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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 39. La intriga
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Castres, 1676. –
Un hombre acaba de asesinar a su hermana
en una casa vecina a la mía; este caballero
era ya culpable de un asesinato. Su padre,
haciendo distribuir en secreto quinientos
escudos a los consejeros, le ha salvado
la vida.
LOCKE (Viaje a Francia)

Al salir del obispado, Mathilde no vaciló en enviar un correo a la señora de Fervaques; el temor de comprometerse no la detuvo ni un segundo. Conjuraba a su rival a que consiguiese una carta para el padre de Frilair, escrita de puño y letra de monseñor el obispo de... Llegaba hasta a suplicarle que acudiese ella misma a Besancon. Éste fue un rasgo heroico por parte de un alma celosa y altiva.

Siguiendo el consejo de Fouqué, había tenido la prudencia de no hablarle de sus gestiones a Julien. Ya le turbaba bastante su presencia sin esto. Más honrado al acercarse a la muerte de lo que lo fuera durante su vida, sentía remordimientos, no sólo respecto al marqués de La Mole, sino también respecto a Mathilde.

«¡Hay que ver! -se decía-, encuentro a su lado momentos de distracción, e incluso, a veces, fastidio. Se pierde por mí, ¡y es así como yo la recompenso! ¿Seré acaso un malvado?» Esta pregunta hubiérale preocupado muy poco cuando era ambicioso; entonces, no lograr lo que se proponía era la única vergüenza para él.

Su malestar moral, junto a Mathilde, era tanto más acusado, por cuanto que él le inspiraba en aquel momento la pasión más extraordinaria y más loca. Sólo hablaba de los sacrificios extravagantes que quería hacer por salvarle.

Exaltada por un sentimiento del que estaba orgullosa y que predominaba sobre toda su altivez, hubiera querido no dejar pasar un solo instante de su vida sin emplearlo en algún intento extraordinario. Los proyectos más raros, los más peligrosos para ella llenaban sus largas conversaciones con Julien. Los guardianes, bien pagados, la dejaban reinar en la prisión. Las ideas de Mathilde no se limitaban al sacrificio de su reputación; tampoco le importaba que toda la sociedad conociera su estado. Echarse de rodillas para pedir el indulto de Julien ante el coche del rey cuando iba al galope, llamar la atención del príncipe, a riesgo de ser aplastada mil veces, era una de las menores locuras con que soñaba aquella imaginación exaltada y valerosa. Contaba con sus amigos de la corte para ser admitida en las zonas reservadas del parque de Saint-Cloud.

Julien se creía poco digno de tanta abnegación, a decir verdad estaba cansado de heroísmo. Hubiera sido sensible a una ternura sencilla, ingenua y casi tímida, mientras que, por el contrario, el alma orgullosa de Mathilde necesitaba siempre la idea de un público y de los demás.

En medio de todas sus angustias, de todos sus temores por la vida de aquel amante, al que no quería sobrevivir, Julien advertía que ella sentía una necesidad secreta de asombrar al público por el exceso de su amor y la sublimidad de sus empresas.

Julien se ponía de mal humor al ver que no le conmovía todo aquel heroísmo. ¿Qué le hubiera sucedido, de haber conocido todas las locuras con que Mathilde abrumaba al espíritu abnegado, pero eminentemente razonable y limitado, del bueno de Fouqué?

Éste no sabía muy bien qué censurar en la abnegación de Mathilde; pues él también hubiese sacrificado toda su fortuna y expuesto su vida a los mayores peligros para salvar la de Julien. Estaba estupefacto ante la cantidad de oro que Mathilde tiraba. Los primeros días, las cantidades así derrochadas llegaron a impresionarle, pues tenía por el dinero toda la veneración de un provinciano.

Finalmente, descubrió que los proyectos de la señorita de La Mole variaban a menudo y, con gran alivio por su parte, halló una palabra para censurar aquel carácter que le resultaba tan fatigoso: era voluble. De este epíteto al de mala cabeza, el mayor anatema en provincias, no hay más que un paso.

«Es raro -decíase Julien un día, cuando Mathilde acababa de salir de la cárcel- que una pasión tan viva y de la cual soy objeto me deje tan insensible. ¡Y yo la adoraba hace dos meses! Ya había yo leído que la proximidad de la muerte hace que todo pierda interés; pero es horrible sentirse ingrato y no poder cambiar. ¿Seré acaso un egoísta?» Y con este motivo se hacía los reproches más humillantes.

La ambición había muerto en su interior, otra pasión había surgido de sus cenizas, él la llamaba el remordimiento por haber asesinado a la señora de Renal.

