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Rojo y negro.   Stendhal
Capítulo 23. El clero, los bosques, la libertad
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La primera ley de todos los seres es conservarse, vivir.
¡Sembráis cicuta y queréis que maduren las espigas!
MAQUIAVELO

El grave personaje proseguía; se le notaba muy enterado; exponía con una elocuencia suave y moderada, que agradó infinitamente a Julien, estas grandes verdades:

1.° Inglaterra no tiene ni una guinea para poner a nuestra disposición; la economía y Hume están de moda allí. Ni los propios Santos nos darán dinero, y míster Brougham se burlará de nosotros.

2.° Imposible conseguir más de dos campañas de los reyes de Europa, sin el oro inglés; y dos campañas no bastarán frente a la pequeña burguesía.

3.° Necesidad de formar un partido armado en Francia, sin el cual el principio monárquico de Europa no aventurará ni siquiera esas dos campañas.

-El cuarto punto que me atrevo a exponerles como evidente es éste: Imposibilidad deformar un partido armado en Francia sin contar con el clero. Señores, lo digo sin ambages, porque lo voy a demostrar. Hay que ponerlo todo en manos del clero.

»1.° Porque ocupándose de su negocio noche y día, y guiado por hombres de gran capacidad, apartados de las tormentas del mundo, a trescientas leguas de nuestras fronteras...

-¡Ah! ¡Roma, Roma! -exclamó el dueño de la casa...

-Sí, caballero, Roma -continuó el cardenal con orgullo-. Sean cuales fueren las bromas más o menos ingeniosas que estuvieron de moda cuando usted era joven, diré muy alto, en 1830, que

el clero, dirigido por Roma, es el único que habla con el pueblo bajo.

»Cincuenta mil sacerdotes repiten las mismas palabras el día indicado por los jefes, y el pueblo, que es a fin de cuentas el que proporciona los soldados, se sentirá más conmovido por la voz de sus sacerdotes que por la de todos los versitos del mundo...

(Esta alusión tan personal suscitó considerables murmullos.)

-El clero tiene un talento superior al de ustedes -continuó el cardenal, levantando la voz-; todos los pasos que ustedes han dado hacia este punto capital de tener en Francia un partido armado los hemos realizado nosotros. Aquí hablan los hechos... ¿Quién ha enviado ochenta mil fusiles a Vendée?..., etc., etc.

»Mientras el clero no tenga sus bosques, no tiene nada. A la primera guerra, el ministro de Hacienda escribe a sus agentes que sólo hay dinero para los curas. En el fondo, Francia no es creyente, y ama la guerra. Sea quien fuere el que se la proporcione, será doblemente popular, pues hacer la guerra supone hacer pasar hambre a los jesuitas, para hablar como el vulgo; hacer la guerra es librar a esos monstruos de orgullo, los franceses, de la amenaza de una intervención extranjera...

El cardenal era escuchado con atención.

-Sería preciso -añadió- que el señor de Nerval dejara el ministerio, su nombre irrita inútilmente.

Al oír estas palabras, todo el mundo se levantó y comenzó a hablar al mismo tiempo. «Me van a echar otra vez», pensó Julien, pero incluso el presidente, siempre tan cauto, habíase olvidado de la presencia y la existencia de Julien.

Todas las miradas buscaban un hombre al que Julien reconoció. Se trataba del señor de Nerval, el primer ministro, a quien había visto en el baile del duque de Retz.

El desorden fue indescriptible, como dicen los periódicos hablando de la Cámara. Al cabo de un cuarto de hora largo logró restablecerse el silencio.

Entonces se levantó el señor de Nerval y, adoptando un tono de apóstol, dijo con una voz extraña:

-No afirmaré en modo alguno que no tengo apego al ministerio.

»Está probado, señores, que mi nombre duplica las fuerzas de los jacobinos, poniendo contra nosotros a muchos de los moderados. Así, pues, me retiraría gustoso; mas los caminos del Señor sólo son visibles para un corto número; pero -añadió mirando fijamente al cardenal- tengo una misión que cumplir; el cielo me ha dicho: dejarás tu cabeza en el cadalso o restablecerás la monarquía en Francia, y reducirás las Cámaras a lo que fue el Parlamento en tiempo de Luis XV, y esto, señores, lo haré.

Se calló, volvió a sentarse y hubo un largo silencio.

