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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 42.
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Al acompañar de nuevo a Julien a la prisión, le llevaron a una celda destinada a los condenados a muerte. Él, que de ordinario se fijaba hasta en los menores detalles, no se había dado cuenta de que no le hacían subir a su torreón. Pensaba en lo que le diría a la señora de Renal si, antes del último momento, tenía la dicha de verla. Daba por supuesto que ella le interrumpiría, y quería poder pintarle todo su arrepentimiento ya desde la primera frase. «Después de lo que he hecho, ¿cómo convencerla de que ella es la única a quien amo? Pues el caso es que he querido matarla por ambición o por amor hacia Mathilde.»

Al meterse en la cama notó que las sábanas eran de tela basta. Entonces miró a su alrededor. «¡Ah! -se dijo-, estoy en el calabozo de los condenados a muerte. Es justo...

»El conde de Altamira me contaba que, la víspera de su muerte, Danton decía con gruesa voz: "Es raro, el verbo guillotinar no puede conjugarse en todos sus tiempos; se puede decir: yo seré guillotinado, tú serás guillotinado; pero no se dice: yo he sido guillotinado".

»¿Por qué no -repuso Julien-, si hay otra vida?... A fe mía que si me encuentro con el Dios de los cristianos estoy perdido: es un déspota y, como tal, lleno de ideas de venganza; su Biblia no habla más que de castigos atroces. Nunca le he amado; ni siquiera he querido creer nunca que se le amara sinceramente. No tiene piedad -y recordó algunos pasajes de la Biblia-. Me castigará de un modo abominable...

»¡Pero si me encuentro con el Dios de Fénelon! Quizá me diga: "Mucho te será perdonado porque has amado mucho...".

»¿He amado mucho? Sí, he amado a la señora de Rénal, pero mi conducta ha sido atroz. En esto, como en otras muchas cosas, el mérito sencillo y modesto ha sido abandonado por lo que brilla...

»Pero también, ¡qué perspectiva!... Coronel de húsares, si estuviésemos en guerra; secretario de Legación durante la paz; luego embajador... pues pronto me habría enterado de los negocios... Y aun cuando no hubiese sido más que un majadero, ¿acaso el yerno del marqués de La Mole tiene que temer ninguna rivalidad? Me habrían perdonado todas mis tonterías, o, mejor aún, apuntado como méritos. Hombre de valía y gozando de la más elevada posición en Viena o en Londres...

»No es eso, caballero; guillotinado dentro de tres días.»

Julien rió de buena gana ante esta salida de su ingenio. «En verdad, el hombre tiene dos seres dentro de sí -pensó-. ¿Quién demonios pensaba en esta reflexión maligna?

»Pues bien, sí, amigo mío, guillotinado dentro de tres días -contestó al que le había interrumpido-. El señor de Cholin alquilará una ventana a medias con el padre Maslon. ¿Y cuál de estos dos dignos personajes robará al otro para pagar el precio del alquiler de esa ventana?»

De pronto recordó este pasaje del Venceslas, de Rotrou:

LADISLAO

... Mi alma está dispuesta.


EL REY, padre de Ladislao


El cadalso lo está también; lleve allí su cabeza.

«¡Hermosa respuesta!», pensó, y durmióse. Alguien le despertó por la mañana, abrazándole fuertemente.

-¡Cómo! ¿Ya? -dijo Julien, abriendo los ojos. Se creía en manos del verdugo.

Era Mathilde. «Afortunadamente no me ha entendido.» Esta reflexión le devolvió toda su sangre fría. Encontró a Mathilde tan cambiada como si hubiera pasado seis meses de enfermedad: realmente no se la reconocía.

-Ese infame de Frilair me ha traicionado -le decía ella, retorciéndose las manos; el furor no la dejaba llorar.

-¿No estuve bien ayer cuando tomé la palabra? -respondió Julien-. Improvisaba, ¡y por primera vez en mi vida! Claro que es de temer que sea también la última.

En aquel momento Julien jugaba con el carácter de Mathilde con toda la sangre fría de un pianista hábil que toca un piano...

-Me falta, ciertamente -añadió-, la ventaja de un nacimiento ilustre, pero el alma grande de Mathilde ha elevado a su amante hasta ella. ¿Cree que Boniface de La Mole estuvo mejor ante sus jueces?

Mathilde, aquel día, se mostraba tierna, sin afectación, como una pobre muchacha que vive en un quinto piso; pero no pudo obtener de él palabras más sencillas. Le devolvía, sin saberlo, el tormento que ella le infligiera tantas veces.

«Nadie conoce las fuentes del Nilo -decíase Julien-; al hombre no le ha sido dado ver al rey de los ríos como un simple arroyo: de la misma manera, ningún ojo humano verá débil a Julien, sobre todo porque no lo es. Pero tengo un corazón fácil de conmover; la palabra más vulgar, si se dice con acento verdadero, puede hacer temblar mi voz e incluso hacerme verter lágrimas. ¡Cuántas veces me han despreciado, por este defecto, los corazones secos! Creían que pedía clemencia: esto es lo que no debe soportarse.