En realidad, estaba perdidamente enamorado de ella. Encontraba una dicha singular cuando, hallándose completamente solo y sin temor a ser interrumpido, podía entregarse por entero al recuerdo de los días felices pasados antaño en Verriéres o en Vergy. Los menores incidentes de aquellos tiempos, que tan rápidamente volaron, tenían para él una frescura y un encanto irresistibles. Nunca pensaba en sus éxitos de París; le resultaban enojosos.

Esta disposición de espíritu, que aumentaba con rapidez, fue adivinada en parte por los celos de Mathilde. Se daba muy bien cuenta de que tenía que luchar contra el amor de la soledad. Alguna vez pronunciaba con terror el nombre de la señora de Renal. Veía a Julien estremecerse. A partir de entonces su pasión no tuvo ya límites ni medida.

«Si muere, muero después de él -se decía con toda la buena fe posible-. ¿Qué dirían los salones de París si vieran a una joven de mi alcurnia adorar hasta tal punto a un amante condenado a muerte? Para hallar tales sentimientos hay que remontarse a la época de los héroes; amores de este género eran los que hacían palpitar los corazones del siglo de Carlos IX y Enrique III.»

En medio de los arrebatos más vivos, cuando apretaba contra su corazón la cabeza de Julien, se decía con horror:

«¿Es posible que esta cabeza encantadora esté destinada a caer? ¡Pues bien! -añadía, inflamada de un heroísmo no exento

de placer-, mis labios, que ahora besan apasionadamente estos lindos cabellos, estarán yertos antes de que transcurran las veinticuatro horas siguientes.»

¡Los recuerdos de aquellos instantes de heroísmo y de horrible voluptuosidad la envolvían tenazmente! La idea del suicidio, tan obsesionante en sí misma, y hasta entonces tan alejada de aquella alma altiva, penetró en ella y pronto reinó allí con imperio absoluto. «No, la sangre de mis antepasados no se ha entibiado al llegar a mí», se decía Mathilde con orgullo.

-Tengo que pedirle un favor -le dijo un día Julien-: mande criar a su hijo en Verriéres, la señora de Renal vigilará a la nodriza.

-Lo que me dice es muy duro...

Y Mathilde palideció.

-Es verdad, y por ello te pido mil veces perdón -exclamó Julien, saliendo de su ensimismamiento y estrechándola en sus brazos.

Después de secar sus lágrimas, volvió a su idea, pero con más habilidad. Había dado a la conversación un tono de filosofía melancólica. Hablaba del porvenir, que tan pronto iba a cerrarse para él.

-Hay que convenir, querida, en que las pasiones son un accidente en la vida, pero que este accidente no se halla más que en las almas superiores... La muerte de mi hijo sería, en el fondo, una dicha para el orgullo de su familia, y esto lo adivinarán los subalternos. La negligencia será el destino de este hijo de la desgracia y de la vergüenza... Espero que en una época que no quiero fijar, pero que, sin embargo, mi ánimo entrevé, obedecerá mis últimas recomendaciones: se casará con el marqués de Croisenois.

-¡Cómo! ¡Deshonrada!

-El deshonor no podrá caer en un nombre como el suyo. Será una viuda, y la viuda de un loco, eso es todo. Diré más: como mi crimen no obedeció al móvil del dinero, no tendrá nada de deshonroso. Puede que, en esa época, algún legislador filósofo haya conseguido vencer los prejuicios de sus contemporáneos y abolir la pena de muerte. Entonces alguna voz amiga dirá, como un ejemplo: El primer marido de la señorita de La Mole era un loco, pero no un malvado ni un criminal. Fue absurdo cortarle la cabeza... Entonces mi recuerdo no será ya infame; por lo menos después de cierto tiempo... Su posición en el mundo, su fortuna y, permítame decirlo, su talento, harán que el marqués de Croisenois, siendo ya su marido, desempeñe un papel al que por sí solo no sabría llegar nunca. No tiene más que su alcurnia y valor, y estas cualidades, que por sí solas eran suficientes para ser todo un hombre en 1729, un siglo más tarde son un anacronismo y sólo incuban pretensiones. Hacen falta otras cosas para ponerse en cabeza de la juventud francesa.

»Usted aportará la ayuda de un carácter firme y emprendedor al partido político en que lance a su esposo. Podrá suceder a los Chevreuse y a los Longueville de la Fronda... Pero entonces, querida amiga mía, el fuego celestial que le anima en este momento se habrá entibiado un poco.

»Y permítame decirle -añadió, después de otras muchas frases preparatorias más-, dentro de quince años mirará como una locura disculpable, pero, a pesar de todo, como una locura, el amor que ha sentido por mí...

Se calló de repente y quedó pensativo. Se encontraba de nuevo frente a frente con aquella idea tan ofensiva para Mathilde:

«Dentro de quince años, la señora de Renal adorará a mi hijo, y usted le habrá olvidado.»