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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 24. Estrasburgo
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¡Fascinación! Tienes toda la energía del amor, toda su capacidad para soportar la desgracia.
Sólo sus encantadores placeres, sus dulces goces quedan más allá de tu esfera. Yo no podía decir viéndola dormida: es toda mía, con su belleza de ángel y sus dulces flaquezas. Hela aquí, entregada a mi poder, tal como el Cielo la creó en su misericordia, para hechizar el corazón del hombre.
«Oda» de SCHILLER

Obligado a pasar ocho días en Estrasburgo, Julien trataba de distraerse por medio de ideas de gloria militar y de abnegación hacia la patria. ¿Estaba enamorado? No lo sabía, sólo notaba que en su alma torturada Mathilde era dueña absoluta de su felicidad y de su imaginación. Necesitaba de toda la energía de su carácter para mantenerse por encima de la desesperación. Pensar en algo que no se relacionara con la señorita de La Mole era superior a sus fuerzas. Antes, la ambición, los pequeños éxitos de la vanidad le distraían de los sentimientos que la señora de Rénal le inspirara. Mathilde lo había absorbido todo; la veía en todas partes en el porvenir.

Y este porvenir lo veía Julien absolutamente falto de éxito. Este ser, a quien vimos en Verriéres tan lleno de presunción, tan orgulloso, había caído en un exceso de modestia ridículo.

Tres días antes habría matado al padre Castanéde con gran satisfacción, y si en Estrasburgo un niño se hubiera puesto a reñir con él, le hubiera dado la razón al niño. Pensando de nuevo en los adversarios, en los enemigos que encontrara en su vida, decidía siempre que él, Julien, había sido el equivocado.

Y es que ahora tenía por implacable enemigo aquella imagi-

nación poderosa, en otro tiempo empleada sin cesar en Pintarle tan brillantes éxitos en el porvenir.

La soledad absoluta de la vida del viajero aumentaba el poder de aquella negra imaginación. ¡Qué tesoro hubiera sido un amigo! «Pero -decíase Julien-, ¿existirá algún corazón que lata por mí? Y aunque tuviera un amigo, ¿no me obliga el honor a un silencio eterno?»

Se paseaba tristemente a caballo por los alrededores de Kehl; una aldea a orillas del Rin, inmortalizada por Desaix y Gouvion Saint-Cyr. Un campesino alemán le enseñaba los arroyos, los caminos, los islotes del Rin, a todos los cuales dieron nombre las hazañas de aquellos grandes generales. Julien, guiando su caballo con la mano izquierda, sostenía en la derecha el magnífico mapa que ilustra las Memorias del mariscal Saint-Cyr. Una exclamación de alegría le hizo levantar la cabeza.

Era el príncipe Korasoff, aquel amigo de Londres que le había iniciado, algunos meses antes, en las reglas de la alta fatuidad. Fiel a este gran arte, Korasoff, llegado la víspera a Estrasburgo, y desde hacía una hora a Kehl, y sin haber leído en su vida una línea sobre el sitio de 1796, se puso a dar grandes explicaciones a Julien. El campesino alemán le miraba asombrado pues sabía bastante francés para entender las enormes equivocaciones en que caía el príncipe. Julien estaba a mil leguas de los pensamientos del campesino, miraba con asombro a aquel guapo mozo, admiraba la gracia con que montaba a caballo.

«¡Qué afortunado carácter! -se decía-. ¡Qué bien le cae el pantalón! ¡Con qué elegancia lleva cortado el pelo! ¡Ay de mí! Si yo hubiese sido así, es posible que después de amarme tres días no me hubiera aborrecido.»

Cuando hubo terminado su relato del sitio de Kehl, dijo el príncipe:

-Tiene usted el aspecto de un trapense, exagera usted la teoría de la gravedad que le enseñé en Londres. El aire triste no es de buen tono; es mejor parecer aburrido. Si está usted triste, es porque le falta algo, porque algo le ha salido mal.

»Es mostrarse inferior. Si, por el contrario, parece usted aburrido, es que lo que ha tratado inútilmente de agradarle es inferior a usted. Comprenda, pues, querido, lo grave de la equivocación.

Julien arrojó un escudo al campesino, que les escuchaba con la boca abierta.

-¡Bien! -dijo el príncipe-. Ese gesto tiene gracia, un noble desdén. ¡Muy bien!

