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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 40. La tranquilidad
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Soy cuerdo ahora porque entonces estaba loco.
¡Oh, filósofo, que sólo ves lo instantáneo,
cuán poco alcanza tu mirada!
Mis ojos no están hechos
para seguir la labor subterránea de las pasiones.
SEÑORA GOETHE

Aquella conversación fue interrumpida por un interrogatorio, seguido de una conferencia con el abogado defensor. Estos momentos eran los únicos completamente desagradables de una vida llena de abandono y de tiernos ensueños.

-Hay asesinato, y asesinato con premeditación -dijo Julien, tanto al juez como al abogado-. Lo siento mucho, señores -añadió, sonriendo-; pero esto reduce el cometido de ustedes a muy poca cosa.

«Después de todo -se decía Julien cuando consiguió verse libre de aquellos dos seres-, es preciso que sea valiente y, en apariencia, más valiente que estos dos hombres. Ellos miran como el colmo de los males, como al rey de los espantos, este duelo de resultado catastrófico, del que yo no pienso ocuparme seriamente hasta el día preciso.

»Y es que yo he conocido una desgracia mayor -continuó Julien, filosofando consigo mismo-. Yo sufría mucho más durante mi primer viaje a Estrasburgo, cuando me creía abandonado de Mathilde... ¡Y pensar que he deseado tan apasionadamente esta intimidad perfecta que hoy me deja tan frío!... En realidad, soy más dichoso cuando me encuentro solo que cuando esa joven tan hermosa comparte mi soledad...»

El abogado, hombre de reglas y formalidades, le creía loco y pensaba, con el público, que eran los celos los que habían puesto la pistola en su mano. Un día se atrevió a dar a comprender a Julien que esta alegación, verdadera o falsa, sería un excelente medio de defensa. Pero el acusado se convirtió instantáneamente en un ser apasionado e incisivo.

-Por su vida, caballero -exclamó Julien, fuera de sí-, guárdese de volver a proferir esta abominable mentira.

El prudente abogado tuvo miedo, un instante, de ser asesinado.

Preparaba su defensa, porque el momento decisivo se acercaba rápidamente. En Besancon y en todo el departamento no se hablaba más que de esta causa célebre. Julien ignoraba este detalle, pues había rogado que no le hablaran jamás de aquellas cosas.

Aquel día, Fouqué y Mathilde habían querido hablarle de algunos rumores públicos, muy propios, según ellos, para dar esperanzas, pero Julien les había detenido a las primeras palabras.

-Dejadme en mi vida ideal. Vuestros chismes, vuestros detalles de la vida real, más o menos molestos para mí, me sacarían del cielo. Cada uno muere como puede; yo no quiero pensar en la muerte más que á mi manera. ¿Qué me importan los demás? Mis relaciones con los demás van a romperse bruscamente. Por favor, no me habléis más de esas gentes: ya es bastante tener que ver al juez y al abogado.

«En realidad -decíase a sí mismo-, parece que mi destino sea morir soñando. Un ser oscuro, como yo, seguro de ser olvidado antes de que transcurran quince días, sería estúpido, preciso es confesarlo, si representara una comedia...

»Sin embargo, es raro que no haya conocido el arte de gozar de la vida sino cuando veo su término tan cerca de mí.»

Julien pasaba aquellos últimos días paseándose por la estrecha terraza en lo alto del torreón, fumando magníficos cigarros que Mathilde había enviado a buscar a Holanda por un correo, y sin sospechar que su aparición era esperada, todos los días, por todos los catalejos de la ciudad. Su pensamiento estaba en Vergy Nunca hablaba de la señora de Rénal con Fouqué; pero este amigo le había dicho dos o tres veces que ella se restablecía rápidamente, y esta frase resonaba en su corazón.

Mientras el alma de Julien estaba casi siempre absorta en el terreno de las ideas, Mathilde, preocupada por las cosas reales, como conviene a un corazón aristócrata, había sabido hacer llegar a tal punto la intimidad de la correspondencia directa entre la señora de Fervaques y el padre de Frilair, que ya se había pronunciado la importante palabra: obispado.

El venerable prelado, encargado de la hoja de los beneficios, añadió como apostilla a una carta de su sobrina: Ese pobre Sorel no es más que un atolondrado, espero que nos lo devuelvan.

