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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 41. El juicio
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Le pays se souviendra longtemps de ce procés célebre.
L'intérét pour l'accusé était porté jusqu'á l'agitation:
c'est que son crime était étonnant et
pourtant pas atroce.
L'eût-il été, ce jeune homme était si beau!
Sa haute fortune, sitôt finie, augmentait l'attendrissement.
Le condamneront-ils?
demandaient les femmes aux hommes de leur connaissance,
et on les voyait pálissantes attendre la réponse.
SAINTE-BEUVE

-El país recordará durante mucho tiempo este célebre proceso. El interés por el acusado había llegado hasta la agitación: y es que su crimen era extraño y, sin embargo, no era atroz. Aunque lo hubiese sido, ¡era tan guapo aquel joven! Su afortunada carrera, tan repentinamente truncada, aumentaba el enternecimiento. ¿Le condenarán?, preguntaban las mujeres a los hombres a quienes conocían, y se las veía palidecer mientras aguardaban la respuesta..

Por fin amaneció aquel día tan temido por la señora de Renal y por Mathilde.

El aspecto extraño de la ciudad aumentaba su terror, y hasta llegó a emocionar el alma firme de Fouqué. Toda la provincia había acudido a Besancon para presenciar la vista de aquella causa novelesca.

Hacía ya varios días que no se encontraba sitio en las posadas. El presidente de la Audiencia estaba abrumado con las peticiones de pases; todas las damas de la ciudad querían asistir al juicio; por las calles se pregonaba el retrato de Julien, etc., etc.

Mathilde tenía reservada, para el momento supremo, una carta escrita toda ella de puño y letra de monseñor el obispo de... Este prelado, que dirigía la Iglesia de Francia, y nombraba los obispos, se dignaba pedir la absolución de Julien. La víspera del juicio, Mathilde llevó esta carta al omnipotente vicario mayor.

Al final de la entrevista, como ella se marchase deshecha en lágrimas, le dijo el padre de Frilair, saliendo por fin de su reserva diplomática y casi emocionado:

-Respondo de la declaración del Jurado. Entre las doce personas encargadas de examinar si el crimen de su protegido está probado y, sobre todo, si en él ha habido premeditación, cuento con seis amigos adictos a mi causa, a quienes he dado a entender que de ellos dependía el llevarme al obispado. El barón de Valenod, a quien yo he hecho alcalde de Verriéres, dispone por entero de sus administrados, los señores Moirod y Cholin. A decir verdad, la suerte nos ha deparado para este asunto dos jurados muy difíciles; pero, aunque ultraliberales, son fieles a mis órdenes en las grandes ocasiones, y les he hecho rogar que votasen con el señor de Valenod. He sabido que un sexto jurado, industrial inmensamente rico y liberal charlatán, aspira en secreto a un contrato de suministro para el ministerio de la Guerra, y sin duda no querrá disgustarme. Le he mandado decir que el señor de Valenod tiene mi última palabra.

-¿Y quién es ese señor de Valenod? -dijo Mathilde, inquieta.

-Si le conociera usted, no podría dudar del éxito. Es un hablador audaz, desvergonzado, grosero, muy a propósito para conducir a los tontos. En 1814 estaba en la miseria, y voy a convertirle en prefecto. Es capaz de pegar a los demás jurados si no quisieran votar a su gusto.

Mathilde se tranquilizó un poco.

Por la tarde le esperaba otra discusión. Para no prolongar una escena desagradable y cuyo resultado era seguro a sus ojos, Julien estaba decidido a no tomar la palabra.

-Mi abogado hablará, y esto basta -le dijo a Mathilde-. Demasiado tiempo permaneceré expuesto, como espectáculo, ante todos mis enemigos. Estos provincianos han quedado mal impresionados ante la rápida fortuna que le debo, y, créame, no hay ni uno solo que no desee mi condena, aun cuando luego lloren como unos tontos cuando me lleven al cadalso.

-Desean verle humillado, eso es cierto -respondió Mathilde-, pero no creo que sean tan crueles. Mi presencia en Besan~ y el espectáculo de mi dolor han interesado a todas las mujeres; su apuesta figura hará lo restante. Si dice una palabra ante los jueces, todo el auditorio estará de su parte, etc., etc.

Al día siguiente, a las nueve, cuando Julien bajó de su prisión para trasladarse a la gran sala del Palacio de Justicia, los gendarmes pudieron apartar a duras penas la inmensa multitud que se apiñaba en el patio. Julien había dormido bien, estaba muy tranquilo y no experimentaba otro sentimiento que una lástima filosófica por toda aquella multitud de envidiosos, que, sin crueldad, iban a aplaudir su sentencia de muerte. Se sorprendió mucho cuando, detenido más de un cuarto de hora entre la muchedumbre, se vio obligado a reconocer que su presencia inspiraba al público una tierna lástima. No oyó ni una frase desagradable. «Estos provincianos son menos malos de lo que yo creía», se dijo.

