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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 26. El amor moral
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There also was of course in Adeline
That calco patrician polish in the address,
Which ne'er can pass the equinoctial liase
Of any thing which Nature would express:
Just as a Mandarin linds nothing fme,
At least his manner suffers not to guess
That any thing he views can greatly please.
BYRON

"Había también en Adelina, por supuesto, / aquella cortesía serena y patricia en las maneras, / que nunca rebasa la línea equinoccial / de lo que quiere exPresar la naturaleza; / tal como un mandarín que no encuentra nada suficientemente bello, / o que, por lo menos, no deja que por su actitud pueda sospecharse / que algo que ve puede proporcionarle un gran placer.. Don Juan, XIII, 84.

«Hay algo de locura en la manera de ver de toda esta familia -pensaba la mariscala-; se hallan encaprichados con su joven clérigo, que no sabe hacer otra cosa que escuchar, con unos ojos bastante bellos, hay que reconocerlo.»

Julien, por su parte, encontraba en los modales de la mariscala un ejemplo casi perfecto de aquella calma patricia, que respira una rigurosa cortesía y, todavía más, la imposibilidad de experimentar ninguna emoción intensa. Lo imprevisto en los movimientos, la falta de dominio sobre sí, hubiesen escandalizado a la señora de Fervaques casi tanto como la ausencia de señorío en el trato con los inferiores. El menor signo de sensibilidad hubiese resultado a sus ojos como una especie de embriaguez moral de la que hay que ruborizarse, y que perjudica mucho el respeto que una persona de jerarquía elevada se debe a sí misma. Su mayor felicidad era hablar de la última cacería del rey; su libro favorito, las Memorias del duque de Saint-Simon, sobre todo por la parte genealógica.

Julien sabía el sitio que, según la disposición de las luces, convenía más a la belleza de la señora de Fervaques. Se colocaba allí de antemano, pero tenía gran cuidado en poner su silla de modo estratégico para no ver a Mathilde. Ésta, extrañada por aquella insistencia en huir de ella, un día abandonó el canapé azul y se fue a instalar junto a una mesita al lado del sillón de la mariscala. Julien la veía bastante cerca, por debajo del sombrero de la señora de Fervaques. Aquellos ojos, que eran dueños de su suerte, observados de tan cerca le asustaron primero, pero luego le arrancaron violentamente de su apatía habitual; aquel día habló, y muy bien.

Dirigía la palabra a la mariscala, pero su única intención era obrar sobre el alma de Mathilde. Se animó de tal modo que la señora de Fervaques llegó a no entender nada de lo que decía.

Aquél era un primer mérito. Si Julien hubiera tenido la idea de completarlo con algunas frases de misticismo alemán, de alta religiosidad y de jesuitismo, la mariscala le hubiera clasificado automáticamente entre los hombres superiores llamados a regenerar el siglo.

«Puesto que tiene el suficiente mal gusto -decíase la señorita de La Mole- para estar hablando tanto tiempo y con tanto fuego a la señora de Fervaques, no le escucharé más.» Durante el foral de aquella velada cumplió su palabra, aunque con gran esfuerzo.

A medianoche, cuando cogió el quinqué de su madre para acompañarla a su habitación, la marquesa de La Mole se detuvo en la escalera para hacer un elogio completo de Julien. Mathilde acabó de ponerse de mal humor: no podía conciliar el sueño. Una idea la tranquilizó: «Lo que yo desprecio puede muy bien pasar por un hombre de gran mérito ante los ojos de la mariscala».

En cuanto a Julien, había obrado, era menos desgraciado; sus ojos se fijaron por casualidad en la cartera de piel de Rusia donde el príncipe Korasoff había encerrado las cincuenta y tres cartas de amor que le había regalado. Julien leyó en una nota al final de la primera carta: Se envía la número 1 ocho días después del primer encuentro.

