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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 32. El tigre
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Hélas! pourquoi ces choses et non pas d'autres?
BEAUMARCHAIS

«¡Ay! ¿Por qué estas cosas y no otras?»

Un viajero inglés cuenta la intimidad en que vivía con un tigre; le había domesticado y le acariciaba, pero siempre tenía en su mesa una pistola cargada.

Julien no se abandonaba al exceso de su dicha sino en los momentos en que Mathilde no podía leerla en la expresión de sus ojos. Cumplía fielmente con el deber de decirle de vez en cuando una frase dura.

Cuando la dulzura de Mathilde, que él observaba con asombro, y el exceso de su cariño estaban a punto de hacerle perder el dominio de sí mismo, tenía el valor de separarse de ella bruscamente.

Por primera vez Mathilde amó.

La vida, que siempre se había arrastrado para ella a paso de tortuga, ahora volaba.

Como era preciso, sin embargo, que el orgullo se abriera paso de algún modo, quería exponerse temerariamente a todos los peligros que su amor podía hacerle correr. Era Julien quien tenía prudencia; y solamente cuando se trataba de algún peligro, ella no cedía a su voluntad; pero sumisa y casi humilde para con él, mostrábase cada vez más altanera con todo lo que en la casa la rodeaba, familia y criados.

Durante la velada, en el salón, rodeada de sesenta personas, llamaba a Julien para hablarle aparte y largo tiempo.

Un día en que el pequeño Tanbeau se instaló junto a ellos,

Mathilde le rogó que fuese a la biblioteca a buscar el tomo de Smollett donde se encuentra la revolución de 1688; y como él dudase, añadió, con una expresión de insultante altanería, que fue un bálsamo para el alma de Julien:

-No tenga usted prisa en volver.

-¿Ha notado la mirada de ese pequeño monstruo? -le dijo él.

-Si su tío no llevara diez o doce años frecuentando este salón, haría que lo echaran inmediatamente.

Su conducta para con Croisenois, de Luz, etc., muy cortés en la forma, no era menos provocativa en el fondo. Mathilde se reprochaba vivamente todas las confidencias que hiciera en otro tiempo a Julien, tanto más cuanto que no se atrevía a confesarle que había exagerado las muestras de interés, absolutamente inocentes, de que aquellos señores habían sido objeto.

A pesar de sus buenos propósitos, su orgullo de mujer le impedía todos los días decirle a Julien: «Era porque hablaba con usted, por lo que encontraba placer en describir mi debilidad de no retirar la mano cuando el señor de Croisenois la rozaba un poco al colocar la suya sobre una mesa de mármol».

Ahora, apenas uno de aquellos señores le hablaba unos instantes, se le ocurría hacer una pregunta a Julien, y aquello era un pretexto para retenerle a su lado.

Se encontró encinta, y se lo comunicó con alegría a Julien.

-¿Dudará ahora de mí? ¿No es esto una garantía? Soy su esposa para siempre.

Aquella noticia llenó a Julien de un asombro profundo. Estaba a punto de olvidar su línea de conducta. «¿Cómo mostrarme voluntariamente frío y ofensivo con esta pobre muchacha que se pierde por mí?» Si ella tenía el aspecto un poco enfermizo, aun en aquellos días en que la sensatez hacía oír su voz terrible, no se encontraba con valor para dirigirle una de aquellas frases crueles, tan indispensables, según su experiencia, para la duración de su amor-Quiero escribir a mi padre -le dijo un día Mathilde-. Para mí, es más que un padre, es un amigo: como tal encontraría indigno de usted y de mí que le engañásemos, aunque no fuese más que un minuto.

-¡Dios santo! ¿Qué va a hacer? -dijo Julien, horrorizado.

-Mi deber -respondió ella con los ojos brillantes de alegría.

Mathilde se sentía más magnánima que su amante.

-¡Pero me echará ignominiosamente!

-Está en su derecho, hay que respetarlo. Yo le daré el brazo, y saldremos por la puerta cochera, en pleno día.

Julien, asombrado, le rogó que lo retrasase una semana.

-No puedo -respondió ella-, el honor habla, he visto mi deber, hay que cumplir con él, y sin demora.

-¡Pues yo le ordeno que lo retrase! -dijo por fin Julien-. Su honor está a cubierto, yo soy su esposo. La situación de ambos cambiará con este paso decisivo. Yo también estoy en mi derecho. Hoy es martes; el martes próximo es el día del duque de Retz. Por la noche, cuando vuelva el marqués de La Mole, el portero le entregará la carta fatal... Él sólo piensa en hacerla duquesa, estoy seguro, ¡piense en su dolor!

-¿Quiere decir: piense en su venganza?

-Puedo sentir compasión hacia mi bienhechor, estar desesperado por causarle daño; pero no temo ni temeré nunca a nadie.

Mathilde se sometió. Desde que había anunciado su nuevo estado a Julien, era la primera vez que se dirigía a ella con autoridad; nunca la había amado tanto. La parte sensible de su alma se aferraba con alegría al pretexto del estado en que se hallaba Mathilde, para dejar de dirigirle frases crueles. La confesión al marqués de La Mole le agitó profundamente. ¿Irían a separarle de Mathilde? Y por mucho que fuese su dolor al verle partir, ¿seguiría recordándole al cabo de un mes?

