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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 34. Un hombre de talento
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Le préfet cheminant sur son cheval se disait: Pourquoi ne serais-je pas ministre, président du conseil, duc? Voici comment je ferais la guerre... Par ce moyen je jetterais les novateurs dans les fers...
Le Globe

«Mientras cabalgaba, el prefecto se decía: ¿Por qué no he de ser ministro, presidente del consejo, duque? He aquí cómo haría yo la guerra. De este modo metería en la cárcel a todos los innovadores.. El Globo, diario de la época.»

No hay argumento que valga para destruir el dominio de diez años de sueños agradables. El marqués no encontraba razonable enfadarse; pero no podía resolverse a perdonar. «Si el tal Julien pudiese morir en un accidente...», decíase algunas veces. De este modo, aquella imaginación entristecida hallaba algún alivio persiguiendo las más absurdas quimeras. Éstas paralizaban la influencia de los razonamientos sensatos del padre Pirard. Así transcurrió un mes, sin que la negociación adelantara un solo paso.

En aquel asunto de familia, lo mismo que en los políticos, el marqués tenía ideas brillantes con las que se entusiasmaba durante tres días. Un plan de conducta no le gustaba, porque se apoyaba en buenas razones, y los razonamientos no le convencían sino cuando apoyaban su plan favorito. Durante tres días trabajaba con todo el ardor y el entusiasmo de un poeta para llevar las cosas a una determinada posición; al día siguiente no pensaba más en ello.

Al principio, Julien se desconcertó debido a la lentitud del marqués; pero después de unas cuantas semanas comenzó a vislumbrar que en aquel asunto el marqués de La Mole no tenía ningún plan determinado.

La marquesa de La Mole y los demás habitantes de la casa creían que Julien viajaba por provincias para asuntos de la administración de las tierras; se hallaba escondido en casa del padre Pirard, y veía a Mathilde casi todos los días; ella, todas las mañanas, pasaba una hora con su padre, pero a veces transcurrían semanas enteras sin que hablasen del asunto que llenaba todo su pensamiento.

-No quiero saber dónde está ese hombre -le dijo un día el marqués-; envíele esta carta.

Mathilde leyó:

«Las tierras del Languedoc producen 20.600 francos. Doy 10.600 a mi hija y 10.000 al señor Julien Sorel. Les doy las tierras mismas, por supuesto. Que el notario dicte dos actas de donación por separado y me las traiga mañana; después de lo cual, no habrá más relaciones entre nosotros. ¡Ah, caballero! ¿Debía yo esperarme todo esto?»

EL MARQUÉS DE LA MOLE.»

-Muchas gracias -dijo Mathilde alegremente-. Nos iremos a instalar al castillo de Aiguillon, entre Agen y Marmande. Dicen que es una comarca tan bella como Italia.

Aquella donación sorprendió muchísimo a Julien. Ya no era el hombre severo y frío que hemos conocido. La suerte de su hijo absorbía de antemano todos sus pensamientos. Aquella fortuna, imprevista y bastante considerable para un hombre tan pobre, le convirtió en un ambicioso. Se encontraba, suyas o de su mujer, con 36.000 libras de renta. En cuanto a Mathilde, todos sus sentimientos quedaban absorbidos por la adoración que dedicaba a su marido, pues así le llamaba siempre, en su orgullo. Su grande, su única ambición era hacer que admitieran su matrimonio. Se pasaba la vida exagerándose la gran prudencia que había demostrado al unir su suerte a la de un hombre superior. El mérito personal estaba de moda en su cabeza.

La ausencia casi continua, la multiplicidad de los negocios, el poco tiempo que tenían para hablar de amor, contribuyeron a completar el buen efecto de la sabia política inventada en otro tiempo por Julien.

Mathilde acabó por impacientarse al ver tan poco al hombre a quien había llegado a amar realmente.