«¡Voy retrasado! -exclamó Julien-, pues hace mucho tiempo que estoy viendo a la señora de Fervaques.» Se puso enseguida a copiar aquella carta de amor; era una homilía llena de frases sobre la virtud y terriblemente aburrida; Julien tuvo la suerte de dormirse al llegar a la segunda página.

Algunas horas después, el sol le sorprendió apoyado sobre la mesa. Uno de los momentos más penosos de su vida era aquel en que cada mañana, al despertar, se daba cuenta de su desgracia. Aquel día acabó la copia de su carta casi riendo. «¿Es posible -se decía- que haya habido un joven capaz de escribir así?» Contó varias frases de nueve líneas. Al pie del original vio una nota con lápiz:

Estas cartas las lleva uno mismo: a caballo, corbata negra, levitón azul. Se entrega la carta al portero con aire contrito; profunda melancolía en la mirada. Si aparece alguna doncella, secarse los ojos furtivamente. Dirigir la palabra a la doncella.

Todo esto fue muy fielmente ejecutado.

«Lo que yo estoy haciendo es muy expuesto -pensó Julien al salir del palacio de Fervaque-, pero tanto peor para Korasoff. ¡Atreverse a escribir a una virtud tan célebre! Voy a ser tratado con el mayor desprecio, y nada me divertirá más. Ésta es, en el fondo, la única comedia a la que puedo ser sensible. Sí, cubrir de ridículo a este ser odioso que llamo yo me divertirá. Si me dejara llevar por mis impulsos, cometería algún crimen para distraerme.»

Desde hacía un mes, el momento más agradable de la vida de Julien era aquel en que conducía su caballo a la cuadra. Korasoff le había prohibido expresamente mirar, bajo ningún pretexto, a la amante que le había abandonado. Pero el paso del caballo que ella conocía tan bien, la manera como Julien golpeaba con la fusta la puerta de la caballeriza para que saliera un mozo, atraían algunas veces a Mathilde detrás de las cortinillas de su ventana. La cortina era tan fina, que Julien veía a través de ella. Mirando de determinada manera por debajo del ala de su sombrero, distinguía la figura de Mathilde, sin ver sus ojos. «Por lo tanto -se decía-, ella tampoco puede ver los míos, y esto no es mirarla.»

Por la noche, la señora de Fervaques se comportó con él exactamente lo mismo que si no hubiera recibido la disertación filosófica, mística y religiosa que por la mañana entregara él a su portero con tanta melancolía. La víspera, la casualidad había revelado a Julien el medio de ser elocuente; se las arregló para ver los ojos de Mathilde. Ella, por su parte, unos instantes después de la llegada de la mariscala, abandonó el sofá azul: esto era desertar de su tertulia habitual. El marqués de Croisenois parecía consternado con aquel nuevo capricho, su manifiesto dolor libró a Julien del aspecto más atroz de su desgracia.

Aquel imprevisto en su vida le hizo hablar como un ángel; y como el amor propio se desliza incluso en los corazones que sirven de templo a la virtud más augusta, la mariscala se dijo al subir en su coche: «La marquesa de La Mole tiene razón, este joven cura posee distinción. Es posible que, en los primeros días, mi presencia le intimidase. Desde luego, todo el ambiente de esta casa es bastante frívolo; no veo más que virtudes sostenidas por la vejez, y que necesitaban mucho el hielo de la edad. Este muchacho habrá sabido ver la diferencia; escribe bien, pero mucho me temo que la petición que me hace en su carta de que le ilumine con mis consejos, no sea, en el fondo, más que un sentimiento que se ignora a sí mismo.

»Y, sin embargo, ¡cuántas conversiones han comenzado así! Lo que me parece de buen augurio en ésta es la diferencia entre su estilo y el de los jóvenes cuyas cartas he tenido ocasión de ver. Es imposible no reconocer unción, seriedad profunda y mucha convicción en la prosa de este joven clérigo; quizá posea la dulce virtud de Massillon».