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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 30. Un palco en la ópera cómica
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As the blackest sky
Foretells the heaviest tempest.
BYRON

«Como el cielo más sombrío / anuncia la más furiosa tempestad.» La misma cita aparece en el Capítulo 10 de la primera parte. Don Juan, 1, 75.

En medio de todos aquellos arranques, Julien se sentía más asombrado que feliz. Las injurias de Mathilde le demostraban cuán sabia era la política rusa. «Hablar poco, obrar poco, éste es mi único medio de salvación.»

Levantó a Mathilde y, sin pronunciar palabra, la volvió a colocar sobre el diván. Poco a poco las lágrimas la vencieron.

Para hacer algo, cogió en sus manos las cartas de la señora de Fervaques; las abría lentamente. Tuvo un movimiento nervioso muy acentuado, cuando reconoció la letra de la mariscala. Volvía, sin leerlas, las hojas de aquellas cartas; la mayoría eran de seis páginas.

-Contésteme por lo menos -dijo por fin Mathilde, con el más suplicante tono de voz, pero sin atreverse a mirar a Julien-. Sabe usted muy bien que tengo orgullo; ésta es la desgracia de mi posición y hasta de mi carácter, lo confieso; ¿es que la señora de Fervaques me ha arrebatado su corazón?... ¿Ha hecho ella por usted todos los sacrificios a que este amor fatal me ha arrastrado a mí?

Un hosco silencio fue toda la respuesta de Julien. «¿Con qué derecho -pensaba- me pide una indiscreción, indigna de un hombre de honor?»

Mathilde trató de leer las cartas; sus ojos, llenos de lágrimas, le quitaban toda posibilidad de hacerlo.

Desde hacía un mes era desgraciada, pero esa alma altiva estaba muy lejos de confesarse sus sentimientos. Sólo la casualidad había provocado aquella explosión. Por un momento los celos y el amor habían vencido al orgullo. Mathilde se hallaba en el diván muy cerca de él. Julien veía sus cabellos y su cuello de alabastro; en un momento olvidó toda su táctica; la enlazó con su brazo por la cintura y casi la estrechó contra su pecho.

Ella volvió lentamente la cabeza hacia él: quedó asombrado por el intenso dolor que reflejaban sus ojos, transformando totalmente su fisonomía habitual.

Julien sintió que sus fuerzas le abandonaban, tan mortalmente penoso era el acto de valor que se imponía.

«Estos ojos no expresarán dentro de poco sino el más frío desdén -se dijo Julien- si me dejo arrastrar por la dicha de amarla.» Sin embargo, con voz muy tenue y con palabras que apenas si tenía fuerzas para acabar, ella le aseguraba en aquel momento la sinceridad de todos sus remordimientos por las acciones que su excesivo orgullo había podido aconsejarle.

-Yo también tengo orgullo -le dijo Julien con voz apenas inteligible, y sus rasgos reflejaban un gran abatimiento físico.

Mathilde se volvió vivamente hacia él. Oír su voz era una felicidad a cuya esperanza había casi renunciado. En aquel momento no recordaba su altivez más que para maldecirla; hubiera deseado hacer cosas insólitas, increíbles, para probarle hasta qué punto le adoraba y se detestaba a sí misma.

-Es, probablemente, a causa de ese orgullo -continuó Julien-, por lo que usted me ha favorecido un instante; es ciertamente a causa de esta firmeza valerosa, que debe poseer un hombre, por lo que me estima usted aun en este momento. Yo puedo estar enamorado de la mariscala...

Mathilde se estremeció; sus ojos tomaron una expresión extraña. Iba a oír su sentencia. Ese movimiento no pasó inadvertido para Julien; sintió debilitarse su valor.

«¡Ah! -se decía al escuchar el sonido de las vanas palabras que su boca pronunciaba, como si fuera un ruido extraño-; ¡si yo pudiera cubrir de besos esas mejillas tan pálidas sin que tú lo notaras!»

-Puedo estar enamorado de la mariscala -continuó, y su voz era cada vez más débil-; pero, ciertamente, no tengo ninguna prueba decisiva de su interés por mí...

Mathilde le miró; él sostuvo aquella mirada, esperando que al menos su fisonomía no le hubiese traicionado. Sentía llenos de amor hasta los más íntimos repliegues de su corazón. Nunca la había adorado hasta tal punto; estaba casi tan loco como Mathilde. Si ella hubiese tenido bastante sangre fría y valor para maniobrar, él habría caído a sus pies abjurando de toda vana comedia. Tuvo bastantes fuerzas como para continuar hablando. «¡Ah, Korasoff! -exclamó interiormente-, ¿por qué no estará aquí? ¡Qué bien me vendría una palabra para dirigir mi conducta!» Entretanto, su voz decía:

-A falta de otro sentimiento, la gratitud sería ya suficiente para inspirarme afecto hacia la mariscala; ella ha sido indulgente conmigo, me consoló cuando se me despreciaba... Puedo no tener una fe ilimitada en ciertas apariencias extremadamente halagüeñas, sin duda, pero quizá también poco duraderas.

