Read synchronized with  English  French  German  Russian 
Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 25. El ministerio de la virtud
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Pero si he de gozar este placer con tanta prudencia
y circunspección, para mí ya no será un placer.
LOPE DE VEGA

En francés en el original, sin referencia alguna que permita identificar la procedencia de esta cita de Lope.

Apenas de vuelta en París, y al salir del gabinete del marqués de La Mole, que pareció muy desconcertado con lo que se le comunicaba, nuestro héroe corrió a casa del conde de Altamira. Al honor de estar condenado a muerte, este apuesto extranjero unía una gran seriedad y la suerte de ser devoto; estos dos méritos, y sobre todo la alta alcurnia del conde, encantaban a la señora de Fervaques, quien le veía muy a menudo.

Julien le confesó seriamente que estaba muy enamorado de ella.

-Es de la más pura y firme virtud -respondió Altamira-, aunque un poco jesuítica y enfática. Hay días en que entiendo cada una de las palabras que dice, y, sin embargo, no logro entender la frase entera. Algunas veces me hace pensar que no domino el francés tan bien como dicen. Esta amistad hará que se conozca su nombre de usted; le dará categoría en el mundo. Pero vamos a ver a Bustos -dijo el conde de Altamira, que era un espíritu metódico-; él ha cortejado a la mariscala.

Don Diego Bustos se hizo explicar prolijamente el asunto, sin decir nada, como un abogado en su gabinete. Tenía cara de fraile, grande, con bigotes negros, y una seriedad sin par; por lo demás, era un buen carbonario.

-Ya comprendo -le dijo por fin a Julien-. ¿Ha tenido amantes la mariscala de Fervaques? ¿No los ha tenido? ¿Puede usted abrigar alguna esperanza de éxito? He aquí la cuestión. Por mi parte, debo decirle que he fracasado. Ahora que ya no me siento mortificado, me hago esta reflexión: muchas veces se encuentra de mal humor y, como verá usted por lo que le voy a contar, es bastante vengativa.

»Yo no le atribuyo ese temperamento bilioso, que es propio del genio, y que da a todos los actos como un barniz de pasión. Por el contrario, debe a la manera de ser flemática y tranquila de los holandeses su rara belleza y sus lozanos colores.

Julien se impacientaba con la lentitud y la flema inquebrantable del español; de vez en cuando, a pesar suyo, se le escapaban algunos monosílabos.

-¿Quiere usted escucharme? -le dijo con seriedad don Diego Bustos.

-Dispense la furia francesa -dijo Julien-; soy todo oídos.

-La mariscala de Fervaques cultiva mucho el odio; persigue implacablemente a personas que no ha visto nunca, abogados, pobres diablos literatos que han compuesto canciones, como Collé, ¿lo conoce usted?

J'ai la marotte D'aimer Marote, etc.

Y Julien tuvo que soportar la cita entera. Al español le gustaba mucho cantar en francés.

Aquella divina canción nunca fue escuchada con más impaciencia. Cuando la hubo terminado, dijo don Diego Bustos:

-La mariscala hizo destituir al autor de la canción:

Un jour, l'amour au cabaret.

Julien tembló ante la idea de que quisiera también cantarla. Se contentó con analizarla. Realmente, era impía y poco decente.

-Cuando la mariscala se indignó con esta canción -dijo don Diego-, le hice observar que una mujer de su posición no debía leer todas las estupideces que se publican. Por muchos progresos que hagan la piedad y la seriedad, siempre habrá en Francia una literatura de cabaret. Cuando la señora de Fervaques hubo hecho perder al autor, pobre diablo a medio sueldo, un empleo de mil ochocientos francos, yo le dije: «Tenga usted cuidado, usted ha atacado a ese poetastro con sus armas; él puede contestar con sus rimas, compondrá una canción sobre la virtud. Los salones dorados estarán de parte de usted; la gente aficionada a reír repetirá sus epigramas». ¿Sabe usted, caballero, lo que me respondió la mariscala? «Por los intereses del Señor, todo París me vería marchar hacia el martirio; sería un espectáculo nuevo en Francia. El pueblo aprendería a respetar la calidad. Sería el día más hermoso de mi vida.» Nunca sus ojos fueron más bellos.

-Los tiene soberbios -exclamó Julien.

-Veo que está usted enamorado... Aceptando que -continuó gravemente don Diego Bustos- ella no posee la constitución biliosa que conduce a la venganza, si a pesar de todo, le gusta hacer daño, es porque es desgraciada. Yo sospecho en ella desgracia interior. ¿No será una mojigata cansada de su oficio?

El español le miró silencioso durante largo rato.

