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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 43.
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Una hora más tarde, estando profundamente dormido, le despertaron unas lágrimas que sentía correr por su mano. «¡Otra vez Mathilde! -pensó, despierto a medias-. Viene, fiel a su teoría, a atacar mi resolución por medio de la ternura.» Molesto ante la perspectiva de esta nueva escena del género patético, no abrió los ojos. Acudieron a su memoria los versos de Belphégor, huyendo de su mujer.

Oyó un suspiro singular; abrió los ojos, era la señora de Rénal.

-¡Ah! Vuelvo a verte antes de morir; ¿es acaso una ilusión? -exclamó él, arrojándose a sus pies-. Pero, perdón, señora, sólo soy un asesino ante sus ojos -repuso al momento, volviendo en sí.

-Caballero... vengo a conjurarle a que apele, sé que no quiere usted hacerlo...

Los sollozos la ahogaban; no podía hablar.

-Dígnese usted perdonarme.

-Si quieres que te perdone -le dijo ella, levantándose y echándose en sus brazos-, apela enseguida contra tu sentencia de muerte.

Julien la cubría de besos.

-¿Vendrás a verme todos los días durante estos dos meses?

-Te lo juro. Todos los días, a menos que mi marido me lo prohiba.

-¡Firmaré! -exclamó Julien-. Pero, ¿es posible que tú me perdones?

La estrechaba en sus brazos; estaba loco. Ella dio un ligero grito.

-No es nada -dijo-, me has hecho daño.

-En el hombro -exclamó Julien, deshaciéndose en lágrimas. Se separó un poco y cubrió su mano de besos ardientes-. ¿Quién podría habérmelo dicho la última vez que te vi en tu cuarto, en Verriéres?...

-¿Quién me hubiese dicho entonces que yo escribiría aquella carta infame al marqués de La Mole?...

-Has de saber que te he amado siempre, que no he amado a nadie más que a ti.

-¡Es posible! -exclamó la señora de Rénal encantada a su vez.

Se apoyó sobre Julien, que estaba a sus pies, y lloraron en silencio durante largo rato.

En ninguna época de su vida había encontrado Julien un momento semejante.

Mucho tiempo después, cuando pudieron hablar, dijo la señora de Rénal:

-¿Y esa joven señora Michelet, o, mejor dicho, esa señorita de La Mole? ¡Porque en realidad ya empiezo a creer esa extraña novela!

-Sólo es verdad en apariencia -respondió Julien-. Es mi mujer, pero no es mi dueña...

E interrumpiéndose cien veces el uno al otro consiguieron a duras penas contarse lo que ignoraban. La carta escrita al marqués de La Mole fue redactada por el joven sacerdote que dirigía la conciencia de la señora de Rénal, y luego copiada por ella.

-¡Qué horror me ha hecho cometer la religión! -le decía ella-; y aun suavicé bastante los pasajes más horribles de aquella carta...

Los arrebatos de alegría y de dicha de Julien demostraban bien a las claras su perdón. Nunca había estado tan loco de amor.

-Y, sin embargo, me creo piadosa -le decía la señora de Renal en el curso de la conversación-. Creo sinceramente en Dios; creo igualmente, y de esto tengo pruebas, que el crimen que cometo es horrible, y en el momento en que te veo, aun después de haberme tú disparado dos tiros...

Y aquí, a pesar suyo, Julien la cubrió de besos.

-Déjame -continuó ella-, quiero razonar contigo por miedo a olvidarlo... En cuanto te veo, todos los deberes desaparecen, no soy más que amor por ti, o mejor dicho, la palabra amor es demasiado débil. Siento por ti lo que únicamente debería sentir por Dios: una mezcla de respeto, de amor, de obediencia... En realidad, no sé lo que me inspiras. Me hablarías de dar una puñalada al carcelero, y el crimen quedaría cometido antes de que yo lo pensara. Explícame esto claramente antes de que me vaya, quiero ver claro en mi corazón; pues dentro de dos meses nos separamos... A propósito, ¿nos separaremos? -le dijo ella, sonriendo.

-Retiro mi palabra -exclamó Julien, levantándose-; no apelo contra mi sentencia de muerte si por medio de veneno, puñal, pistola, carbunco, o de cualquier otro modo, intentas poner fin u obstáculo a tu vida.

La expresión de la señora de Renal cambió de repente; la ternura más viva dejó paso a un ensimismamiento profundo.

-¿Y si muriésemos enseguida? -dijo por fin.

-¡Quién sabe lo que se encuentra en la otra vida! -contestó Julien-. Acaso tormentos, quizá nada en absoluto. ¿No podemos pasar dos meses juntos de un modo delicioso? Dos meses son muchos días. Nunca habré sido tan feliz.

-¡Nunca habrás sido tan feliz!

-Nunca -repitió Julien, entusiasmado-. Y te hablo como me hablo a mí mismo. Dios me libre de exagerar.

-Hablarme así es mandarme -dijo ella, con una sonrisa tímida y melancólica.