-¡Ay, Dios mío! -exclamó Mathilde.

-¡Pues bien!, ¿qué garantía me daría usted? -continuó Julien, con un acento vivo y firme y que parecía abandonar por un momento las formas prudentes de la diplomacia-. ¿Qué garantía, qué dios me responderá de que la posición que parece usted dispuesta a devolverme en este momento durará más de dos días?

-El exceso de mi amor y de mi desgracia si ya no me ama usted -le dijo ella tomándole las manos y volviéndose hacia él.

El movimiento brusco que acababa de hacer echó un poco hacia atrás su chal; Julien veía sus hermosos hombros. Sus cabellos, algo alborotados, despertaron en él un recuerdo delicioso...

Iba a ceder. «Una palabra imprudente -se dijo-, y doy pie a que comience nuevamente la serie interminable de días pasados en la desesperación. La señora de Rénal hallaba razones para hacer lo que su corazón le dictaba: esta joven del gran mundo no deja que su corazón se conmueva hasta que se ha probado con buenas razones que debe estar conmovido.»

Vio esta verdad en un abrir y cerrar de ojos, y en otro abrir y cerrar de ojos recobró algo de valor.

Retiró sus manos, que Mathilde estrechaba entre las suyas, y con marcado respeto se apartó un poco de ella. El valor de un hombre no puede ir más lejos. Luego se dedicó a reunir todas las cartas de la señora de Fervaques, que estaban esparcidas por el diván, y con la apariencia de una extremada cortesía, muy cruel en aquel momento, añadió:

-La señorita de La Mole se dignará permitirme que reflexione sobre todo esto.

Se alejó rápidamente y salió de la biblioteca; ella le oyó cerrar todas las puertas, una después de otra.

«El monstruo no está nada conmovido... -se dijo Mathilde.

»Pero ¡qué ha de ser un monstruo! Es sensato, prudente, bueno; yo soy la que ha cometido más errores de los que se pueden imaginar.»

Esta manera de pensar perduró. Mathilde se sintió casi feliz aquel día, pues se dedicó por entero a pensar en el amor; hubiérase dicho que aquella alma nunca se había sentido agitada por el orgullo, y ¡qué orgullo!

Se estremeció de horror cuando, por la noche, en el salón, un lacayo anunció a la señora de Fervaques; la voz de aquel hombre le pareció siniestra. No pudo soportar la presencia de la mariscala, y se alejó rápidamente. Julien, poco orgulloso de su penosa victoria, había temido sus propias miradas y no cenó en el palacio de La Mole.

Su amor y su dicha aumentaban rápidamente a medida que se alejaba del momento de la batalla; incluso empezaba a censurarse. «¡Cómo he podido resistirme a ella! -se decía-; ¡si ahora deja de amarme! Un momento puede hacer variar a esa alma viva, y hay que convenir en que la he tratado de un modo horrible.»

Por la noche comprendió que era absolutamente preciso dejarse ver en la ópera cómica, en el palco de la señora de Fervaques, que le había invitado expresamente. Mathilde se enteraría, con toda seguridad, de su presencia o de su desatenta ausencia. A pesar de la evidencia de este razonamiento, no tuvo fuerzas, al principio de la noche, para alternar con la gente. Al hablar iba a perder la mitad de su dicha.

Dieron las diez: era absolutamente necesario dejarse ver.

Afortunadamente, encontró el palco de la mariscala lleno de señoras, y se vio relegado a un sitio cerca de la puerta, completamente oculto por los sombreros. Aquella posición le salvó de ponerse en ridículo; los acentos divinos de desesperación de Carolina en el matrimonio segreto le arrancaron lágrimas; contrastaban de tal modo con la firmeza viril de su fisonomía habitual, que aquella alma de gran dama, saturada desde hacía tiempo de todo lo que el orgullo de advenedizo tiene de más corrosivo, se sintió conmovida. Lo poco que quedaba en ella de un corazón de mujer la indujo a hablar. Quiso gozar del sonido de su voz en aquel momento.

-¿Ha visto usted a las señoras de La Mole? -le dijo-. Están en el tercer piso.

Inmediatamente Julien se asomó a la sala, apoyándose, con bastante descortesía, en la barandilla del palco: vio a Mathilde; sus ojos tenían brillo de lágrimas.

«Y, sin embargo, hoy no es su día de ópera; ¡qué solicitud!»

Mathilde había hecho decidir a su madre ir a la ópera cómica, a pesar de lo poco distinguido de la situación del palco que una amiga complaciente se había apresurado a ofrecerles. Quería ver si Julien pasaba aquella velada con la mariscala.