-Ésta es toda la cuestión -añadió gravemente-, y es de aquí de donde puede usted sacar alguna esperanza. He reflexionado mucho durante los dos años en que me dediqué a ser su más humilde servidor. Todo su porvenir, caballero enamorado, depende de este gran problema: ¿Es una mojigata cansada de su papel, y mala porque se siente desgraciada?

-O bien -dijo Altamira, saliendo al fin de su profundo silencio-, ¿será lo que te he dicho veinte veces? Únicamente vanidad francesa; es el recuerdo de su padre, el famoso comerciante de paños, lo que hace la desgracia de este carácter sombrío y seco por naturaleza. Sólo habría una salvación para ella, vivir en Toledo y verse atormentada por un confesor que diariamente le mostrara el infierno abierto de par en par.

Cuando se marchaba Julien, díjole don Diego, cada vez más serio:

-Altamira me dice que es usted de los nuestros. Un día nos ayudará a reconquistar nuestra libertad, por eso quiero ayudarle a usted en este pequeño juego. Bueno será que conozca usted el estilo de la mariscala; he aquí cuatro cartas de su puño y letra.

-Voy a copiarlas -exclamó Julien- y se las devolveré a usted.

-¿Y nadie sabrá nunca por usted una palabra de lo que aquí hemos hablado?

-¡Jamás! Palabra de honor -exclamó Julien.

-¡Que Dios le ayude! -añadió el español, y acompañó silencioso hasta la escalera a Altamira y a Julien.

Esta escena alegró un tanto a nuestro héroe; estuvo a punto de sonreír. «¡He aquí a ese beato de Altamira -decíase- ayudándome en una empresa de adulterio!»

Durante toda la seria conversación con don Diego Bustos, Julien había estado atento a las horas que sonaban en el reloj del palacio de Aligre.

¡Se acercaba la hora de cenar y, por lo tanto, iba a ver de nuevo a Mathilde! Volvió al palacio y se vistió con mucho esmero.

«Primera tontería -díjose mientras bajaba la escalera-; es preciso seguir al pie de la letra las instrucciones del príncipe.»

Subió otra vez a su cuarto y se puso un traje de viaje de lo más sencillo.

«Ahora -pensó- hay que controlar las miradas.»

No eran más que las cinco y media y se cenaba a las seis. Se le ocurrió bajar al salón, que encontró desierto. A la vista del canapé azul, se arrodilló precipitadamente y besó el lugar en que Mathilde apoyaba su brazo, las lágrimas acudieron a sus ojos, sus mejillas no tardaron en arder. «Hay que acabar con esta estúpida sensibilidad -se dijo, colérico-, si no quiero que me traicione.» Cogió un periódico, para tener en qué entretenerse, y pasó tres o cuatro veces del salón al jardín.

Sólo temblando y completamente oculto por una gran encina, se atrevió a levantar los ojos hasta la ventana de la señorita de La Mole. Estaba herméticamente cerrada; Julien estuvo a punto de caerse, y permaneció largo tiempo apoyado contra la encina; luego, con paso vacilante, fue a contemplar de nuevo la escalera del jardinero. El eslabón que un día forzara en circunstancias, ¡ay!, tan distintas, estaba aún sin componer. Arrastrado por un movimiento de locura, Julien lo apretó contra sus labios.

Después de haber errado durante largo rato del salón al jardín, Julien se sintió horriblemente fatigado; esto fue un primer éxito, que le complació enormemente. «¡Mis miradas estarán apagadas y no me traicionarán!» Poco a poco los comensales fueron llegando al salón; la puerta no se abrió ni una sola vez sin que el corazón de Julien sintiera una turbación moral.

Se sentaron a la mesa. Por fin apareció la señorita de La Mole, siempre fiel a su costumbre de hacerse esperar. Se puso muy colorada al ver a Julien; no le habían comunicado su llegada. Siguiendo la recomendación del príncipe Korasoff, Julien miró sus manos; temblaban. Emocionado a su vez hasta más no poder por este descubrimiento, se sintió satisfecho de no aparentar más que fatiga.

El marqués de La Mole hizo su elogio. La marquesa le dirigió la palabra momentos después, y le felicitó por su aspecto fatigado. Julien se decía a cada instante: «No debo mirar demasiado a la señorita de La Mole; pero mis miradas tampoco deben huirla. Tengo que aparecer exactamente lo mismo que ocho días antes de mi desgracia...». Tuvo motivos para sentirse satisfecho del éxito, y se quedó en el salón. Atento por primera vez hacia la dueña de la casa, se esforzó vivamente en hacer hablar a los hombres de su tertulia y mantener animada la conversación.