Al ver estas líneas, el padre de Frilair se sintió como fuera de sí. No dudaba que salvaría a Julien.

-Sin esa ley jacobina que dispone la formación de una lista interminable de jurados y que en realidad no tiene otro objeto que quitar influencia a la gente bien nacida -le decía a Mathilde la víspera del sorteo de los treinta y seis jurados de la sesión-, yo hubiera respondido del veredicto. Bien hice absolver al cura N...

Con alegría, a la mañana siguiente, el padre de Frilair encontró, entre los nombres salidos de la urna, los de cinco congregantes de Besancon, y entre los de fuera de la ciudad, los de los señores Valenod, Moirod y Cholin.

-Respondo, en primer lugar, de estos ocho jurados -dijo a Mathilde-. Los cinco primeros son máquinas. Valenod es mi agente, Moirod me lo debe todo, Cholin es un imbécil que de todo tiene miedo.

El periódico difundió por el departamento los nombres de los jurados, y la señora de Rénal, ante el inexpresable terror de su marido, quiso ir a Besancon. Todo lo que el señor de Rénal pudo conseguir fue que ella no se levantaría de la cama para no tener que soportar la contrariedad de verse llamada como testigo.

-No se hace cargo de mi situación -decía el antiguo alcalde de Verriéres-, ahora soy liberal de la defección, como ellos dicen; nadie duda de que el sinvergüenza de Valenod y el padre de Frilair consigan fácilmente del procurador general y de los jueces todo lo que pueda serme desagradable.

La señora de Renal cedió sin esfuerzo a las órdenes de su marido. «Si me presentara en la Audiencia -se decía- parecería que

iba a pedir venganza.»

A pesar de todas las promesas de prudencia que hiciera a su director espiritual y a su marido, en cuanto llegó a Besan~ escribió de su puño y letra a cada uno de los treinta y seis jurados:

«Señor:

»No me presentaré el día de la vista, porque mi presencia podría perjudicar la causa del señor Sorel. No deseo más que una cosa en el mundo, y ésta con pasión: que le salven. No lo dude usted, la espantosa idea de que por mi causa un inocente ha sido condenado a muerte envenenaría el resto de mi vida y, sin duda alguna, la acortaría. ¿Cómo podrían condenarle a él a muerte, viviendo yo? No, no hay duda de que la sociedad no puede tener derecho a quitar la vida, y sobre todo a un hombre como Julien Sorel. Todo el mundo, en Verriéres, le ha conocido momentos de extravío. Ese pobre muchacho tiene poderosos enemigos; pero incluso entre ellos (¡y cuántos tiene!), ¿cuál será el que ponga en duda su admirable talento y su profunda ciencia? Aquel a quien vais a juzgar no es un ser corriente, señor. Durante más de dieciocho meses todos le hemos conocido piadoso, serio, aplicado; pero dos o tres veces al año se veía acometido por unos ataques de melancolía, que llegaban hasta el extravío. Toda la ciudad de Verriéres, todos nuestros vecinos de Vergy, donde pasamos el verano, mi familia entera, el propio subprefecto, harán justicia a su piedad ejemplar: se sabe de memoria toda la Santa Biblia. Y un impío, ¿se habría aplicado durante años enteros en aprender el libro santo? Mis hijos tendrán el honor de entregarle a usted esta carta: son niños. Dígnese preguntarles, señor; ellos le darán, acerca de ese pobre muchacho, todos los detalles que fuesen aún necesarios para convencerle de la barbarie que representaría el condenarle. Lejos de vengarme, me causaría usted la muerte.

»¿Qué es lo que sus enemigos podrán oponer a este hecho? La herida, consecuencia de uno de esos momentos de locura que mis propios hijos observaban algunas veces en su preceptor, es tan poco peligrosa, que apenas transcurridos dos meses

me ha permitido venir en posta de Verriéres a Besancon. Si me entero, señor, que tiene usted la más leve vacilación en sustraer a la barbarie de las leyes a un ser tan poco culpable, me levantaré de la cama, donde sólo me retienen las órdenes de mi marido, e iré a arrojarme a sus pies.

»Declare usted, señor, que la premeditación no queda comprobada, y no tendrá que reprocharse la sangre de un inocente, etc., etc.»