

»Dadle cinco horas más de existencia, y verá y comprenderá lo que es la noche.

»Así, yo moriré a los veintitrés años. Dadme cinco años más de vida para vivir con la señora de Rénal...»

Se echó a reír como Mefistófeles. «¡Qué locura es discutir estos grandes problemas!

»Primero: soy hipócrita, como si aquí me estuviera escuchando alguien.

»Segundo: me olvido de vivir y de amar cuando me quedan

tan pocos días de vida... ¡Ay de mí! La señora de Rénal está ausente; puede que su marido no la deje volver a Besancon para que no continúe deshonrándose.

»Esto es lo que me aísla, y no la ausencia de un Dios justo, omnipotente, no malo, no ávido de venganza...

»¡Ah! ¡Si existiera!... Yo caería a sus pies y le diría: "He merecido la muerte; pero Dios grande, Dios bueno, Dios indulgente, ¡devuélveme a la que amo!".»

La noche estaba muy avanzada. Después de una hora o dos de sueño tranquilo, llegó Fouqué.

Julien se sentía fuerte y decidido como el hombre que ve claro en su alma.