Su cortesía fue recompensada; a eso de las ocho anunciaron a la mariscala de Fervaques. Julien desapareció y volvió poco después vestido con el mayor esmero. La marquesa de La Mole le agradeció infinitamente aquella muestra de respeto, y quiso demostrarle su satisfacción, hablando de su viaje a la señora de Fervaques. Julien se instaló cerca de la mariscala, de modo que Mathilde no pudiese ver sus ojos. Una vez colocado, siguiendo todas las reglas del arte, hizo objeto a la señora de Fervaques de la más entusiasta admiración. La primera de las cincuenta y tres cartas que le regalara el príncipe Korasoff empezaba con un párrafo sobre este sentimiento.

La mariscala anunció que iba a la ópera bufa. Julien corrió hacia allí; se encontró con el caballero de Beauvoisis, que le condujo a un palco de los gentileshombres de cámara, precisamente al lado del palco de la señora de Fervaques. Julien la miró constantemente. «Es preciso -se dijo al volver al palacioque lleve un diario del sitio; de lo contrario, olvidaré mis ataques.» Se esforzó en escribir dos o tres páginas sobre aquel asunto enojoso, y así consiguió, cosa admirable, no pensar apenas en la señorita de La Mole.

Mathilde le había casi olvidado durante su viaje. «Después de todo, no es más que un ser vulgar -pensaba-, y su nombre me recordará siempre la mayor falta de mi vida. Hay que volver de buena fe a las ideas vulgares de formalidad y de honor; una mujer puede perderlo todo al olvidarlas.» Se mostró por fin dispuesta a consentir en que se celebrase su compromiso con el marqués de Croisenois, preparado desde hacía tanto tiempo. Él estaba loco de alegría, y se habría asombrado mucho si alguien le dijera que en aquel modo de sentir de Mathilde, que tanto le enorgullecía, había, en el fondo, resignación.

Todas las ideas de Mathilde cambiaron al ver a Julien. «En realidad -se dijo-, éste es mi marido; si vuelvo de buena fe a las ideas de sensatez, evidentemente debo casarme con él.»

Ella esperaba verse asediada, demostraciones de pena por parte de Julien; preparaba sus respuestas, pues, sin duda, al terminar la comida, él trataría de decirle algunas palabras. Lejos de ello, él permaneció firmemente en el salón, y ni siquiera dirigió su mirada al jardín, ¡Dios sabe con cuánto esfuerzo! «Más vale tener cuanto antes esa explicación», pensó la señorita de La Mole; salió al jardín ella sola, Julien no apareció por allí. Mathilde fue a pasearse junto a las puertaventanas del salón; desde allí le vio muy entretenido, describiendo a la señora de Fervaques los viejos castillos en ruinas que coronan los altozanos a orillas del Rin y le dan tanto carácter. Empezaba a emplear, y no sin éxito, la frase sentimental y pintoresca que en algunos salones se llama esprit.

Si el príncipe Korasoff hubiese estado en París, se habría sentido orgulloso: aquella velada era exactamente la que él había predicho.

Habría aprobado la conducta de Julien en días sucesivos.

Una intriga entre los miembros del gobierno oculto dejaba vacantes algunos cordones azules; la mariscala de Fervaques exigía que su tío abuelo fuese caballero de la Orden. El marqués de La Mole tenía la misma pretensión respecto a su suegro; reunieron sus esfuerzos, y la mariscala fue casi todos los días al palacio de La Mole. Por ella supo Julien que el marqués iba a ser ministro: ofrecía a la Camarilla un plan muy ingenioso para anular la Carta en tres años, sin conmoción.

Julien podía esperar un obispado si el marqués de La Mole llegaba al ministerio; pero a sus ojos todos estos grandes intereses aparecían como cubiertos con un velo. Su imaginación no los alcanzaba más que vagamente y, por decirlo así, en la lejanía. La gran desgracia que le convertía en un maniático cifraba todos los intereses de la vida en su manera de comportarse con la señorita de La Mole. Calculaba que después de cinco o seis años de táctica conseguiría, de nuevo, su amor.

Aquella cabeza tan fría había llegado, como se ve, a un completo estado de locura. De todas las cualidades que antes le distinguieran, no le quedaba más que un poco de firmeza. Materialmente fiel al plan de conducta trazado por el príncipe Korasoff, todas las noches se colocaba lo más cerca posible del sillón de la señora de Fervaques, pero no conseguía encontrar nada que decirle.

El esfuerzo que se imponía para aparecer curado ante los ojos de Mathilde absorbía todas las fuerzas de su alma, y permanecía al lado de la mariscala como un ser casi inanimado; hasta sus ojos habían perdido todo su fuego, lo mismo que cuando se padece un extremo sufrimiento físico.

Como el modo de ver las cosas de la marquesa de La Mole era siempre una copia de las opiniones de aquel marido que podía hacerla duquesa, desde hacía algunos días ensalzaba hasta las nubes el mérito de Julien.