Y puso su caballo al galope.

Julien le siguió, lleno de una admiración estúpida.

«¡Si yo hubiese sido así, ella no hubiera preferido a Croisenois!» Cuanto más le chocaban las ridiculeces del príncipe, tanto más se despreciaba por no admirarlas y se consideraba desgraciado por no tenerlas. El desprecio de sí mismo no podía ir más lejos.

El príncipe, al verle decididamente triste, le dijo cuando entraban en Estrasburgo:

-Veamos, amigo mío, ¿ha perdido usted todo su dinero, o está enamorado de alguna pequeña actriz?

Los rusos copian las costumbres francesas; pero siempre a cincuenta años de distancia. Ahora se hallan en la época de Luis XV.

Aquellas bromas sobre el amor llenaron de lágrimas los ojos de Julien. «¿Por qué no consultar a este hombre tan amable?», se dijo de pronto.

-Pues bien, sí, querido -le dijo al príncipe-. Me encuentra usted en Estrasburgo muy enamorado, e incluso desdeñado. Una mujer encantadora, que vive en una ciudad vecina, me ha plantado después de tres días de pasión, y este cambio me mata.

Y le describió al príncipe, cambiando los nombres, el comportamiento y el carácter de Mathilde.

-No continúe usted -dijo Korasoff-; para que tenga usted confianza en su médico, voy a terminar yo mismo la confidencia. El marido de esa mujer goza de una enorme fortuna, o mejor aún, ella pertenece a la más rancia nobleza del país. Es preciso que sienta orgullo por algo.

Julien asintió con la cabeza, no tenía ya valor para hablar.

-Muy bien -dijo el príncipe-. He aquí tres drogas, bastante amargas, que va usted a tomar sin pérdida de tiempo.

»Primera, ver todos los días a la señora... ¿cómo la llama usted?

-Señora de Dubois.

-¡Qué nombre! -lijo el príncipe, echándose a reír-; pero, perdón, para usted es sublime. Se trata de ver a diario a la señora de Dubois; pero no vaya usted a presentarse a sus ojos como molesto y frío; recuerde el gran principio de su siglo: mostrarse lo contrario de lo que esperan de uno. Muéstrese precisamente tal como era usted ocho días antes de verse honrado con sus favores.

-¡Qué tranquilo estaba yo entonces! -exclamó Julien con desesperación-, creía tenerle compasión...

-La mariposa se quema en la llama -continuó el príncipe-, comparación tan vieja como el mundo.

»Primero, la verá usted todos los días.

»Segundo, cortejará usted a una mujer de su sociedad, pero sin aparentar excesiva pasión, entiéndalo bien. No le negaré que su papel es difícil; representa usted una comedia, y si deja que lo adivinen está usted perdido.

-¡Ella tiene tanto talento, y yo tan poco! Estoy perdido -dijoJulien tristemente.

-No, lo que sucede es que está usted más enamorado de lo que yo me figuraba. La señora de Dubois se halla profundamente preocupada de sí misma, como todas las mujeres a quienes el cielo ha concedido demasiada nobleza, o demasiado dinero. Se mira a sí misma, en vez de mirarle a usted, y, naturalmente, no le conoce. Durante los dos o tres arrebatos de amor con que le ha favorecido, con un gran esfuerzo de imaginación, veía en usted al héroe soñado y no lo que es usted en realidad.

»Pero ¡qué demonio!, ahí están los elementos, querido Sorel. ¿Es usted, acaso, un colegial?

»¡Caramba! Entremos en este almacén; he aquí un cuello negro encantador; parece confeccionado por John Anderson, de Burlington-Street; hágame el favor de tomarlo y tirar lejos esa innoble cuerda negra que lleva usted al cuello.

»Bueno -continuó el príncipe al salir de la tienda del primer pasamanero de Estrasburgo-, ¿qué relaciones tiene la señora de Dubois? ¡Dios mío, qué nombre! No se enfade usted, mi querido Sorel, pero es más fuerte que yo... ¿A quién hará usted la corte?

-A una mojigata por excelencia, hija de un comerciante de medias inmensamente rico. Tiene los ojos más bonitos del mundo y me gustan mucho; sin duda ocupa la más elevada jerarquía en la comarca; pero en medio de todas sus grandezas se ruboriza hasta el punto de desconcertarse si alguien habla de comercio o de tiendas. Y, por desgracia, su padre es uno de los comerciantes más conocidos en Estrasburgo.