En un momento de mal humor escribió a su padre, comenzando la carta como Otelo:

«Que he preferido a Julien a las satisfacciones que la sociedad ofrecía a la hija del marqués de La Mole, lo prueba de sobra mi elección. Estos placeres de consideración y de pequeña vanidad no representan nada para mí. Pronto hará seis semanas que vivo separada de mi marido. Es suficiente para demostrarle mi respeto. Antes del jueves próximo abandonaré la casa paterna. Su generosidad nos ha enriquecido. Nadie conoce mi secreto, excepto el respetable padre Pirard. Me iré a su casa; él nos casará, y una hora después de la ceremonia estaremos camino del Languedoc, y no regresaremos a París a no ser por una orden suya. Pero lo que me traspasa el corazón es que todo esto va a convertirse en una anécdota picante contra mí y contra usted. Y los epigramas de un público imbécil, ¿no podrán obligar a nuestro excelente Norbert a desafiar a Julien? En tal caso, le conozco, yo no tendría el menor dominio sobre él. En su alma surgiría el plebeyo rebelde. Se lo pido de rodillas, ¡padre mío!, asista a mi boda en la iglesia del padre Pirard, el jueves próximo. La parte picante de la anécdota se suavizará, y quedarán aseguradas la vida de su hijo único y la de mi marido, etc., etc.»

Esta carta sumergió el alma del marqués en una extraña turbación. Por fin había llegado el momento de tomar un partido. Todas las costumbres insignificantes, todos los amigos vulgares habían perdido su influencia.

En aquella circunstancia extraordinaria, los grandes rasgos de su carácter, impresos por los acontecimientos de la juventud, recobraron su imperio. Las desgracias de la emigración habían hecho de él un hombre de recursos. Después de disfrutar durante dos años de una fortuna inmensa y de todas las distinciones de la corte, el año 1790 le sumió en las terribles miserias de la emigración. Aquella dura escuela había cambiado su alma de veintidós años. En el fondo, más bien se hallaba instalado en medio de sus riquezas que no dominado por ellas. Pero esta misma imaginación que librara a su alma de la gangrena del oro le había arrojado en las garras de una loca pasión por ver a su hija dotada de un título brillante.

Durante las seis semanas que acababan de transcurrir, quizás empujado por un capricho, el marqués había querido enriquecer a Julien; la pobreza le parecía innoble, deshonrosa para él, el marqués de La Mole, imposible para el esposo de su hija; tiraba el dinero. Al día siguiente, tomando su imaginación un nuevo rumbo, le parecía que Julien iba a entender el lenguaje mudo de aquella generosidad en dinero, a cambiar de nombre, a expatriarse en América y a escribir a Mathilde que había muerto para ella... El marqués de La Mole daba ya por escrita esta carta y seguía su efecto sobre el carácter de su hija...

El día en que la carta real de la hija le sacó de aquellos cándidos sueños, después de pasar largo tiempo pensando en matar a Julien o en hacerle desaparecer, soñaba en crearle una brillante fortuna. Le obligaba a tomar el nombre de una de sus propiedades, y ¿por qué no habría de cederle también el título de Par anejo a ella? El duque de Chaulnes, su suegro, le había hablado varias veces, después de que su hijo único fue muerto en España, del deseo de transmitir su título a Norbert...

«No se le puede negar a Julien una aptitud singular para los negocios, osadía, quizás hasta brillantez -se decía el marqués de La Mole-, pero en el fondo de ese carácter encuentro algo que asusta. Es la impresión que produce a todo el mundo. Luego es que aquí hay algo real. -Cuanto más difícil era dar con ese punto real, tanto más asustaba al alma imaginativa del viejo marqués-. Mi hija me lo decía muy hábilmente el otro día (en una carta suprimida): "Julien no se ha afiliado a ningún salón, a ninguna camarilla". No se ha procurado ningún apoyo contra mí, ni el menor recurso si yo le abandono... Pero ¿no será esto ignorancia del estado actual de la sociedad?... Dos o tres veces le he dicho: "No hay más candidatura real y provechosa que la de los salones...".

»No, no tiene el talento hábil y cauteloso del intrigante, que no pierde un minuto ni una oportunidad... No es un carácter a lo Luis XI. Por otra parte, tiene unas máximas de lo menos generoso... Estoy confundido. ¿Recordará estas máximas para que sirvan de dique a las pasiones?

»Sólo una cosa es evidente: el desprecio le descorazona, por aquí le tengo cogido.

»No tiene la religión de la alcurnia, es cierto, no nos respeta por instinto... Esto es una equivocación; pero, en fin, el alma de un seminarista no debería impacientarse más que por la falta de placeres y de dinero. Él, por el contrario, no puede soportar el desprecio por nada del mundo.»

Apremiado por la carta de su hija, el marqués de La Mole comprendió que tenía que decidirse: «En fin, he aquí la cuestión principal: ¿ha llegado la audacia de Julien hasta atreverse a seducir a mi hija porque sabe que es lo que más quiero en el mundo y que tengo cien mil escudos de renta?