Al entrar en la sala donde debía celebrarse el juicio, quedó admirado ante la elegancia de la arquitectura. Era de un gótico puro, con gran número de bellas columnitas labradas en la piedra con el mayor cuidado. Creyó encontrarse en Inglaterra.

Pero, poco después, toda su atención fue absorbida por unas doce o quince bonitas mujeres que, colocadas frente por frente del banquillo del acusado, llenaban los tres balcones que se hallaban encima de los jueces y de los jurados. Al volverse hacia el público, vio que la tribuna circular que corona el anfiteatro estaba llena de mujeres: la mayoría de ellas eran jóvenes, y le parecieron muy bonitas; sus ojos brillaban llenos de interés. En el resto de la sala el gentío era enorme; en la puerta se peleaban, y los centinelas no podían conseguir que se callasen.

Cuando todos los ojos que buscaban a Julien advirtieron su presencia, al verle ocupar el sitio un poco alto reservado al acusado, fue acogido con un murmullo de asombro y de cariñoso interés.

Hubiérase dicho, en aquel instante, que no tenía veinte años; iba vestido sencillamente, pero con una gracia perfecta, sus cabellos y su frente eran encantadores. Mathilde había querido encargarse personalmente de su atavío. La palidez de Julien era

extremada. Apenas sentado en el banquillo, oyó decir por todos lados:

-¡Dios santo! ¡Qué joven es!... ¡Pero si es un niño!... Está mucho mejor que en el retrato.

-Mi acusado -le dijo el gendarme que estaba sentado a su derecha-, ¿ve usted las seis damas que ocupan aquel balcón? (El gendarme le señalaba una pequeña tribuna que avanzaba sobre el anfiteatro donde se sientan los jurados.)

»Es la prefecta -continuó el gendarme-, a su lado, la marquesa de M..., ésta tiene mucha simpatía por usted; la he oído hablar con el juez de instrucción. La otra es la señora Derville...

-¡La señora Derville! -exclamó Julien, y un vivo rubor cubrió su frente. «Al salir de aquí -pensó- escribirá a la señora de Rénal.» Ignoraba la llegada de ésta a Besancon.

Los testigos fueron oídos; esto ocupó varias horas. Desde las primeras palabras de la acusación, sostenida por el fiscal, dos de aquellas señoras colocadas en el pequeño balcón, frente a Julien, se echaron a llorar.

«La señora Derville no se enternece así», pensó Julien. Sin embargo, observó que estaba muy sofocada.

El fiscal, con estilo afectado y en mal francés, se extendió sobre la barbarie del crimen cometido; Julien observó que las vecinas de la señora Derville parecían desaprobar vivamente al fiscal. Varios jurados, al parecer conocidos de aquellas señoras, les hablaban y parecían tranquilizarlas. «Esto no deja de ser un buen augurio», pensó Julien.

Hasta entonces se había sentido lleno de un profundo desprecio hacia todos los hombres que asistían al juicio. La burda elocuencia del fiscal aumentó este sentimiento de repugnancia. Pero poco a poco la sequedad de alma de Julien fue desapareciendo ante las muestras de interés de que era objeto.

Quedó contento del aspecto firme de su abogado.

-Nada de frases -le dijo en voz baja cuando iba a tomar la palabra.

-Todo el énfasis robado a Bossuet, de que han hecho gala contra usted, le ha servido -dijo el abogado.

En efecto, apenas llevaba cinco minutos hablando, y ya casi todas las mujeres tenían el pañuelo en la mano. El abogado, alentado, dirigió a los jurados conceptos extremadamente fuertes. Julien se estremeció, se sentía a punto de llorar. «¡Dios mío! ¿Qué dirán mis enemigos?»

Iba a ceder al enternecimiento que se apoderaba de su espíritu, cuando, afortunadamente para él, sorprendió una mirada insolente del barón de Valenod.

«Los ojos de ese imbécil echan chispas -se dijo-; ¡qué triunfo para su alma ruin! Aun cuando mi crimen no hubiera traído consigo más que esta circunstancia, tendría que maldecirlo. ¡Dios sabe lo que le dirá de mí, en las veladas de invierno, a la señora de Rénal!»

Esta idea borró todas las demás. Poco después, Julien volvió en sí viendo las muestras de asentimiento del público. El abogado acababa de terminar su defensa. Julien recordó que era conveniente estrecharle la mano. El tiempo había pasado con rapidez.

Trajeron un refrigerio para el abogado y el acusado. Fue entonces cuando Julien se fijó en un detalle: ninguna mujer había abandonado la sala para ir a comer.

-Estoy muerto de hambre -dijo el abogado-. ¿Y usted?

-Yo también -respondió Julien.

-Mire, la prefecta también se ha hecho traer su comida -le dijo el abogado, señalando el balconcillo-. Ánimo, todo va bien.

La sesión se reanudó.

Cuando el presidente hacía el resumen dieron las doce de la noche. El presidente tuvo que interrumpir su discurso; en medio del silencio, de la ansiedad general, el sonido de la campana del reloj llenaba la sala.