»Dicen que el recuerdo de su mujer emocionó a Danton al pie del cadalso; pero Danton había dado empuje a una nación de mequetrefes e impedía que el enemigo llegase a París... Sólo yo sé lo que habría podido hacer... Para los demás, a lo sumo, no soy más que un QUIZÁ. Si estuviera aquí, en mi calabozo, la señora de Rénal, en vez de Mathilde, ¿hubiera podido responder de mí mismo? El exceso de mi desesperación y de mi arrepentimiento habría pasado, a los ojos de los Valenod y de todos los patricios del país, por el innoble miedo a la muerte; ¡están tan orgullosos, esos corazones débiles, cuya posición pecuniaria coloca por encima de las tentaciones! Y los Moirod y los Cholin, que acaban de condenarme a muerte, dirán: "¡Ved lo que es nacer hijo de un carpintero!". ¡Se puede llegar a ser sabio, hábil, pero el corazón!... El corazón no se aprende. Ni siquiera con esta pobre Mathilde, que ahora llora, o, mejor dicho, que ya no puede llorar -se dijo, mirando sus ojos enrojecidos... y la estrechó entre sus brazos: la vista de un dolor verdadero le hizo olvidar su silogismo-. Quizás ha llorado toda la noche -pensó-, pero ¡cuánto la avergonzará este recuerdo algún día! Considerará que, en su primera juventud, sufrió un desvarío a causa de los pensamientos bajos de un plebeyo... El Croisenois es lo bastante débil para casarse con ella, y a fe mía que hará bien. Ella conseguirá que haga un buen papel.

Du droit qu'un esprit ferme et vaste en ses desseins a sur 1'esprit grossier des vulgaires humains.

»¡Qué cosa más graciosa!: desde que tengo que morir, todos los versos que nunca he sabido en mi vida acuden a mi memoria. Debe de ser un signo de decadencia...»

Mathilde le repetía con voz apagada:

-Está ahí, en la habitación inmediata.

Por fin, Julien atendió a sus palabras. «Su voz es débil -pensó-, pero en su acento se halla todavía la fuerza de su carácter imperioso. Baja la voz para no enfadarse.»

-¿Y quién está ahí? -dijo él con tono suave.

-El abogado, para que firme la apelación.

-No apelaré.

-¿Cómo? ¿No va a apelar? -dijo ella, levantándose con los ojos chispeantes de cólera-. ¿Y por qué, si puede saberse?

-Porque en este momento me siento con valor para morir sin hacer reír demasiado a mi costa. ¿Y quién me dice que dentro de dos meses, después de una larga permanencia en este calabozo húmedo, esté tan bien dispuesto? Preveo entrevistas con curas, con mi padre... Nada en el mundo puede resultarme más desagradable. Muramos.

Aquella contrariedad imprevista reavivó toda la altivez del carácter de Mathilde. No había logrado ver al padre de Frilair antes de la hora en que abren los calabozos de la cárcel de Besancon; su furia se descargó contra Julien. Ella le adoraba, y durante un cuarto de hora largo él volvió a encontrar en las imprecaciones que dirigía contra su carácter, en sus remordimientos por haberle amado, aquella alma altiva que antaño le había abrumado con injurias tan punzantes, en la biblioteca del palacio de La Mole.

-El cielo debía a la gloria de tu raza el haberte hecho nacer hombre -dijo él.

«Pero en cuanto a mí -pensaba-, sería muy cándido si consintiese en vivir aún dos meses en esta pocilga asquerosa, expuesto a ser el blanco de todo lo infame y humillante que pueda inventar la secta patricia y teniendo como único consuelo las imprecaciones de esta loca... Pues bien, pasado mañana me batiré en duelo con un hombre conocido por su sangre fría y su destreza notable... Muy notable, dice el partido mefistofélico; nunca falla su golpe.

»Bueno, sea enhorabuena. -Mathilde continuaba siendo elocuente-. ¡Desde luego, no! -se dijo-, no apelaré.»

Tomada esta resolución, volvió a sus divagaciones... «El correo dejará el periódico, a las seis, como de costumbre; a las ocho, después de que lo haya leído el señor de Rénal, Elisa, de puntillas, irá a dejarlo encima de su cama. Más tarde ella se despertará: de pronto, al leer, se sobresaltará; su linda mano temblará; leerá hasta estas palabras: A las diez y cinco minutos había dejado de existir.

»Llorará a lágrima viva, la conozco; en vano he querido asesinarla, todo quedará olvidado. Y la persona a quien he querido quitar la vida será la única que llore sinceramente mi muerte.

»¡Esto es una paradoja!», pensó, y durante un cuarto de hora largo que aún duró la escena que le hacía Mathilde, no pensó más que en la señora de Rénal. A pesar suyo, y aun respondiendo a menudo a lo que Mathilde le decía, no lograba arrancar de su alma el recuerdo de la alcoba de Verriéres. Veía el periódico de Besancon sobre la colcha de seda color naranja. Veía aquella mano tan blanca arrugándolo con un movimiento convulsivo; veía a la señora de Rénal llorando... Seguía el curso de cada lágrima en aquel rostro encantador.

La señorita de La Mole, no pudiendo conseguir nada de Julien, hizo entrar al abogado. Por fortuna, era éste un antiguo capitán del ejército de Italia de 1796, donde había sido compañero de Manuel.

Por pura fórmula empezó combatiendo la resolución del condenado. Julien, queriendo tratarle con consideración, le enumeró detalladamente todos sus argumentos.

-A fe mía, se puede pensar como usted -acabó por decirle don Félix Vaneau; éste era el nombre del abogado-. Pero aún le quedan a usted tres días enteros para apelar; mi deber es volver todos los días. Si de aquí a dos meses se abriera un volcán bajo la prisión, usted se salvaría. Además, puede usted morir de enfermedad -añadió, mirando a Julien.

Julien le estrechó la mano.

-Le doy las gracias; es usted un hombre honrado. Pensaré en esto.

Y cuando Mathilde se marchó, por fin, con el abogado, él sintió mucha más simpatía por éste que por aquélla.