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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 28. Manon Lescaut
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Una vez convencido de la estupidez e imbecilidad del prior,
soda salir del paso llamando a lo negro blanco y a lo blanco negro.
LICHTENBERG

Se trata del escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), autor de unos famosos Aforisnws (Aphorismen), publicados en Gotinga, 1800-1806.

Las instrucciones rusas prescribían imperiosamente no contradecir nunca de viva voz a la persona a quien uno escribía. Era preciso no apartarse, bajo ningún pretexto, del fingimiento de la más extática admiración; las cartas partían siempre de este supuesto.

Una noche, en la ópera, en el palco de la señora de Fervaques, Julien ponía por las nubes el ballet de Manon Lescaut. Su única razón para hablar así era que lo consideraba insignificante.

La mariscala dijo que el ballet era muy inferior a la novela del abate Prévost.

«¡Cómo! -pensó Julien, asombrado y divertido-, ¡una persona tan virtuosa alaba una novela!» La señora de Fervaques hacía alarde, dos o tres veces por semana, del más absoluto desprecio hacia los escritores que, por medio de esas obras insulsas, tratan de corromper a una juventud que por desgracia es ya de por sí excesivamente propicia a los errores de los sentidos.

-En este género inmoral y peligroso, Manon Lescaut -continuó la mariscala- ocupa, según dicen, uno de los primeros lugares. Las debilidades y las angustias merecidas de un corazón de lo más criminal están, según dicen, pintadas con una verdad

realmente profunda; lo cual no impide que vuestro Bonaparte diga en Santa Elena que es una novela escrita para lacayos.

Esta frase devolvió toda su actividad al espíritu de Julien. «Han querido perderme a los ojos de la mariscala; le han contado mi entusiasmo por Napoleón. Este hecho le ha molestado lo bastante como para haber cedido a la tentación de dármelo a entender.» Aquel descubrimiento le divirtió durante toda la velada, y le hizo resultar divertido. Al despedirse en el vestíbulo de la ópera, le dijo la mariscala:

-Recuerde usted, caballero, que no hay que querer a Bonaparte cuando se me quiere a mí; a lo sumo, puede aceptársele como una necesidad impuesta por la Providencia. Por lo demás, este hombre no tenía bastante flexibilidad de espíritu como para comprender las obras maestras del arte.

«¡Cuando se me quiere! -se repetía Julien-. Esto no quiere decir nada o quiere decirlo todo. Sutilezas del lenguaje que nosotros, pobres provincianos, ignoramos.» Y pensó mucho en la señora de Rénal mientras copiaba una carta interminable destinada a la mariscala.

-¿Cómo es -le dijo ella al día siguiente con un aire de indiferencia que a él le pareció mal fingido- que me habla usted de Londres y de Richmond en una carta que al parecer escribió usted anoche, al salir de la ópera?

Julien se quedó muy confundido, había copiado línea por línea, sin pensar en lo que escribía, y por lo visto habíase olvidado de poner las palabras París y Saint-Cloud, en vez de las de Londres y Richmond, que figuraban en el original. Comenzó dos o tres frases, pero no logró acabarlas; tenía unas ganas irresistibles de soltar una carcajada. Finalmente, buscando algo que decir, se le ocurrió esta idea:

-Exaltado por la discusión de los más sublimes, de los más grandes intereses del alma humana, la mía, al escribirle, ha podido tener una distracción.

«He causado impresión -se dijo-, por lo tanto, puedo ahorrarme el aburrimiento del resto de la velada.» Salió corriendo del palacio de Fervaques. Por la noche, revisando el original de la carta que copió la víspera, llegó pronto al pasaje fatal en que el joven ruso hablaba de Londres y de Richmond. Julien quedó muy sorprendido al encontrar aquella carta casi tierna.

Era el contraste entre la aparente frivolidad de su conversación y la profundidad sublime y casi apocalíptica de sus cartas lo que le había valido cierta consideración. La longitud de las frases era lo que más le gustaba a la mariscala; ¡ése no era el estilo chispeante, puesto de moda por Voltaire, aquel hombre tan inmoral! Por más que nuestro héroe hiciese esfuerzos increíbles por desterrar todo asomo de buen sentido de su conversación, ésta seguía teniendo cierto tinte antimonárquico e impío que no escapaba a la señora de Fervaques. Rodeada de personas eminentemente morales, pero a quienes a menudo no se les ocurría ni siquiera una idea por velada, aquella dama se impresionaba profundamente con todo lo que se parecía a una novedad; pero, al mismo tiempo, creía que, por respeto a sí misma, debía mostrarse ofendida por ello. Llamaba a aquel defecto conservar el sello de la frivolidad del siglo...