«He aquí un buen actor», pensó Julien. Se equivocaba, como por lo regular le ocurría siempre, al atribuir demasiado talento a las personas. Animado por los debates de una reunión tan agitada, y sobre todo por la sinceridad de la discusión, el señor de Nerval en aquel momento creía en su misión. Poseyendo un gran valor, aquel hombre carecía de sentido común.

En medio del silencio que siguió a la bonita frase lo haré, se oyeron las campanadas de la medianoche. A Julien le pareció que el sonido del reloj tenía algo imponente y fúnebre. Estaba emocionado.

La discusión se reanudó poco después con una energía creciente, y sobre todo con una increíble ingenuidad. «Estas gentes me harán envenenar -pensaba Julien en algunos momentos-. ¿Cómo dicen semejantes cosas delante de un plebeyo?»

Cuando dieron las dos seguían hablando todavía. El dueño de la casa dormía desde hacía ya un buen rato; el marqués de La Mole tuvo que llamar para que renovaran las velas. El señor de Nerval, el ministro, se había marchado a las dos menos cuarto, no sin antes haber mirado varias veces atentamente la cara de Julien, reflejada en un espejo que el ministro tenía a su lado. Su marcha parecía haber aliviado la tensión general.

Mientras estaban cambiando las velas, el hombre de los chalecos dijo en voz baja a su vecino:

-¡Sabe Dios lo que este hombre va a decirle al rey! Puede muy bien ponernos en ridículo y echar por tierra nuestro porvenir.

»Hay que reconocer que demuestra un raro aplomo y hasta cierta desvergüenza al presentarse aquí. Bien es verdad que asis-

tía a nuestras reuniones antes de entrar en el ministerio; pero la j cartera lo cambia todo, anula todos los intereses de un hombre, y él hubiera debido comprenderlo.

Apenas se marchó el ministro, el general de Bonaparte cerró los ojos. En ese momento habló de su salud, de sus heridas, consultó su reloj y se fue.

-Apostaría -dijo el hombre de los chalecos- a que el general corre detrás del ministro; tratará de excusar su presencia aquí y pretenderá que nos maneja a su antojo.

Cuando los criados, medio dormidos, hubieron renovado las velas, dijo el presidente:

-En fin, señores, deliberemos y no pretendamos convencernos los unos a los otros. Ocupémonos del contenido de la nota que dentro de cuarenta y ocho horas estará ante la vista de nuestros amigos de fuera. Se ha hablado de los ministros. Ahora que ya no está presente el señor de Nerval, podemos decirlo: ¿qué nos importan los ministros? Haremos que quieran.

El cardenal mostró su aprobación con una sutil sonrisa.

-Nada más fácil, me parece, que resumir nuestra posición -dijo el joven obispo de Agde, con el fuego concentrado y apremiante del más exaltado fanatismo. Hasta entonces había permanecido silencioso; su mirada, que Julien había observado, al principio, dulce y tranquila, habíase inflamado después de la primera hora de discusión. En ese instante su alma se desbordaba como la lava del Vesubio.

-De 1806 a 1814 Inglaterra no cometió más que un error -dijo-, y fue el de no haber obrado directa y personalmente contra Napoleón. En cuanto este hombre creó duques y chambelanes, en cuanto restableció el trono, la misión que Dios le confiara estaba terminada; ya no servía para otra cosa que para ser inmolado. Las Santas Escrituras nos enseñan en más de un pasaje la manera de acabar con los tiranos. (Aquí hubo varias citas en latín.)

»Hoy, señores, no es un hombre al que hay que inmolar, es París. Francia entera copia a París. ¿Para qué armar esos quinientos hombres por departamento? Empresa arriesgada ésta y que no acabará nunca. ¿Para qué mezclar a Francia en una cosa que es exclusiva de París? Sólo París ha causado el daño con sus periódicos y sus salones; que perezca, pues, la nueva Babilonia.

»Entre el altar y París hay que tomar una determinación. Esta catástrofe cuenta incluso entre los intereses mundanos del trono. ¿Por qué París no se atrevió a respirar bajo Bonaparte? Preguntádselo al cañón de Saint-Roch...

Julien y el marqués de La Mole no salieron hasta las tres de la madrugada.

El marqués estaba avergonzado y cansado. Por vez primera, al dirigirse a Julien, se notaba en su acento un tono de ruego. Le pidió su palabra de que no revelaría jamás el exceso de celo, éstas fueron sus palabras, del que la casualidad le había hecho testigo.