-¡Bueno! ¿Entonces juras por el amor que me tienes que no atentarás contra tu vida ni directa ni indirectamente?... Piensa -añadió- que tienes que vivir para mi hijo, que Mathilde abandonará en manos de lacayos en cuanto sea marquesa de Croisenois.

-Lo juro -repuso ella fríamente-, pero quiero llevarme tu apelación escrita y firmada por ti. Iré personalmente a ver al procurador general.

-Ten cuidado; te comprometes.

-Después del paso de venir a verte en la cárcel, seré ya para siempre, en Besancon y en todo el Franco Condado, una heroína de anécdotas -dijo ella profundamente afligida-. He franqueado los límites del pudor austero... Soy una mujer deshonrada; bien es verdad que es por ti...

Su acento era tan triste, que Julien la abrazó con una dicha completamente nueva para él. No era la embriaguez del amor, era un agradecimiento infinito. Acababa de darse cuenta, por vez primera, de toda la extensión del sacrificio que ella había hecho.

Algún alma caritativa informó, sin duda, al señor de Renal de las largas visitas que su mujer hacía a la prisión de Julien; pues, a los tres días, le envió su coche con orden expresa de regresar inmediatamente a Verriéres.

Con esta separación cruel el día comenzó mal para Julien. Dos o tres horas después le anunciaron que cierto sacerdote intrigante, pero que sin embargo no había podido colarse entre los jesuitas de Besancon, estaba instalado, desde por la mañana, en la calle, frente a la puerta de la cárcel. Llovía mucho, y el hombre pretendía de este modo hacerse el mártir. Julien se hallaba mal dispuesto, aquella tontería le molestó profundamente.

Por la mañana ya se había negado a recibir a aquel cura, pero a éste se le había metido en la cabeza confesar a Julien y hacerse un nombre entre las jóvenes damas de Besancon por las confidencias que pretendería haber escuchado.

Declaraba en voz alta que pensaba pasar el día y la noche a la puerta de la cárcel:

-Dios me envía para conmover el corazón de este nuevo apóstata...

Y el pueblo llano, siempre ávido de algún espectáculo, comenzaba a aglomerarse.

-Sí, hermanos míos -les decía-, pasaré aquí el día, la noche, y todos los días y las noches que seguirán. El Espíritu Santo me ha hablado, tengo una misión de lo alto; soy yo quien tiene que salvar el alma del joven Sorel. Uníos a mis oraciones, etc., etc.

Julien tenía horror del escándalo y de todo lo que pudiera atraer sobre él la atención. Pensó en aprovechar el momento para escapar de incógnito de este mundo; pero tenía cierta esperanza de volver a ver a la señora de Rénal, y estaba locamente enamorado.

La puerta de la cárcel estaba situada en una de las calles más frecuentadas. La idea de aquel cura lleno de barro, reuniendo a la multitud y promoviendo el escándalo, torturaba su alma. «¡Y sin duda repite mi nombre a cada momento!» Aquello era más penoso que la muerte.

Llamó dos o tres veces, con una hora de intervalo, a un carcelero que le era adicto, para que fuera a enterarse de si el cura seguía a la puerta de la cárcel.

-Señor, está de rodillas en el barro -le decía cada vez el carcelero-; reza en voz alta, y dice unas letanías por el alma de usted...

«¡Qué impertinente!», pensó Julien. En aquel instante oyó, en efecto, un rumor sordo, era el pueblo, que contestaba a las letanías. Para colmo de impaciencia, vio que incluso el carcelero movía los labios repitiendo las palabras latinas.

-Empiezan a decir -añadió el carcelero- que debe usted tener el corazón muy endurecido para rehusar la ayuda de ese santo varón.

-¡Oh, patria mía! ¡Qué bárbara eres todavía! -exclamó Julien ebrio de cólera. Y continuó su razonamiento en voz alta, sin preocuparse de la presencia del carcelero.

«Ese hombre aspira a un artículo en un periódico, y está seguro de conseguirlo.

»¡Malditos provincianos! En París no me vería sometido a todas estas vejaciones. Allí son más duchos en charlatanerías.»

-¡Haz entrar a ese cura! -le dijo por fin al guardián, y el sudor le corría a chorros por la frente.

El carcelero hizo la señal de la cruz y salió muy contento.

Aquel santo sacerdote resultó ser horriblemente feo, estaba todavía más cubierto de barro. La lluvia fría que caía aumentaba la humedad y la oscuridad del calabozo. El cura quiso abrazar a

Julien, y empezó a enternecerse al hablarle. En él se hacía patente la más baja hipocresía; Julien no se había sentido tan enfurecido en toda su vida.

Un cuarto de hora después de la entrada del sacerdote, Julien se sintió completamente cobarde. Por vez primera, la muerte le pareció horrible. Pensaba en el estado de putrefacción en que estaría su cuerpo dos días después de la ejecución, etc., etc.

Estaba a punto de traicionarse por algún signo de flaqueza, o de arrojarse sobre el cura y estrangularle con su cadena, cuando tuvo la ocurrencia de rogar al santo varón que fuese a decir por él una misa de cuarenta francos, aquel mismo día.

Como faltaba poco para mediodía, el cura salió corriendo.