Casi igual era el horror que sentía por los justos reproches que podría dirigirle el marqués.

Por la noche confesó a Mathilde este segundo motivo de pesar, y luego, extraviado por su amor, le confesó también el primero.

Ella cambió de color.

-Realmente -le dijo-, ¿sería para usted una desgracia pasar seis meses alejado de mí?

-Inmensa, la única en el mundo que veo con terror.

Mathilde se sintió muy feliz. Julien había desempeñado su papel con tal aplicación que había logrado hacerle pensar que,

de los dos, era ella la más enamorada.

El martes fatal llegó.

A media noche, al volver a casa, el marqués encontró una carta con la advertencia precisa de que la abriese él mismo y

solo, sin testigos.

«Padre mío:

»Todos los lazos sociales están rotos entre nosotros, ya no quedan más que los de la naturaleza. Después de mi marido, es y será siempre el ser más querido para mí. Mis ojos se llenan de lágrimas, pienso en el dolor que le causo, mas para que mi vergüenza no sea pública, para dejarle tiempo de deliberar y de obrar, no puedo diferir por más tiempo la confesión que le debo. Si su cariño, que sé que es grande para mí, quiere concederme una pequeña pensión, iré a instalarme donde usted quiera, a Suiza, por ejemplo, con mi marido. Su nombre es tan oscuro, que nadie reconocerá a su hija en la señora de Sorel, nuera de un carpintero de Verriéres. Éste es el nombre que me ha causado tanto trabajo escribir. Temo su cólera respecto a Julien, tan justa en apariencia. No seré duquesa, padre mío; pero ya lo sabía al amarle; pues fui yo quien le amó primero, yo quien le ha seducido. He heredado de usted y de nuestros antepasados un alma demasiado elevada para fijar mi atención en lo que es o me parece vulgar. Ha sido inútil que con intención de agradarle haya pensado en el señor de Croisenois. ¿Por qué ha colocado ante mis ojos el verdadero mérito? Usted mismo me lo dijo cuando volví de Hyéres: este joven Sorel es la única persona que me divierte; el pobre muchacho está tan afligido como yo, si es posible, al pensar en el dolor que esta carta le causa. No puedo evitar que se indigne como padre; pero quiérame siempre como amigo.

»Julien me respetaba. Si alguna vez me hablaba, era únicamente a causa de su gran agradecimiento hacia usted, pues la altivez natural de su carácter le induce a no contestar más que oficialmente a aquello que está tan por encima de él. Posee un sentimiento vivo e innato de la diferencia de clases sociales. Yo fui -lo confieso con rubor a mi mejor amigo, y semejante confesión no volverá a salir de mis labios-, yo fui quien, un día, en el jardín, le apretó el brazo.

»Dentro de veinticuatro horas, ¿por qué ha de estar irritado con él? Mi falta es irreparable. Si lo exige, yo seré la intérprete de su profundo respeto y de su desesperación por desagradarle. No le verá nunca más, pero yo iré a reunirme con él donde quiera. Está en su derecho y es mi deber, es el padre de mi hijo. Si su bondad nos concede seis mil francos para vivir, los recibiré con agradecimiento: si no, Julien piensa establecerse en Besangon, donde se dedicará al oficio de maestro de latín y de literatura. Por bajo que sea el escalón desde donde empiece, tengo la certeza de que se elevará. Con él no temo la oscuridad. Si hay revolución, estoy segura de que desempeñará un gran papel. ¿Podría decir otro tanto de alguno de los que han solicitado mi mano? ¡Éstos tienen hermosas propiedades! Pero yo no puedo encontrar en esta única circunstancia un motivo de admiración. Mi Julien llegaría a conseguir una posición, incluso con el régimen actual, si tuviera un millón y la protección de mi padre...»

Mathilde, que sabía que su padre era un hombre impulsivo, había escrito ocho carillas.

«¿Qué hacer? -decíase Julien, paseándose a media noche por el jardín mientras el marqués de La Mole leía esta carta-; ¿dónde están, primero, mi deber, y segundo, mi interés? Lo que yo le debo es inmenso: sin él hubiese sido un bribón subalterno, pero no lo suficiente como para no ser odiado y perseguido por los demás. Ha hecho de mí un hombre de mundo. Mis picardías necesarias serán: primero, menos frecuentes; segundo, menos innobles. Esto es más que si me hubiera dado un millón. Le debo esta cruz y el prestigio de servicios diplomáticos, que me elevan por encima de lo vulgar. Si tuviese la pluma para ordenar mi conducta, ¿qué escribiría?...»

Julien fue interrumpido bruscamente por el viejo ayuda de cámara del marqués de La Mole.

-El marqués desea verle a usted inmediatamente, vestido o sin vestir.

El criado añadió en voz baja, andando junto a Julien:

-Está fuera de sí, tenga usted cuidado.