-No hable usted de ello a nuestro amigo del extranjero sino en el caso de que insista seriamente en conocer a nuestros jóvenes locos. ¿Qué les importa a ellos que se eche abajo el Estado? Serán cardenales y se refugiarán en Roma. Nosotros seremos asesinados por los campesinos en nuestros castillos.

La nota secreta que redactó el marqués, de acuerdo con el acta de veintiséis páginas escrita por Julien, no estuvo terminada hasta las cinco menos cuarto.

-Estoy muerto de cansancio -dijo el marqués-, como puede verse en esta nota que hacia el final queda bastante confusa; es lo que me ha dejado menos satisfecho de cuantas cosas he hecho en mi vida. Tome, amigo mío -añadió-, vaya a descansar unas horas y, por temor a que le rapten a usted, yo mismo voy a encerrarle con llave en su cuarto.

Al día siguiente el marqués condujo a Julien a un castillo aislado, bastante alejado de París. Allí se encontraron con unos huéspedes raros, que Julien supuso que serían sacerdotes. Le entregaron un pasaporte con un nombre supuesto, pero que indicaba al fin el verdadero destino del viaje, que él siempre había fingido ignorar. Montó solo en una calesa.

El marqués no tenía inquietud alguna respecto a su memoria, pues Julien le había recitado varias veces la nota secreta; pero temía mucho que fuera detenido.

-Sobre todo trate usted de aparecer como un fatuo que viaja para matar el tiempo -le dijo el marqués amistosamente, en el momento en que salía del salón-. Es muy posible que hubiera más de un traidor en nuestra asamblea de anoche.

El viaje fue rápido y muy triste. Julien, apenas hubo perdido de vista al marqués, olvidó la nota secreta y la misión, para no pensar más que en el desprecio de Mathilde.

En un pueblo, algunas leguas más allá de Metz, el maestro de postas fue a decirle que no había caballos. Eran las diez de la noche; Julien, muy contrariado, pidió la cena. Paseando por delante de la puerta, insensiblemente y sin aparentar interés alguno, pasó al patio de las cuadras. No vio caballo alguno.

«Y, sin embargo, el comportamiento de este hombre era extraño -se decía Julien-; su mirada grosera me examinaba.»

Como puede verse, comenzaba a no creer al pie de la letra todo cuanto le decían. Pensaba escapar después de la cena y, con el propósito de saber algo del país, abandonó su cuarto para ir a calentarse junto al hogar de la cocina. ¡Cuál no fue su alegría al encontrarse allí al signor Geronimo, el célebre cantante!

Instalado en un sillón que había hecho colocar junto al fuego, el napolitano se lamentaba en voz alta y hablaba más él solo que los veinte campesinos alemanes que le rodeaban boquiabiertos.

-Estas gentes me arruinan -gritó a Julien-, he prometido cantar mañana en Maguncia. Siete príncipes soberanos se han reunido allí para oírme. Vamos, salgamos a tomar el aire -añadió con un tono significativo.

Cuando hubo recorrido cien pasos del camino, ya fuera del

alcance de oídos indiscretos, le dijo a Julien:

-¿Sabe usted lo que ocurre? Este maestro de postas es un bri

bón. Mientras paseaba, le he dado un franco a un pillete que me

lo ha contado todo. Hay más de doce caballos en una cuadra, al

otro extremo del pueblo. Quieren retrasar algún correo.

-¿De veras? -dijo Julien con aire cándido.

No era suficiente haber descubierto el engaño, era preciso marcharse: y esto es lo que Geronimo y su amigo no pudieron conseguir.

-Esperemos que sea de día -dijo por fin el cantante-, desconfían de nosotros. Quizá vayan contra usted o contra mí. Mañana por la mañana pedirnos un buen almuerzo; mientras nos lo preparan, nos vamos de paseo, nos escapamos y alquilamos caballos y ganamos la posta próxima.

-¿Y el equipaje de usted? -dijo Julien, pensando que quizás el propio Geronimo fuera el encargado de detenerle.

No hubo más remedio que cenar y acostarse. Julien estaba aún en el primer sueño, cuando despertó sobresaltado al oír la voz de dos personas que hablaban dentro de su habitación sin disimulo alguno.