«Comienza el último de mis días», pensó Julien. De pronto se sintió inflamado por la idea del deber. Hasta entonces había dominado su enternecimiento y conservado su resolución de no hablar; pero cuando el presidente del tribunal le preguntó si tenía alguna cosa que añadir, se levantó. Veía ante él los ojos de la señora Derville, que, con las luces, le parecieron muy brillantes. «¿Estará llorando, por casualidad?», pensó.

-Señores jurados: El horror del desprecio, al que creía poder hacer frente en el momento de morir, me obliga a tomar la palabra. Señores, no tengo el honor de pertenecer a su clase, en mí ven un campesino que se ha rebelado contra la bajeza de su destino.

»No les pido gracia alguna -continuó Julien con voz más firme-. No me hago ilusiones; la muerte me espera: será justa. He podido atentar contra la vida de la mujer más digna de todos los respetos, de todos los homenajes. La señora de Renal había sido para mí como una madre. Mi crimen es atroz y fue premeditado. Por lo tanto, he merecido la muerte, señores jurados. Pero aun cuando fuese menos culpable, estoy viendo hombres que, sin detenerse ante lo que mi juventud puede merecer de piedad, querrán castigar en mí y desalentar para siempre a esta clase de jóvenes que, nacidos en una clase inferior, y en cierto modo oprimidos por la pobreza, tienen la suerte de procurarse una buena educación y la audacia de mezclarse con lo que el orgullo de las gentes ricas llama la sociedad.

»Éste es mi crimen, señores, y será castigado con tanta mayor severidad por cuanto que no soy juzgado por mis iguales. No veo en los bancos del Jurado ningún campesino enriquecido, sino únicamente burgueses indignados...»

Durante veinte minutos Julien habló en ese tono; dijo todo lo que le pesaba en el corazón; el fiscal, que aspiraba a los favores de la aristocracia, saltaba en su asiento; pero, a pesar del tono levemente abstracto que Julien había dado a su discurso, todas las mujeres se deshacían en lágrimas. Hasta la propia señora Derville se llevaba el pañuelo a los ojos. Antes de acabar, Julien insistió en la premeditación, en su arrepentimiento, y en el respeto y la adoración filial y sin límites que, en tiempos más felices, había sentido por la señora de Rénal... La señora Derville dio un grito y se desmayó.

Daba la una cuando los jurados se retiraron a deliberar. Ninguna mujer se había movido de su sitio; varios hombres tenían los ojos llenos de lágrimas. Las conversaciones fueron muy vivas al principio; pero, poco a poco, y como el fallo del jurado se dilatase,

el cansancio general fue tranquilizando al público. El momento era solemne; las luces brillaban menos. Julien, muy cansado, oía discutir a su lado si aquel retraso era de buen o mal agüero. Vio con placer que todo el mundo estaba de su parte, el Jurado no regresaba y, sin embargo, ninguna mujer abandonaba la sala.

Acababan de dar las dos cuando se oyó un gran movimiento. La puertecilla del salón de los jurados se abrió. El barón de Valenod avanzó con paso grave y teatral, seguido de todos los demás jurados. Tosió, luego dijo que, en su alma y en su conciencia, la declaración unánime del Jurado era que Julien Sorel era culpable de asesinato, y de asesinato con premeditación: esta declaración llevaba consigo la pena de muerte. Ésta fue dictada un momento después. Julien miró su reloj y se acordó del señor de Lavalette; eran las dos y cuarto. «Hoy es viernes -pensó-. Sí, pero hoy es un día feliz para el Valenod que me condena... Estoy demasiado vigilado para que Mathilde pueda salvarme, como lo hizo la señora de Lavalette. Así es que dentro de tres días, a esta misma hora, ya sabré a qué atenerme respecto a la gran incógnita.»

En aquel momento oyó un grito que le devolvió a las cosas de este mundo. Las mujeres, a su alrededor, sollozaban; vio que todas las cabezas se volvían hacia una pequeña tribuna situada en lo alto de un pilar gótico. Más tarde supo que allí se hallaba escondida Mathilde. Como el grito no se repitió, todo el mundo volvió a mirar a Julien, a quien los gendarmes trataban de hacer salir por entre la multitud.

«Procuremos no dar motivo de risa a ese bribón de Valenod -pensó Julien-. ¡Con qué aire contrito y embaucador ha pronunciado la declaración que lleva consigo la pena de muerte! Mientras que el pobre presidente de la Audiencia, a pesar de ser juez desde hace muchos años, tenía lágrimas en los ojos al condenarme... ¡Qué alegría para el tal Valenod, poderse vengar de nuestra antigua rivalidad respecto a la señora de Renal!... ¡Y yo ya no la veré más! Esto es un hecho... Un último adiós es imposible entre nosotros, lo comprendo... ¡Qué feliz hubiera sido pudiendo decirle todo el horror que mi crimen me inspira!

»Sólo estas palabras: "Creo que mi condena es justa".»