Pero tales salones sólo son soportables cuando se pretende algo. Todo el aburrimiento de aquella vida sin interés que llevaba Julien es sin duda compartido por el lector. Éstos son los páramos de nuestro viaje.

Durante todo el tiempo de la vida de Julien usurpado por el episodio Fervaques, la señorita de La Mole tenía necesidad de hacer un gran esfuerzo para no pensar en él. Su alma era presa de violentos combates: a veces se jactaba de despreciar a aquel hombre tan triste; pero, a pesar suyo, su conversación la cautivaba. Lo que más le sorprendía era su absoluta falsedad; no le decía ni una sola palabra a la mariscala que no fuera una mentira o, por lo menos, un disimulo endiablado de su modo de pensar, que Mathilde conocía tan perfectamente en casi todos los aspectos. Aquel maquiavelismo la impresionaba. «¡Qué profundidad! -se decía-; ¡qué diferencia entre él y los necios afectados, o los bribones vulgares, como el señor Tanbeau, que emplean el mismo lenguaje!»

Julien, sin embargo, tenía días horribles. Se presentaba a dia rio en el salón de la mariscala para cumplir el más penoso de los deberes. Sus esfuerzos para representar una comedia acababan de restar toda fuerza a su alma. Muchas veces, por la noche, al atravesar el patio inmenso del palacio de Fervaques, sólo a fuerza de carácter y de razonamiento conseguía mantenerse un poco por encima de la desesperación.

«En el seminario vencí la desesperación -decíase-; y, sin embargo, ¡qué horrible perspectiva tenía entonces! Podía triunfar o destruir mi carrera; tanto en uno como en otro caso, me veía obligado a pasar mi vida en íntima relación con lo más despreciable y más repugnante que hay en el mundo. En la primavera siguiente, sólo once meses después, era quizás el más feliz de los muchachos de mi edad.»

Pero casi siempre estos bellos razonamientos se estrellaban contra la horrible realidad. Todos los días veía a Mathilde durante el almuerzo y la cena. Por las numerosas cartas que le dictaba el marqués de La Mole sabía que estaba en vísperas de casarse con el marqués de Croisenois. Este joven amable iba ya dos veces al día al palacio de La Mole: la mirada celosa de un amante abandonado no perdía ni uno de sus pasos.

Cuando había creído advertir que la señorita de La Mole trataba bien a su pretendiente, al volver a su cuarto Julien no podía menos de mirar sus pistolas amorosamente.

«¡Ah! ¡Cuánto más sensato sería -decíase- quitar las iniciales de mi ropa blanca y marcharme a algún bosque solitario, a veinte leguas de París, a acabar con esta vida maldita! Desconocido en la comarca, mi muerte permanecería oculta durante quince días, y ¿quién pensaría en mí al cabo de quince días?»

Este razonamiento era muy sensato. Pero al día siguiente, el brazo de Mathilde, entrevisto entre la manga de su vestido y el guante, bastaba para sumir a nuestro joven filósofo en recuerdos crueles que, sin embargo, le aferraban a la vida. «¡Bien -se decía entonces-, seguiré hasta el fin esta política rusa! ¿Cómo terminará todo esto?

»Respecto a la mariscala, desde luego, después de haber copiado las cincuenta y tres cartas, no volveré a escribirle.

»En cuanto a Mathilde, estas seis semanas de tan penosa comedia, o no harán cambiar en nada su cólera, o me proporcionarán un momento de reconciliación. ¡Dios santo! ¡Me moriría de felicidad!» Y no podía seguir pensando en ello.

Cuando, después de soñar largo rato, conseguía reemprender sus razonamientos, se decía: «Lograría pues un día de felicidad, y luego empezarían de nuevo sus rigores, fundados, desgraciadamente, en mi escaso poder para agradarle, y ya no me quedaría el menor recurso, estaría arruinado, perdido para siempre...

»¿Qué garantía puede darme ella con su carácter? Desgraciadamente mis pocos méritos lo explican todo. Careceré de elegancia en mis modales, mi modo de hablar será pesado y monótono. ¡Dios mío! ¿Por qué yo seré yo?».