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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 27. Los mejores puestos de la Iglesia
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Des services! des talents! du mérite! bah! soyez d'une coterie. )
FÉNÉLON

«¡Servicios! ¡Talento! ¡Mérito! ¡Bah! Formad parte de una camarilla.» Aventuras de Telémaco.

La idea del obispado se presentaba por primera vez, mezclada con la de Julien, en la cabeza de una mujer que tarde o temprano había de distribuir los mejores puestos de la Iglesia de Francia. Esta ventaja no habría impresionado ni lo más mínimo a Julien; en aquel instante su pensamiento no se distraía para nada de su desgracia: todo la redoblaba; por ejemplo, la vista de su habitación se le había hecho insoportable. Por la noche, cuando se retiraba con su vela, cada mueble, cada pequeño adorno parecíale que se disponía a hablar para anunciarle agriamente algún nuevo detalle de su desdicha.

«Hoy tengo un trabajo obligado -díjose aquel día al entrar, con una vivacidad inusitada en él desde hacía tiempo-: esperemos que la segunda carta sea tan aburrida como la primera.»

Lo era más aún. Lo que copiaba le parecía tan absurdo, que acabó transcribiendo línea por línea, sin preocuparse del sentido.

«Esto es aún más afectado -decíase- que los documentos oficiales del tratado de Munster, que mi profesor de diplomacia me hacía copiar en Londres.»

Sólo entonces se acordó de las cartas de la señora de Fervaques, cuyos originales se había olvidado de devolver al grave español don Diego Bustos. Las buscó; eran realmente casi tan ininteligibles como las del joven señor ruso. La vaguedad era absoluta. Aquello quería decirlo todo y no decir nada. «Son como el arpa eólica del estilo -pensó Julien-. En medio de los más sublimes pensamientos sobre la nada, sobre la muerte, sobre el infinito, etc., no veo que sea real más que un abominable miedo al ridículo.»

El monólogo que acabamos de resumir se repitió durante quince días seguidos. Dormirse mientras transcribía una especie de comentario del Apocalipsis, a la mañana siguiente ir a llevar una carta con aire melancólico, devolver el caballo a la cuadra con la esperanza de divisar el traje de Mathilde, trabajar, por la noche presentarse en la ópera cuando la señora de Fervaques no iba al palacio de La Mole, tales eran los monótonos acontecimientos de la vida de Julien. Tenía algo más de interés cuando la señora de Fervaques iba a ver a la marquesa: entonces podía entrever los ojos de Mathilde por debajo del ala del sombrero de la mariscala, y se mostraba elocuente. Sus frases pintorescas y sentimentales comenzaban a tomar un giro más sorprendente y más elegante a la vez.

Comprendía perfectamente que lo que decía era absurdo a los ojos de Mathilde, pero quería impresionarla con la elegancia de la dicción. «Cuanto más falso sea lo que diga, más debo de gustarle», pensaba Julien, y entonces, con una osadía endiablada, exageraba ciertos aspectos de la naturaleza. Pronto advirtió que, para no parecer vulgar ante los ojos de la mariscala, había que prescindir, sobre todo, de las ideas sencillas y razonables. Y continuaba así, o abreviaba sus amplificaciones, según veía el éxito o la indiferencia en los ojos de las dos grandes damas a quienes tenía que agradar.

En conjunto, su vida era menos insoportable que cuando se pasaba los días en plena ociosidad.

«Pero -decíase una noche-, heme aquí transcribiendo el número quince de estas abominables disertaciones; las catorce primeras han sido fielmente entregadas al portero de la mariscala. Voy a tener el honor de llenar todo el casillero de su escritorio. ¡Y, sin embargo, ella me trata exactamente lo mismo que si yo no escribiese! "¿En qué acabará todo esto? ¿Mi constancia la aburrirá tanto como a mí? Hay que convenir en que ese ruso amigo de Korasoff, y enamorado de la bella cuáquera de Richmond, fue en su tiempo un hombre terrible; no se puede ser más pelmazo.»

Como todos los seres mediocres a quienes la casualidad coloca en presencia de las maniobras de un gran general, Julien no comprendía nada en absoluto del ataque que el joven ruso dirigiera contra el corazón de la severa inglesa. Las cuarenta primeras cartas no tenían más objeto que hacerse perdonar el atrevimiento de escribir. Era preciso que aquella dulce persona, que acaso se aburría infmitamene, adquiriese la costumbre de recibir cartas, quizás un poco menos insípidas que su vida diaria.

Una mañana entregaron una carta a Julien; él reconoció las armas de la señora de Fervaques, y la abrió con una presteza que algunos días antes le habría parecido imposible: no era más que una invitación a cenar.

Consultó apresuradamente las instrucciones del príncipe Korasoff. Desgraciadamente, el joven ruso había querido ser ligero como Dorat, allí donde hubiera hecho falta ser sencillo e inteligible; Julien no pudo adivinar la posición moral que debía ocupar en la cena de la mariscala.

El salón era de gran suntuosidad, dorado como la galería de Diana en las Tullerías, con pinturas al óleo en las paredes. En estas pinturas aparecían algunas manchas claras. Julien supo más tarde que la dueña de la casa había mandado corregir los cuadros, cuyo tema le parecía poco decente. «¡Siglo moral!», pensó.

En aquel salón reconoció a tres de los personajes que asistieran a la redacción de la nota secreta. Uno de ellos, monseñor, el obispo de..., tío de la mariscala, tenía a su cargo la dispensa de los beneficios eclesiásticos y, según se decía, no sabía negarle nada a su sobrina. «¡Qué gran paso he dado! -díjose Julien, sonriendo con melancolía-, ¡y qué poco me emociona! Heme aquí cenando con el famoso obispo de...»

La comida fue mediana, y la conversación irritante. «Es el índice de un mal libro -pensaba Julien-. Todos los grandes temas que han sido objeto del pensamiento de los hombres se tratan aquí presuntuosamente. Después de escuchar durante tres minutos, uno se pregunta qué es lo que puede más, si la afectación del orador o su abominable ignorancia.»

El lector ha olvidado sin duda a aquel pequeño literato llamado Tanbeau, sobrino del académico y futuro profesor, quien, con sus bajas calumnias, parecía el encargado de envenenar el salón de La Mole.

Debido a este hombrecillo se le ocurrió a Julien la idea de que, aun cuando la señora de Fervaques no contestase a sus cartas, podría muy bien ser que viera con indulgencia el sentimiento que las dictaba. El alma negra del señor Tanbeau se desgarraba al pensar en los éxitos de Julien; pero como, por otra parte, un hombre de mérito, al igual que un majadero, no puede estar en dos sitios a la vez, «si Sorel se convierte en el amante de la sublime mariscala -decíase el futuro profesor-, ella le colocará en la Iglesia en algún puesto elevado, y yo me veré libre de él en el palacio de La Mole».

El padre Pirard dirigió también a Julien largos sermones sobre sus triunfos en el palacio de Fervaques. Había celos de secta entre el austero jansenista y el salón jesuítico, regenerador y monárquico de la virtuosa mariscala.