Reconoció al maestro de postas, armado de una linterna. La luz estaba enfocada hacia el cofre de la calesa, que Julien había hecho subir a su cuarto. Al lado del maestro de postas había un hombre que revolvía tranquilamente el cofre abierto. Julien no distinguía más que las mangas de su traje, que eran negras y muy apretadas.

«Es una sotana», se dijo, y acarició las pistolas que colocara debajo de la almohada.

-No tema usted que despierte, señor cura -decía el maestro de postas-. El vino que les han servido era del que preparó usted mismo.

-No encuentro ni rastro de papeles -respondió el cura-. Mucha ropa blanca, esencias, pomadas, futilidades; es un joven del siglo, tan sólo preocupado de sus placeres. El emisario será más bien el otro, ese que afecta hablar con acento italiano.

Aquellas gentes se acercaron a Julien para registrar en los bolsillos de su traje de viaje. Estuvo tentado de matarles como ladrones. Nada de menos peligrosas consecuencias. No le faltaron las ganas... «Sería un majadero -se dijo-, y comprometería mi misión.»

Una vez registrado su traje, dijo el cura:

-No es un diplomático.

Se alejó, e hizo bien.

«¡Desgraciado de él si llega a tocarme en mi cama! -decíase Julien-. Podría muy bien darme una puñalada, y eso no lo voy a permitir.»

El cura volvió la cabeza, Julien entreabrió los ojos; ¡cuál no fue su asombro al reconocer al padre Castanéde! En efecto, aunque aquellos dos personajes hablaban bastante bajo, desde el principio creyó reconocer una de las voces. A Julien le asaltó un fuerte deseo de librar al mundo de uno de sus más cobardes bribones...

«¿Y mi misión?», se dijo.

El cura y su acólito salieron. Un cuarto de hora más tarde, Julien fingió despertarse. Llamó y puso en conmoción a toda la casa.

-¡Estoy envenenado! -exclamó-, ¡sufro horriblemente!

Buscaba un pretexto para ir en auxilio de Geronimo. Le encontró medio asfixiado por el láudano contenido en el vino.

Julien, temiendo alguna broma de este género, había cenado chocolate que traía de París. No consiguió despertar del todo a Geronimo para decidirle a marchar.

-Aunque me dieran todo el reino de Nápoles -decía el cantante-, no renunciaría en este momento a la voluptuosidad de dormir.

-¡Pero los siete príncipes soberanos!...

-Que esperen.

Julien partió solo, y sin otro incidente llegó junto al gran personaje. Perdió una mañana entera en solicitar inútilmente una audiencia. Afortunadamente, a eso de las cuatro el duque quiso tomar el aire. Julien le vio salir a pie, y no vaciló en acercarse a él y pedirle limosna. Cuando llegó a dos pasos del gran personaje, sacó el reloj del marqués de La Mole y lo enseñó con afectación.

-Sígame usted de lejos -le dijeron sin mirarle.

A un cuarto de legua de allí, el duque entró de repente en un pequeño Café-Haus. En una habitación de aquella posada, de la más ~a categoría, fue donde Julien tuvo el honor de recitar al duque sus cuatro páginas. Cuando hubo terminado, le dijeron:

-Vuelva a empezar y vaya más despacio.

El príncipe tomó notas.

-Vaya usted a pie hasta la posta siguiente. Abandone aquí su equipaje y su coche. Vaya como pueda a Estrasburgo, y el veintidós de este mes -era el diez- esté usted a mediodía en este mismo Café-Haus. No salga usted hasta dentro de media hora. ¡Silencio!

Aquéllas fueron las únicas palabras que Julien oyó. Bastaron para llenarle de la más grande admiración. «Así es -pensabacomo se tratan los negocios; ¿qué diría este gran hombre de Estado si oyese a los apasionados charlatanes de hace tres días?»

Julien empleó dos horas en llegar a Estrasburgo. Le parecía que no tenía nada que hacer allí. Dio un gran rodeo.

«Si ese diablo del padre Castanéde me ha reconocido, no es hombre a quien se pueda despistar fácilmente. ¡Y qué placer sería para él burlarse de mí y hacer fracasar mi misión!»

Afortunadamente, el padre Castanéde, jefe de la policía de la congregación en toda la frontera del Norte, no le había reconocido. Y a los jesuitas de Estrasburgo, aunque muy diligentes, no se les ocurrió observar a Julien, que con su cruz y su levitón azul tenía el aspecto de un joven militar muy preocupado de su persona.