»Mathilde hace grandes protestas en sentido contrario... No, joven, éste es un punto sobre el que no quiero hacerme ilusiones.

»¿Ha habido amor verdadero, imprevisto, o sencillamente el vulgar deseo de elevarse a una bonita posición? Mathilde es clarividente, ha comprendido desde el primer momento que esta sospecha puede perderle en mi opinión, y de aquí su confesión de que ella ha sido la primera en amarle...

»Una muchacha de carácter tan altivo, ¿habrá podido llegar hasta el punto de hacer insinuaciones materiales?... Apretarle el brazo, una noche, en el jardín, ¡qué horror!, como si no hubiera dispuesto de cien medios menos indecorosos para darle a entender que le distinguía.

»Quien se excusa se acusa; desconfío de Mathilde...». Aquel día los razonamientos del marqués eran más concluyentes que de ordinario. Sin embargo, la costumbre se impuso, resolvió ganar tiempo escribiendo a su hija. Porque se escribían de un lado a otro del palacio; el marqués de La Mole no se atrevía a discutir con Mathilde enfrentándose con ella. Temía que todo terminase con una concesión repentina.

Carta

«Guárdese de cometer nuevas locuras; ahí le envío un nombramiento de teniente de húsares para el caballero Julien Sorel de La Vernaye. Ya ve lo que hago por él. No me contraríe, no me pregunte. Que salga dentro de veinticuatro horas para incorporarse en Estrasburgo, donde se encuentra su regimiento. Adjunto una letra contra mi banquero; que se me obedezca.»

El amor y la alegría de Mathilde no tuvieron límites; quiso aprovechar la victoria, y contestó enseguida:

«El señor de La Vernaye estaría a sus pies, loco de agradecimiento, si supiera todo lo que se digna hacer por él. Pero, en medio de esta generosidad, mi padre se ha olvidado de mí, el honor de su hija está en peligro. Una indiscreción puede echar sobre ella una mancha eterna, que no podrían reparar veinte mil escudos de renta. No enviaré el nombramiento al señor de La Vernaye, si no me da su palabra de que, dentro del mes próximo, mi matrimonio se celebrará públicamente, en Villequier. Poco después de esa época, de la que le suplico no pase, su hija no podrá presentarse en público más que con el nombre de señora de La Vernaye. Cuánto le agradezco, querido papá, que me haya librado del nombre de Sorel, etc., etc.»

La respuesta fue imprevista:

«Obedezca, o me retracto de todo. Tiemble, joven imprudente. Aún no sé quién es su Julien, y usted misma lo sabe menos que yo. Que salga para Estrasburgo y tenga cuidado de portarse bien. Dentro de quince días daré a conocer mi decisión.»

Aquella contestación tan firme sorprendió a Mathilde. No conozco a Julien; esta frase la sumergió en una meditación que no tardó en dejar paso a las más halagüeñas suposiciones; pero que ella creía realidad. «El espíritu de mi Julien no se ha revestido con el pequeño uniforme mezquino de los salones, y mi padre no cree en su superioridad, precisamente a causa de lo que la demuestra...

»Pero si no obedezco a esta veleidad de su carácter, veo la posibilidad de una escena pública; un escándalo rebajaría mi posición en el mundo, y podría hacerme menos estimable a los ojos de Julien. Después del escándalo..., pobreza durante diez años; y la locura de elegir un marido por sus méritos no puede salvarse del ridículo si no es por medio de la más brillante opulencia. Si vivo lejos de mi padre, a su edad puede olvidarme... Norbert se casará con una muchacha agradable, hábil; el viejo Luis XIV fue seducido por la duquesa de Borgoña...»

Se decidió a obedecer, pero se guardó de comunicar la carta de su padre a Julien; aquel carácter impetuoso hubiera podido llevarle a cometer alguna locura.

Por la noche, cuando le dijo a Julien que era teniente de húsares, su alegría no tuvo límites. Uno puede imaginársela teniendo en cuenta la ambición de toda su vida y la pasión que ahora tenía por su hijo. El cambio de nombre le llenaba de asombro.

«Después de todo -pensaba- mi novela ha terminado, y mío es todo el mérito. He sabido hacerme amar por ese monstruo de orgullo -añadía, mirando a Mathilde-; su padre no puede vivir sin ella, ni ella sin mí.»