-Así que si se habla de industria -dijo el príncipe riendo-, tiene usted la seguridad de que la bella piensa en ella y no en usted. Esta ridiculez es divina y muy útil, pues evitará que sienta usted el menor movimiento de locura junto a sus bellos ojos. El éxito es seguro.

Julien pensaba en la mariscala de Fervaques, que iba mucho al palacio de La Mole. Era una hermosa extranjera, que se había casado con el mariscal un año antes de la muerte de éste. Toda su vida parecía encaminada a hacer olvidar que era hija de un industrial, y, para ser algo en París, se había erigido en campeona de la virtud.

Julien admiraba sinceramente al príncipe; ¡qué no hubiera dado por tener sus mismas ridiculeces! La conversación entre los dos amigos fue interminable; Korasoff estaba radiante: nunca un francés le había escuchado durante tanto tiempo. «¡De modo -se decía el príncipe, encantado- que he llegado al punto de hacerme oír dando lecciones a mis maestros!»

-¿De acuerdo, no? -repetía a Julien por décima vez-. Ni el menor asomo de pasión cuando hable usted a la joven beldad, hija del comerciante de medias de Estrasburgo, en presencia de la señora de Dubois. En cambio, una ardiente pasión al escribirle. Leer una carta de amor bien escrita es el placer supremo Para una mojigata; es un momento de descanso. No representa una comedia, se atreve a escuchar su corazón; de modo que, dos cartas diarias.

-¡Nunca! ¡Nunca! -dijo Julien, descorazonado-. Antes me dejaría machacar en un mortero que componer tres frases segui-

das; soy un cadáver, mi querido amigo, no espere nada de mí. Déjeme usted morir al borde del camino.

-¿Y quién habla de componer frases? Tengo en mi maletín seis tomos de cartas de amor manuscritas. Las hay para todos los caracteres de mujer, incluso para la virtud más austera. ¿No cortejó Kalisky a Richemond-la-Terrasse, ya sabe usted, a tres leguas de Londres, a la más linda cuáquera de toda Inglaterra?

Julien se sentía menos desgraciado cuando a las dos de la madrugada se separó de su amigo.

Al día siguiente el príncipe mandó llamar a un copista, y dos días después Julien tenía en su poder cincuenta y tres cartas amorosas, rigurosamente numeradas, con destino a la virtud más triste y más sublime.

-No hay cincuenta y cuatro porque Kalisky fue despedido; pero, ¿qué le importa a usted ser maltratado por la hija del comerciante de medias, si sólo quiere obrar sobre el corazón de la señora de Dubois?

Todos los días montaban a caballo: el príncipe estaba loco por Julien; no sabiendo cómo demostrarle su repentina amistad, acabó por ofrecerle la mano de una de sus primas, rica heredera de Moscú.

-Y una vez casado -añadió-, mi influencia y la cruz que luce usted le hacen coronel en dos años.

-Pero esta cruz no ha sido concedida por Napoleón, ni mucho menos.

-¡Qué importa! -dijo el príncipe-. ¿No la inventó él? Es todavía, y con mucho, la primera de Europa.

Julien estuvo a punto de aceptar; pero su deber le llamaba junto al gran personaje; al separarse de Korasoff le prometió escribirle. Recibió la contestación a la nota secreta que llevara, y corrió hacia París; pero apenas hubo pasado a solas dos días seguidos, el abandonar Francia y a Mathilde le pareció un suplicio peor que la muerte.

«No me casaré con los millones que me ofrece Korasoff-díjose-, pero seguiré sus consejos.

»Después de todo, su oficio consiste en el arte de seducir; hace

más de quince años que no piensa en otra cosa, puesto que tiene treinta. No se puede decir que carezca de ingenio; es fino y cauteloso; el entusiasmo, la poesía, son incompatibles con este carácter: es un procurador, razón de más para que no se equivoque.

»No hay más remedio, voy a cortejar a la señora de Fervaques.

»Probablemente me aburriré un poco, pero miraré aquellos aojos tan bellos y que tanto se parecen a los que me han amado más en el mundo.

»Es extranjera; por lo tanto, un nuevo carácter a observar.

»Estoy loco, me ahogo, debo seguir los consejos de un amigo y- no fiarme de mi mismo.»